El fuego y la rueda

"Prometeo" José de Ribera

Cada verano, desde hace varios, me veo impelido a escribir sobre el fuego desatado que tantas desgracias nos causa, mientras contemplo en una pantalla como las ruedas de los camiones, las turbinas de los helicópteros, las hélices de los aviones se enfrentan a su imprevisible, indomeñable potencia.

Dicen que, de un dios, con malas artes, obtuvimos el fuego. Se llamaba Prometeo y no se fiaba nada de nosotros, pues su invento era energía pura, que nosotros domesticamos en luz, cocina, metalurgia, guerra, industria, y que también desatamos en muerte: las armas de fuego, su descarrío incendiario. 

La rueda podría haber sido cosa de Hermes, el dios que viaja veloz, aunque también de la diosa Fortuna, la que hace girar la ruleta del azar. En sus símbolos estaban contenidos el desplazamiento, la transmisión, la suavidad, la continuidad, la velocidad, la civilización en movimiento, pero también la azarosa presencia del infortunio y la muerte.

Hay inventos humanos – o divinos, quién sabe –, que no solo transforman la vida material, sino que configuran la mente individual y colectiva. Entre ellos, dos destacan como pilares de la condición humana: el fuego y la rueda. No son simples herramientas; son principios, metáforas, arquetipos. El fuego es la energía que irrumpe, la fuerza que transforma. La rueda es la forma que organiza, el ritmo que sostiene. Juntos, han impulsado la historia, pero cada uno lo ha hecho desde una posición diferente en la materialidad y el imaginario humano.

“Prometeo trayendo el fuego”, Jan Cossiers

El fuego es el primer motor. Antes de que existiera esta palabra él ya ardía en las cuevas, en los hogares, en los ritos, o arrasaba el paisaje, lo renovaba. Es la primera tecnología que nos permitió transformar, acomodar la existencia: convertir lo crudo en cocido, lo frío en cálido, lo oscuro en iluminado. Con el fuego nació la cocina, y con ella la comunidad, la convivencia, la nocturnidad. Con el fuego nació la metalurgia y con ella la herramienta, hacha o flecha, cuchillo o espada. Con el fuego también nació la cerámica, y con ella el almacenamiento, la previsión, la economía; la posesión, la herencia. El fuego es el origen de la industria, de la química, de la guerra, de la vida nocturna y el relato alrededor del hogar. La Ilíada sin el fuego no hubiera durado ni diez días. Es, en cierto modo, el primer demiurgo tecnológico.

La rueda, en cambio, no transforma, transmite. No crea energía: la canaliza. Su genialidad no está en la potencia, sino en la eficiencia. La rueda reduce la fricción, suaviza el esfuerzo, convierte el movimiento en continuidad. El primer ingenio antigravitatorio, nada, de momento lo ha superado. Es la forma más elegante que la humanidad ha encontrado para domesticar la energía, sea muscular, hidráulica, eólica o térmica. La rueda es el principio del ritmo, de la repetición útil, del progreso incremental. Donde el fuego es brinco y grito, la rueda es camino y ritmo. Es viaje de exploración y de conquista. 

La modernidad, cualquiera de ellas, nace o crece cuando ambos se encuentran. La máquina de vapor es el matrimonio simbólico entre fuego y rueda: fuego que empuja pistones que mueven ruedas. Es el momento en que la energía deja de ser un animal salvaje y se convierte en trabajo mecánico. Desde entonces, toda tecnología es una variación de esa alianza: turbinas, hélices, rodamientos, cigüeñales, ventiladores, discos duros, centrifugadoras, vinilos, lavadoras. Todo gira. Todo circula. Todo es rueda. Pero, si gira es porque hay fuego dentro: combustión, vapor, electricidad, generada por el calor del sol o del fuego, o la energía del viento. La rueda es el exoesqueleto del fuego.

Prometeo lleva el fuego a la humanidad. Heinrich Friedrich Füger

Si comparamos ambos inventos, su beneficencia su capacidad de destrucción, la respuesta depende del criterio. En potencia, gana el fuego: es energía pura, transformación, riesgo, creación y destrucción. En utilidad, gana la rueda: es universal, domesticable, omnipresente en la vida cotidiana. En contribución cultural, gana el fuego: origina rituales, alimenta hogares, suscita relatos, emprende industrias. En daño, también gana el fuego: incendios, explosivos, combustión, contaminación. Pero en modernidad, en progreso, gana la armonía, la suma del fuego y la rueda. 

Desde una lectura psicológica, el fuego es pulsión: deseo, agresión, creatividad, impulso, pasión. La rueda es ritmo: hábito, repetición, continuidad, progreso estable. La humanidad necesita ambos: sin pulsión no hay salto evolutivo; sin ritmo no hay sostenibilidad. Somos seres que arden y giran. Somos caldera y engranaje.

Pero, habiendo nacido, crecido y cambiado sobre esos pilares, los humanos dimos en ser ambiciosos, desmesurados, ansiamos ser como Prometeo y Hermes, domeñar a la rueda de la diosa y la ruleta del casino. Tener fuerza mecánica, comodidades, agua caliente, y movernos veloces, viajar por el orbe, subir a los cielos. Domeñar a la tierra, al aire, al agua, al fuego.

Hoy, en pleno siglo XXI, seguimos viviendo de y por esa alianza. Pero las potencias naturales son ingentes, a su lado somos hormigas. ¿Cómo se vivirá desde la magnitud de hormiga el fuego incendiario?

“Prometeo encadenado!, Pedro Pablo Rubens

Combatimos el fuego con ruedas, y alimentamos las ruedas con fuego. La tecnología contemporánea es un sistema de energías encapsuladas y movimientos circulares. El fuego ya no es llama, pero sigue siendo calor, combustión, electricidad. La rueda ya no es tosco disco de madera, sino turbina, hélice, rodamiento, música. La modernidad es una coreografía entre lo que impulsa y lo que gira.

Quizá por eso la pregunta “¿qué invento es más importante?” no tiene una respuesta única. El fuego es el origen; la rueda es el destino. El fuego crea mundos; la rueda los mantiene orbitando. El fuego es el instante; la rueda es la duración. El fuego es Prometeo; la rueda es Hermes. Y la humanidad, en su viaje, ha necesitado a ambos: el impulso que encandila y el mecanismo que sostiene. Con permiso de la diosa de la ruleta, si ambos se entienden la velocidad suena suave.

Desde el espejo de la metáfora, la historia humana puede imaginarse como una locomotora: la caldera es el fuego, las ruedas son el tren. La caldera sin ruedas explota. Las ruedas sin caldera no se mueven. La civilización es ese equilibrio. Y también su desequilibrio.

Pero nadie es más experto que nosotros en desequilibrios. Nada nos atrae más que el riesgo y nada nos seduce tanto como la comodidad. De ahí, de no saber equilibrar la ambición y la desmesura, con el ingenio y la magnificencia, devienen muchos de nuestros males. El fuego nos fascina, su contemplación nos embelesa, nos relaja. Pero si solo lo has visto en la chimenea, en una pantalla, si no lo has oído y olido y oído, el rugir del incendio, la carne quemada, no sabes lo que terrorífico que puede llegar a ser y, en comparación, lo minúscula que es tu vida, no más que una leve pavesa. Igual sucede con la rueda, si solo has visto su armonía, su deslizamiento, y no has oído el rugir de un F1, de una moto GP, no sabes lo que una rueda puede hacer cuando su eje se desquicia y su aro se descarrila.

“Prometeo encadenado! Giordano Luca

El fuego y la rueda son los mayores hallazgos o inventos de la humanidad, los más ingeniosos y fructíferos, pero también son los que más daño y muerte le causan. Y cada vez más, pues el crecimiento de su potencia y versatilidad es superior al de nuestras habilidades para manejarlos.

Me pregunto, ¿sabremos algún día dominarlos en equilibrio?, ¿aprovechar sus beneficios sin pagar tan alto precio?, ¿se avendrán a conjugarse con nuestras ansias interminables?

No seamos pesimistas, aunque motivos para serlo nos sobran. Desde que los dioses nos tentaron con ellos y se los robamos, hemos logrado acercarnos a su divina potencia, pero también a sus endiosadas frivolidades.

Así pues, quizá sea mejor que dejémoslo el futuro en las manos de esos dioses que ahora se ríen de nuestras desgracias, pues está visto y comprobado que dejarlos en las nuestras augura un porvenir tan negro como la tierra arrasada por el fuego.

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