Monismo verus pluralismo

Lectura de la tragedia del orfelino de la China, de Voltaire, en el salón de madame Geoffrin (Malmaison, 1812)

“No hay soluciones, sólo compromisos (trade-offs)“

-Thomas Sowell

“Uno de los grandes peligros es que las ideas religiosas están en la política… Si crees que tus oponentes políticos ordinarios no están simplemente equivocados, sino que son el mal, has dejado de hacer política y empezado a hacer religión”.

-Joseph Bottum, An Anxious Age: The post-protestant ethic and the Spirit of America

He acabado de leer Why We Think What We Think, de Turi Munthe. Munthe sostiene que nuestras creencias más profundas no salen sobre todo de la razón y de las pruebas, sino de un entramado de fuerzas que casi no controlamos: clima, geografía, historia agrícola, genes, aspecto físico, cerebro y cultura. A lo largo del libro revisa cómo todos esos factores afectan algo que pensamos. Pero lo que más me ha gustado ha sido el último capítulo, donde habla de las ideas de Isaiah Berlin porque toca un tema que a mí me preocupa y no tengo resuelto.

Monismo vs. Pluralismo

Munthe cuenta que Berlin estaba fascinado por la Ilustración. Había escrito: «El poder intelectual, la honestidad, la lucidez, el valor y el amor desinteresado a la verdad de los pensadores más dotados del siglo XVIII siguen sin tener parangón hasta hoy. Su época es uno de los mejores y más esperanzadores episodios en la vida de la humanidad.» Pero luego llegaron las barbaridades del siglo XX y Berlin no pudo evitar preguntarse si la Ilustración -el motor de la libertad y de la ampliación de derechos de los siglos XVIII y XIX- había contribuido a las tragedias del siglo XX, es decir, si había alimentado el totalitarismo.

Berlin empezó a reformular la proposición central de la Ilustración -su fe en la promesa última de la razón, en su universalidad y en su poder redentor- como una forma de absolutismo moral: la idea de que todas las acciones pueden juzgarse según un rasero moral universal. En épocas anteriores, el absolutismo moral se apoyaba en la religión y Dios fijaba la norma universal. Fue el absolutismo religioso de generaciones previas el que obligó a los puritanos ingleses a huir a América, a los hugonotes franceses a huir a Inglaterra y —aún antes— el que vio expulsar a los judíos de España y Portugal. Durante la Ilustración, sin embargo, los pensadores empezaron a anclar ese rasero moral universal en la razón, en la idea de que la lógica y la racionalidad podían descubrir verdades universales. Berlin creía que los pensadores ilustrados, en su afán por hallar un único camino racional hacia una sociedad universalmente “buena”, habían preparado sin querer el terreno para el totalitarismo. Su diagnóstico fue que cuando la religión dejó de ser la medida universal del bien, muchos pensadores pusieron en su lugar la razón. Si la razón puede descubrir la sociedad buena, entonces hay un camino único.

En noviembre de 1994, Isaiah Berlin -ya muy mayor- recibió el doctorado honoris causa en Derecho por la Universidad de Toronto. No pudo pronunciar el discurso en persona sino que se leyó en su nombre. Ese breve texto, que él mismo llamó un «credo breve» contiene una advertencia moral sobre el siglo XX y una tesis sobre por qué las ideas, más que el odio tribal ordinario, produjeron sus mayores crímenes. El texto se publicó después como A Message to the 21st Century.

Según Berlin, hay una forma muy extendida de entender la política que parece noble y acaba siendo peligrosa. Consiste en creer que no hay izquierda y derecha, sino bien y mal. Que existe una sola respuesta correcta a los problemas comunes y que quien no la ve está ciego, corrompido o malintencionado. Isaiah Berlin llamó a esa creencia monismo: la fe en una sola verdad moral y política, lo bastante clara como para organizar toda la vida en común. Frente a ella defendió el pluralismo: la idea de que hay varios bienes humanos reales, inteligibles y a menudo incompatibles, y que la democracia no sirve para coronar uno de ellos como definitivo, sino para que esos bienes puedan convivir sin que unos destrocen a los otros.

La esencia de su advertencia sería esta:

“Si estás verdaderamente convencido de que existe alguna solución para todos los problemas humanos, de que se puede concebir una sociedad ideal a la que los hombres pueden llegar con solo hacer lo necesario para alcanzarla, entonces tú y tus seguidores habréis de creer que ningún precio es demasiado alto para abrir las puertas de ese paraíso. Solo los estúpidos y los malvados resistirán una vez que se les expongan ciertas verdades simples. A quienes resistan hay que persuadirlos; si no se les puede persuadir, hay que aprobar leyes que los contengan; si eso no basta, inevitablemente habrá que usar la coacción y, si hace falta, la violencia: si es necesario, el terror y la matanza.”

El marxismo, el fascismo, el nazismo y el estalinismo no fueron meras locuras. Fueron la consecuencia extrema de creer que la razón podía diseñar una sociedad perfecta. Llamó a esos líderes “profetas con ejércitos a la espalda”. La búsqueda de la perfección, escribió, es una receta para el derramamiento de sangre, aunque la pidan los más sinceros.

Berlin sostiene que en el siglo XX fue una era de crímenes humanos evitables -Lenin, Stalin, Hitler, Mao, Pol Pot- causados menos por el miedo o la avaricia que por una idea: que existe una sola respuesta verdadera a los problemas humanos y un paraíso social al que se puede llegar a cualquier precio. Quien resiste, como acabo de citar, es estúpido o malvado y cabe persuadirlo, legislarlo, coaccionarlo o aniquilarlo. Esta convicción, según Berlin, es falsa porque los valores centrales -libertad, igualdad, seguridad, justicia, misericordia, conocimiento, felicidad- brotan de nuestra naturaleza pero chocan entre sí y no admiten realización simultánea y perfecta. Frente al fanatismo de un único fin, solo quedan el compromiso, el trueque y el límite: tanta libertad por tanta igualdad, tanta espontaneidad por tanta organización.

Los seres humanos persiguen fines últimos que no se pueden sumar en una sola fórmula. Por ejemplo, la libertad y la igualdad son ambas valiosas pero entran en conflicto. Las personas no tenemos los mismos talentos y capacidades y si damos libertad no vamos a obtener todos los mismos resultados. Por otro lado, si obligas a unos resultados iguales, tienes que cargarte la libertad. Con la justicia y la misericordia/compasión también ocurre lo mismo. No hay un árbitro racional que declare, de una vez para siempre, cuánto de cada bien debemos tener, cómo hemos de combinarlos y con qué jerarquía. En la vida política normal hay conflictos que la razón no “resuelve”. Solo se negocian. La política decente no es la armonía final. Es un equilibrio incómodo, siempre a punto de romperse, que hay que reparar una y otra vez. Cuando crees que sólo hay una verdad, la conclusión es clara: el rival es ignorante, inmoral o loco. Es una visión reconfortante, porque nos sitúa en el lado correcto de la historia. Pero también es falsa.

La isla de Utopia de Tomas Moro. Ilustración de la 1ª edición 1516

El Juego Democratico

Después de hablar de esto, Munthe toca un tema que me parece clave, y muy necesario en esta época de polarización que estamos viviendo: la democracia no es una guerra santa sino un deporte con reglas. Un partido de fútbol no funciona porque los dos equipos quieran lo mismo. Funciona porque, queriendo cosas opuestas -ganar-, aceptan las mismas condiciones para intentarlo. Hay expectativas de juego limpio: no se puede lesionar al rival a propósito ni coger el balón con la mano. Hay árbitros independientes, leales al reglamento y no al marcador. Y, sobre todo, hay un acuerdo tácito de que el partido importa más que el resultado de hoy. Si un equipo decide que ganar justifica cambiar las reglas, amenazar al colegiado o expulsar al otro club de la liga, el deporte se acaba. Queda solo la fuerza.

En democracia ocurre lo mismo. Las “expectativas de buen juego” son no amenazar al adversario, no eliminar su derecho a existir, no mentir de forma sistemática, no corromper las instituciones que hacen posible el desacuerdo. Los árbitros son la Constitución, los jueces, el parlamento, la prensa independiente, los funcionarios electorales. Su lealtad no es a nuestro bando. Es al proceso. Atacar a un político puede ser una falta, atacar al árbitro es otra cosa. Cuando una parte deja de confiar en que el colegiado es independiente, pierde el incentivo de jugar limpio. Entonces cada cual se siente legitimado a hacer lo que teme que hará el otro. Eso es la trampa: por miedo a que el rival destroce el juego, uno empieza a destrozarlo primero.

La diferencia decisiva es esta. Un partido de fútbol es un juego finito: alguien gana y el encuentro termina. La democracia tiene que pensarse como un juego infinito. Su objetivo no es que “nuestra” verdad gane de una vez por todas. Su objetivo es que el juego continúe. Por eso se ponen límites a la financiación, al fraude, al libelo, al recorte de distritos, al secuestro de los tribunales. No para que nadie gane nunca una elección, sino para que ninguna victoria cierre el campo. Si la democracia se “gana” del todo, se acaba.

Escribe Munthe: «Lo último es lo más importante: tenemos que convenir en que la práctica del juego importa, en última instancia, más que quién gane a corto plazo. Esa es la gran línea de falla entre pluralistas y monistas, entre demócratas y autócratas. Todo lo demás es secundario. Un partido de fútbol es un juego “finito”: se gana o se pierde. Debemos concebir la democracia como un juego infinito: infinito porque el fin último de la democracia es más democracia. Establecemos reglas sobre la financiación de las campañas, o las normas electorales, o la difamación, o el amaño electoral, y aceptamos dar poder a los árbitros y acatar sus decisiones, para que la democracia nunca pueda “ganarse”. Porque si la democracia se “gana”, se acabó el juego.»

Y añade: «A medida que nos hemos polarizado, hemos empezado a olvidar poco a poco que para jugar el juego infinito de la democracia hace falta una oposición. La ausencia de oposición es el rasgo más ostensiblemente obvio de todas las no democracias: de Arabia Saudí y Rusia a China y Singapur. Así que, cuando demonizamos y deshumanizamos al otro bando, preparamos el terreno para la muerte del juego.»

Este punto me parece esencial porque choca con el instinto monista. Si uno está seguro de que sus ideas son el bien y las demás el mal, la democracia sobra. Bastaría un solo partido: el nuestro. Las elecciones serían un trámite molesto. El debate, una concesión a gente que no merece hablar. En una palabra, caemos en el totalitarismo. Sin rival u oponente no hay partido. Sin partido no hay descubrimiento de lo que, en cada momento, resulta más justo o más prudente en una sociedad.

La pelea de fondo, entonces, no es solo entre izquierda y derecha. Es entre quienes conciben al adversario como compañero involuntario de un juego que debe seguir y quienes lo conciben como un obstáculo a extirpar. Los primeros son pluralistas, aunque discutan con dureza. Los segundos son monistas, aunque hablen de pueblo, de justicia o de libertad. Unos aceptan que mañana puede ganar el otro y que eso, si las reglas se han respetado, no anula la democracia sino que la confirma. Los otros, cuando imaginan esa derrota, no ven un marcador adverso. Ven el fin del bien. Y quien cree estar defendiendo el bien absoluto ya ha empezado a pensar que el reglamento es un lujo.

Isaiah Berlin

Objeciones y Problemas

La primera objeción es que necesitamos creer en algo. No podemos ir por la vida pensando que nuestras ideas no valen nada o lo mismo que cualquier otra. Este planteamiento del pluralismo suena a relativismo: si hay varios bienes y no hay fórmula final, entonces todo valdría y el Holocausto sería “otra ponderación más”. Berlin lo niega con sequedad. Relativismo es tratar los valores como gustos incomunicados: café con leche frente a campos de concentración. Pluralismo es otra cosa. Hay fines humanos reales -libertad, igualdad, justicia, misericordia- que chocan entre sí y no se pueden maximizar todos a la vez. Eso no convierte un genocidio en un bien más. Hay un mínimo: que el otro cuente como persona. Fuera de ese horizonte no hay trueque decente. Dentro de él, la razón no “resuelve” el conflicto; solo ayuda a negociarlo.

De ahí sale una segunda objeción, que a mí me inquieta. A veces hay que ser monista y tajante. A veces hay que luchar. A veces, en la historia real, hay que resistir con fuerza a quien ya no juega y ha empezado a borrar personas. La democracia cotidiana no es el único registro de la política. Existe la excepción. Hubo Hitlers. Igual en algún momento es legítimo romper las reglas y usar la violencia. ¿Cómo podemos saber si ha llegado ese momento? El problema es que ahora todo el mundo está convencido de vivir ya en 1933 y todos nuestros adversarios políticos son Hitler o demonios. La brújula se ha vuelto loca.

¿Cómo se distingue la política del día a día de la excepción? Pues no hay un detector limpio. Necesitamos la razón para decidir si hay que ser intolerantes con el intolerante con lo cual el círculo se cierra y volvemos al punto de partida. Para saber cuándo ser tolerante con el intolerante y cuándo ser duro, hay que juzgar, y al juzgar volvemos a la incertidumbre de la que queríamos huir. Tenemos algunas señales toscas que nos pueden ayudar. Por ejemplo, ¿puede el adversario perder y seguir con el juego democrático y legal? ¿Niega que el otro sera una persona? ¿Lo que me alarma del adversario me suena bien cuando gobierna el mío? Hay algunas pistas pero no hay criterios claros y definitivos.

En esa incertidumbre aparece lo que Munthe llama la trampa de Moloch, una idea tomada de la teoría de juegos y difundida sobre todo por Scott Alexander. Consiste en esto: cada bando hace cosas que en el fondo no quiere -subir el tono, tratar al otro como enemigo, atacar a jueces o periodistas, plantearse echar al rival del tablero- porque teme que, si no las hace, las hará el contrario. Uno cree que está defendiendo la democracia pero realmente la está destruyendo. No hace falta que los dos lados hagan lo mismo ni que tengan la misma culpa. Basta con que ambos desconfíen y se convenzan demasiado pronto de que ya no estamos en política normal, sino en una emergencia. Y la respuesta es imponer mi totalitarismo antes de que el otro imponga el suyo.

“El sueño de la razón produce monstruos” Francisco De Goya

Conclusiones

Berlin, al final de sual final de su ensayo Dos conceptos de libertad, cita a Schumpeter:

“Darse cuenta de la validez relativa de las propias convicciones y, aun así, sostenerlas sin flaquear es lo que distingue al hombre civilizado del bárbaro.”

Creo que esta máxima puede ser una buena guía. La mayor parte de la política democrática no es el Bien contra el Mal. Es un trueque entre bienes que no caben juntos del todo. Son ideas o propuestas legítimas (con ventajas e inconvenientes, como todo lo humano), entra las que hay que elegir en unas circunstancias determinadas. Si olvidamos eso, la política se vuelve religión y el adversario, hereje.

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