Había conocido casi desde siempre el nombre de Kepler pero nunca había reparado verdaderamente en él, ni había buscado con sosiego la causa de que su nombre fuera imborrable en la historia de la humanidad. Por casualidad abrí el libro de Juan Manuel Sanchez Ron (“Querido Isaac, querido Albert“) después de haber pasado una parte de la tarde leyendo “Amplitud“, donde David Epstein cuenta como Kepler utilizó las analogías para resolver un problema astronómico de una forma nueva, una estrategia útil para cuando los humanos necesitamos resolver enigmas que nunca antes tuvimos.
Así que por la noche, todavía en la tibieza del último verano, leo con fascinación la sencilla carta que recibió de Galileo para agradecerle su libro Mysterium consmographicum (1556). La releo varias veces intentando ser consciente del momento en que eso está ocurriendo en el patio azul: de la canción que escucho (I’confession de Liz Wright), de la respiración lenta de Ava, del perfil de Palas Atenea, del reflejo del fuego de una vela en el espejo de la Belle époque. De pronto me encuentro flotando y confortado en el tiempo, muy lejos del rumor infame de los periódicos, muy cerca de la luna llena atravesada por leves y bellas nubes azules.
Y reparo, sobre todo, en una frase que denota una actitud vital que quizá es la que sostiene la posibilidad de la libertad humana que siempre ha estado tan amenazada: “Es lamentable, en efecto, que sean tan raros los que se consagran a la verdad y no siguen las doctrinas de una filosofía perversa. Pero como no es éste el lugar para deplorar las miserias de nuestro siglo, sino de congratularme contigo de los notables descubrimientos hechos en confirmación de la verdad, todo lo que tengo que decir es que me prometo leer enteramente tu obra con el ánimo bien dispuesto, convencido como estoy de que encontraré en ella cosas muy bellas.”
La soledad esencial de los que se atrevieron a mirar la realidad y conllevaron el miedo y las consecuencias en sus vidas que eso les produjo. La importancia de los lazos que se establecieron entre ellos. Los hombros de los gigantes que todavía nos sostienen y que no podemos traicionar en el tiempo que nos toca vivir.

Carta de Galileo Galilei a Johannes Kepler, 1556
Tu libro, hombre doctísimo, que me ha sido remitido por Paul Amberger, lo he recibido no hace no unos días, sino unas pocas horas, y como el mismo Paul me hablaba de su retorno a Alemania, he pensado que sería dar muestra de mucha ingratitud no escribirte para darte las gracias. Te las doy, pues, y con tanto mayor motivo por cuanto que tú has tenido a bien, con este signo, solicitar mi amistad.
De tu libro no he leído aún más que el prefacio, lo que me ha permitido, no obstante, entrever algo de tu intención, y ciertamente nada me resulta más agradable que encontrar, en la búsqueda de la verdad, un aliado como tú y hasta tal punto amigo de ésta. Es lamentable, en efecto, que sean tan raros los que se consagran a la verdad y no siguen las doctrinas de una filosofía perversa. Pero como no es éste el lugar para deplorar las miserias de nuestro siglo, sino de congratularme contigo de los notables descubrimientos hechos en confirmación de la verdad, todo lo que tengo que decir es que me prometo leer enteramente tu obra con el ánimo bien dispuesto, convencido como estoy de que encontraré en ella cosas muy bellas. Lo haré con tanta mayor satisfacción por cuanto desde hace muchos años me he convertido a la doctrina de Copérnico, gracias a la cual he descubierto las causas de un gran número de efectos naturales que sin duda no pueden explicarse por la hipótesis común [la geocéntrica]. He escrito sobre esta materia muchas consideraciones, razonamientos y refutaciones que hasta el presente no he osado publicar, atemorizado por la suerte del mismo Copérnico, nuestro maestro, que, si bien se ha asegurado una fama inmortal entre algunos, entre otros infinitos, sin embargo (tan grande es el número de los necios), ha sido objeto de risa y de desprecio. Ciertamente yo me atrevería a sacar a la luz mis reflexiones si existieran muchos hombres como tú, pero como no es así, desisto de tal empresa.
Presionado por el tiempo y por el deseo de leer tu libro, termino esta carta, declarándome tu afectísimo y devoto servidor para todas las cosas. Cuida tu salud y que no te incomode enviarme tus noticias, que serán bienvenidas.
De Padua, víspera de la nona de agosto de 1597.
Muy partidario de tu honor y de tu nombre
“GALILEO GALILEI
matemático de la Academia de Padua