Entrevista a Óscar Sánchez Vadillo por la trilogía de “El beso de la finitud”

Día del libro 2024

¿En qué momentos psicológicos o vitales sientes la necesidad de escribir?

Hola a todos. Esa es una pregunta que tiene más sentido con los novelistas, o con los que, en general, escriben ficción o lo que hoy llaman autoficción. Como escriben o no dependiendo de su momento sentimental, parece que lo hacen como a impulsos, mientras que yo, que lo que hago es ensayo, puedo programar mucho más tranquila o metódicamente cuando voy a escribir algo, porque llevo un tiempo mirándomelo y porque acaso hasta he tomado notas o he guardado citas.

Un ensayo no es como un poema o un diario, un ensayo hay que prepararlo como se prepara un plato en la cocina, habiendo comprado los ingredientes adecuados y sabiendo bien lo que quieres guisar. En cierto modo un ensayo es más difícil que la ficción o que hablar de los propios pensamientos, porque en el ensayo hay que tratar de acertar con la cosa tratada, decir la verdad o al menos lo más oportuno respecto de algo, en cambio en un diario o imaginando tan sólo tienes que acertar contigo mismo, no con el mundo.

Por eso los que escriben acerca de su propia vida tienen que esmerarse tanto porque todo quede perfectamente bien expresado, porque se lo juegan todo en el matiz psicológico.

¿Qué responderías a alguien que te dijese que hay que “estar muy aburrido” para escribir tanto?

Tienen razón en parte, porque si yo fuera más activo seguramente haría deporte o saldría al campo, y en vez de eso me quedo en casa tecleando como un pájaro carpintero, yo conmigo mismo haciendo el costra olímpicamente. Pero también es cierto que hay que estar mil veces más aburrido para emplear tu tiempo en jugar videojuegos o ver series, donde casi todo te lo dan medio hecho y tu capacidad de iniciativa es la mínima posible.

¿Cuál es el libro de los tuyos que más te gusta y por qué?

Creo que el que saldrá dentro de unas semanas, titulado La Cofradía del Anillo, que es el más corto de todos, porque en ese he endiñado todos mis gustos y manías más frikis de toda la vida, muchas arrastradas desde la adolescencia, y que me han hecho tan raruno como feliz. Ese es el secreto más recóndito -ya no, porque os lo estoy contando- de mi grafomanía, es decir, de tanto chorro/palabras: que soy un friki del tamaño de una catedral…

¿No crees que el título “El beso de la finitud”, por abstracto y demasiado genérico, podría disuadir a todo posible lector?

Toda la razón, buenísima observación, pero me importa un rábano. No se escribe un libro para venderlo, se escribe para que esté bien hecho, como alguien que cose para que el jersey le quede bien y le quite el frío a un pariente. Claro que me gustaría tener un millón de lectores, pero son los lectores los que tienen que ir a por el libro, no el libro a por los lectores. Aunque es verdad que muchos grandes libros han tenido un éxito inmediato y colosal, el mercado hace mala combinación con la Literatura o con la Filosofía. Si yo hubiera escrito un libro sobre Matemáticas avanzadas ya sabría de antemano que no iba a ser un best-seller; con los míos sucede algo parecido. Son densitos y requieren haber hecho muchas lecturas previas; en fin, “¡no la toques ya más, que así es la rosa!…” (Juan Ramón Jiménez)

¿De qué sirve específicamente la escritura frente a otras actividades de tiempo libre?

Michel de Montaigne, que fue quien inventó, por así decirlo, el género del ensayo, confesaba que no era capaz de pensar hasta que no se ponía a escribir. A mí no me pasa eso, pero sí que escribir no sólo me ayuda a ordenar las ideas, hasta un punto que no os imagináis (practicad todo un año y veréis la diferencia en vosotros mismos), sino que me sirve para aprender a tener más, tanto escribiendo como hablando. Dicho de otra manera: escribir es como el “precalentamiento” de pensar, y quien no lo convierte en hábito se lesiona la mollera a la primera de cambio. Leer, en cambio, es persistir, persistir en seguir hacia delante en vez de pararte porque ya lo has visto todo y sólo te queda recrearte en su recuerdo. Eso se lo dejamos a los ancianos…

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