La puerta baja

Fotografía de Mimmo Jodice

Cada mañana, a las siete en punto, sonaba un despertador que solo se oía en la habitación de Giovanni. En ningún otro lugar del mundo. Los gruesos muros de toba ahogaban el timbre y los altos techos amplificaban el silencio. Cinco o seis minutos para acabar de despertarse; luego se desperezaba y se levantaba de la cama. Una taza de café que su mujer le dejaba sobre la mesa y el ritual de escoger la corbata que mejor combinaba con el traje. Todo respondía a una sincronía ya asentada. A las ocho menos veinte ya había salido de casa.

Giovanni trabajaba en un prestigioso despacho de contabilidad en el Corso Vittorio Emanuele. Sus estudios en la Bocconi de Milán le habían abierto las puertas de la economía internacional, y a muchos los sorprendió que decidiera renunciar a una carrera en el extranjero para volver a su Nápoles.

En su despacho recibía a empresarios y hombres de negocios, administraba patrimonios importantes y participaba en los eventos más exclusivos de la ciudad. Su elegancia no residía solo en los trajes bien cortados, sino en la manera de hablar de su trabajo y del mundo. Para todos era un hombre de la ciudad de arriba.

No hacía horas extra. Su cargo le permitía ceñirse al horario del despacho, y siempre tenía a algún colaborador dispuesto a despachar por él los asuntos pendientes. A las siete de la tarde se despedía de los compañeros y volvía a casa.

Por la mañana iba al trabajo en funicular, pero por la tarde prefería volver caminando. Cruzaba callejuelas interiores que llevaban al centro hasta llegar a los Barrios Españoles. Era una de las costumbres que Giovanni cumplía a diario. Uno de sus rituales. En lo más hondo sentía que debía hacer un esfuerzo físico para volver a casa. Era como si tuviera que ganarse el regreso.

Fotografía de Mimmo Jodice

Al acabar el recorrido, entraba en un callejón estrecho, casi siempre a oscuras. Levantaba la vista para saludar al señor Gaetano, que fumaba un cigarrillo en su ventana del primer piso. Después metía la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacaba una llave pequeña. Se agachaba y la metía en la cerradura de una puertecita de apenas un metro de altura. Quien pasaba por aquel callejón difícilmente reparaba en su existencia. Algunos pensaban que daba a un viejo trastero. Giovanni, en cambio, conocía muy bien aquella puerta. La abría, bajaba la cabeza y descendía por la escalera.

Detrás de aquella puerta empezaba otra Nápoles. Una Nápoles excavada en la piedra, paralela a la de la superficie. Calles, casas, tiendas. Había incluso una plaza con una iglesia, donde cada domingo Giovanni iba a misa con su mujer y sus dos hijos.

Quienes la habitaban decían que nadie la había construido: siempre había existido. Solo que, con el tiempo, había aprendido a cambiar. Era la Nápoles que desde hacía siglos se extendía bajo los pies de los hombres de la superficie.

Quienes vivían en la Nápoles del subsuelo llevaban una vida muy parecida a la de los hombres de la superficie. Cada mañana subían por las antiguas escaleras excavadas en la toba y se dirigían a sus trabajos. Médicos, abogados, profesores, comerciantes, profesionales. Algunos habían elegido hacer su vida arriba; otros seguían regresando abajo. No había dos ciudades. Había dos maneras distintas de pertenecer a la misma Nápoles.

Muchos napolitanos de arriba habían olvidado lo que había bajo sus calles. Algunos jóvenes ni siquiera lo sabían. Pero no había discriminación. Era un equilibrio estable entre los de arriba y los de abajo. Los napolitanos del subsuelo, en cambio, conocían bien su ciudad. Sabían contar la historia de cada piedra colocada en aquellos lugares que los habían engendrado.

Para ellos el pasado no era un recuerdo. Para ellos era un lugar en el que seguían habitando.

Fotografía de Mimmo Jodice

Aquella noche, durante la cena, Giovanni tuvo que afrontar algo que sabía que podía pasar y que, sin embargo, deseaba que no pasara. Nicola, el mayor de sus hijos, que ya tenía veinte años, le habló con tono serio.

—Papá, yo quiero vivir arriba.

Giovanni no respondió. En su fuero interno habría querido reprender a su hijo como había hecho su propio padre con él treinta años antes. Pero no lo hizo: optó por el silencio. A lo largo de su vida había aprendido que las decisiones de los hijos hay que guiarlas, no forzarlas.

Aquella misma noche, sin embargo, comprendió también que, a veces, las raíces pueden ponerse a prueba.

Pasó la noche en vela entre los muros de toba de su dormitorio. Pensó en su abuelo Giovanni, que, al volver de América, excavó aquellas estancias con el dinero que había ganado durante años lejos de casa. Pensó en su padre, Nicola, que le había transmitido aquella vida con la misma intensidad con la que daba clase de historia en el Liceo Umberto I. Pero pensó también en su hijo.

A la mañana siguiente, a las ocho menos veinte, ya estaba listo para subir a la superficie. Esperó hasta las ocho a que Nicola se despertara.

Se tomó un segundo café que él mismo había preparado y le sirvió una tacita a su hijo. Le pidió que lo siguiera y los dos se detuvieron frente a la puerta.

—Recuerda una cosa —dijo Giovanni a su hijo—: no importa dónde construyas tu casa. Basta con que no olvides nunca por qué puerta saliste.

Y lo dejó subir hacia la ciudad.

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