Antes del atardecer

Una buena conversación no tiene por qué terminar nunca. Puede comenzar por azar, en un momento cualquiera, crecer durante horas, detenerse, continuar al día siguiente, o en seis meses…o nueve años después. Podemos decir, incluso, que todas las buenas conversaciones que mantenemos con quienes conectamos son sólo una, que se ramifica, vuelve al camino central, gira sobre sí misma, se disuelve… Éste podría ser uno de los motores del guión de Antes del amanecer y Antes del atardecer, dos películas, un mismo director (Richard Linklater) e idénticos protagonistas (Ethan Hawke y Julie Delpy) que cuentan la evolución de una intensa relación entre Jesse y Cèline, un joven norteamericano y una francesa que se conocen en un tren, en 1994, y deciden pasar juntos una noche en Viena, antes de continuar hacia sus respectivos destinos. Bajan juntos de ese vagón porque necesitan seguir la conversación que han comenzado sobre la vida, el amor, la muerte, el futuro, sus respectivos miedos…Y deciden ser realistas y plantear el encuentro como una historia con principio y final concreto, de modo que sea una experiencia cerrada que recordar siempre. Pero no es posible cumplir siempre los planes y acuerdan quedar seis meses después, en la misma estación que se despiden.

El propio director y los actores quedaron obsesionados con esta historia y crearon la ocasión para seguir jugando con ella nueve años después, en Antes del atardecer. Y es que todos coqueteamos a veces con la idea de las segundas oportunidades. Pensamos qué hubiera ocurrido de decir aquello que no dijimos; si hubiésemos aclarado malentendidos que no pudieron ser resueltos en su momento; imaginamos cómo sería nuestra vida de continuar aquella historia de amor que prometía…

Rodada en 2004, la segunda película nos coloca en París, dentro de una pequeña librería en la que Jesse, ahora un reconocido escritor, presenta su nuevo libro, la historia de una noche en Viena de dos jóvenes que viven una experiencia muy parecida a la que compartió nueve años antes con Cèline. “¿Autobiográfica?” le pregunta una periodista en la rueda de prensa de presentación. “¿Y qué no lo es?”, responde antes de darse cuenta de que la compañera de aquella aventura, ahora concienciada activista medioambiental, está justo detrás de él, esperando para saludarle.

A partir de ahí, retoman la conversación comenzada años atrás, las palabras fluyen mientras pasean, con la cámara marcando largos planos muy próximos, y los protagonistas se dan cuenta de que construyeron su ideal romántico a partir de esa noche, una foto fija del amor con la que han comparado cada una de sus relaciones posteriores. Y todas salen perdiendo.

En este tiempo, el azar ha jugado con ellos. Les ha hecho vivir en la misma ciudad, Nueva York, durante dos años, un periodo en el que él confiesa haberla buscado en cada calle e, incluso, llegar a verla, algo que pudo ocurrir porque ella tenía cerca su apartamento. Como cuenta la poeta polaca Wislawa Szymborska, en su poema ‘Amor a primera vista’,

(…)Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo principio
no es más que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad(…).

Conforme avanza la tarde, gana fuerza el eterno “¿y si…?” y la posibilidad real de mejorar un recuerdo, de cerrar en el presente un interrogante que quedó abierto. Puede que la segunda oportunidad no sea más que eso, y no avance por el camino que prometen sus conexiones. Pero les merece la pena intentarlo. Seguir con una conversación que no tiene por qué terminar nunca. O sí, ¿quién sabe?

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