Lecciones para tiempos de crisis: la rebeldía en la literatura inglesa

¿Qué debe leer el individuo que todavía desea leer en este tiempo de la historia?.

Con esta interrogante- formulada por Harold Bloom en El canon occidental– suelo comenzar mis cursos de literatura inglesa en la universidad, privilegio que disfruto hace ya casi cuatro décadas. Evidentemente, la respuesta varía cada año y esboza una radiografía de nuestra sociedad y su evolución.Yo siempre añado que debemos leer aquello que nos ayuda a entender al ser humano y a enfrentar la vida en toda su riqueza y su miseria porque leer es ampliar el hecho de vivir y por ello, como profesora, antepongo el aprendizaje vital a cualquier otro objetivo académico.

Pero, volviendo a la pregunta de Bloom, ¿qué deberíamos leer hoy? ¿qué ayudaría a los jóvenes universitarios que tengo delante a enfrentar y resistir estos tiempos de desesperanza? ¿qué deben leer mis alumnos, veinteañeros confusos ,condenados por las estadísticas laborales a un futuro incierto cuando no inexistente?

Es estimulante que uno de los imperativos que suenan con más fuerza entre los jóvenes sea el de ¡Indignaos! y que este provenga de un anciano, Stéphane Hessel, al que avala una larga trayectoria vital de resistencia. Su impacto en la juventud puede competir con el de las grandes estrellas musicales y mediáticas, ofreciendo en su caso experiencia, sabiduría y un abultado curriculum de rebeldía personal que ha sabido contagiar a una generación 60 años más joven. Deberíamos tomar nota de ello, de esta valoración de la experiencia y la coherencia como algo que autoriza tu voz y tu mensaje con independencia de la edad que tengas.

A lo largo de mi vida docente he procurado ofrecer el programa que más se adecuaba a mi propia trayectoria sin olvidar el contexto social que compartía con el alumnado. Lecciones para entender el mundo y conocerte a ti mismo, debería subtitularse mi asignatura cuyos objetivos-sin duda alejados de los cánones académicos al uso- siempre han sido hacer pensar y disfrutar al estudiante/lector y dotarle de herramientas para la reflexión y el placer.

La reciente lectura del libro de Azar Nafisi Leer Lolita en Teheran (2003) ha reafirmado mi convicción de que la enseñanza de la literatura transciende con mucho la estricta labor pedagógica. El libro de Nafisi, que recomiendo encarecidamente, rememora la dramática experiencia de una profesora de la universidad de Teheran en los convulsos tiempos de la revolución islámica. La ola de represión, sangre y censura que sacudió el país es descrita en toda su crudeza, con especial atención a la violación de derechos y libertades de la mujer. Pero Nafisi cuenta en este relato autobiográfico cómo logró hacer de sus clases un refugio frente a la barbarie y de su programa de literatura en lengua inglesa todo un manual de resistencia. Milagrosamente, textos de Scott Fitzgerald, Henry James, Jane Austen y por supuesto la Lolita de Nabokov que da titulo al libro se convierten en lecciones del arte de vivir en tiempos de máxima adversidad. No cabe duda de que lo más valioso de la obra es su habilidad para extraer ejemplos de fortaleza en títulos tan variados y -en apariencia- tan alejados del contexto de la revolución iraní. Pero precisamente ahí radica la grandeza de la literatura y, en este caso, de su enseñanza: las grandes obras renacen en cada receptor, contexto o comunidad interpretativa, que van extrayendo de ellas toda su riqueza y su polivalencia.

Lecciones de resistencia en tiempos de violencia: tal es el logro de Afisi con sus clases, que ella convierte en una alternativa y un punto de encuentro para unas jóvenes con un destino dramático. Muchas de ellas – casi todas eran mujeres- morirán en la revolución pero encararán su suerte con el recuerdo de unas enseñanzas impregnadas de arte y vida.

Comparto con Azar Nafisi el oficio privilegiado de enseñar literatura -inglesa, por más señas,- en la universidad. Se ha hablado hasta la saciedad de la total falta de interés de los alumnos actuales pero doy fe de que en todos los cursos encuentro alguna mirada encandilada por los textos, autores o movimientos que explico y declaro aquí mi fe en los jóvenes, una fe que no han podido quebrantar casi 40 años de experiencia. Por ello, tras la lectura de Leer Lolita en Teheran me he planteado la conveniencia de hacer de mis clases no solo un ejercicio de reflexión y placer, sino también de resistencia, de fortaleza,de rebeldía en estos tiempos de crisis que nos rodea. ¿Por qué no extraer lecciones de una material tan rico como es la literatura inglesa? ¿Por qué no incidir más que nunca en el inconformismo, en ese Indignaos!!!! que con tanta autoridad moral ha proclamado un nonagenario? Este curso mi respuesta a la pregunta de Bloom es clara: los jóvenes de hoy, especialmente si tienen el privilegio de ser universitarios, necesitan lecturas para tiempos de crisis y deben buscar en ellas ejemplos de crítica, de insumisión, de transgresión, de iconoclastia, en otras palabras de aquello que les haga más lúcidos y más fuertes en una de los peores crisis de valores -no solo económicos- que ha atravesado España. No olvidemos que, aún teniendo en cuenta sus miserias, vivimos en un mundo de estabilidad política y democrática y ello hace más interesante la literatura inglesa, todo un catálogo de recursos y fórmulas contra ese concepto clave que ellos mismos acuñaron y que no es otro que el establishment. La rebeldía es un elemento recurrente que adopta la más variadas estrategias y los mecanismos más transgresores de los que, por razones de espacio, aquí citaremos solo tres : el humor, la imaginación y los retratos de infancia y juventud.

El humor inglés goza de renombre universal por su agudeza, su irreverencia y su audacia . En el país de la libertad de expresión constituye una tradición tan continuada como viva donde destaca con luz propia la sátira, ese don vitriólico para hurgar y expurgar la condición humana, sus hábitos y sus instituciones.

Baste recordar la vigencia de los grandes clásicos como Los Viajes de Gulliver (1726), de Jonathan Swift, Rebelión en la Granja (1945), de George Orwell y plumas actuales tan afiladas como la de Julian Barnes y su hilarante tratado sobre la muerte Algo que temer (2010) o David Lodge y su ácido retrato del mundo académico en Intercambios (1975) o El Mundo es un pañuelo (1984).

El humor traspasa cualquier límite establecido y subvierte las leyes de la física, las matemáticas o la lingüística, como es el caso de Lewis Carroll y sus inmortales libros de Alicia.

 Pero no es el humor, sin embargo, el único tesoro de las letras inglesas. Uno de sus grandes filones y prueba incesante de su imaginación transgresora es la literatura fantástica, ese universo que va de los libros de aventuras a la ciencia ficción alcanzando cotas insuperables. La literatura fantástica mira al futuro con audacia, yo diría que incluso con provocación, aliándose con la ciencia y la tecnología en ejemplos tan conocidos como Frankenstein (1818) o Dr.Jekyll and Mr. Hyde ( 1866) pasando por la obra inconmensurable de H.G. Wells y Ray Bradbury o esa premonición manipuladora que significó Un mundo feliz de Aldous Huxley en 1932.

Pero esa imaginación tiene la misma capacidad para mirar al pasado con la óptica de lo mágico, lo sobrenatural y lo maravilloso y brindarnos tesoros como el poema épico Beowulf (siglo VIII-XII), el caudal inagotable de la leyenda artúrica, El señor de los anillos (1954) o recientemente el prodigio literario y comercial de Harry Potter (1997). Todo ello sin olvidar la gran capacidad para la utopía y la distopía, es decir, para imaginar el mejor o el peor de los mundos como es el caso de 1984, esa profecía terrible de un mundo controlado por la mirada del Gran Hermano. Cabe preguntarse por la vigencia de la obra de Orwell en los tiempos actuales y las respuestas son múltiples: ¿no estamos padeciendo hoy el horror de la dictadura de los mercados y el ojo terrible -que todo lo ve y todo lo controla– del FMI, el BCE o agencias como Standard and Poor´s? ¿No hablan los políticos y los economistas una especie de Newspeak que crea confusión e incomunicación por encima de cualquier otra cosa?

 Al humor y la imaginación , artes tan bellas como transgresoras, se une la prodigiosa galería de retratos de infancia y juventud que pueblan el mundo literario inglés. Allí gozamos de los héroes y heroínas más irreverentes, como es el caso de Alicia o Peter Pan, sin olvidar a Guillermo Brown, inefable héroe de quienes fuimos niños en la España de mediados del siglo XX y uno de los rebeldes más gloriosos de la historia de la literatura .A Guillermo y a los Beatles –otros cuatro rebeldes fabulosos- debo yo el placer de haber estudiado Filología inglesa y haber viajado al extranjero cuando casi nadie lo hacía. ¿Y como olvidar esa descarnada radiografía de un joven y su rotundo non serviam que es el Retrato del artista adolescente (1914) de James Joyce?

A veces esta galería de retratos funde la obra con la vida y el propio escritor/a se erige en la imagen del rebelde para la posteridad. Tal es el caso de los poetas románticos , sobre todo la legendaria figura de Lord Byron con su halo de juventud, belleza, e insumisión o la audacia de una jovencísima Mary Shelley cuando escribió Frankestein (1818),la transgresión ética y estética del dand , encarnada por Oscar Wilde o el halo del aventurero exótico encarnado por Robert Louis Stevenson .

Sublimes jóvenes airados todos ellos, muchos años antes de que esta figura adquiriera carta de naturaleza en la escena londinense de los años 50 (“the angry young men”) o en la década prodigiosa de los 60 con la contracultura y su fórmula mágica de sexo, droga y rock n´ roll. Es evidente que la consagración del joven “ilícitamente” indignado se debe a la película Rebelde sin Causa (1955), con un James Dean irresistible que nos arrastró boquiabiertos al universo de la chupa de cuero, de la camiseta de Brando en Un tranvía llamado deseo, de las flores en el pelo y del amor libre de los “hippies”. Fue entonces cuando los jóvenes comenzaron a marcar rabiosamente un territorio propio -desde el atuendo a los festivales de música- y donde cualquier parecido con la generación anterior era abiertamente rechazada. Y fue entonces cuando estalló el culto a la juventud, la sexualidad, la rebeldía, la violencia. Por eso no es casualidad que en 1962- hace ahora justamente 50 años- se publicaran dos obras fundamentales: El cuaderno dorado, de Doris Lessing y La naranja mecánica de Anthony Burgess.

El cuaderno dorado  fue recibido como la biblia de los movimientos feministas y desgranó magistralmente el cuerpo, la mente y el alma de la protagonista, Anna Wulf, y las distintas parcelas de la vida de una mujer. Por su parte, Burgess –con la ayuda impagable de la película de Kubrik- extrajo  belleza  de la marginación, la violencia y el lenguaje juvenil  con la figura de Alex y sus compiches,  Pero no serían estas dos obras casos aislados. Muy por el contrario, los mosaicos de violencia juvenil  han abundado,  con títulos tan conocidos como Trainspotting (1993) de Irvine Welsh, y la relación entre género y literatura ha sido de una gran fertilidad, con propuestas tan radicales como las de Jeanette  Winterson.

Alguien podría argumentar que estos retratos reflejan solamente jóvenes rebeldes blancos, anglosajones y protestantes , lo que se conoce con las siglas de WASP (White Anglosaxon, Protestant,)  patrón secular del escritor/a , héroe/ heroína o lector/a de estas obras. Pero ya a mediados de la década de los 70 la novela inglesa se convierte en un crisol de razas, religiones, tradiciones, en otras palabras de lo que se ha denominado“The New English”con su gran atractivo multicultural y multiétnico . El mestizaje y  el hibridismo, propios de la Inglaterra postcolonial, estallan  en las páginas de Hijos de la medianoche (1980), del polémico Salman Rushdie, El buda de los suburbios (1990), de Hanif Kureishi,  Dientes Blancos (2000), de Zadie Smith, etc,  y vemos con asombro cómo las colonias acosan y derriban a la metrópoli y los escritores de la periferia acaparan el centro literario.

¿Hay en todo esto alguna lección para nuestro tiempo de crisis, podemos preguntarnos finalmente?  ¿En qué medida puede alimentar el alma y la mente de un joven que vive permanentemente en Twitter y Facebook y que ve la cola del paro como su destino natural?. No es nuestra intención hacer  de las  lecturas mencionadas algo ejemplarizante ni reconfortante. Por el contrario, únicamente  pretendemos, como Stéphane  Hessel, prender y atizar  la llama de la indignación , entendiendo por tal el análisis lúcido y la protesta rotunda, aunque  civilizada, ante una situación de ignominia permanente. Y, como Azar Nafisi, también aspiramos modestamente  a inquietar y, llegado el caso, a convertir la clase de  literatura en un bastión de libertades, reivindicaciones  y otras bellas artes. Que si bien mis estudiantes no conocerán tiempos tan terribles como la revolución de Jomeini (¡¡¡o al menos eso espero!!!!!) no por ello viven sin amenazas: ¿cómo llamar si no a ese reino de la corrupción y la mediocridad en que nos movemos, gobernado por la prima de riesgo?. Y aunque tampoco la literatura inglesa ofrezca la solución para la crisis ¿no urge que vayan proliferando plumas tan afiladas como la de Swift, estallidos de imaginación tan subversivos como los de Lewis Carroll y, sobre todo, algún líder con el carisma y la filosofía vital  de Guillermo Brown?

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