‘Fútboldesconexión’

Aún lo recuerdo. Sentada delante del televisor, con 6 o 7 años, me preguntaba cuál era el motivo que movía a 22 tipos a perseguir una pelota pequeña, casi invisible, que rozaba la hierba del campo a gran velocidad patada tras patada. Hoy ya no me lo pregunto. He disfrutado de grandes partidos desde la grada, con la suerte de observarlos sin tener la mirada decantada hacia ninguna de las camisetas; sin sentir miedo, desilusión o éxtasis cuando alguno de los jugadores consigue pisar el área contraria e introducir la pelota entre los tres palos. Esa extrañeza de partida, mi distancia respecto a los colores de cualquier equipo, me permiten apreciar la fuerza de los jugadores que pelean; las estrategias que un equipo despliega para estar siempre frente al área del equipo rival, disparando, disparando y disparando hasta lograr su objetivo.

Reconozco magia en el juego, en la capacidad para acariciar la pelota con los pies; en la forma de pararla, apoyada sobre el césped mullido, brevemente, mientras el jugador decide qué hacer a continuación, justo antes de empujarla con la punta de la bota, contundente, para darle velocidad afilada e infinita, o con el talón, en un golpe suave y preciso, si lo que elige es cederla a un compañero. Disfruto observando la capacidad épica del jugador que mira hacia el fondo del campo, deteniendo el tiempo, solitario, aunque rodeado de enemigos, mientras decide si continúa internándose, valiente, él sólo en el área, o pasa la pelota a alguien de su ejército, al que siente con más posibilidades de conquistar el territorio ansiado, esa red que abrazará la pelota y la frenará, dejándola exangüe, en el suelo.

Pero, frente a la belleza del juego, a esa inspiración permanente para lograr la victoria, está la inanidad de lo que ocurre más allá del verde, la inexplicable fuerza que mueve la vida del fútbol fuera del campo. Y confieso que miro con extrañeza a todos estos jugadores que repiten los mismos mantras delante del micrófono, idénticas frases para no decir nada; a esos entrenadores que parecen poseedores de la fórmula para mover el mundo sin palancas. Realmente, me basta con ver cómo hablan sobre el césped, mientras juegan. No necesito saber más.

Y asistimos, lo queramos o no, gracias a la televisión, a la Red, a los comentarios de la gente que nos rodea, a este circo en el que los jugadores y entrenadores forman parte de un espectáculo, que, para mi sorpresa, no deja de atraer a millones de personas en el mundo.

En un artículo publicado hace un tiempo en la revista, se nos animaba a buscar el logos en el fútbol. No estoy muy segura de que podamos hallarlo en él. No hay dónde buscarlo. Creo que ante un buen partido basta la desconexión de la mente. O, como distingue Daniel Kahneman en ‘Pensar rápido, pensar despacio’, es suficiente con utilizar el Sistema 1, el intuitivo, el que mantiene el cerebro en un estado relajado, cuando no hace falta procesar información ni elaborar complicados juicios, basta con disfrutar de lo que vemos: las habilidades individuales, el movimiento de las distintas líneas de jugadores, las diagonales en carreras imposibles. Y eso es fantástico. Por eso, en el fútbol sobran personajes que hacen más espectáculo en rueda de prensa que energía vuelcan en el vestuario. Esos rifirrafes ocupan páginas y páginas y despistan nuestra atención de lo realmente importante, de todo lo que ocurre a nuestro alrededor, con lo que eso tiene de peligroso. Como siempre, el pan y el circo.

No digo que no sea importante buscar vías de escape, de desconexión, siempre, en cualquier coyuntura. Es fundamental. Pero no lo es invertir energía en discutir con demasiada fuerza sobre lo que hay detrás del deporte, o más que detrás, debajo del gran deporte, porque, como vemos cada día, no hay demasiado o lo que hay es oscuro y pegajoso. Prefiero quedarme con lo que veo en la pista, en los campos, el resultado final de un esfuerzo hercúleo y constante que nos debería seguir inspirando para pelear con mayor fuerza cuando las cosas no pintan demasiado bien.

 

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4 Comentarios

  • Me identifico. Por otra parte, el logos es algo demasiado grande y profundo para encarnarlo en el Mourihno ese. No obstante, las Odas de Píndaro se consagraron al deporte. Pero en el campo. Además, la velocidad infinita, que postuló Descartes, fue des-cartada por la física posterior. Enhorabuena por el artículo…

  • Conchi, por lo que me toca, te diré que he pensado y escrito con frecuencia de ello en otros sitios. Creo que lo equivocado es buscar en el fútbol el deporte. Se trata de un generar un espectáculo y un negocio basado en la utilización de un deporte. Es un error pensar que el Real madrid y el Barcelona son clubes deportivos, son promotores de negocio-espectáculo, y como tales lo hacen muy bien. Como deportistas ya es otra cosa. Y en cuanto al logos, todo lo que hacemos los seres humanos participa de una suerte de sapiencia, es nuestro segundo apellido sapiens el que se expresa, los animales corren, saltan, vuelan, más y mejor que nosotros, pero no saben que lo hacen. Y, como dice Oscar, los griegos también generaron su logos atlético, un logos emocionante y admirable que nos ha engrandecidoa todos. Cuando era niño, mi padre, profesor de griego clásico, me enseño a apreciarlo como uno d elos fundamentos de nuestra cultura. Otra cosa es que el fútbol espectáculo esté lleno de sacamantecas y descerebrados.

  • Hay algo que hace que sea deporte además de negocio-espéctaculo, una sola cosa: que el resultado del partido sea incierto, a diferencia de otros programas de tv. Un tongo es, por tanto, la negación total del deporte. En cuanto al logos, lo manejamos, pero no es nuestro. Y tampoco sabemos lo que hacemos, pero lo inventamos sobre la marcha…

    • Creo Jesús que sí es posible encontrar deporte en el fútbol, si hablamos de deporte como la plasmación de la cultura del esfuerzo, de la pelea apasionada por un objetivo y de la generación de belleza en un juego. Claramente, el negocio que hay alrededor acaba difuminando esos atributos, pero, lo que acaba machacándolos del todo, estoy de acuerdo, es la atención desmesurada, y para mi incomprensible, a las palabras y actitudes de entrenadores, jugadores y periodistas-personaje, de los que se acaba hablando mucho más que de lo que ocurre en el campo.
      Y sobre la “velocidad infinita”, Óscar, que me perdonen los físicos posteriores a Descartes, pero, por lo que a mí respecta, influida como estoy por la cercanía de los adjetivos de Pla -todo el día en mis bolsillos- y condicionada definitivamente por mis once dioptrías por ojo, cuando una pelota sale disparada desde la bota de un jugador, adquiere velocidad infinita, invisible y eterna. Pues no me cuesta a mí volver a localizarla en el campo!!!! ;D

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