El Síndrome del Espejo ( y II)

1. UNA REBELIÓN CONTRA LOS ESPEJOS

La primera parte la dedicamos a plantear los problemas que los espejos y espejismos causan a los seres humanos modernos. La segunda la dedicaremos a proponer soluciones.

La primera de ellas sería promover una rebelión contra los espejos, romperlos todos y ¡muerto el perro…! Pero eso no es posible: los espejos se multiplican, se diversifican, se imponen.

Luego las soluciones habría que buscarlas en nosotros mismos, en los que nos miramos. Deberían venir de la mano de la sabiduría, para conocer y admitir la verdad; de la bondad, para reconocer y tolerar los defectos y conflictos; del equilibrio en la higiene física y mental como antesala de la salud; de los tratamientos médicos y psicológicos para cuando los problemas adquieren categoría de enfermedades; y del disfrute de la vida, para que las pequeñas felicidades cotidianas nos acerquen a la Felicidad con mayúscula. Esta sería la verdadera revolución de los espejos.

 

2. EL ESPEJO SABIO

Conócete a ti mismo.

 

Se dice que Sócrates era un hombre muy sabio y también muy feo, aunque posiblemente no tenía muchos espejos para mirarse. Aun así, “exhortaba a los jóvenes a que se mirasen frecuentemente al espejo, a fin de hacerse dignos de la belleza, si la tenían; y si eran feos, para que disimulasen la fealdad con la sabiduría”.

Siglos después, Oscar Wilde, en el cuento “El pescador y su alma”, dice: “No hay más dios que este Espejo, que es el Espejo de la Sabiduría. Todas las cosas del cielo y de la tierra las refleja, excepto el rostro de quien se mira en él. No lo refleja para que el que mire pueda ser sabio. Todos los demás espejos son espejos de la opinión. Quienes poseen este Espejo, lo saben todo, y no hay nada oculto para ellos.”

Estos dos sabios nos enseñan que los espejos sabios no existen, pues dependen de la sabiduría del que se mira, y normalmente no aplicamos demasiada al acto de mirarnos, pues lo que queremos no es saber la verdad, sino una opinión favorable. No queremos conocernos, sino parecernos al doble “guapo” de nosotros mismos. Luego no cabe más opción que aplicarle una buena dosis de inteligencia y sensatez al acto de mirarnos y juzgarnos. Esa sería la conducta sabia ante el espejo, pero ¿cómo se consigue?

Los espejos pueden ser utilizados como instrumentos de terapia, pues además de para mirarnos sirven para reflexionar ante ellos. Es posible aprender a hacerlo de forma inteligente y sensata, aunque tal vez se necesite ayuda. Es algo que recomiendo a mis pacientes. Les digo, si le dedicas cada día diez minutos a tus dientes, ¿por qué no le dedicas otros tantos a tu mente? Sencillamente, mientras te afeitas o acicalas detente unos minutos ante el espejo, mírate a los ojos, dialoga con tu imagen, pregúntate cómo te sientes, busca explicaciones para esos sentimientos, si tienen relación con algo que te ha sucedido ese día o el anterior, o algo que esperas que suceda, piensa en lo que has pensado, hecho o dicho para que te sientas así, mira a ver si has cometido algún error, algún desliz, por pequeño que sea, en fin, reconoce tus sentimientos, pensamientos y conductas, y encuentra las motivaciones, justificaciones y valoraciones que las motivan, y no hagas nada más de momento. Más adelante ya aprenderás a corregir errores, a modular sentimientos, a valorarte sin juzgarte, a criticarte sin compararte, etc. Por ahora simplemente aprende a plantarte ante tu espejo de forma serena, mirándote a los ojos sin fijarte en tu propia imagen, sin detenerte en los detalles, mirándote globalmente al cuerpo y a la mente, e interrogándote, como si tu espejo pudiese hablar como los espejos mágicos de los cuentos.

Ese uso inteligente del espejo es realmente posible y eficaz, se lo asegura uno que lo hace cada día. Te permite aproximarte al “conócete a ti mismo”, el método por excelencia para alcanzar la virtud equilibrada, complaciente y sabia.

Luego, primera enseñanza: Tu espejo es tan listo como lo seas tú. Aprende a mirarte inteligentemente, y tu espejo será sabio y justo.

3. EL ESPEJO BONDADOSO

Sé generosamente egoísta.

¿Se ha preguntado alguna vez por qué lloramos en el cine? La respuesta es sencilla: porque nos emocionamos. En él se proyectan escenas cargadas de emoción, acción, valentía, heroicidad, y también la mayor ostentación del lujo, la belleza y la salud perfectas. Esos son los ingredientes misteriosos que pasan del cine al cerebro y despiertan las emociones. ¿Que cómo lo hacen? Veamos. En 1987 Giacomo Rizzolatti y su equipo, descubrieron las “neuronas espejo” que todos tenemos en las áreas frontales y parietales del cerebro. Estas neuronas se activan cuando realizamos algún movimiento y también cuando observamos a alguien haciendo algo. Nuestras neuronas reproducen virtualmente, como auténticos espejos, lo que otros hacen, y además, y esto es lo más importante, sienten lo mismo que los otros sienten. Ese curioso mecanismo es lo que nos permite reconocer, entender y comprender a los demás, es decir practicar sin necesidad de aprenderla, una facultad específicamente humana: la empatía. Gracias a ellas podemos elaborar una “teoría de la mente ajena”. Es decir, a partir de las observaciones que hacemos de los demás, nuestra mente es capaz de inferir y “especular” sobre lo que los otros piensan o sienten. Por eso en el cine cuando contemplamos una escena de amor, un beso “de película”, se activan en nuestro cerebro emociones similares a los que se están besando.

Pero, ¿cómo podemos aplicar estas teorías a la valoración de nuestra propia imagen? No es fácil, pero basta saber que el funcionamiento coordinado de las neuronas espejo, junto con las evaluaciones estéticas basadas en aprendizajes sociales y culturales, condiciona nuestra valoración subjetiva, y explica por qué lo delgado nos parece bello y lo gordo feo, o por qué lo feo nos parece malo y rechazable, y lo bello bueno y deseable. Podemos aprovechar estos conocimientos para ayudar compasivamente a esa “otra” persona que vemos sufrir al fondo del espejo. La actitud de autoconocimiento inteligente, unida a ésta aceptación bondadosa y empática de ti mismo, o, como diría el Dalai Lama “inteligentemente egoísta”, podemos aplicarla a la percepción de la imagen que vemos en el espejo. Eso sí, la compasividad no debe ser pasividad, la tolerancia no debe ser abandono, y la autonomía siempre debe ser autoexigente. Seamos pues autocríticos pero tolerantes con nuestra imagen, realistas pero bondadosos con nosotros mismos, lo cual puede que no nos produzca mucho placer, pero seguro que nos evitará mucho sufrimiento.

Sabiduría, bondad, tolerancia y empatía son las vitaminas esenciales del bienestar y la autonomía de las personas. Virtudes que preconizaba Pericles en su “Oración fúnebre”, 430 a.C.: “Amemos la belleza con sencillez y el saber sin relajación”.

Luego, segunda enseñanza: “Aprende a  ser bondadoso, comprensivo y empático con esa persona que ves cuando te miras al espejo”. 

 

4. EL ESPEJO SALUDABLE

 Nada en exceso

 

Si tuviera que resumir la prevención de enfermedades en una frase elegiría: “Nada en exceso”. Es la higiene basada en la sofrosiné, la moderación y el equilibrio. Claro que esas palabras suenan a aburrimiento, y cuando la higiene se hace aburrida, no se hace. Es lo contrario de la moda, el lujo y el escaparate, que se asocian con placer y diversión. Luego practicar una higiene equilibrada y divertida no solo es posible y necesario, es mucho más eficaz.

En el capítulo sobre belleza y salud vimos al prototipo de belleza imperante se le acusa de poner en riesgo la salud. El motivo es el exceso del modelo, que representa lo contrario de la sofrosine: la hybris, la desmesura. Por eso, cuando la belleza se convierte en lujorexia, mercadotecnia y escaparatismo, ejerce una enorme influencia sobre la mente de ciertas personas débiles, que  acaban teniendo problemas de salud. No olvidemos que el síndrome del espejo consiste esencialmente en una debilidad de los sistemas autocontrol y recompensa. Por eso a las personas con dietas de adelgazamiento extremo les cuesta tanto abandonarlas. Es la manera de ejercer un autocontrol reforzador de la autoestima. Pero a menudo caen en un círculo vicioso, y solo se sienten bien si controlan rígidamente su cuerpo, su imagen, su interacción con los demás y con su espejo. Por eso el uso de éste como elemento terapéutico es muy útil en estos casos, pues representa una oportunidad de corregir distorsiones y errores, y mejorar la autoestima mediante la aplicación de las recomendaciones previas: sabiduría y empatía.

Se trata de romper el círculo neurótico, de que dejen de basar su autoevaluación en los detalles o partes que les desagradan, y que automáticamente son generalizados a toda la toda la persona: “Si mi barriga es gorda, yo soy gorda, luego fea, luego….”. El uso saludable del espejo nos permite aprender a hacer evaluaciones más globales, a desplazar la atención desde partes del cuerpo menos agraciadas al conjunto psicosomático de la corporalidad, a depositar más esperanza en las relaciones con otras personas que en la comparación con ellas, a fijarse más en la actividad y menos en la estética, y, sobre todo, a no obsesionarnos con el peso, la dieta, la figura, etc.

Así pues, seamos moderados y juiciosos en el uso del espejo, no sea que acabemos percibiendo detalles nimios que no nos gusten, y que a continuación generalicemos a toda nuestra persona. Seamos higiénicamente saludables, practiquemos ejercicio y velemos por nuestra dieta, pero no nos desvelemos por nada de ello. Cuidemos de nuestra apariencia, pero sin caer en las imposiciones de la moda y la publicidad.

Luego, tercera enseñanza: Sé mesurado, pero no aburrido; practica la higiene, pero no te esclavices a ella; haz ejercicio, pero no te agotes. Y sobre todo, no olvides que la libertad es la suma de pequeñas libertades, el placer es la suma de pequeños placeres, y la felicidad consiste en no saber si lo que haces a diario es diversión o trabajo.

 

5. EL CIBERESPEJO.

Habla con tu Avatar.

Como se dijo, hay muchos espejos virtuales, cibernéticos, pantallocráticos y pantallofrénicos. Pero no todo es malo en ellos. En los últimos años, gracias a su versatilidad y facilidad de uso, se han desarrollado terapias de realidad virtual para el tratamiento de patologías como fobias, obesidad o adicciones. De momento son métodos complejos que requieren tecnologías sofisticadas y un terapeuta instructor, pero pronto podremos adquirir programas sencillos, que cualquiera podrá instalar en su ordenador y utilizar como método de auto-terapia.

En el área que nos ocupa las terapias mediante realidad virtual con dobles o avatares son muy útiles para cambiar las distorsiones perceptivas que sufren las personas con trastornos de la alimentación y obesidad. Se basan en el denominado “efecto doppelgänger” (mi otro yo). Basta con contemplar en una pantalla dos o tres minutos al día tu propio avatar para que cambiar el estado de ánimo, modificar actitudes erróneas, mejorar la opinión sobre personas o cosas, y propiciar una mejor auto-valoración. Pero lo más interesante es que se ha comprobado que cuando contemplamos nuestro propio avatar se activan intensamente en nuestro cerebro las zonas relacionadas con el procesamiento de información referente a nuestro propio cuerpo, a nuestro propio “yo”. Concretamente se activa la denominada corteza prefrontal medial, que es la que usamos para juzgar a nuestro yo real, lo cual sugiere que estas técnicas podrían usarse como métodos sencillos y eficaces de auto-aprendizaje. Algo similar al uso del espejo como autoterapia que antes proponíamos, pero en tu ordenador.

 Luego, cuarta enseñanza: No abuses de las pantallas, ni las desprecies. Son espejos sofisticados, que tienen sus inconvenientes, pero también sus ventajas. Aprende a usarlas a tu favor, y te resultaran favorables.


6. EL ESPEJO FELIZ

Aprende a reírte de ti mismo.

 

¿Conoce usted un espejo feliz? Yo conozco uno, pertenece a una mujer madura pero aun pinturera, que cada mañana cuando se mira en él, se hace un guiño a sí misma. Es una mujer sofisticada, más lista que culta, no muy bella pero si muy atractiva, pero demasiado preocupada por su apariencia. En una ocasión me consultó deprimida por el síndrome de los “40”. Le prescribí pastillas y la terapia del espejo. Pilló el mensaje al vuelo y desde entonces su espejo es tan feliz como ella misma.

Hace poco se publicó un artículo que demostraba que inyectarse botox en la cara produce felicidad, no por las arrugas que quita sino porque te impide fruncir el ceño, y basta con no verte la cara enfurruñada para que te sientas mejor. No se sabe bien cual es el mecanismo, pero sí que los movimientos de los músculos faciales influyen en los sistemas cerebrales de las emociones. Luego, alegra esa cara ante tu espejo y te devolverá alegría.

Joséphine, la protagonista de “Los ojos amarillos de los cocodrilos” (K. Pancol, 2010) es una mujer inteligente, culta y honesta, que gracias a su talento acaba cosechando un gran éxito como escritora, pero que arrastra desde la infancia un complejo de fea, por lo que apenas se preocupa de su imagen y se infravalora constantemente. Su mejor amiga le increpa:

–         …¡deja de pensar que eres fea y gorda! No lo eres.

–         ¿Entonces por qué me veo así? ¿Puedes explicármelo?

–         Audrey Hepburn estaba convencida de que era fea, acuérdate. ¡Todas nos creemos que somos feas!

–         ¡Tú, no!

–         Digamos que yo he recibido más amor al principio. Mi madre me amaba con locura…

 Como contraposición está su hermana Iris, una mujer bellísima, segura de sí misma, aunque egoísta, superficial y demasiado preocupada por su imagen, que acaba siendo una fracasada y deprimida, y le dice a Joséphine:

–         Yo solo he tenido un talento… He sido guapa. Muy guapa. ¡E incluso eso se me está escapando! ¿Has visto esta arruga? Ayer por la tarde no estaba. Y mañana aparecerá otra…

He aquí dos modelos de mujer, con dos formas de mirarse al espejo. Pero, ¿quién es más feliz?, ¿a cuál le gustaría parecerse? Posiblemente a ninguna, sino a Hortense, la hija de Joséphine, que heredó la inteligencia de su madre y la belleza de su tía, y que opina que las mujeres se dividen en dos categorías, las feas y las maquilladas. Eso sí que es sabio, bondadoso, divertido y eficaz.

Luego, quinta enseñanza: Aprende a filtrar tus asuntos estéticos por la criba del buen humor. Piensa, como Groucho Marx, que “la risa es como la aspirina, pero dos veces más rápida”, y recuerda que Tomás Moro, poco antes de ser decapitado escribió: “Bienaventurados los que saben reírse de sí mismos, porque tendrán diversión para rato”.

 

 

7. REFLEXIONES CONTRA ESPEJISMOS

 

Para acabar, permítame algunas reflexiones contra tantos espejismos, que enunciaré en forma de moralejas.

Moraleja 1: Entre cada persona y su espejo siempre está el amor, el amor propio y el amor de los demás, ambos se sienten y se padecen, se reciben y se dan, y, curiosamente, siempre aumentan cuando se entregan.

Moraleja 2: La belleza es deseable, positiva, importante para la vida humana,  pero es una condición relativa y mutable, y poseerla nunca es garantía de felicidad.

Moraleja 3: Los espejos son instrumentos extraordinarios pero peligrosos si no sabes usarlos. Si los observas demasiado fijamente siempre te mostrarán defectos, y si no aprendes a interrogarlos nunca te responderán con ecuanimidad.

Moraleja 4: Un reflexión ñoña, pero que nos viene al pelo: “No eres responsable de la cara que tienes, eres responsable de la cara que pones”.

Moraleja 5: Dispensemos a los espejos, son objetos mágicos pero no milagrosos, inanimados pero no insensibles, inclementes pero no injustos, y aunque parezcan severos no son tristes, y si no que se lo pregunten al espejo de la corista, que cuando ella le interroga él siempre le responde: “Se te ve el plumero”.

 

*Las imágenes que acompañan esta entrada son de la fotógrafa Louise Dahl-Wolfe y Jacques Henri Lartigue.

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