Al principio era ELLA: Robert Graves y la mujer

Cuando la Diosa se encarna, nada se puede hacer, excepto volar hacia la llama y dejarse inmolar como la polilla 

Robert Graves

 

 

En 1910, las sufragistas inglesas se manifestaban por las calles y frente a los edificios públicos con pancartas reivindicativas de su justo derecho al voto; una de esas pancartas, la más audaz de ellas, decía –Virginia Woolf lo cuenta y existen fotografías que lo atestiguan- : “Dios es mujer”. ¿No es acaso esto ya exagerar demasiado?: una cosa es luchar en la tierra por el reconocimiento civil de más de la mitad de sus efectivas pobladoras -lo cual, así expresado, suena muy razonable-, y otra muy distinta “asaltar los cielos” para hacerle una operación de cambio de sexo a las Potestades Supremas. Sin embargo, el propio y querido Juan Pablo II declaró hace unos años la obsolescencia de la vieja iconografía clásica de la liturgia católica que representa a la divinidad como a un venerable anciano de larga barba blanca más bien fortachón y ceñudo y aposentado en un alto trono de nubes (los motivos de esta medida papal fueron, por otra parte, claros: los desorientados y televidentes niños del siglo veintiuno podrían confundirlo con Papa Noel…) El Dios hebreo y cristiano es Padre, de eso no cabe duda, una especie de colérico Patriarca o Jefe de Tribu en el Antiguo Testamento, o de Padrazo preocupado y sufriente en el Nuevo, pero entonces el Sumo Pontífice Mediático nos aclaraba que toda esta parafernalia “machote” había que interpretarla de un modo simbólico (siempre y cuando, desde luego, las ordenes sacerdotales sean prerrogativa exclusiva de los hombres: eso es absolutamente intocable). Es cosa sabida que los ángeles son una suerte de indocumentados sin sexo ni profesión, teológicamente hablando -por cierto: este tipo de seres diletantes y neutros jamás existieron como tales en las mitologías antiguas, de las que no obstante proceden, puesto que son los viejos dioses despojados de todas sus atribuciones-, y ahora resulta que la propia Deidad se halla en las mismas lamentables circunstancias: Espíritu Puro, sus rasgos identificatorios, lo que llamaríamos Su “Personalidad”, es sólo metafórica, antropomórfica (a imagen y semejanza, casualmente, del propio Papado, este sí simbólico de pies a cabeza).

Con esta nueva toma de postura, parece que Iglesia se ha vuelto finalmente de la religión de Voltaire, el Teísmo, en vez de desaparecer, como realmente quería el polemista francés. Pero tal vez sea porque no han contemplado la otra alternativa… ¿Y si aquellas provocadoras chicas de principio de siglo pasado tenían un asomo de razón en lo que decían? ¿Por qué no iba a ser la divinidad una Madre, porque no venerarla a Ella en vez de a Él, como en Dogma de Kevin Smith? No es una hipótesis tan inverosímil: la Tierra, sin ir más lejos, es femenina, es una Madre; la Vida, así en abstracto, nos atreveríamos a decir que también; igualmente la Luna, la Magia, la Carne, la Sabiduría, la Noche, la Imaginación, e incluso la Muerte, parecen ser desde antiguo potencias femeninas, y no sólo en nuestro idioma. De hecho, las religiones más arcaicas de la humanidad seguramente pensaron así el orden sagrado: estudios arqueológicos, antropológicos y también -¿por qué no decirlo?- patafísicos (la ciencia de las soluciones imaginarias, según Jarry), parecen abonar la tesis de que para nuestros más remotos ancestros -y todavía hoy para algunas poblaciones primitivas-, lo divino es Mujer, principio de prodigalidad, natura naturans, surco de fertilidad, vientre fecundo… Es posible también que estos cultos den testimonio de la probable existencia de las legendarias sociedades matriarcales -en la Creta minoica o en las Islas Baleares, por ejemplo-, pero por desgracia no hay ninguna constancia científica de ello ni puede fácilmente haberla, puesto que cuando el experto busca vestigios de organizaciones de poder femeninas lo hace armado del prejuicio que supone proyectar el esquema ya conocido de las masculinas, y no tenemos otro a mano. Por todo ello, en fin, lo único que podemos afirmar con certeza es que la veneración de númenes femeninas, por su carácter íntimamente local y unido a la tierra natal, se presta blandamente al politeísmo y por tanto a la aceptación del culto a otras divinidades en lugares remotos, cosa que no puede decirse del andro-teismo, por así llamarlo, de las tres grandes religiones monoteístas. No obstante, el escritor y poeta Robert Graves -conocido, sobre todo, por la novela Yo, Claudio-, aplicó su gran erudición sobre mitología a tratar de demostrar patafísicamente que el fenómeno de estas religiones femeninas es más originario y fundamental que el del antes mencionado y muy manoseado “androteísmo”. Graves desconfiaba del “genero neutro” en asuntos sagrados (al cual pertenece, por cierto, la Filosofía misma, puesto que el logos, en principio, es neutro), en parte como fruto de sus indagaciones sobre el secreto de la poesía, y en parte influido por la fascinación casi perversa que ejercía sobre él Laura Riding, famosa poetisa norteamericana y consumada bruja -en el sentido más estricto del término- con la que convivió tormentosamente durante algunos años. Resultado de estas convicciones y conjeturas fueron, entre otros, los libros La Diosa Blanca (prolijo tratado sobre una poesía y una teología hembras, del que hablaré después), La Hija de Homero (novela breve en la que expone su idea de que la Odisea fue escrita por una de sus protagonistas, Nausicaa),  Las islas de la imprudencia (la enérgica viuda del general Álvaro de Mendaña toma el mando de la expedición española a Australia), El conde Belisario (más que Belisario o el emperador Justiniano, son Antonina o Teodora los cerebros sutiles de la acción), Mary Powell, esposa del Señor Milton (John Milton, que no sale muy bien parado), o El Vellocino de Oro, en el cual ya en el prólogo se ficcionaliza el hipotético trauma vivido en la transición del paradigma femenino al masculino mediatizado por la sustitución del panteón divino. Mas, en general, todas sus demás novelas -no por alimenticias, como decía él, menos valiosas- esconden una Dea ex machina en la forma de Real Señora tirando de los hilos o cuyo punto de vista se muestra el óptimo para encarrilar la situación. La terrible abuela Livia de Yo Claudio, esposa del emperador Augusto, o Agripina, madre de Nerón, en su continuación, Claudio el dios y su esposa Mesalina, constituyen los personajes realmente imponentes de la trama, aquellos cuya agudeza personal y sentido del Estado salva una y otra vez Roma aunque sea al precio del crimen emboscado incluso dentro de su propia familia, para el cual apenas sienten escrúpulos.

La turbulenta historia de Graves con Riding, en la medida en que pudo pesar sobre sus concepciones de la feminidad, está bien narrada por Rosa Montero en su libro Pasiones:

 Robert Graves era un joven escritor que, tras su paso por las trincheras de la primera contienda mundial, sufría una profunda neurosis de guerra. Volvió a casa débil, espantado, consciente (como todos sus coetáneos) de que el mundo conocido se había hecho trizas y de que era necesario crear uno nuevo. Sobre todo desde un punto de vista moral; si la ética burguesa había desembocado en semejante horror bélico, es que sus principios eran erróneos.
Al otro lado del Atlántico, una modernista estadounidense, Laura Riding, se dedicaba a profetizar con palabras de visionaria un nuevo orden moral. El verbo iluminado de Riding fascinó a Graves, hasta tal punto que la invitó a irse con él y su mujer a Egipto, en donde el escritor, pobre como las ratas, había firmado un contrato para dar clases en El Cairo durante tres años. Riding no lo dudó; hizo las maletas, y allá que fue.
Por entonces Graves tenía 30 años, estaba casado con Nancy Nicholson y tenía cuatro hijos. La búsqueda de la nueva moralidad pasaba en primer lugar por las relaciones sexuales y familiares; los jóvenes progresistas de toda Europa decidieron vivir sus amores honestamente, al margen de los prejuicios burgueses. Y así, lo que hasta entonces se conocía como un vulgar ménage a trois, bajo el influjo de Laura se convirtió en El Círculo Sagrado. Y es que de esta manera denominaba Riding a su relación con Graves y Nancy: Laura y Robert dormían y escribían juntos en el piso de arriba; Nancy y los niños habitaban plácidamente en el de abajo. La realidad es que este sistema utópico no podía durar; Laura dijo que la casa del Cairo estaba embrujada, Graves rompió el contrato y se volvieron todos a Inglaterra. Nancy intentó adaptarse a la parte que le tocaba del Círculo, hasta que no pudo soportarlo más y se trasladó a vivir con los niños a una barcaza en el Támesis. “Parece una pena que, ahora que los turcos han abandonado la poligamia, Robert se haya decidido a adoptarla “, diría el padre de Nancy.

Mientras tanto, Riding escribía incesantemente, en ocasiones con la colaboración de Graves, en ocasiones sola, versos, ensayos y libros progresivamente más oscuros e ininteligibles, que sólo conseguía publicar si Graves forzaba a sus editores, obligándoles a sacar a Laura para obtenerle a él. De las obras de Riding sólo se vendían 25 copias, como mucho cien; pero mantenía el aura de escritora maldita, a la que se admira justamente porque no se la entiende, para así sentirse superior, un miembro exquisito de un grupo de iniciados.

Riding consiguió crear su propia corte, vampirizando a Graves, a su esposa y su entorno; ella era una diosa y Graves, el sacerdote. Así vivieron cuatro años, hasta que en 1929, Laura invitó al poeta irlandés Geoggey Phibbs a visitarla a Londres; él estaba casado, pero le convirtió en su amante, y Robert, pese a estar destrozado, aceptaba sumisamente la situación. Laura prometía la salvación personal en la anulación del yo; Phibbs declaró: “He ido de un estado de no-consciencia y no-felicidad a un estado de consciente felicidad”.

Con todo, a los tres meses, Phibbs se escapó de Londres y Laura, furiosa, mandó a Robert y a Nancy a buscarle; al fin lo localizaron en Francia, pero el irlandés se negó a regresar y huyó a su país con su esposa. Laura entonces comenzó a enviarle por correo billetes de autobús usados, alambres retorcidos, hechicerías… Al cabo mandó a Graves, quien trajo a rastras a Phibbs hasta Londres y tuvo lugar un torturador debate; cómo era posible que rechazara a Laura, cómo era posible que no quisiera continuar la Obra (Riding emprendía megalomaníacos trabajos literarios con todos sus hombres). Al amanecer, Laura, dándose cuenta de que había perdido su poder sobre Phibbs, consideró que eso era el triunfo del demonio (puesto que ella era el Bien, y no amarla era entregarse al Mal), se sentó en el alféizar de la ventana, dijo “Adiós, amigos” y se tiró al vacío desde un cuarto piso.

Graves salió corriendo escaleras abajo y al llegar al tercer piso se arrojó a su vez por la ventana; Phibbs también salió corriendo, pero para alcanzar la puerta de la calle y escapar. En cuanto a Nancy, fue la única capaz de mantener cierta calma y llamar a la policía.

Robert sólo estaba magullado, pero Riding se pulverizó cuatro vértebras y su médula espinal se quedó al aire. Milagrosamente, y contra todo pronóstico, no sólo no murió, sino que no quedó paralizada, lo cual hizo que aumentara su delirio divino; ella era mágica, sagrada, había muerto y renacido por los pecados de los demás.
Phibbs y Nancy se enamoraron, mientras tanto, y se fueron a vivir juntos.
Graves y Laura, por su parte, se trasladaron a Palma de Mallorca, y los años allí fueron el apogeo del imperio de Laura. Atraía a puñados de jóvenes idealistas, frágiles artistas a los que torturaba intelectual y emocionalmente, exigiéndoles una adoración sin límites. Graves, mientras tanto, le liaba los cigarrillos, le llevaba el desayuno a la cama, la colmaba de atenciones y regalos. Ella había dejado de acostarse con él y le trataba como a un perro.

Más adelante, la Segunda Guerra Mundial amenazaba con estallar, y los seguidores de Laura estaban convencidos de que ella era capaz de detener la guerra. Incluso llevó a cabo el Primer Protocolo, un manifiesto en el cual se decía que la historia había acabado (¿?) y se auguraba la salvación por medio de las mujeres… Por increíble que parezca, lo firmaron varias decenas de intelectuales británicos y norteamericanos. Uno de los firmantes, Schuyler Jackson, crítico literario del Time, proclive al fanatismo y parecido a Laura, comenzó una relación epistolar con Riding, y finalmente Laura abandonó a Graves por Jackson. Laura Riding encontró la horma de su zapato; Jackson era un ser tan dominante y tan desquiciado como ella. Laura acabó cocinando, fregando, limpiando sólo para Jackson, y no volvió a escribir un solo poema.

Graves se casó con una chica sensata y regresó al mundo de los cuerdos. Siete años después de haber roto con Riding, Graves publicó La Diosa Blanca, un denso ensayo inspirado en Laura. En 1960 estaba aún lo suficientemente impactado como para añadir un epílogo a su obra: “Ningún poeta adquiere conciencia de la Musa si no es por medio de su experiencia con una mujer, en la que la Diosa reside hasta cierto punto”.

Sin duda, un affaire tan desquiciado como tremendo, y muy prolongado en el tiempo. Después de aquello, Graves no se estabilizó del todo, qué digamos: según parece, se enamoriscaba fácilmente de cualesquiera muchachas en Mallorca, les escribía poemas, aguardaba nervioso la respuesta y hasta que lograba consumar alguna que otra infidelidad vivía expectante, distraído y como embobado. En La diosa blanca busca y rebusca durante muchas páginas de fino desciframiento casi criptográfico entre las tradiciones griega, romana y céltica a fin de encontrar la justificación a su intuición de que toda auténtica poesía es el resultado de una contienda amorosa en pos de la conquista de la Triple Diosa, la cual sería la única Musa verdadera. La Diosa es Triple porque se presenta simultáneamente bajo los avatares de doncella, mujer y anciana, o, por decirlo de otra manera, virgen, madre y bruja, que encarnan respectivamente el deseo, la ternura y la muerte, todos los aspectos de la vida que incumben al poeta. Incluso la figura histórica del propio Jesucristo es cuestionada desde estas claves en la atípica novela Rey Jesús, donde el nazareno dice venir a acabar con la obra de Eva, pero al final debe expiar su intento de relegar teológicamente a la irremplazable Diosa. Por otro lado, en Nueve días en nueva Creta, Graves se lanza a trazar con caracteres un tanto vagos su utopía, allí donde reinará sin discusión la Diosa en una forma de vida y cultura nueva y futurista. Tal como afirman algunos feminismos antiguos y actuales, para Graves el retorno final del matriarcado proporcionara paz, entendimiento y cordialidad allí donde el patriarcado sólo es capaz de aportar guerra, discordia y competitividad. Si el patriarcado se ha valido de la lógica y la tecnología para arrasar la Tierra, el matriarcado tendrá sus bases en la magia y el naturalismo para restaurarla. La novela es interesante, pero la tesis de fondo no es muy original, como se ve –el tono y estrategia de la reciente película Her no es tampoco muy distinto: cálida intuición femenina frente a fría razón masculina, el ser de ellas frente a hacer de ellos, etc, etc.

Y además nos conduce hasta la gran pregunta: ¿De verdad las mujeres querrían, tendrían realmente algún interés, en ser de alguna manera diosas en este sentido o en cualquier otro? ¿Les sirve o les serviría de algo ser consideradas y adoradas como seres a través de las cuales una suerte de Diosa grandiosa y terrible puede ser invocada? Quizá en los duros tiempos de las sufragistas bien podría ser, o allí donde sus derechos ni siquiera son reconocidos, pero ahora, y aquí, lo mejor parecería ser dejar los templos ir vaciándose, rezar si acaso al bosón de Higgs, tratar a las mujeres –sean doncellas, madres o ancianas- como gente que salen de un milenario calvario, y tener al obseso de Robert Graves por el último gran poeta del Amor Cortés.

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3 Comentarios

  • Me parece, no, estoy segura, de que lo que nos interesa a las mujeres no es el tratamiento de diosas, sino el de iguales. A mí lo que me ha fascinado siempre es la mitología, porque eso son a mi juicio las religiones. Desde Aca Larentia hasta Zeto; dioses, faunos o centauros, todos ellos gobernados por Zeus, el dios supremo del Olimpo. Aquí podría (y de hecho en mi fuero interno lo hago) englobar a Dios, santos, ángeles e incluso a Lucifer. Pero hago una excepción; Jesús. El, es otra historia. Sin saber porqué le profeso afecto, no, esa no es la palabra, le he dejado un rincón especial en mis amores. Jesús fue un líder carismático, seductor de masas al que asesinaron por decir verdades incómodas.

  • Pues con ese tratamiento de iguales termina el artículo, si me expresé bien. De hecho, considero novedoso y hasta revolucionario, tal como están los tiempos y las ideologías de enconadas, considerar a las mujeres simplemente, y por fin, gente, gente como todos. En cuanto a Jesús de Nazaret, el propio Nietzsche no se atrevió a aplicarle el juicio condenatorio con que denunciaba al cristianismo en general, reservándose cierta cautela y también, quizá, cierta admiración…

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