Solo y a distancia cayó Bonavena

Zurdo y de baile torpón por sus pies planos, Óscar Natalio Bonavena le aguantó quince asaltos a Muhammad Alí en una noche colosal de sudor y guantes en el Madison Square Garden. Amarilleaba 1970 y Alí venía de la cárcel y del islamismo porque se negó a ir a Vietnam siendo Cassius Clay, pero ya era el tipo que pulsaba el interruptor y de que se apagaba la luz, ya estaba metido en la cama. No le impresionaba la planta del hombrón de ébano a Bonavena, que le citó en la previa llamándole gallina. Alí, que pronosticaba en público en qué asalto derribaría a sus rivales le dio chance de boquilla al argentino hasta el nueve. Acertó en 13 de 18 vaticinios, pero el bonaerense le salió respondón y le aguantó quince de pie. Es más, fue Alí el que cayó en el noveno, aunque la cuenta no comenzara. En el quince, Bonavena cayó tres veces y Alí ganó el Campeonato Mundial de peso pesado por KO Técnico. Era el 12 de diciembre de 1970 y a su vuelta una multitud aclamó al argentino, multitud que le veló con fervor seis años después, en los últimos días de un mes de mayo cuando una bala de punta blanda de plomo le reventó el corazón a mil metros por segundo en la madrugada cainita del aparcamiento de un burdel, en Nevada. Solo y a distancia cayó Bonavena.

 

Óscar Natalio Bonavena vino al mundo el 25 de septiembre de 1942, y como salió pesado (cuatro kilos) desde chiquito le empujaron hacia el boxeo. A ratos fue el destino quien hilaba y las más de las veces la pobreza, porque la mamá de la criatura, Dominga Grillo, tiró por lo barato para el Carnaval y plantaba cada año a su Bonavena vestidito de púgil por lo barato que era: desnudo, con unas calzonas y unos guantes prestados. No andaba desencaminada Dominga porque el chiquillo le salió fullero, y como el huevo y la gallina no se sabe si fueron antes los tortazos callejeros o el angelito vestido de boxeador. Tanto monta. Apuntaba a hombretón cuando la familia dejó el barrio natal de Boedo y se instaló en Parque Patricios, y el corazón del muchachito quedó prendado de Atlético Huracán en un amor que hoy sigue siendo correspondido. En su infancia, el combate de la pobreza, la mordida del hambre. “Una vez tiré de la cadena y se cayó el depósito, de puro podrido”, dijo sobre aquellos años el argentino, que plantó los libros en Sexto de Primaria, un curso al que le cogió querencia. “Repetí tantas veces que casi me caso con la maestra”.

 

Con hambre y sin estudios, se empeñó en convertirse en un boxeador zurdo y de pies planos, y a los 17 años ya era campeón nacional amateur. Perdió su primer combate como profesional y se dijo que en el ring había que pegar como se pega a la vida, y empezó a defenderse buscando con ansia la cara del rival. En 1963 el hambre y la necesidad le costaron una sanción en los Panamericanos, al evitarse la tunda que le zurraba un brasileño mordiéndole en un pezón. Le prohibieron boxear en Argentina y Bonavena selló pasaporte para llegar con más ilusión que dólares a Estados Unidos. Pegó y le pegaron y volvió dos años después a Argentina con el sobrenombre de Ringo por su peinado como el introvertido de The Beatles, y el 4 de septiembre de 1965 se jugó el título nacional de los pesados con la leyenda argentina Goyo Peralta en Luna Park. Había 25.236 personas viendo en directo el combate y todos, o casi todos, silbaron a Bonavena cuando subió al ring. “Que me traigan a Peralta, que le arranco la cabeza”, dijo Ringo, y si no lo hizo fue porque a los dieciocho minutos su rival cayó a la lona tras un argumento poderoso de izquierdas y convino que lo mejor era no volverse a levantar. En vestuarios, Bonavena pidió perdón a Peralta por la bravuconada previa y éste le reclamó para el futuro honor dentro y fuera del cuadrilátero. Huracán le montó un homenaje y en medio de la vuelta olímpica nació la coplilla que aún resuena por Parque Patricios, lugar al que una vez fue a morir calcinada la basura de Buenos Aires. “Somos del barrio, del barrio de La Quema, somos los hinchas de Ringo Bonavena”.

Tras la corona nacional, Estados Unidos. Bonavena pasó por sus guantes a George Chulavo, campeón canadiense, y a púgiles de la talla del alemán Mildenberger. Peleó dos veces contra Frazier y en uno de los combates le mandó dos veces a la lona. En diciembre de 1970 escribió boxeo con mayúsculas en su inolvidable baile de quince asaltos con Alí. Entre tanto, películas, canciones y dinero, oro para el niño pobre de Dominga que no vio venir la cuesta abajo. Y si la vio venir, agarró velocidad en la caída. Boxeó en Argentina, Hawai e Italia, entre otros lugares, pero sus revelaciones sobre amaños y la alargada mano de la mafia en el boxeo le fue sacando del foco. En febrero de 1976, José Montano le llevó a nevada con algunas peleas apalabradas, pero nada más llegar vendió su contrato a Joe Conforte, un tipo de origen siciliano y con ramas en el árbol de la familia Bonanno de Nueva York. Conforte, que había estado cinco años en prisión, puso al púgil en la nómina de su mujer, Sally Burguess. Conforte tenía 53 años y Sally saltaba generosamente los 60, tenía las sienes plateadas y se las arreglaba con brochazos de rubio, y cojeaba con la pierna derecha por un accidente de automóvil. Por mucho que riera, jamás llegaría a valer lo que acabó costando.

 

En Reno pusieron en el horizonte de Bonavena peleas con urtain, Con Ken Northon, incluso una revancha con Alí en Guatemala, pero la única vez que Ringo se calzó lo guantes fue para pegarse y ganar a los puntos a un púgil llamado Billy Joiner, en medio de la gente que cenaba y bebía en el Mustang Ranch, un burdel propiedad de Conforte en el que lo de menos era el combate. Frustrado en lo deportivo, Bonavena hizo migas con la señora de Conforte y disparó los rumores en la ciudad. El mafioso, que quería a su mujer pero sabía lo que costaba ganar un duro, pasó por alto el supuesto romance pero estalló de ira cuando descubrió al argentino en una fiesta de su burdel dando “la bienvenida a mi lugar”. Conforte encaró a Bonavena y firmó la primera amenaza: “Haz lo que quieras con mi mujer, pero no te metas en mis negocios. Era el 15 de mayo de 1976 y ante una concurrencia en la que se sumaban 72 chicas de compañía, Bonavena noqueó de izquierdas a Willard Ross Brymer, el guardaespaldas de Conforte, que prohibió al argentino tras el incidente la entrada para siempre a su burdel. “Si vuelves, no respondo por tu seguridad”. Como para subrayar la aseveración, Brymer, con mejor cara que la noche anterior, quemó por la mañana la caravana de Bonavena y éste, decidido a volver a Argentina, se vio atrapado al ver reducido a cenizas su pasaporte con toda su documentación.

 

Tomada la decisión de volver a Argentina y repuesta ya la valija pertinente, Bonavena salió la noche del 21 de mayo en dirección al casino Harra’s a buscar la última suerte en su periplo estadounidense, y acabó encontrando al muerte. El domingo 23, apenas unas horas después, tenía pasaje para volver a su país. En algún momento entre el viernes por la noche y la madrugada del sábado, Ringo recibió una llamada telefónica que le empujó a dar un último paso adelante y se presentó más allá de las seis de la mañana en el Mustang Ranch, cuando alboreaba ya el 22 de mayo, para pedir una copia de su contrato como boxeador. Se bajó del coche decidido a entrar en el Ranch pero no llegó ni a la puerta; con una Remington 30-06 Brymer, que ya había probado los puños en un cuerpo a cuerpo con el argentino, baleó al boxeador desde 30 metros, resguardado por la oscuridad. Uno de los proyectiles le alcanzó en el pecho y reventó el corazón de Bonavena, que tras aguantar de pie quince asaltos ante Muhammad Alí fue asesinado por un guardaespaldas en el aparcamiento de un burdel.

Su ejecutor salió al poco de la trena tras pagar una elevada fianza. A Bonavena lo velaron más de 100.000 personas en Luna Park, donde también se hizo el silencio tras la muerte de Gardel. El uno le cantaba al regreso de frentes marchitas, y el otro entendía también de soledad. “Uno tiene un representante, un masajista y hasta recibe consejos de los promotores, pero la realidad es que, cuando suena la campana y te sacan el banquito, allá arriba uno se queda solo”.

Solo y a distancia cayó Bonavena.

 

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