Indiana Jones y el Tesoro Intangible

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(La tarea del héroes consiste en) no retroceder ante lo que debe y puede ser hecho, no someterse a lo que le es extraño e injustamente hostil, no querer ensalzarse con la humillación del otro, renunciar a todo el botín de la victoria con triunfal alegría, conceder la paridad de la nobleza a quien ya no la espera, a quien aún no la merece.

Fernando Savater

 

 Leí, no hace mucho, en El País que 10.000 lectores de la revista de cine norteamericano Empire eligieron como mejor personaje de la historia del medio a Indiana Jones. Por un lado, no me extraña, y, por otro, lo encuentro de una extravagancia sin límites. Si uno es ligeramente cinéfilo, no puede más que reírse de esta encuesta paleta de cine de palomitas. ¿Cuántos personajes no habrá, de la cinematografía yankee pero también de la europea (sobre todo, imagino, francesa o italiana), que le dan mil vueltas en el plano icónico al arqueólogo del sombrero que pega mamporros por motivos mucho más densos, más, digamos con Blas de Otero, “fieramente humanos”? Eso está fuera de discusión, pero insisto en que, pese a ello, no me extraña. Precisamente porque Indiana Jones es poco humano de verdad, representa lo mejor de lo humano. No, desde luego, lo mejor de lo humano en la realidad, sino lo mejor de lo humano en la representación. Porque los hombres, en la realidad, comemos, defecamos y tenemos pensamientos y deseos estúpidos continuamente, mientras que Indiana Jones va a lo que va, que es siempre lo interesante de la vida, y jamás pierde el tiempo. De hecho, la única secuencia en la que come, el menú representa él mismo una aventura (recuérdense los insectos y sesos de mono de El Templo Perdido). En este sentido, hay una especie de antes y después de los grandes personajes de la ficción en el Ulises de Joyce, puesto que Joyce hace de su protagonista, Leopold Bloom, una persona real que sufre erecciones, se tira pedos y barrunta necedades sin objetivo. Indiana Jones es, deliberadamente, un carácter pre-Ulises o pre-joyciano, desde el punto de vista de la evolución de la narrativa occidental, y justamente por eso le queremos. Supone una vuelta atrás a la inocencia de películas de aventuras malas de los años 30 o 40, películas muy malas, repito, y toscas argumentalmente, pero que revelaban un tesoro de ingenuidad e integridad para el espectador común que a ese lince que es Steven Spielberg no podía escapársele. Apuesto a que recibió la sugerencia de George Lucas al respecto con un repentino sentimiento de intuición, o, más cínicamente, de agudo olfato bien entrenado para los taquillazos, de los cuales él ha sido, sin duda, el maestro absoluto.

 

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Hay que pararse a pensar filosóficamente en lo que significa esa palabra que acabo de utilizar, “tesoro”, para empezar a entender mínimamente como funciona el lenguaje humano. Claramente, un tesoro no es una cosa, de manera tal que podamos indicar un objeto determinado inequívoco que es un caso de “tesoro”. No se puede, en efecto, enseñar a un niño lo que significa la palabra “tesoro” señalándole con el dedo -esto es lo que se llama “definición ostensiva”- un pastel cuando tiene hambre. Un pastel es un pastel, no un tesoro, sólo pasaría a ser “tesoro” si reuniese al menos tres condiciones: que fuese un pastel único en el mundo, que no pudiese ser intercambiable por dinero, y que costase un gran esfuerzo conseguirlo. No puede ser intercambiable por dinero porque, aunque se comprase con dinero o se vendiese por dinero, siempre simbolizaría más, enormemente más, de que lo que su traslación a dinero haría de él. El tesoro, respecto del dinero, implica un salto cualitativo, no sólo cuantitativo, y ni una madre que se precie aceptaría dinero a cambio de un hijo al que llama “su tesorito” ni el propio Gollum aceptaría un palacio repleto de sirvientes y jacuzzis a cambio del Anillo del Poder. De modo que “tesoro”, siendo un término muy elemental (estoy seguro de que existe algo análogo en todas las lenguas existentes) contiene un significado muy complejo, o, si no complejo literalmente, puesto que un niño acaba por pillar el concepto enseguida, sí un significado que presupone haber aceptado ciertas reglas de juego anteriores que sólo se aprenden realmente viviendo, y viviendo en sociedad. Qué quepa y qué no quepa, por tanto, recoger bajo la expresión culta o coloquial de “tesoro” será diferente en cada cultura (aunque en todas ellas subsista un cierto trasfondo material, pero de esa materia tan peculiar cuya utilidad es meramente su belleza), en cada subgrupo y hasta en cada individuo, pero siempre habrá de poseer, cuanto poco, las cuatro características antedichas -unicidad, cualidad, dificultad y belleza-, más una: un “tesoro” es aquello por lo que merece la pena siempre correr un riesgo y, una vez conseguido, ha de ser celosamente guardado.

 

 

Y a esto se dedica precisamente Indiana Jones: a perseguir tesoros. Muchos otros personajes de ficción lo han hecho, y con mayor mérito, dado que sus tesoros eran menos evidentes a primera vista -por poner un ejemplo improvisado: el que trata de arrebatar el personaje de Eva a Bette Davis en Eva al desnudo. Pero Indiana los persigue con la nobleza de la sencillez, jugándose la vida, y sin pensárselo dos veces. E Indiana Jones es Harrison Ford, de eso no cabe ninguna duda. James Bond puede serlo cualquiera con buena planta, traje caro, y pelo bien cortado, pero Indiana Jones, que habitualmente va hecho un Ecce Homo, sólo puede ser animado por el cuerpo y la gestualidad de Harrison Ford. En el mismo momento en que fuese sustituido por otro actor, la saga se convertiría en basura de entretenimiento. Tanto es así, que en la última, que es la peor con diferencia, aceptamos un Harrison Ford viejo antes que nada, y en la última toma queda claro, mediante un ingenioso guiño del director, que no hay relevo posible para el personaje. La sola posibilidad de los otros actores que fueron barajados -no diré nombres…- para encarnar a Indiana Jones pone los pelos de punta. Y yo personalmente creo que, pese al tirón del guión (tenso y cómico a la vez) y las localizaciones, sin Harrison Ford no estaríamos hablando ahora de un hito del cine de acción. Es cierto que hizo falta transformar deprisa y corriendo a Han Solo en un tipo serio, de pelo corto y parduzco y barba de tres días que no recordase a Han Solo, pero me parece que se logró con ganancia: Han Solo mola, pero mola más Indiana Jones. Yo vi En busca del arca perdida con diez años y no le reconocí. Eso es algo que aumenta, en mi opinión, incalculablemente el valor del personaje: el propio Indiana es un tesoro irrepetible, y cuando Harrison Ford ya no pueda más, se acabó Indiana Jones -o eso esperamos…

 

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Indiana Jones, decía, persigue tesoros, e Indiana Jones es Harrison Ford, no un superhéroe. Cuando el éxito de cada entrega aconsejó a la productora exprimir la franquicia, se diría que decidieron hacer de Indiana un superhéroe uniformado de sí mismo con sus armas características y su alter ego aburrido que daba su nombre a todas las películas, incluso retrospectivamente. Ni con esas nos estropearon el encanto. Y cuando comenzaron a filmar las aventuras del “joven Indiana Jones” o del “viejo Indiana Jones” para televisión, las olvidamos tan pronto como nos fueron anunciadas y nos quedamos tan felices. Porque Indiana Jones no es solamente esa clase vulgar de aventurero porque sí, que defiende el Bien y rescata a las damiselas, aunque también sea eso, ejemplarmente. Para mi, Indiana Jones es un señor curtido, algo resabiado, que empieza siempre por ser escéptico con el objeto de sus empresas (por ejemplo, dice: “la arqueología busca hechos, no la verdad, si es la verdad lo que les interesa el profesor Daily da filosofía en la clase del fondo”), que realmente es un profesor universitario apasionado por las reliquias y cuya mayor singularidad, lo que de verdad le mete en los líos hasta el fondo, es su cabezonería. Él ha dicho que el Arca será suya y suya tendrá que ser. A este respecto, el momento paradigmático de su idiosincrasia particular es aquel donde, en la primera película (que es la película de Indiana Jones, cuando aún su nombre no significaba nada estereotipado), el submarino nazi se aleja con el Arca del destartalado buque que acaban por registrar. “¿Y dónde está el Doctor Jones?” pregunta el capitán del barco, si no recuerdo mal. “¡Allí!”, exclama uno de los marineros, señalando un cuerpo que nada obstinadamente hacia el submarino que se aleja. Poco antes, Indiana había recibido una divertida cura de la partenaire sobre sus muchas heridas. Pero, maltrecho o no… ¿Dónde iba a estar si no, más que empeñado una vez más en lo suyo, como un niño que se empecina tras su tesoro, sean cuales sean las cautas prevenciones de los mayores? Es ese optimismo ciego, y no su capacidad de repartir golpes, lo que hace grande a Indiana Jones, siempre y cuando nazca de la media sonrisa desdeñosa y el rostro de sorpresa ante el peligro de Harrison Ford.

 

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En La Última Cruzada roba una rosa veneciana a la bella chica recién conocida, y cuando ella alega, reticente, que “mañana estará marchita”, él responde que mañana robará otra para ella. Tal optimismo, y no otra cosa, es la fuente de la eterna juventud. La propia chica comenta más tarde que “es risueño como un niño”, aunque, en realidad, se trata más bien de un tipo adusto en condiciones normales. ¿Y qué mejor divisa personal para cualquiera que espere algo de sí mismo -y, si es así, más vale que sea una persona decente…- que la frase que culmina el prólogo de esta misma entrega, cuando el cazarrecompensas por dinero le coloca al Indiana Jones niño su sombrero y le dice -la verdad es que cito todo de cabeza-: “esta vez has perdido, chaval, pero eso no tiene por qué gustarte”. Las anécdotas podrían multiplicarse y el resultado sería el mismo: 10.000 comedores de cine estadounidenses pueden equivocarse, y, de hecho, doy por sentado que se han equivocado. Ahora Disney da por confirmada la quinta película de la saga, que atraerá ríos de dinero porque Harrison Ford sigue al frente con toda su pila de arrugas, y lo que veremos será horrible y pura nostalgia (¿Habéis oído?: ¡¿Disney?!…), pero la veremos. Porque se trata de Indiana Jones, y hemos aprendido justamente de él a no cejar. Soltaré el tópico que estabais esperando: el tesoro que realmente persigue Indiana Jones es intangible, porque es el tesoro de sí mismo, del recordar siempre quién se es, como distingue en muchos lugares Savater acerca del héroe, y algo como eso poco tiene que ver con la relativa novedad narrativa de una historia. A mi me entusiasman los descubrimientos artísticos de gente como James Joyce, que ensanchan considerablemente la conciencia humana, pero combato la melancolía del paso de los años y del peso que esas mismas explanaciones culturales producen no viendo otra vez las cintas de Indiana Jones, que me conozco de memoria, sino escuchando la Raider´s March del genial John Williams.

¿Qué queréis? Me sube la moral…

 

 

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3 Comentarios

  • Pues sabes que te digo, que yo vuelvo a verlas y me divierto como un niño… Y si es malo, pues arriba el cine malo, de ese que califican así muchos cinéfilos y críticos, que se empeñan en enseñarnos a los demás a ver cine bueno y aburrido.

  • Exacto. Hay películas buenas-malas, como yo digo, que a fuerza de poco pretenciosas son muy buenas, y malas-buenas, a las que le ocurre al revés. Pero estas son buenas sin más, creo, aunque siempre habrá quien las encuentre erratas morales… (“Expoliador Jones”, decía un remedo de sacerdote en mis comentarios de Facebook, por ejemplo). Mejor sería llamarlas “películas elementales”, o algo así, y muy pocos saben hacerlas como es debido.

    Por cierto, descubro que hay un antecedente al nombre del héroe: en el 66 Steve McQueen estrenó un western llamado “Nevada Smith”…

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