Una lectura feminista de “El resplandor”

 

Stanley Kubrick consiguió, casi como Alfred Hitchcock, ser más mítico que sus propias películas, y por ese motivo sus cultores le atribuyen todo tipo de intenciones, como si tras sus cuidadas imágenes pudiese descubrirse un caligrafía secreta de símbolos digna de William Blake. Sin duda, Kubrick era un terrible perfeccionista, pero no creo que fuese tan amigo de los subtextos cinematográficos como muchos piensan, y más bien veo en él a un director obsesivamente preocupado por el aspecto estético de sus filmes, como un pintor de escenas o un escenógrafo de las sensaciones. Sin embargo, eso no significa que los espectadores no tengamos derecho a extraer de sus películas las lecturas que más nos cuadren, siempre que no tratemos a Kubrick como una especie de nigromante del cine, lo cual, me parece, es valorarle en un plano distinto al que se merece.

De esta manera, viendo de nuevo “El resplandor” con mis alumnos (la mayoría muy fogueados ya en películas de terror más recientes y expresionistas como para perder el sueño), se me ocurre una interpretación poco practicada del clásico que me parece que encaja bastante bien con lo que vemos en la cinta. Se trata de una interpretación feminista, en el sentido de ese feminismo, autodenominado “radical” desde los años sesenta, que entiende la dominación masculina como una opresión proveniente de esa categoría critico-histórica a la que el movimiento puso el nombre latino de “patriarcado“. Parece que no soy el primero en verlo así, y bicheando en Internet encuentro un artículo muy bien informado donde se insinúa esta lectura y muchas más, pero voy a tratar de aportar ahora pruebas más concretas y, si es posible, una conclusión global. Desde luego, de antemano afirmo que estoy seguro de que, ni Kubrick, ni su guionista -ni siquiera, todavía un paso más atrás, Stephen King-, fueron deliberadamente conscientes de ello, y por tanto hablamos de algo que, o bien operó inconscientemente, o bien pertenece a esa virtualidad de significados que una gran obra artística posee sin haberlos buscado expresamente.

 

 

Pues bien, resulta que el protagonista, el loco del hacha, Jack Nicholson, comienza siendo un escritor camino del fracaso que además le pega a la botella. Como su ambición artística es grande, cuando es contratado para vigilar el hotel menciona que a su mujer le interesará la historia de crímenes que le cuentan porque ella es aficionada “a las novelas de misterio y a las películas de terror”. Es decir, que pese a que él aspira, probablemente, a la gran literatura, ella consume la mala, la barata. Primer desprecio del varón sobre la condición de su cónyuge, una mujer definitivamente del montón. Pronto, la familia nuclear más básica posible, marido/mujer/un solo niño varón, quedan recluidos en completa soledad en un edificio enorme y vacío que sólo guarda entre sus paredes recuerdos tenebrosos de sangre. Al margen del argumento sobrenatural, de por sí el aislamiento de una familia debería producir pesadillas, puesto que no hay mayor fuente de neurosis que el matrimonio y nadie mejor víctima de la patología matrimonial habitual que el hijo. Sin embargo, el hombre, el cabeza de familia, lo sueña de modo espontáneo como un retiro idílico, porque la mentalidad patriarcal quiere pensar que entre el hogar y el empleo tiene todo lo que necesita, que no hay nada superior, en fin, a concentrar muy unidas todas sus posesiones. El hotel, además, funciona como un laberinto, y, de hecho, en el exterior tiene una réplica laberíntica explícita confeccionada con seto. ¿Cuál es el único objeto natural verdaderamente laberíntico, tanto en su forma como en su contenido, en el que el hombre puede extraviarse para siempre cuando, por la causa que sea, pierde su conexión con el mundo exterior? El cerebro humano, específicamente, en este caso, el cerebro de Jack, el padre, que, como vemos al final de la película, sólo admite otros machos, aún en ciernes, en su interior. Jack entra en las galerías oscuras y feroces de su cabeza patriarcal con la ayuda de los fantasmas del hotel y ya no vuelve a salir jamás. Puede que esta sea, después de todo, la definición exacta de la locura, tal como lo señalaba Chesterton: haberlo perdido todo menos la razón…

De hecho, los fantasmas del hotel son todos masculinos excepto uno. Ese uno es una mujer desnuda que representa el deseo más primario de Jack por las hembras, adecuadamente calladas y sexualmente serviciales. El fantasma femenino envejece y se aja espantosamente entre sus brazos, que es la manera en que el marido ve a su mujer una vez que ha tomado legítima posesión de ella, y su deseo queda irremisiblemente frustrado. Los demás fantasmas, masculinos como he mencionado, atizan en Jack su ansia de respeto y supremacía frente a su mujer, y no hay que olvidar que uno de ellos había asesinado a su esposa y a sus dos hijas -niñas, por consiguiente. En la escena de la despensa le provocan echándole en cara que su mujer parece haber sido más lista y fuerte que él. Pero el momento clave está en el famoso plano secuencia de la escalera, que afortunadamente tenemos entero en Youtube y en su lengua original subtitulada; hay que detenerse a escuchar con detalle lo que dice el personaje de Jack, el patriarca, el marido, el trabajador, el psicótico…

 

 

Más claro, el agua. Él tiene el peso del mundo sobre sus hombros, ella no entiende nada de las responsabilidades, de las obligaciones, de un verdadero hombre. Aunque sea un hombre fracasado y casi alcohólico, un despojo de hombre buscando su salvación, o precisamente por ello. Su único posible rival como macho y como padre es el cocinero que “resplandece” junto con su hijo Danny, y no en vano en cuanto acude al rescate cae bajo el hacha sin poder siquiera decir un simple “¡hola!”. Hay, todavía, otros dos hombres en el hotel, dos fantasmas que contempla la mujer -pongámosle nombre por fin-, Wendy, cuando vislumbra en una habitación como uno de ellos vestido de oso parece iniciar una felación a otro ataviado de etiqueta. La homosexualidad como el terror de un hombre hecho y derecho como Jack y la homosexualidad también como prueba de que el hotel Overlook es territorio única y exclusivamente masculino. La conclusión global de todas estas pistas, pues, si no me equivoco, es vieja ya entre los adeptos y adeptas al feminismo: el poder del patriarcado se apoya, en última instancia, no sólo en la ideología o en la estructura social, sino en la más brutal y directa violencia. Jack empuña el hacha para hacer justicia patriarcal. No hay nada más salvaje en el variado panorama de la bestialidad humana que la idea de un golpe de hacha sobre un ser querido. Kubrick no se corta nada a este respecto, puesto que en la novela de Stephen King las cosas terminaban con una reconciliación padre-hijo antes de la muerte accidental del primero…

Wendy y Danny consiguen huir al final del padre y marido opresor, Jack, que no les ha dado caza, pasa a formar parte de los fantasmas del pasado (ingresa, pues, en los usos y costumbres patriarcales del pasado…) del hotel, eso es todo lo que puedo decir para rematar mi lectura feminista del film de terror más célebre de todos los tiempos. Espero que, si no ha sido en absoluto acertada -y doctores sobre Kubrick tiene la Iglesia…-, por lo menos que haya resultado breve.

 

 

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