Carmilla

Sheridan le Fanu

 

Dicen por ahí que es el libro quien encuentra al lector, lo que ocurrió en mi caso hace un año cuando me regalaron por estas fechas Carmilla, de Joseph Sheridan Le Fanu. Y es que a veces, cuando renegamos de tradiciones que sentimos ajenas, y los escaparates, adornados con calabazas de papel y telarañas de algodón inundan nuestras ciudades, además de la venta masiva de disfraces y maquillaje gore,  las editoriales aprovechan la ocasión comercial y se lanzan al rescate de joyas literarias que nutrieron el género del más puro terror gótico.

El libro llegó hasta mí, o me encontró, como gusten, a modo de novedad editada por Siruela, que acertadamente acompañaba el texto con ilustraciones de Ana Juan, incidiendo de forma sutil en el carácter de cuento que impregna la fantasía gótica del autor irlandés.

La historia, en apariencia una más, aderezada con los ingredientes típicos de los cuentos góticos (a saber, mansión aislada, personaje siniestro que se alimenta de sangre humana en su búsqueda de la inmortalidad, confusión entre sueño y vigilia, la persecución final del monstruo y su muerte posterior, etc.), nos descubre la vida de la joven Laura, que viviendo en un viejo y austero castillo con la única compañía de su padre, anhela la amistad de alguien con quien pueda compartir su mundo. Y el azar pone a las puertas del castillo a la enigmática Carmilla, la vampira más hermosa y desconocida de la literatura (o al menos lo era  para mí hasta ese momento). Sí, mea culpa. Ignoraba la narración, no así la contribución literaria del autor al género, citado como precursor del mismo en manuales de literatura. Pero, a partir de su descubrimiento, ¿cómo olvidarla?

 

 

Me impactó que casi treinta años antes de la novela gótica por antonomasia,  Drácula, por cierto, de otro irlandés, Bram Stoker, estuviera leyendo al inmediato antecesor del mito, y  además se tratara de una fémina (no pretendo con ello negar el hito que constituye la obra de Stoker, pero sí reivindico los logros de Le Fanu y su short-story), y he de confesar también que, como mujer,  sentí un placer inmenso al descubrir que el macho-depredador-seductor por excelencia, no fuera más que una repetición de aquella sensual – sexual-mujerfatal  que tenía entre mis manos. Sí, antes que Drácula estuvo Carmilla, e incluso de la misma manera que el vampiro más famoso contaba con un referente histórico que lo hacía más terrorífico aún, Vlad el Empalador, en mis pesquisas  averigüé que la inquietante criatura de Le Fanu se inspiraba en la vida truculenta de una mujer de carne y hueso. (¡Cuán aterradora la realidad es!) Me refiero a la condesa transilvana Isabel Báthory, llamada la Condesa Sangrienta por su afición a secuestrar y torturar muchachas, amén de otros pecados sexuales, para beber la sangre que le ayudara a conservar una juventud eterna.

Pero no sólo por ser Carmilla un personaje vampírico femenino la guardo desde entonces en mi imaginería literaria predilecta,  su historia está entre mis terrores preferidos  -a pesar de su final precipitado, si se me permite la licencia-, por otros motivos, y, que personalmente me apasionan como lectora: la maldad descrita como algo hermoso y que la hace resurgir aún más bella. Eso es lo que distingue la pluma de Le Fanu de otros coetáneos con las mismas preocupaciones estético-literarias.

 

Ilustración de Isabella Mazantis

 

Y llegados a este grado de intimidad, les confieso que la verdadera fascinación que siento por los relatos vampíricos es la metáfora erótica que subyace al texto. La posesión pseudoamatoria que ejecuta el monstruo sobre su víctima, el juego de seducción en un binomio perfecto que combina dos temas poderosos, la maldad y el erotismo. (¡Qué difícil describirlos con elegante sutileza!) Ahí radica el éxito de mi recomendación para hoy, porque no hay nada más erótico que lo que Le Fanu no cuenta explícitamente sino que sugiere, que insinúa. Si Polidori vistió al vampiro para siempre con sus galas aristocráticas, Le Fanu fijó el erotismo como característica intrínseca del género: la sumisión de la víctima en un baile sensual entre luces y sombras, con el aliento de la depredadora recorriendo el cuerpo desnudo de la víctima, mordiendo su pecho… En fin, no quiero estropear más el argumento, disfrútenlo a solas ustedes mismos.

 

 

Me queda aún más que comentar. Sí. Todavía no he llegado al motivo primordial por el que encuentro a Carmilla originalmente única. ¿Y si diéramos una vuelta de tuerca más y esa dualidad del Tánatos-Eros  estuviera encarnada por dos mujeres? Les recuerdo que estamos hablando de la Irlanda de 1872, donde  nuestro querido autor vivía rodeado de la prejuiciosa y encorsetada sociedad victoriana, e incluso les contaré como anécdota biográfica que se convirtió en un misántropo, solitario, que vivió aislado del mundo a raíz de la muerte de su esposa en 1858, hecho que le deprimió profundamente hasta el final de sus días (…pero llegado el momento de inspiración, soltaba el cordón del corsé moral y vertía las oscuridades del alma en fantasías sobrenaturales cargadas de voluptuosidad).

Ahora que por fin entra el otoño, que llueve y se agradece el calor del hogar, cierren puertas y contraventanas esa tarde en que la tormenta avanza y de la mano de Carmilla exciten su imaginación sacudiéndose la rutina de encima de los hombros. ¿Qué otra cosa si no se puede esperar de un tesoro literario como éste?

 

 

Etiquetas de este artículo
, ,
Escrito por
More from Tomi Peinado

William Shakespeare, magia en escena

  La primera vez que me acerqué a un texto de William...
Leer más

9 Comentarios

  • “Drácula” es la leche de bueno, pero yo creo que su mayor hallazgo es el nombre. Imaginaos que estáis en el s. XIX y os encontráis una novela con ese nombre, que no os dice nada. No la compraríais, preferiríais antes “Vampyr”, mucho más explícito, que es como se iba a llamar inicialmente. Pero Stoker se arriesgó, poniéndole un nombre propio que no indicaba nada acerca de la trama,

  • que no conocía nadie y al que, una de dos: o faltaba el nombre o faltaba el apellido. Pues fue una idea genial, como sabemos ahora. Ya no es sólo la historia del conde (por cierto: ¿qué mejor chupasangres que un noble?) depredador y entre semierótico y semiromántico, es que tiene que llamarse Drácula. Sólo así hay mito. Bueno, pues es posible que Stoker tomase la idea de un nombre propio tan marcado de este relato que nos recomiendas…

  • Estimado lector, gracias por tus consideraciones, pero sin pretenderlo, tocas otro de los aciertos de Le Fanu en su cuento gótico: el nombre de la protagonista, el título de la obra. No es sólo un nombre que pueda parecer original o sonoramente evocador por exótico, sino que además le sirve al autor para jugar con él a modo de anagrama en dos personajes más que son fundamentales para el desarrollo de la trama, las condesas Mircalla y Millarca. Pero, no, no pienses que se trata de un juego pueril de letras solamente, cualquier lector medianamente versado en narraciones góticas, sabe que igual que al vampiro le está concedido el don de la inmortalidad, le está prohibido renunciar a su nombre – es una especie de estigma de identidad que arrastra, como lo es carecer de reflejo, entre otros-. ¿Cómo esconder, pues, la identidad tras el nombre? Sí, lo has acertado, jugando con las letras. En literatura el nombre que presenta al personaje debe ser siempre poderoso, original, como bien dices con la elección de Drácula – ya sabemos que desde la Cábala con el nombre de Dios, hasta los exorcismos, que terminan con la invocación del nombre propio del demonio que posee al individuo-, pero no por exótico hace ya al mito. Te doy otro ejemplo, a todo lector que se le nombre Alicia, un nombre común y corriente, piensa en la fascinante novela de Lewis Carroll, y no creo que éste se devanase los sesos pensando en el nombre de la protagonista. Tampoco se los devanó Bram Stoker, sólo tuvo que consultar el nombre completo del famoso Vlad Tepes, conocido en el lugar como Drâculea, en rumano antigüo “hijo del dragón”. Sí, nadie niega que tuvo suerte con el hallazgo.

  • Ya sabemos que el voivoda Drácula sólo fue motivo de breve interés por parte de Stoker, en principio porque poco se sabía sobre su vida y poco conocía, por lo tanto, sobre ella su amigo Arminius Vambéry, cuando le instruyó a cerca de leyendas transilvanas (la chispa inspiradora de una obra maestra puede ser tan sólo la sonoridad de un nombre, he ahí el genio, que acomoda la realidad a su fantasía particular, inventando algo nuevo). Y, Bram Stoker no hizo otra cosa que, como la mayoría de los escritores, ponerle el título al cuento al final, porque casualmente, encontró algo mejor que lo que tenía al principio. Nada de otro planeta. (No me imagino a James Joyce levantándose un día de la cama y diciendo: “¡Ya lo tengo: la llamaré “Ulysses”, y narrará las peripecias de un tal… Leopold Bloom!)

  • Yo pretendía que fuera de este planeta, sí… Lo que quise señalar es que Stoker arriesgó con ese título, sin aclaraciones añadidas. Y ganó. Joyce, en cambio, nunca soltó prenda acerca de su título, pues aunque al principio sacó una especie de guía sobre la analogía de sus capítulos con las peripecias de Odiseo, luego se negó a que la publicasen junto con la novela y sólo circulaba en círculos íntimos… En cualquier caso, y como sabes, era muy habitual en el diecinueve titular con nombres propios, muy como de Bildungsroman, y eso pudo llegar también hasta Joyce.

  • …y continúa hasta hoy. Cine o literatura. Un buen nombre llama la atención sobre el público, evidentemente, pero coincidirás conmigo en que si detrás de un buen título o un nombre propio original no hay una buena trama, un personaje profundo, interesante, sostenidos ambos bajo un armazón estilístico sobresaliente, no hay obra maestra.

  • Muy interesante. Me ha encantado, he disfrutado mucho con este articulo y tengo más interés en leer un relato gótico lésbico que el manido mito de drácula. Enhorabuena.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *