“San Junípero” (Black Mirror T3c4), el cielo ateo

Black Mirror estrena nueva temporada y a los millenials de gafitas e incertidumbres nos falta tiempo para dejarnos absorber por la pantalla. El mundo de Charlie Brooker nos cautiva porque nos es familiar. La tiranía de la reputación, los oscuros meandros de la opinión pública, la existencia como reality, la imposible intimidad entre dos vidas grabadas en un chip. La pantalla, ese espejo negro, abre una distancia nueva entre el individuo y su incontable prójimo. La pantalla se incorpora al cuerpo, la instalan en los ojos de amantes y soldados, condensando en una interfaz nuestros prejuicios. Que, esos sí, son los de siempre.

 

Charlie Brooker

 

Brooker es un fabulista, un narrador moral, que cuenta historias para conjurar su terror hacia el futuro. Es un activo usuario de las redes sociales y gran aficionado a la tecnología, así que sabe de lo que habla. Al mismo tiempo, me lo imagino como devoto lector de la novela realista que glorificó su Inglaterra natal. Los dramas de Brooker están alentados siempre por lo prosaico, lo cotidiano, un espíritu de abuelo que aconseja mantener los pies en la tierra. Todos los personajes sufren por no poder, o no querer, volver a un difuso más acá, y este cordial pragmatismo británico es muy reconfortante para aquellos a los que nos coincidió la primera juventud con el debut en las redes sociales. Somos la última generación que recordará cómo era vivir sin un teléfono móvil como miniatura de la propia identidad; en cierto sentido, los conflictos de Black Mirror se resolverían si fuéramos tan sólo un cuerpo y no varios dispositivos tecnológicos.

 

 

La realidad virtual es, entonces, un círculo del infierno donde penan lujuriosos, avarientos, perezosos y golosos, iracundos y envidiosos, soberbios y primeros ministros. Brooker, experto en adjudicar castigos, no deja de jugar con nuestras expectativas sobre la justicia poética. El empirismo voluntarioso de su creador arraiga sobre una fe romántica oculta: Black Mirror anhela una realidad tangible, una fisicidad simple y utópica en la que sin embargo no cree. El espejo negro refleja la ausencia de las grandes ideas – el bien, el amor, el yo – que sustentaban las vidas antiguas, pero, al otro lado de la pantalla, el espectador siente el dolor real ante tal ausencia. En la vida real seguimos contando historias sobre quiénes somos, sobre qué es lo bueno y sobre cómo amamos, y precisamente porque creemos en ellas resulta perturbadora la oscuridad sentimental revelada por Black Mirror. Ese vacío es el infierno, hecho de ignorancia y soledad; sólo quienes lo han visitado son capaces de reconocer la belleza del cielo.

 

 

Y el cielo, canta Belinda Carlisle, es un lugar sobre la tierra. San Junipero, cuarto capítulo de la tercera temporada, sobresale por ser tierno y esperanzador, el negativo exacto del resto de la serie. El desenlace es feliz gracias a la tecnología, no a su pesar; la prolongación de la vida más allá de nuestro cuerpo es, por una vez, la salvación. Brooker, criado en una familia de cuáqueros, ha dado un largo rodeo – diez episodios, o toda una vida – para traducir a términos ateos la resurrección de la carne. San Junipero, en realidad, no existe. Es un no-lugar, un algoritmo en la nube al que se conectan individuos comprimidos en un USB. El programa, disponible en diferentes eras, produce sensaciones corporales. Su uso es limitado: los ancianos tienen permitidas cinco horas a la semana, desconectándose automáticamente a medianoche como cenicientas. Aquellos que “han pasado”, cuyo cuerpo ha muerto y que pervive como código binario, son los habitantes permanentes de la ciudad. Hay quien mira con escepticismo esta inmortalidad, empezando por el espectador. Porque, claro, es una inmortalidad virtual, una inmortalidad de mentira, una ficción, y ya sabemos cómo terminan las trampas a los sentidos.

 

 

Kelly y Yorkie se conocen allí. El sexo es arrebatador, y es que tanto el alma como el cuerpo están resumidos en la misma placa de metal. Incluso el alma es física; o quizá sea al revés, quizá incluso el cuerpo sea matemática. No importa. En San Junipero se enamoran Kelly y Yorkie, quien, marginada por su homosexualidad y en coma desde los veintiún años, puede enhebrar por fin el deseo y el placer. Para ella San Junipero es más pleno que toda su existencia física; para Kelly, sin embargo, viuda tras un largo matrimonio, la ciudad es un apasionado epílogo a una vida ya terminada. Kelly planea morir y ser enterrada junto a su marido. Cuando Yorkie le pide que se quede con ella para siempre, Kelly le espeta que no entiende lo que es una vida entera junto a alguien: las alegrías, el aburrimiento, el compromiso mutuo. La realidad, es lo que Kelly quiere decir. La realidad frente a la ficción.

 

Mackenzie Davis

 

 

Serle fiel a la realidad es, por supuesto, morir para siempre. Kelly puede elegir la tierra compacta del cementerio frente a la sonrisa etérea de Yorkie y no sería más que por fe en la biología. ¿Hay que respetar el mandato de la muerte? ¿Es el cuerpo, como la prosa, un dogma realista? ¿Es el mero sentimiento, el amor, retórica de la fantasía? Durante quinientos años Romeo y Julieta han muerto sobre el escenario, obligándonos a soñar un más allá en el que puedan por fin amarse. A diferencia de ese cielo – invisible, irrepresentable – San Junipero no necesita más divinidad que el amor, más fe que la de los amantes. O la de los lectores en el creador: Charlie Brooker nos enseña que Julieta y Romeo no saltaron al vacío, sino que tienen toda la eternidad para bailar, hablar, follar y discutir. La tecnología es prometeica, desde luego, pero el amor también.

 

 

Decíamos al principio que Black Mirror anhela una materialidad pura en la que no cree. Una vez Dios ha muerto, todo es un invento nuestro. No hay, pues, una realidad opuesta a la ficciones, sino una panoplia de historias entre las que tenemos que escoger. Se preguntará el lector avisado si escogemos libremente o si estamos determinados por nuestras condiciones genéticas y socioculturales, y le responderemos que las causas son aquí ídolos de barro. En San Junipero funciona el deseo, o la voluntad, la íntima decisión de Kelly de quedarse junto a Yorkie. Ellas saben que su relación nunca será real del todo, igual que el espectador es consciente de lo poco literal que es cualquier narración, pero es que sólo los remilgados leen y aman por mor de la exactitud de los resultados. Y la verdad, lo saben los abuelos más pragmáticos, siempre es contradictoria. El cielo es una utopía localizada en las praderas californianas, Yorkie y Kelly eligen la vida más auténtica que cabe llevar. El amor, querido lector, es la ficción en la que podemos creer: esa ficción que se vuelve tan necesaria, tan real, que nos quedamos a vivir en ella.

 

Etiquetas de este artículo
, ,
More from Irene Villarejo Escolano

“San Junípero” (Black Mirror T3c4), el cielo ateo

Black Mirror estrena nueva temporada y a los millenials de gafitas e...
Leer más

6 Comentarios

  • Tremendo. No recuerdo yo que los episodios anteriores, conocidos (ni siquiera White Bear), dieran para tanto. Para tanta postmodernidad, si no te ofende el término…

  • Pero lo mejor es cuando dices que la conciencia del nihilismo (en este caso, de que la técnica puede dotar de la capacidad de vivir en imágenes de la realidad) no nos lleva a sueños delirantes, sino a querer precisamente reinventar esa “materialidad pura” que echamos de menos. Aquí es donde Brooker se reinventa, a su vez, a sí mismo, por lo que cuentas, porque antes todo era pesadilla, deshumanización, nihilismo asfixiante… El discurso del abuelito, ya lo dices tú, aunque de un abuelito brillante.

  • Exacto. Una cosa que me gusta mucho de San Junipero es que, siendo quizá el menos intelectual de los capítulos, es con diferencia el más atrevido, como si Brooker reconociera por fin que el futuro no le convence pero que no puede evitar querer vivir en él.

  • Ya lo he visto, aunque no soy milennial ni llevo gafitas -incertidumbres muchas… Ante me puse el de La ciencia de matar, que es muy inferior, como si fuese un episodio de esos cómics de ciencia-ficción para adultos (Zona 84, 1984, etc.) que leía de adolescente. Es una idea tan facilona que se me podría haber ocurrido a mí. En cambio este, que ya hemos comentado sin yo conocerlo, es mucho mejor. No obstante, hay más de nostalgia de la realidad de los que yo creía, aunque tú ya lo decías. Kelly siente que se debe a sus muertos porque aquella fue vida trágica, finita, pero llena, y San Junípero es ligero, indefinido, pero vacío (un “cementerio de mierda”, dice). Y es el amor, sí, lo que da sentido a la finitud de una vida real -el amor, sobre todo, a una hija, por cierto-, según el episodio, porque el otro amor, el de Yorki, no parece implicar lealtad, sino sólo generosidad. ¿Es la desgracia compartida -del paso de los años, de una hija perdida- lo único que se puede granjear nuestra lealtad, hasta el punto de morir por ella, como un soldado que ya no tiene nada porque ha visto caer a su batallón? Esta Kelly es como un Ronin, un samurai sin Señor. Sabe luchar para ya no tiene para quién. La parte que menos entiendo es el diálogo final, cuando Kelly dice que está preparada, “preparada para todo lo demás…”

    Supongo que podría entenderse como que Yorki, la de la segunda oportunidad, no estará nunca preparada, porque como no ha vivido de verdad, no habrá para ella una guinda, la muerte, que es lo que resta ya por hacer de lo vivido. Por eso pienso, como tú, que el Brooker aquí va más allá que en los anteriores: incluso la muerte pasa a formar parte de su nostalgia de esa realidad previa a la pantalla negra. No sé cómo interpretas tú esas últimas palabras…

  • Leo, también, que Fray Junípero Serra fue un misionero en tierras californianas, de esos capaces de convertir un valle inculto en un vergel y de convencer para la conversión a todos los indios con los que se tropezaba. Sin embargo, en cierto momento Kelly se está fumando un cigarro de los de después y declara que no sabe a nada, ella, que está muriendo de un cáncer. Y es que el cielo, aunque sea ateo o comunista, es siempre insípido a la larga, y desde luego no justifica la dureza de la vida que lleva hasta él, hasta el punto de que es más fácil amar el examen que la recompensa (y que a los seres humanos, en el fondo, no podemos pasarnos sin el sufrimiento, siempre que sea un sufrimiento que podamos hacer nuestro, como al yonki no le sabría igual de bien la heroína si no tuviera que penar a causa de ella…)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *