Kirk Douglas: la muerte de un hombre de acción

Kirk Douglas: Across the Border

por José Rivero Serrano

La trayectoria cerrada de Kirk Douglas, de nombre Issur Danielovitch Demsky, nacido en Amsterdam (New York) en diciembre de 1916 y fallecido en Berverly Hills el 5 de febrero de 2020, da cuenta de buena parte de las vicisitudes del cine de los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo pasado, del cual ha sido un reconocido protagonista en su existencia centenaria. Por más que el vigor de su trayectoria se concentre en los años comprendidos entre 1946 y 1970. Como si las películas de 1969, El compromiso de Elia Kazán, y de 1970, El día de los tramposos de Joseph L. Mankiewicz, supusieran un memorable colofón, en la medida en que el tramo final de su carrera cuenta con menor relevancia. Visible la relevancia si constatamos que las tres nominaciones al Oscar, proceden de los años 1949, 1952 y 1956. Siendo ya 1996 la fecha tardía de su Oscar honorífico.

Y se refleja a la perfección en ese nombre Across the Border, a través de la frontera, que resulta ser además el nombre del poema recitado en el concurso de poesía del instituto Wilbur Lynch High School, donde Danielovitch cursaba sus estudios de secundaria. Danielovitch recitando Across the border, antes de ser su nombre cambiado por el de Kirk Douglas, para componer buena parte de las vicisitudes del cine de los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo pasado, que es una frontera verdadera. Que es casi tanto como decir –por más que se quiera obviar la simplificación– del cine universal. Se me objetarán las problemáticas diferentes de las cinematografía nacionales en litigio, desde Suecia a Italia, desde Japón a Francia, pero el hecho cierto y evidente es la gran visibilidad y la gran preponderancia del cine producido en Hollywood desde 1945 en adelante.

«Senderos de Gloria»

Sabiendo que es en esos años de postguerra y de guerra fría, en los que Douglas debuta como actor teatral, tras su regreso del servicio militar –fue movilizado en 1942 y accede a la academia de Guardamarinas de la Armada de USA, siendo destinado en el océano Pacífico como oficial de telecomunicaciones entre 1942 y 1943–, debutando en la obra Kiss ante Tell. Su salto al cine, que se producirá de la mano de Lauren Bacall, será ya en 1946 al presentarle al productor Hal B.Wallis, quien le contrata para la primeriza obra El extraño amor de Martha Ivers. En 1947 Wallis cede los derechos de Douglas a la compañía RKO –los actores como semovientes perfumados–, donde rueda dos películas. Una de ellas de la mano de Jacques Tourner, la imprescindible Retorno al pasado, junto a un enorme Robert Mitchum, y con todas las claves cinematográficas del cine negro que se acoplaban bien en esos años de Guerra Fría y macartismo.

«Retorno al pasado»

Los años siguientes están caracterizados por el desempeño actoral con múltiples directores y diferentes compañías: desde Vicent Minnelli, Joseph L. Mankiewicz, Mark Robson, Michael Curtiz, Raoul Walsh, Billy Wilder, Preston Sturges, King Vidor, Richard Quine y Howard Hawks entre otros. Todo ello, la movilidad de productoras–desde RKO a 20Th. Century Fox o Universal– que desplazan los derechos de los actores y los intercambian entre ellas –, le llevaron a sentir la necesidad, desde su carácter inconformista e inquieto heredado de su pasado bielorruso, de crear su propia productora en 1955, a la que denominó Bryna, en recuerdo de su madre, y produciendo con ella la película Pacto de honor (André de Toth, 1956). De esos años, son dos películas menores pero enormemente significativas en su trayectoria, como fueron el Ulises (Mario Camerini y Mario Bava, 1954) junto Silvana Mangano, y Los Vikingos (Richard Fleischer, 1958) con Toni Curtis y Janet Leigth. Que dan cuenta de la versatilidad interpretativa de Douglas, capaz de meterse en el cine negro o en el western y viajar luego al género histórico.

«El loco del pelo rojo»

Esta circunstancia de los controles masivos de las productoras, sobre todo el proceso de creación cinematográfica ya emergía en Cautivos del mal (Vicente Minnelli, 1952), obra con la que Douglas obtuvo la segunda nominación al Oscar como mejor actor, tras la primera obtenida con la pieza de Mark Robson El ídolo de barro (1949), donde Douglas da vida a un ambicioso boxeador en un mundo recorrido por chanchullos y corruptelas, casi como el cine mismo. Con Minnelli realizará la obra que supuso, en 1956, su paso al estrellato y al reconocimiento exterior, El loco del pelo rojo, protagonizando en ella la vicisitudes de Vicente Van Gogh. Con Minnelli, Douglas tendría una largo entendimiento bien reconocido por Minnelli, habiendo rodado juntos, Cautivos del mal (1952) con la presencia de Lana Turner, el episodio de Tres amores (1953) y Dos semanas en otra ciudad (1962).

El año siguiente del rodaje de El loco del pelo rojo, coincide con Stanley Kubrick en el proyecto para Senderos de gloria, en el que se suma como actor y lo apoya con la participación de su productora Bryna. Obra antimilitarista sin ambages, emanada de los estudios hoollywoodienses que le granjearía cierta fama de actor comprometido y con ciertos problemas con los grandes estudios.

Con Liz Taylor

Como se podría comprobar algunos años más tarde cuando, nuevamente con Stanley Kubrick, trataban de poner en marcha el proyecto de rodaje de lo que acabaría siendo Espartaco. Proyecto que fue rechazado por la compañía United Artists, que en ese momento preparaba el proyecto de otra película similar denominada The gladiators, y que acabó, finalmente, aceptando coproducir Universal Pictures. La pieza de Kubrick/Douglas relata la historia de la revolución de los gladiadores durante la Tercera Guerra servil romana, que contando con guion de Dalton Trumbo, que señalado por el comité de actividades Antiamericanas y vetado por ser uno de los Diez de Hollywood, obtuvo cuatro Oscar. El apoyo de Laurence Olivier y de Charles Laughton en la pelea permitieron que Trumbo apareciera como firmante del guion. De aquí, junto a los empeños precedentes con Senderos de gloria, nació la fama de Kirk Douglas como hombre, más que díscolo, comprometido con causas sociales y políticas; circunstancia que irían cerrando puertas a próximos papeles y contratos.

Con Michael Douglas en 1959

El siguiente paso de la independencia mostrada por Douglas quizás fuera la representación teatral de la obra de Ken Kesey, Alguien voló sobre el nido del cuco (One Flew Over the Cuckoo’s Nest) que montó en Broadway en 1963, y que no dejaba de cuestionar la institución psiquiátrica y el autoritarismo subyacente en ciertos cuerpos médicos, que pensó llevarla al cine y no lo consiguió. Cosa que sólo ocurriría años después con la obra homónima de Milos Forman, rodada en 1975, como muestra de ciertas imposibilidades fácticas que aún existían en los años sesenta. Como si hubiera que esperar a algunos finales para superar batallas, ya fuera el final de la guerra de Vietnam, ya fuera la explosión de mayo de 1968. Año que rueda esa obra que algunos vieron como testamento anti inculpatorio de Elia Kazán, como fuera El compromiso. Aunque quizás fuera, igualmente, el testamento de ciertas imposibilidades del cine estadounidense de los años cincuenta y sesenta.

Kirk Douglas, cantidad y calidad

Por Oscar Sánchez Vadillo

Esta revista nuestra (y vuestra, como se dice en los programas de televisión donde se hace la pelota al espectador) empieza a parecer aquel viejo poemario de Edgar Lee Masters, ese vate americano que escribió la historia de toda una población imaginaria a través de sus lápidas, en Antología de Spoon River, configurando una epopeya colectiva de miserias y grandezas que parece hoy un híbrido entre el gusto trágico de William Faulkner y el cómico del ayer fallecido José Luis Cuerda –y es que aquí es verdadera devoción la que tenemos por Cuerda… Porque hoy, en efecto, toca hablar del fallecimiento de Kirk Douglas, ese pedazo de tío cuya vitalidad le ha llevado, un poco momificado, hasta los 103 años, y que fue mucho más que un actor: fue una persona de verdad, y no sólo una percha de sus personajes. Esto, creo, es bastante insólito, y merece de sobra el elogio póstumo que hagamos de él hoy.

Kirk Douglas, que por lo visto no se llamaba así y que provenía de una familia de campesinos ruso-judíos, tenía el físico perfecto para trabajar en Hollywood, y con ese rostro, ese hoyuelo y esa sonrisa de salud rebosante y seducción feroz (yo creí que no era muy alto, pero leo que su estatura era 1,75, bastante bien para la época) únicamente podría haber trabajado para el cine o para engañar la política. Afortunadamente, y dada su procedencia, fue el cine el que se llevó al hombre, aunque más certero sería decir que fue el hombre el que se llevó de calle al cine. Muchos de los directores que trabajaron con él se deshacían en halagos respecto de su buena disposición y entrega al papel, señalando que lo que menos le importaba a Douglas era su fotogenia, y lo que más la historia a narrar. Otros directores, en cambio, no podían soportarle, precisamente porque Kirk Douglas no era una marioneta, sino un tipo con discurso, con un carácter bien definido y hasta con una posición política de izquierdas que le hizo incómodo para muchos. De hecho, el momento cumbre de su carrera profesional coincidió seguramente con el que fue el momento cumbre de su vida moral, cuando luchó con toda la energía y la influencia que pudo ejercer para que Espartaco fuera escrita secretamente por el “peligroso comunista” Dalton Trumbo, uno de los diez guionistas represaliados por Joseph McCarthy, e incluso firmada en los títulos de crédito por él.

Dalton Trumbo

Naturalmente, los intelectuales comunistas de Hollywood tenían el mismo peligro que Donald Trump vestido de majorette, y eso probablemente Kirk Douglas lo sabía muy bien. Esos conjurados podían firmar manifiestos, acudir a huelgas, conspirar acaloradamente en salones llenos de humo, pero la Revolución no la iban a hacer ni en sus propios jardines. Como mucho, escribir guiones acerca de injusticias sociales, donde la reivindicación socialista sería tan soterrada que el americano medio podría salir del cine con la conciencia pro-sistema tranquila. La misma Espartaco tiene algo de eso. Trumbo hizo del legendario gladiador un liberador de hombres, pero que hablaba más en lenguaje precristiano (la rebelión de Espartaco fue antes de Cristo, y me parece que fue el único levantamiento de la clase servil de la antigüedad) que propiamente criptocomunista, y de ahí que nos la sigan programando en Semana Santa. Pero eso no le quita mérito a Kirk Douglas. Él era un hombre virtuoso, un adalid de causas nobles, una mosca cojonera a menudo, y no sólo una cara bonita a la que le sentaban muy bien los trajes y los no-trajes.

Sin embargo, como tenía ese aspecto de hombre de acción, le calzaban estupendamente también los personajes de cintas intrascendentes, pero ya clásicas, como 2000 leguas de viaje submarino, El club de los tramposos o Vikingos. Supongo que había que hacer esas películas alimenticias para luego -o antes, o en medio- poder filmar Senderos de gloria, El loco del pelo rojo, Cautivos del mal o El gran carnaval. Su hijo Michael, con ese enorme peso sobre sus hombros, debió empezar su propia carrera de actor con expectativas más modestas, y, de hecho, ha protagonizado películas menos grandes, más anecdóticas, pero desde mi punto de vista no sin cierta dignidad. Al fin y al cabo, Michael sabe que es sólo un actor, mientras que su padre era una leyenda viva, pero más que eso, era un ejemplo de la areté clásica, de la excelencia en el temperamento y en la forma física. Por eso los dioses, que son tan caprichosos como crueles, han permitido que viésemos a Kirk Douglas arrugarse como un pergamino e ir en silla de ruedas hasta que le han propinado el golpe de gracia, pero no tan sádicos como para nublarle la cabeza. ¿Existe algo más triste que la plenitud y la lozanía de alguien como Kirk Douglas convertida en incapacidad, indefensión y fragilidad anciana? Pues sí, hay un millón de cosas más tristes que esa, casi cualquier cosa que podamos calificar de “triste” supera esa declinación, esa decadencia que no es más que ley de vida…

De modo que esta noche veré Un extraño en mi vida, que la tenía reservada para una ocasión especial.    

Kirk Douglas: un cierto tipo de masculinidad

por Ramón González Correales

Casualidades de la vida anoche, antes de enterarme de la muerte de Kirk Douglas, estuve viendo «Siete días de mayo» la magnífica película que dirigió en 1964 John Frankenheimer donde interpretaba al Coronel Martin «Jiggs» Casey un oficial de Estado Mayor al que no le gustaba el tratado sobre armas nuclares que había firmado el presidente de su país pero que, al contrario que a su jefe (y amigo) el General James Mattoon Scott (interpretado por Burt Lancaster), tiene clara su posición respecto a su papel institucional y a las leyes que debe cumplir. Y, sobre todo, tiene la fuerza, la valentía y la fibra moral para hacerlo con éxito. Es capaz de cumplir con su deber de forma neta pero a la vez con cierta contención, capaz de arriesgarse cuando podía perder mucho con ello, capaz de saltar algún límite ético sabiendo que no debería ser saltado, como cuando va a buscar a buscar unas cartas comprometedoras al domicilio de Ellie» Holbrook (interpretada por Ava Gardner) una antigua amante del general pero también vagamente enamorada de él, una mujer madura y herida a la que quizá también él ame. Justo en no sobrepasar ese límite estaba la superioridad moral de la causa que estaban defendiendo, como también comprendió el presidente Lyman (Fredric March)

En su papel en esa película se resumían cualidades valiosas de la masculinidad tradicional que él parecía tener también en lo que conocemos de su propia vida: valentia, fortaleza, compromiso, inteligencia, cooperación, disciplina libremente asumida, capacidad de sufrimiento ante situaciones difíciles, decisión para luchar por lo que se desea. Las que constituían a los que Elisabeth Badinter en su libro «La identidad masculina» denominó «Hombres duros» que tendrían además asociada una gran incapacidad afectiva: la necesidad (y el precio) de ocultar sus autenticas emociones y falta de sensibilidad.

Sin embargo me parece que Kirk Douglas no proyectaba la misma imagen de varón que, por ejemplo, John Wayne (que quizá injustamente identificamos con su papel en «Centauros del desierto«) o que Charlton Heston (en «Horizontes de grandeza«). Kirk parecía tener otra dimensión más abierta, más vital, mas sensual, incluso en su relación con las numerosas mujeres con las que se relacionó en su vida, donde tuvo que contender muy a menudo con esa tensión entre sexualidad y afectividad que no ha sido resuelta en nuestra cultura. Era un hombre duro pero parecía más cálido, más sensible, quizá con un punto de fragilidad a pesar de su aparente optimismo. Quizá el comienzo de ese «Hombre reconciliado» que reivindicaba Badinter capaz de integrar la solidez y la sensibilidad que quizá comenzó a encarnar, de alguna manera, Robert Redford más adelante.

Me gustaba que siguiera viviendo tantos años, pero a la vez me daba pena verlo tan viejo, desfigurado por la cirugía estética, tan lejos del hombre que fue, pero siempre sin perder esa chispa de fuerza e inteligencia que, como el hoyuelo en su barbilla, lo ha acompañado hasta el final.

Por suerte seguirá vivo en su películas.

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2 Comentarios

  • Pues no me está gustando «Un extraño…», y encima mi querido Walter Mattau, o como se escriba, hace un papel repulsivo…. Gracias, Ramón y José por vuestros estupendos textos y, sobre todo, por vuestra insomne buena disposición para estar el quite del fulgor del pasado -un día, con la excusa que sea, habrá que decir delicuescencias inactuales sobre la Novak…

  • Efectivamente, es una película de mensaje repugnante, aburrida y solo útil para documentar la específica modalidad de machismo de USA en los 50-60. Y hasta la última escena parece insinuar que se es consciente de ello…

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