José Luis Cuerda: La muerte de un cineasta español

Anochece que no es poco: un adiós a José Luís Cuerda

Por Oscar Sánchez Vadillo

El cine español es una industria que sufre una excesiva dependencia no sólo de sus fuentes de financiación, sino también de la personalidad cinematográfica de sus actores. Sale Antonio Resines y ya sabes que todo el país se va a partir de risa; tienes a Lola Dueñas y sabes que la cosa va de llorar mucho, o casi. Ciertos directores que todos conocemos también han imprimido su sello particular, pero frecuentemente de un modo muy solemne, muy desgarrado, como de cine acomplejado que busca volver al tremendismo de Cela para parecer cine de verdad, cine de altura. José Luís Cuerda, en cambio, optó por la comedia para gustar al público, tenía ese tipo de cabeza que le ve el patetismo chusco a las cosas, a la manera de Berlanga o Azcona. Esa, sin duda, es una tradición también muy hispánica, cuyos orígenes yo situaría en el esperpento de Valle-Inclán, más que en el surrealismo (o “sur-ruralismo”: ya le encontró él el retruécano anti-tremendo) que decía el propio Cuerda. El surrealismo en general es una cosa muy grave, muy adusta, muy poco humorística, aunque la historiografía posterior haya querido hacernos pensar otra cosa. El surrealismo era un método de conocimiento de lo inconsciente que se inspiraba en el Psicoanálisis y la Fenomenología para excavar en la fosa de nuestra mente y exhumar monstruos. El perro andaluz no tiene nada de cómico, a no ser que se tenga una versión alexdelaiglesista de lo cómico…

Cuerda, ya digo, me parece más del lado del esperpento, modalidad amable, estrafalaria y lúcida de Luces de Bohemia. Antes de estas navidades, hablando de cine con mi jefe (Jefe de estudios, no se vaya a creer tampoco…), me enteré de que no sabía lo que era Amanece que no es poco. El pobre es joven, 37 años, igual hasta se ha criado con Dragonball. Corrí a bajármela esa misma tarde y al día siguiente se la llevé. No es cuestión de cultura o incultura, es cuestión de que el que no haya visto esa película y no se sepa sus diálogos prácticamente de memoria -como las canciones y las gracias de Les Luthiers-, que emigre a Dinamarca, que se vive muy bien pero no cultivan el sinsentido jocoso. Yo lo pondría incluso como prueba de hispanidad a los que quieran adquirir la nacionalidad española: ni reyes godos ni bandera constitucional ni hostias. La familia de mis hijos por parte materna es de Albacete, y en Albacete adoran esa película como si fuese Maradona en Argentina. José Luís Cuerda era Dios, en su provincia natal, la de Joaquín Reyes y compañía. José Luís Cuerda era allí necesario, y todos los demás contingentes. Yo vi Amanece… varias veces seguidas, con diferentes grupos de amigos, a los 18 años, había que hacer campaña de la película. Todavía hoy, si cualquiera de mis coetáneos o yo mismo llegamos a un sitio en el que no hay ni un alma decimos aquello de Luís Ciges a Antonio Resines, “¿aquí no hay ni Dios o es que son todos unos hijos de puta?”, o, poco después, en la alcoba, el descacharrante “¿me respetaras, hijo? Que un hombre en la cama es un hombre en la cama…” Y tantas así, más clásicas que la obra entera de C.J. Cela.

Pero es que la anterior, y la posterior, también son buenas, sin ser tan míticas. El bosque animado tiene al pequeño gran hombre, Alfredo Landa, en vez de a Saza, Resines o Quique San Francisco, pero también a Miguel Rellán, y se pasa muy buen rato. Así en la tierra como en el cielo tampoco tiene a Resines, pero sí a Fernando Fernán Gómez (que repetiría con Cuerda en la dulce La lengua de las mariposas) haciendo de Dios en persona con bata de guata y leyendo a Nietzsche en el brocal de un pozo. Jesucristo le pregunta que hace y responde algo así como: “pues nada, leyendo a este hombre, que parece que habla con truenos y que dice que no existo, y la verdad es que no le falta algo de razón…” Si hubo un toque/Lubitsch y seguramente también un toque/Azcona, sin duda hay que añadir a esta privilegiada lista de genios de la irreverencia un toque/Cuerda.

«Amanece que no es poco»

Con todo, José Luís Cuerda no solamente fue el aligerador, por decirlo así (yo es que a Buñuel, en tanto surrealista, también le encuentro muy serio, digan lo que digan, como queriendo convencerme de algo, y a Almodóvar lo mismo, pero algo menos), del cine español de las últimas décadas, también fue el que produjo las grandes películas jevis de Alejandro Amenábar. Hay que valer para todo, y Cuerda lo valía, precisamente porque nunca se creyó el dios en que le convirtieron en su pueblo. Anochece, que no es poco, pero anochece para todos, lo cual es consuelo de tontos, pero consuelo al fin y al cabo. Ignoro si las películas tan nuestras de Cuerda habrán sido vistas en el extranjero y habrán gustado a alguien. Me parece recordar que unos amigos alemanes conocían Amanece…, la obra magna, esa obra magna que es magna porque es mínima, bella y acogedora. Pero los alemanes es que son una raza aparte, no aria como pensaba aquel mendrugo del bigotito, sino extrañamente interesada en los fenómenos culturales y gastronómicos mediterráneos. Sea como fuere, Señor Cuerda, me quito el cráneo…                                             

Cuerda y el Surruralismo

por José Rivero Serrano

José Luís Cuerda, albacetense de pro y director de cine de recorrido significativo, al margen de vinatero reciente de caldos Albariño, ha muerto este 4 de febrero de 2020. Como me imagino que su faceta de dirección cinematográfica y su promoción de ese cuerpo descomunal llamado Surruralismo –ahora que se nos despueblan los campos y parajes, los poblados y los pelajes– es más conocida que la de escritor sin plumas, me gustaría recuperar algunas notas de hace siete años. Publicadas en parte y que ahora retomo y rectifico, con motivo de la aparición del texto inclasificable Si amaestras una cabra, llevas mucho adelantado.

Cuerda nos muestra con este trabajo que podía ser póstumo pero que hoy es ya premonitorio, una faceta más de su universo creativo, a caballo de una cabra que dice haber amaestrado y que puede que le haya dictado alguna sentencia y algún juicio desviado como ese que reza en la página 189 “Si alguien dice: ‘Oh, la palabra’. Echa a correr”; que eso será justamente, lo que pueda hacer la cabra, con independencia de su amaestramiento. En otras ocasiones esas cabras de raza, puede que, en un descuido del lector, le den una dentellada al libro y nos quedemos con la cabra satisfecha, pero sin libro que merendarnos o que leer.

Paco Rabal en «Así en la tierra como en el cielo» 1995

Ya que el perplejo título del aforismario de Cuerda, que la contraportada refiere como “Ideas irreverentes, pensamientos irreprochables, frases cómicas, filosóficas,…hilarantes reflexiones y dibujos inéditos”, reconoce las virtudes y excelencias de ese ejercicio que no es ni simple ni sencillo. “Si amaestras una cabra, llevas mucho adelantado”, sirve básicamente para descubrir las dificultades que comporta todo amaestramiento; incluso descubrir las dificultades de la escolarización del propio Cuerda, en su infancia manchega, albacetense y hellinera, por más que diga y proclame: “Que como está demostrado, todos los caminos llevan a Albacete ya a Nazarét”. Otros prefieren citar a Bilbao como centro del mundo mundial. Dificultades como las que cuenta en esa sucinta reseña biográfica, que muestra en las solapas del libro y que es, al margen de un ejercicio de memorialismo escueto, un anticipo de lo que se aproxima en el interior del libro que guardan y protegen la solapas. Un memorialismo que hoy cumple doblemente su objetivo de recuerdo y de obituario. Esto es la memoria rota como una tormenta de palabras y de sentido; cuya razón de ser tal vez sea lo afirmado por Cuerda, al decir que “La desproporción reeduca los sentidos”. Sin que, por ahora podamos afirmar nada de la proporción, ni siquiera de la Divina Proporción que estudiara Mathila Gyka.

Y sólo podamos apreciar todo el proceso educativo de la desproporción en su película-programa ‘Amanece que no es poco’; de la que dice que “Sin falsas modestias: con Amanece…, sabía que me convertiría en uno de los mejores directores de Albacete. Capital”, y al mismo tiempo: “Amanece, que no es poco la hice sin darme cuenta”. Y así, de esa desproporción reeducada, en estas páginas emerge la pretensión de ayudar a “ver la realidad desde otra perspectiva”. Que es tanto, como ver la realidad desde Albacete. O ver la realidad una vez que uno ha muerto y mirar desde el otro lado.

De esa biografía extractada y que no sabemos si es parte de la realidad que hay que ver desde esa ‘otra perspectiva’, podemos obtener algunos jeribeques, visages y guiños que nos avisan del ímprobo esfuerzo de amaestramiento de la cabra y de su domador domado. Así: “Llenos los bolsillos de altramuces, garbanzos torraos, paloduz, chufas e infancia, ando por la calle que parece que voy a comerme el mundo”. De igual forma, que puede apuntar que: “Nací y viví en Albacete hasta los quince años. Tres de ellos, muy lujuriosos, en los seminarios de Hellín y de la capital, después de iniciar el bachillerato en los escolapios, penal de la orden en la región valenciana, lleno de curas malos –y más vale que no me tiren de la lengua –, y en el Instituto de Enseñanza Media. Nos trasladamos a Madrid porque mi padre ganó al póquer un piso a estrenar en el paseo de la Habana a uno de los más conocidos constructores de este país. Terminé mis estudios, primero en un colegio donde el matrimonio Rubert-Ontañón hacía lo que podía –ponernos de rodillas, dar algún pescozón… –y mimaban como se merecía al compañero y luego científico Barbacid. Rematé preu de letras en el Liceo Anglo Español del señor Verdú, abuelo según supe después, de Maribel, e iniciador de nuestros goces como el de beber Vega Sicilia, invitados por él. Tres años –cursos incompletos –de Derecho en la Complutense me animaron a militar durante una temporada en el PCE y a abandonar la carrera. Durante los que estuve en TVE, muchos, aprendí la práctica de rodar y, paseando con los amigos por Argüelles, la teoría e historia del cine por lo menudo. Luego he rodado una docena de largometrajes (El bosque animado, Amanece que no es poco y la Lengua de las mariposas, entre otras) y he pasado –han pasado sobre mí –dos o tres enfermedades muy puñeteras que me han facilitado la vuelta a mi primera inclinación artística: escribir. Y eso es lo que nos trae aquí”.

«El bosque animado»

La otra cuestión visible en “Si amaestras…”, tiene que ver con la musculatura de lo que yo llamo, Surrealismo Mesetario, y que en el caso de José Luís Cuerda se nos presenta plural y enriquecido y denominado ya como Surruralismo, tanto en su cine como en el texto (ilustraciones incluidas) que nos ocupa. Por más que él presuma de palmito exterior cubista y exterior abstracto, que es como llama a la sección novena. Ya he tenido ocasión de rastrear entre las raíces manchegas y el ‘atoramiento’ parisino, a estos seres cabreados que nos sorprenden, soplando cuestiones complejas de forma incomprensible, como hace Cuerda con la cabra que lleva dentro y con la amanecida en las sierras de Alcaraz, para buscar unas raíces improbables.

Raíces de cierta comicidad, pero también de cierta severidad existencial, para componer un combinado preciso de ‘Angustia y esencialidad’ como si de un ‘Sturm und Drag’ mesetario se tratara. ‘Angustia y esencialidad, muy cerca de cierta sensibilidad tatuada por la ruralidad manchega de soles y suelos, poco explorada y matizada, pero muy proclive a la deriva surreal que nos proporcionan la inmediatez de campos infinitos como tablas de sueño. Campos infinitos en los que son visibles alteraciones ópticas, producidas por el frío y la humedad, percibidos con angustia y con misterio, como ocurre con las estantiguas del Campo de Montiel. Alteraciones visuales, producidas, igualmente, por la refracción del sol sobre el aire recalentado de La Mancha, que provoca las culebrillas ondulantes del yermo verano y próximas al encantamiento de un espejismo húmedo en una tabla seca. Campos metafísicos, recorridos por surcos paralelos e infinitos, cuasi oníricos en un mar de tierra sin fin y con un solo principio de finitud y sentido. También la violencia estallante de soles imposibles, que condensan los humores blancos de tapias y los terrizos pardos de tapias dormidas. Y el sueño del agua o las aguas que duermen, como una germinación de lo femenino oculto en la tierra posada y quieta, como una tabla misteriosa y escenográfica de la figura humana en ese espacio sin dimensión.

«Los girasoles ciegos»

Son estas, por otra parte, las afirmaciones del poeta albaceteño Antonio Martínez Sarrión cuando fija: “llevando esto a nuestra tierra, yo considero que el exceso de sol en los veranos produce en la sesera unas conmociones muy fuertes y de ahí pueden salir cosas de interés. Por ejemplo, creo que el Postismo es una especie de Surrealismo a la manchega. En ese mundo surreal, en la vida cotidiana, en el arte, en el mundo poético, hay mucho de excesivo, de necesidad de dar salida a lo sobrante, al hipersentido…y de ahí puede salir un cierto surrealismo muy peculiar que es el que pudieron representar en la segunda etapa Carriedo o Crespo, o en algún sentido Gregorio Prieto, en la pintura”.

Deriva surreal que deberá conectarse con las andanzas de la Orden de Toledo, con Buñuel, Dalí y Lorca, adivinando la fantasmagoría del callejero toledano oscuro, temible y enigmático; como los enigmas esbozados por Bécquer en los recorridos toledanos de sus Leyendas. Deriva surreal manchega, bien acotada por los gestos pictóricos de Palencia, de Alberto, de Gregorio Prieto, de Antonio Fernández Molina o del primer Antonio López García; deriva surreal de poetas como Juan Alcaide y todo el recuelo postrero del Postismo. Incluso y ya, tardíamente, el cine de Cuerda o las transgresiones teatrales de Francisco Nieva, que componen partes de esa traza inexplorada del Surrealismo Mesetario o Surruralismo. Surrealismo rural, sudado, palurdo, opaco y mesetario pese a todo, que contraponer al Surrealismo urbano, perfumado, weltburger y arrabalero del París del Manifiesto Surrealista o de las páginas de Litterature y del que es una deriva peculiar y heterodoxa y falto de análisis y prospecciones fértiles.

«Amanece que no es poco»

Deriva surreal manchega, como esta muestra del Cuerda ido y sus mariposas deslenguadas. Y es que alguien que proclama “¡A vendimiar todo el mundo!”, luego es capaz de advertir la singularidad de lo cosechado, cultivado y transformado cuando nos avisa de que “El mejor vino se hace en el paladar de cada uno”. Y a todo ello llega el bodeguero Cuerda, sabedor de que “El vino da que pensar”. Tanto da que pensar, que se nos olvida lo que queríamos decir. Ah sí, ¡“Atención a la cabra que todos llevamos dentro”!

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