Zygmunt Bauman, muerte líquida

Zygmunt Bauman

 

Marx, con la ayuda de Engels, lo escribió en una de las más citadas frases del Manifiesto comunista, de 1848: bajo el sistema de producción capitalista, “todo lo sólido se desvanece en el aire“. Zygmunt Bauman sólo tuvo que dar un paso más, un pasito no muy grande, la verdad, para decretar el cambio de estado de la materia y hablar de modernidad “líquida”. Desde entonces, lectores y seguidores han encontrado incómodamente fluida toda realidad contemporánea: el amor, la política, la educación, etc. Personalmente, creo que no es más que una sutil estrategia para decir que el mundo ha cambiado tanto desde tiempos de Marx que ya no nos sirven las categorías clásicas del marxismo para explicarlo, y Bauman fue desde muy pronto un marxista convencido. De ahí la maniobra, tal como yo lo veo: en vez de cambiar las categorías, o fluidificarlas (como, por otra parte, han hecho tantos otros nostálgicos), decimos que es la realidad la que las traiciona, escurriéndose arteramente como el agua entre los dedos teóricos marxistas. Lo que se obtiene, en mi opinión, es una sociología algo epatante compuesta de una terminología a la que en cierto modo se puede acusar de lo mismo que ella acusa al mundo, e investida además de un cierto aire alarmista y de un tono irreprimiblemente pesimista que la perjudica. No es fácil habitar el post-marxismo, el único post-, seguramente, que podemos dar por cierto y del que no vamos a librarnos, y así vemos como en el intento de resucitar a Marx cada uno se las va apañando como puede.

 

 

El marxismo, en efecto, ha sido una ideología potente, tal vez la más potente de la historia de Occidente -e igual de capaz, por cierto, como sabemos, de trasplantarse exitosamente a Oriente- después de la religión cristiana católica (con la que guarda, si nos fijamos, tantos parecidos superficiales: profeta barbudo, llamado a los desfavorecidos de la Tierra, papas infalibles al cargo del poder terrenal y cielo post-apocalíptico/revolucionario). Con la salvedad de que con el marxismo en la mano parece que todo, absolutamente todo, puede explicarse desde un punto de vista humano material, sin un ápice de trascendencia. Decididamente, no se puede bromear con Marx, que fue indudablemente inmenso, y por eso duele tanto que el estilo de vida actual del llamado “capitalismo tardío” genere tantas novedades tecnológicas, conductuales, productivas, etc. que ni el alemán, ni otros, como Gramsci, habían previsto, y que por mucho que las mires encajan mal con el viejo sistema. Bauman las ha afrontado una a una con gran agudeza al modo de un padre preocupado que examina los defectos inevitables de sus queridos hijos, pero, ya digo, otro camino posible, tal vez más fructífero, me parece que hubiera podido ser el de hacer fluido el propio pensamiento de Marx. O eso, o corremos el serio riesgo de que algún discípulo entusiasta de Bauman nos venga a la vuelta de una década con algo así como una “modernidad gaseosa”…

 

En fin, que D.E.P Zygmunt Bauman, y Be the water, my friend.

 

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