Catedrales y entropía

Casi siempre que visitas un edificio histórico te cuentan que alguna vez sufrió un incendió. Es como si el fuego fuera consustancial con el destino de las obras que alcanzan el rango de patrimonio de la humanidad. Notre Dame ya ardió antes, en 1871, prendida por las hordas de la revolución de las comunas. Y como ella muchos edificios singulares, que luego de arder fueron reconstruidos con esfuerzo, talento y tiempo. La inteligencia humana es así, constructiva y destructiva. Siempre erigiéndose sobre si misma y siempre descuidándose contra si misma. La eterna lucha contra la entropía nos convierte en seres termodinámicos, que incendiamos el mundo y lo apagamos, que organizamos el mundo y lo arrasamos. El dominio del fuego fue uno de los mayores logros de la humanidad, y los peligros de su descuido su condición inexorable. 

Catedral de Burgos

Las catedrales son uno de los mayores ejemplos de la lucha humana contra la entropía del fuego y las ceniza, de la gravedad y el derrumbe. Mantener firme, segura y limpia una catedral es un enorme esfuerzo que simboliza lo mejor de la humanidad. Quemar Notre Dame, como quisieron primero las comunas anarquistas y después Hitler, representa lo peor de nuestra ralea perezosa y cochina. Por eso, en ocasiones como ésta, rebrota la solidaridad humana, ahora acuciada por la telempatía que propicia el asombro del directo. Así se explica que salgan millones de euros histéricos de la chistera de la publicidad. 

La Sagrada Familia de Barcelona

Mas hay un detalle en todo esto sutil pero importante. Las grandes obras de la humanidad, las que de verdad perduran y admiramos, comparten la virtud de la lentitud. Lo que ha ardido en Notre Dame son los tejados apresurados, no las columnas lentas. La lentitud es contraria a la telempatía del directo, que alarma y olvida, pero es acorde con la excelencia y la constancia, dos virtudes que atesoran las grandes obras de la creatividad humana.

La Sagrada familia (interior)

En España tenemos muchas catedrales coetáneas de la francesa. Y en Burgos en concreto, tenemos una octocentenaria catedral, 60 años más lenta que Notre Dame, pero 20 metros más alta, y mucho más esbelta y más limpia, un símbolo de nuestro esfuerzo fatigoso contra la entropía del fuego y la gravedad. Como igualmente sucede con la Sagrada Familia de Barcelona, una catedral superlativa, vio-lenta contra la gravedad, y parsimoniosamente antigua. Y las hemos hecho con poco dinero, pero con mucho esfuerzo y no menos talento. Orgullosos deberíamos estar de nuestro patrimonio antientrópico, pero nosotros no somos franceses, y en eso nos ganan ellos.

Luego, al menos, aprendamos del fuego ajeno, o tarde o temprano tendremos el nuestro, y es dudoso que contemos, ¡oh là là!, con una chistera tan mágica como la parisina.

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