¡Iros todos a tomar por Robe! (el fin de Extremoduro…)

A mí los Extremoduro siempre me han parecido estratosféricos, galácticos, creo que llegan a una altura semejante a los Guns and Roses, pero encima siendo mucho más originales y arriesgados. Los Extremoduro podrían haberse comido el mundo, como la banda de Axl Rose, si no fuese porque son de provincia, y de provincia tristemente ibérica. Pero esa veta, ese surco agreste y provinciano ha germinado, injertado y desmochado una modalidad de rock duro –transgresivo, decían ellos- mucho más auténtica e insólita que la de los californianos, y con infinitamente menos medios de partida. Robe Iniesta lo que ha querido siempre es ser poeta, según él, pero poeta hediondo, fisiológico, diría yo, a diferencia de los idealismos gañanes de su amigo Chinato. Las alusiones a procesos orgánicos que el decoro de algunos  preferiría olvidar son constantes en las letras de Robe, aunque, como para contrarrestar -pero no, es que es la misma cosa…-, nunca falta una flor. Hay toda una floristería en el cancionero de Extremoduro, qué digo: un campo entero de amapolas y otras bellezas silvestres que ilumina y calienta el sol y que no se pueden pagar con dinero, aunque se haga.

Como ya escribí por aquí mismo, el rock tiene eso, que es íntimamente fisiológico, cosa que no ocurría con la música clásica (religiosa y profana) ni con el jazz. Así, desde hace poco más de sesenta años los humanos de las sociedades tecnificadas comemos, dormimos, trabajamos, a veces follamos y siempre que podemos escuchamos música: tal como yo lo veo, y experimento personalmente, es todo del mismo orden corporal, entrañado y cotidiano. Las demás artes no han logrado esa organicidad, esa integración, y como consecuencia han caído en una trampa teórica que da lugar más a libros sesudos y absurdos que a realizaciones artísticas. Escultura, pintura, arquitectura, etc., siguen siendo sumamente externas y espirituales, coto privado de profesionales y expertos, y así les va. La música popular, en cambio, anda siempre enredada en la eterna lucha entre ser asimilada o no por el cuerpo social, que como bien sabemos ya de sobra está mayormente dirigido y administrado por los mercaderes.

Contra los mercaderes, sin embargo, contra las modas musicales también, e incluso contra las propias convenciones sociales (hay que dejar el camino social alquitranado/ porque en él se nos quedan pegadas las pezuñas/ hay que/ volar libre al sol y al viento / repartiendo el amor que tengas dentro) de lo que se trataba ahora, por tanto, como inspiración fundamental de Extremoduro desde su nacimiento, ab ovo, que decían los latinos, era de cantar a la gratuidad de los impulsos espontáneos de la naturaleza, lo cual suponía para ellos cantar al crecimiento de una flor hacia el azur en el mismo nivel lírico y existencial que, pongamos, versificar la forma de las heces de uno o la caudalosa menstruación de una. Habrá gente, claro, a quién esto le parezca fácil, basto y culturalmente deleznable; yo, en cambio, lo encuentro una genialidad, afirmo rotundamente que es poesía genuina y a Dios pongo por testigo de que efectivamente funciona y emociona -aunque quizá sin música no tanto, y Robe nos ha escrito un libro que no apetece mucho leer…

De hecho, mucho otros grupos se han sumado a esta marea y les funciona también, de manera que la idea no sólo no era un hype, como demuestran los treinta años de carrera de Extremoduro, sino que puede durar aún mucho tiempo y dar muchas alegrías rapsódico-musicales. Robe, como el Cid, ganará batallas después de muerto, pero, al contrario que el Cid, portará dos pistolas de anarquista franciscano y no un mandoble y una lanza de Señor de la Guerra anhelante de escuchar la Vox de su amo. Las letras de Extremoduro, esas cosas tipo «mi minero quiere entrar en tu agujero» o «un trozo de cielo, lleno de pelo», «la picha por fuera para que se la coma un ratón» o «al ver sol secándose, en tu ventana tus bragas» son la transposición a nuestro siglo de ese manifiesto de Neruda que pedía una poesía sucia, pringosa de «manchas de nutrición», asquerosamente humana, y por tanto y en mi opinión tan válidas como todo Residencia en la Tierra entreverado con las deposiciones poéticas de Charles Bukowsky (y no hay que olvidar que Extremoduro comenzó siendo mucho más beligerante, no sólo en la gramática, los juegos de palabras como los de su propio nombre y los engendros expresivos idiosincrásicos como los «entoavía» y el «iros» (sic en el directo que ya sabéis) de mi título, sino en términos político/garrulos, como cuando se chuleaban tan a menudo al principio en sus letras de apoyar un programa quasiterrorista ultramacarra que daba bastante reparo a oyentes sensibles y moderados como este que suscribe).

Pero es que además Robe, o Extremoduro en conjunto, son unos musicazos. Decía antes que esas letras tan mendigas, tan goliardescas -eso es lo que han sido exactamente Extremoduro: los goliardos del rock en español, y no unos malhablados a los que habría que lavar la boca con lejía, como opinaban sus detractores, tal vez legos en goliardismos…- no sobrevivirían fácilmente sin esa música tan melódica y tan cruda a la vez. Ser la caña, y ser el azúcar al tiempo no sólo está al alcance de los cubanos, si se me permite el mal chiste. He tenido alumnos de 13 años que ya escuchaban Extremoduro en los cascos camino del viaje de fin de curso, y he conocido alemanes altos y rubios que lo flipaban con «¿Donde están mis amigos?». MecanoHéroes del Silencio y Extremoduro son las tres bandas de gran calidad que han traspasado nuestras fronteras, aunque no tengan realmente nada que ver entre sí. 

Extremoduro caló profundamente en Latinoamérica, pero no más allá, sencillamente por el modo de cantar ronco, drogata y pueblerino de Robe, burro muy de portada suya del que jamás se piensa apear. Pero es un crack, en sentido también no toxicómano. Robe dice lo que le da la gana porque es honesto, además de porque tal vez no sería capaz de acordarse de lo que sería más promocionalmente correcto decir, pero le sale bien, nos gusta a todos, resulta simpaticote, porque es carismático dentro de su humildad y porque afortunadamente ya parece haber quedado definitivamente atrás eso de ponerle banda sonora a los que sueñan con bombas. No ha habido nada como Extremoduro en la música española, a mi juicio, ni siquiera los Leño, que son muy grandes. A Robe le va a costar mucho más que a Rosendo sacudirse tanta gloria suburbana de encima para hacer su propia carrera personal (los primeros acordes de Flojos de Pantalón, por ejemplo, deberían ser patrimonio intangible de la humanidad). Y es que Extremoduro se autodisuelve, implosiona, se va al carajo, acaba con los rumores y borra su futuro como banda, pero, como el Robe continúa en solitario con su ramillete de flores rotas, todavía puede preguntarse -quizá no sin alguna nostalgia de exabruptos extremeños- aquello de «¡¿Cuanto más necesito para ser Dios, Dios, Dios?! ¡¿Cuánto más… necesito convencer?!… 

(Sólo tengo una pega que ponerles, que no me pienso callar: ¡qué portadas tan feas!; entiendo que fueron de amigos y tal, pero… No obstante, ¡Long live Robe´n´roll!

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10 Comentarios

  • Decían las malas lenguas que nunca compuso una canción… Que todas se las compraba robaba a portas callejeros de su ciudad natal. Pero vete tú a saber…

  • Frente a esto, lo que llaman el «fenómeno Rosalía» es casi lo opuesto. Una mujer que estudió una carrera de flamenco, que hizo una tesis doctoral cantada, que luego tuvo profesores altamente exclusivos, que habla perfectamente inglés -pídele al Robe que hable inglés…- que habla de su propio trabajo como una investigación (sobre los celos, en El mal querer) y como un proyecto en curso, que posee una gran pericia técnica compositiva y audiovisual… Rosalía no es que sea un producto concebido por una mente empresarial oculta, es que es posmodernidad pura. Ella misma habla de las tradiciones que retoca, mezcla y reexpone como «codificaciones», y afirma que todo está inventado, y que por tanto lo más que se puede hacer es jugar con el contexto. Tiene 26 años y ya es enteramente consciente de la performatividad del arte, de la ironía posmoderna y de que el pasado es el reservorio del presente. Sólo hay que pensar en Janis Joplin, y poner al lado a Rosalía, para darse cuenta de la diferencia entre modernidad y posmodernidad. Rosalía lidera su trayectoria, como ella dice, empodera a la mujer, aprovecha el exotismo que tiene el flamenco para el extranjero, se muestra agradecida, humilde y feliz frente a su público (como una vulgar triunfita)… ¿qué tiene que ver nada de esto con Extremoduro, con Janis Joplin? Janis se levantaría tarde, como Robe, iría a ensayar con una cerveza en la mano, flirtearía con los miembros de su banda, se iría de fiesta ácida después, etc., etc. El rock era es mala/buena vida, frente a la cual, como digo, Rosalía es la empresaria de sí misma, Madonna multiplicada por dos con nail-art y cabeza posmoderna. Está claro que, pese a lo que ella misma canta en Con altura, no irá pronto pa´ la sepultura, mientras que Janis sí lo hizo (hasta ese módulo de la tradición, el club de los 27, puede ser transformado, reutilizado, parasitado, cambiado de contexto…)

    ¿Se entiende ahora mejor mi apego de cuarentón hacia los Extremo…?

  • Sobre el duda cartesiana, Leño:

    «No sé si estoy en lo cierto, lo cierto es que estoy aquí…»

    Sobre el dualismo cartesiano, Extremoduro:

    «No sé si son tus besos, o este tripi que me sube…»

    Rock duro, escuela de Filosofía moderna que me río yo del Darío Stadjekjdkllsl aquel.

    • Muy pertinente el apunte sobre Rosalía, ella pertenece a esa generación que es consciente de que hay que ser un producto, una marca. El artista ha de encarnar el producto, la marca ha de ser el artista y si todo esto está bien creado funcionará a nivel global.
      A mí Rosalía no me interesa, porque no hay nada realmente puro. El producto, ella, ha incorporado todo lo necesario para convertirse en mainstream «de calidad», para que guste desde a las chonis españolas poligoneras, hasta a los traperos latinos o a los sectores culturales nfluyentes de Manhattan o París.
      Lo curioso de este tipo de productos es que cuando aparecen impactan, pero enseguida cansan.
      A mí, por ejemplo, el resultado de la puesta en escena y la música me parecen de un mal gusto global. El hecho de que cada vez que se presente ante el público haga algo completamente nuevo no adquiere ningún valor, porque el concepto siempre es el mismo.
      Qué diferencia con la trayectoria de Extremoduro. Jamás intentaron triunfar, eran un grupo periférico, marginal, iban contra la cultura dominante, contra lo entendido como el buen gusto. Su rock era todo eso, siempre fue algo puro y así fueron «contaminando» a todas las periferias donde sonaban, a las periferias físicas y sobre todo a las emocionales. Cómo lobos esteparios fueron entrando en el corazón de todos aquellos que por unas razones u otras nos sentíamos fuera de la sociedad, marginados o al margen, o deseando huir de esa mierda que nos habían vendido como vida.
      Y así llegaron a llenar 3 o 4 días consecutivos, no recuerdo bien, el Pabellón de los Deportes. Con un producto radical, puro, poéticamente antisistema también en lo emocional, que salía de las tripas, de la testosterona, de la experimentación con drogas.
      Así llegaron y así se quedaron y cada vez fuimos más los que al oírlos nos sentíamos seguros, sabíamos que no había que hacer nada más que seguir, haciendo lo mismo, con nuestros amigos, tomando otras cervezas más, aunque estuviésemos en un bareto de un pueblo periférico, de una provincia periférica, de un país en el que todo no resultaba extraño.
      En esos momentos no éramos dioses, ni reyes, éramos hombres, lo que siempre fue más.

  • Amen.
    También tuvo mucha suerte de nacer donde nació, para seguir la tradición de los poetas de su comarca y sus poesías desgarradoras.
    Como Gabriel y Galán.

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