Anna Karina: Dos o tres cosas que sé de ella.

Aunque la citada película, de 1966, no fuera protagonizada por Anna Karina, sino por Marina Vlady, viene bien ver y recoger el título de la película de Jean-Luc Godard, para despedir a Hanne Karin Blarke Bayer y decir de ella esas dos o tres cosas, que vienen a configurar una vida. 

Nacida en 1940 en Solbjerg, en las afueras de Aarhus, los primeros pasos de su existencia, son de hecho un anticipo de otra película en la que tampoco participó, como fuera A bout de souffle (1959), siendo su lugar en la película ocupado por Jean Seberg. Y no participó por el pudor a cierta humedad corporal, exigida por el guión del primerizo y exigente Godard, con quien llegará después a rodar hasta siete películas y, en una decisión controvertida, que acabaría más tarde en matrimonio. Huída de los malos tratos familiares y de cierta pobreza material, con dieciocho años, en una Dinamarca que no es lo que parece ser, llega en auto stop a Paris y se emplea como modelo publicitario. 

Godert y Anna Karina

Un Paris que estaba preparando y calentando motores, tras las heridas de la ocupación hitleriana de la guerra y de la recuperación de los cincuenta, en esa aventura cinematográfica que acabaría llamándose Nouvelle Vague, nombre propuesto a pachas por André Bazin y Henri Langlois, director de Cahiers du Cinema uno, y director de la Filmoteca otro. Al mismo tiempo que se difundía el existencialismo cantado en las caves de Rive Gauche por boca de Juliette Greco, o crecía el jazz tocado por Boris Vian. Es ese mundo nuevo e ilusionado por otra parte, que supone uno de los resortes de la rememoración de Patrick Modiano (los últimos cincuenta y los primeros sesenta, el otro sería la Ocupación misma), por ello se entiende que el mismo Modiano escriba el epílogo de una de las cuatro novelas escrita por Anna Karina.

Y es desde estos inicios donde suceden dos cosas interesantes para Hanne Karin Blarke Bayer. La primera es que, por consejo de Coco Chanel, cambia de nombre, y adopta otro de reminiscencias literarias a lo Tolstoi, y pasa a ser ya conocida como Anna Karina. Y la segunda es que anunciando jabón perfumado en su trabajo publicitario, Godard repara en ella y le hace la propuesta ya comentada, de un pequeño papel en  A bout de souffle. Habrá que esperar un año, hasta 1960, para verla aparecer en Le petit soldat, para iniciar esa colaboración sostenida y memorable. Y con hitos referenciales como fueron las películas Une femme est une femme (1961) junto a Jean Paul Belmondo y Jean Claude  Brialy, y consiguiendo el premio a la mejor interpretación femenina en el Festival de 1961 de Berlín. Vivre sa vie,  la realizan Godard y Karina en 1962, obteniendo el Premio Especial del Jurado de Festival de Venecia de 1962. Para pasar ya en 1964 a la película que, a mi juicio, mejor caracteriza el binomio Karina- Godard, me refiero a Band à part, junto a Claude Brasseur y Samy Frey. Terceto que cuenta en su haber con el recorrido más rápido realizado por las galerías del museo del Louvre: nada menos que tres minutos. Las colaboraciones con Godard se cerrarían con las dos últimas películas del septeto, Pierrot le fou (1965) y Made in USA (1966). Aunque no cerrarían la carrera profesional de Anna Karina, que realizó interpretaciones importantes con otros directores como Cukor, Visconti, Fassbinder y sobre todo La religiosa, basada en la pieza de Diderot, con Jacques Rivette. Simultaneando la interpretación con la canción, donde llegó a cantar piezas de Serge Gainsbourg tan afamadas como Sous le soleil exactement. Junto a ello, su citada carrera como novelista y de tres películas como directora. De la cual su primer obra tiene un extraordinario título, tal como Vivre ensemble.

La otra cuestión, la segunda, sobre Anna Karina, es su relevancia en la visibilidad de la Nouvelle Vague. Una visibilidad que la compone una colección de fotogramas con cigarrillo y portada de libro comprometido, para establecer unos iconos en construcción por el mitómano Godard, quien predicaba en esos años soñadores y somnolientos que “somos hijos de Marx y de la Coca Cola”. Visibilidad y representación de Anna Karina,  que han sido definidas como el icono más elaborado de la misma Nouvelle Vague. Todo ello, al tiempo ha sido subrayada por algún medio como Mallorcadiario.com como “la princesa de la Nouvelle Vague”; una princesa entre republicanos confesos no deja de ser una suerte de oxímoron notable. Incluso El País, en ese recuento de pérdidas, se da relación de los desaparecidos en los últimos años, nombres como Claude Chabrol, Éric Rhomer, Jacques Rivette o Agnes Varda, para significar un desvanecimiento imparable del que sólo quedan ya supervivientes  demorados, como Jean Luc Godard y Alain Resnais, si es que Resnais es ubicable en la tropa del la Nouvelle Vague.

Y la tercera cuestión, y no menor, alude al complejo mundo de las mujeres en la vida y la obra del repetido Godard. Como muestra, no por casualidad, la portada del libro Jean-Luc Godard por Jean-Luc Godard (1968), donde se nos muestra un mosaico de nueve imágenes de Anna Karina, como si ella misma fuera la clave de alguna explicación. Mujeres que han desfilado por sus películas para componer un potencial e imaginario harén occidental y una compleja interlocución entre el feminismo y la revolución. Mujeres que han contribuido a construir el imaginario de esos años cruciales para el entendimiento de la cultura y de la sociedad del siglo XX en Europa desde la mirada y el entendimiento de Jean-Luc Godard. Desde Anna Karina a Jean Seberg, desde Marina Vlady a Brigitte Bardot, desde Jane Fonda a Françoise Hardy o Silvie Vartan, componen un complejo de miradas y aspiraciones para explicar el siglo pasado.

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