Julio Anguita: la muerte de un verdadero comunista

Julio Anguita: ¡Programa, programa, programa!

por Oscar Sánchez Vadillo

Recuerdo un diálogo tronchante de una vieja película que tuvo mucho éxito y óscars en su momento. Se trata de Hechizo de luna, y, en ella, Nicolas Cage, que era panadero, le soltaba a Cher una soflama acerca de lo desgraciadito que era porque había perdido un brazo y estaba solo, y cuando Cher le recordaba que todo eso, aunque cierto, no tenía nada que ver con el odio que profesaba a su hermano, respondía enfáticamente, y de manera inmortal: “¡yo no soy un monumento a la justicia!” Aplausos; esa es una divertida caradura con la que todos los simples mortales podríamos sentirnos identificados alguna vez en la vida. Todos menos Julio Anguita, que sí que ha sido un auténtico monumento a la justicia social, el hombre. Se puede ser afín o no a su vieja doctrina política, el comunismo, que es también una doctrina antropológica, ética y hasta epistemológica, pero no negarle al digno caballero su coherencia y rectitud hasta el último suspiro. A mi sus más recientes proyectos de Don Erre que Erre, en el intento de refundar la praxis marxista en España, me parecían ya quijotadas de señor que no se rinde, noblemente, pero tampoco se entera bien ya de su verdadera posición social y política. Anguita no era entonces ya, me parece a mi, la FAES de la extrema izquierda, el think tank del rojerío, como él pensaba, el núcleo irradiador que diría Errejón, sino una especie de momia de Lenin a la española, sin ofender lo digo, alguien a quien acudían los jóvenes socialdemócratas a obtener la bendición papal -o califal, conforme a su consagrado mote, que bien podría aplicarse a Abascal hoy, pero con otro adjetivo y sin Cordoba de los Omeyas detrás (qué bueno el ensayo de Antonio Muñoz Molina sobre aquello, por cierto). Con Anguita se va un buen pedazo de Transición ala bolchevique, que la firmó Santiago Carrillo pero la ejemplarizó él, testarudo, didáctico, intransigente y ferozmente insobornable.

Manuel Vázquez Montalbán, en El escriba sentado, escribió que no era lo mismo ser ex-comunista que ser ex-fascista o ex-franquista. Algo así como que, para él, existiría hoy a una mayor calidad moral en, por ejemplo, Sánchez Dragó, Vargas Llosa o Jiménez Losantos que en Jorge Westrynge, pongamos por caso. En los ejemplos que he puesto se nota que no estoy muy de acuerdo con el maestro en este punto. El ex-comunista es alguien que, como el propio Montalbán ponía en boca de un villano en Quinteto de Buenos Aires, piensa que quién no ha sido revolucionario en su juventud, es que no tenía corazón, pero quien lo sigue siendo en su madurez, es que no tiene cabeza. Y, bueno, suena algo cínico, o al menos con esa intención lo cascaba Manolo. Anguita, desde luego, no sufrió jamás esa conversión de madurez. Él tuvo corazón hasta el final, más que cerebro o cinismo, y de eso precisamente ha muerto hoy. Era un paladín de la política, y es una lástima que se vaya a perder el próximo año y medio, durante el cual, y quizá frágilmente, la política va a tomar realmente las riendas de la vida mundial arrebatándoselas a los poderes económicos. Pero me temo que, de haberlo visto, se hubiese creído que todo el monte es orégano, y que, sobreestimando el kairós -la “ventana de oportunidad” en filosofía política griega-, le hubiera dado por salir a la calle en bata y pantuflas a exigir la revolución pendiente. Puede que, efectivamente, el Estado vaya a fortalecerse en el inmediato futuro, entre otras cosas por el fracaso estrepitoso y vergonzante de las instituciones trasnacionales, pero no tanto como para dejar de ser un Estado de, o atravesado por, lobbies. Y los lobbies no entienden de “programa, programa y programa”, ni de “luz y taquígrafos”, como exigía Anguita en sus tiempos guerreros, sino sólo de réditos, accionistas, balances y hay que ver lo mal que está el servicio en estos tiempos…

Fotografía Julio Flor

Naturalmente, Anguita afirmaba, con la boca pequeña y a sabiendas de estar jugándose el alma, que cualquier cambio realmente significativo en las condiciones de la vida humana futura iba a precisar de una gran violencia, y esa era la parte que más antipática me resultaba de él. Todos los teóricos o nostálgicos de la hoz y el martillo que conozco o he leído terminan por cojear de ese pie. Son personas muy sensibles, muy cariñosas y altruistas, pero cuando hay que responder a la cuestión definitiva, a la Pregunta del Millón (de cadáveres…), pocos se echan atrás. Es, o lo malos. o la racionalidad de la Historia, o los ventajistas y su Sistema o la Emancipación Humana Irreversible. Claro, así planteado no hay verdaderamente elección alguna, y por eso los políticos como Anguita, si quedan, son tan monumento, tan rocosos, una suerte de recordatorio permanente a su adversarios de que ceder es de cobardes y negociar de pusilánimes. En los ochenta, el PSOE tuvo auténtico pavor de Anguita, y utilizaba todos los medios a su alcance para reírse de él y convertirle en eso, en un Quijote pirado (y las fiestas del PCE en verbenas cutres). Lo consiguieron, por supuesto, y Anguita siguió siendo un hidalgo de gallarda figura desde su casa, con un hijo menos diseminado por los aires en la Guerra de Irak y una pensión de profesor rural. A su hogar peregrinaban los jóvenes cachorros a pedir audiencia, y era bastante adorado en sus ocasionales declaraciones de vieja-gloria-que-te-lo-va-a-explicar-todo-bien-clarito en las redes. No le llamaré “camarada”, como ha hecho Pablo Iglesias, el vicepresidente, pero sí lo guardaré bien hondo en mi Crónica Sentimental de España, como diría, también, Manolo Vázquez Montalbán…

Julio Anguita, la noria y las dos orillas

por José Rivero Serrano

Con la muerte de Julio Anguita (Fuengirola, 1941- Córdoba, 2020) puede decirse que se cierra un tiempo real y auténtico, un tiempo nada metafórico, para la izquierda comunista en España. Claro que se me objetará que los cierres –aparentes y reales– de la izquierda comunista se vienen practicando, al menos y como poco, desde 1981, cuando en la celebración del X Congreso del PCE, se atisbó la ruptura –otra más, tras las salidas lejanas de Claudín y Semprún, en 1964, esas ‘cabezas de chorlito’ en boca de Dolores Ibárruri– contenida en su seno.

De esos atribulados años sesenta, años de esperanza y de retrocesos, y años de la fundamentación de la praxis italiana del Eurocomunismo, proceden dos rupturas sonadas. La de 1965 que motiva la escisión del PCE-marxista-leninista, en contra de la llamada Reconciliación nacional, como política emblema del PCE; y la de 1968, del VII Congreso, que al condenar a la invasión de Checoslovaquia por las tropas el Pacto de Varsovia, produjo la escisión del PCE (VIII-IX). Y ya en el filo de la puesta de largo de la estrategia franco-ítalo-española del Eurocomunismo, en 1972 y en el VIII Congreso, Enrique Lister, disconforme con la deriva socialdemócrata de esa estrategia, funda el Partido Comunista Obrero Español (PCOE).

Es decir, que todo tiene un pasado, incluso el X Congreso de 1981. Justamente, cuando la unidad monolítica del partido que había representado a “la vanguardia del proletariado” sufrió una escisión entre los renovadores que abanderaba el secretario general Santiago Carrillo y los autodenominados leninistas, dirigidos por Ignacio Gallego –vieja guardia estalinista– y por Paco García Salve –nueva sangre procedente de Comisiones Obreras y de los Cristianos por el Socialismo–. El recuento de esos movimientos autodestructivos llega hasta ayer mismo y culmina en 1985, con la ¡expulsión! de Santiago Carrillo del PCE, que había sido toda su vida política desde 1921 y su Secretario General largo tiempo; haciendo buena la tesis literaria de Vázquez Montalbán, Asesinato en el Comité Central (1981). Y que, para no perder el compás, acabaría fundando el mismo año el nuevo Partido de los Trabajadores de España-Unidad Comunista (PTE-UC). Y, curiosidades de la historia, uno de los que votó la expulsión del prócer Carrillo, junto a Marcelino Camacho, Nicolas Sartorius y Simón Sánchez Montero, fue Julio Anguita, que venía precedido del prestigio de haber obtenido mayoría absoluta en las elecciones municipales de 1983 en Córdoba. De tal suerte que los Idus de Córdoba, habían señalado a Anguita como futuro Secretario General del PCE en 1988 en el XII Congreso, tras la renuncia de Gerardo Iglesias, anterior Secretario General del PCE, que volvía a la mina, dejando un rastro enorme de dignidad y de coherencia personal.

Hay que hacer constar que ya en 1983, en el IX Congreso, se había aprobado la propuesta organizativa de una confluencia de izquierdas, como proyecto político unitario y ante la constatación de la hegemonía electoral de la socialdemocracia del PSOE en 1982. De tal suerte que, activado el proyecto de IU en 1986, Anguita es nombrado Coordinador general de IU en 1989. Al tiempo que en XIII Congreso de 1991, se debate la disolución del PCE en IU, a propuesta de Paco Palero y Juan Berga por considerar que “el comunismo como ideología se había agotado, y que los partidos comunistas ya no eran instrumentos válidos, por lo que defendió la disolución del partido dentro de IU”. Frente a esta posición finalista del PCE, prevaleció la postura del Secretario General, Julio Anguita, que consideraba necesario “continuar con una IU construida como movimiento político y social, que contara con partidos en su seno a modo de corrientes, debido a la pluralidad ideológica de los componentes de la coalición. El PCE cedería parte de su soberanía para aumentar la actividad de IU, y para hacer sus decisiones vinculantes”.

Estos años están caracterizados por contradicciones políticas, que expresan sus conceptos de “Las dos orillas” –una polaridad entre el PSOE y el PP, que debe ser alterada por la presencia actuante del nuevo paradigma político de IU– y, sobre todo, por el optimismo histórico del “Sorpasso”–expresión italiana que refleja la superioridad política y electoral de los comunistas frente a los socialistas en Italia–, que Anguita quiere trasladar a España en coincidencia con el desgaste del PSOE, tanto por el debate de los GAL, como por los casos de corrupción que empiezan a conocerse en esos años. Y es en estas circunstancias, del ocaso político del PSOE de Felipe González que se cumplirá en 1996, cuando Anguita concuerde cierta línea de oposición con el líder del Partido Popular, José María Aznar. Circunstancia que ya había sido conocida en Andalucía, como la “pinza política” y que ahora llegaría a Madrid, para desgastar las posiciones del PSOE y conseguir el ansiado “Sorpasso”. Una vez asentado Aznar en el poder en 1996, en el XV Congreso del PCE en 1998, Anguita abandona la Secretaría General, aunque se mantiene como cabeza de cartel electoral para las generales del año 2000. Problemas de salud, le llevan en 1999 a abandonar la política, renunciando a la candidatura. Al tiempo que, como parlamentario con derecho a ello, renuncia a la pensión de jubilación como exdiputado y recibe sólo la correspondiente de su anterior trabajo como maestro de escuela.

En 2005, en el XVII Congreso del PCE, Anguita presentó un documento en el que se llamaba –otra vez nuevamente– a la refundación del partido, y se reflexionaba acerca del Movimiento Comunista Internacional, en claras horas bajas.  Señaló el impacto negativo que, obviamente, trajo la caída de la Unión Soviética y el a-criticismo y sumisión de los sindicatos de clase y de la Izquierda en general, al orden capitalista establecido. Circunstancia todas ellas, motivadas por el declive político y electoral de las fuerzas tradicionales de izquierda en Europa, frente a un creciente y agresivo Neoliberalismo político y el auge de los llamados Neocons. En 2008 remitió al Comité Federal del PCE un documento en el que defendía la necesidad de una refundación de IU. En su carta, atribuyó la debacle electoral a la “falta de una línea clara, y a la inexistencia de un programa coherente”.

Defendió, ya fuera de la arena de la política inmediata y más cerca de las reflexiones teórica y académicas, “la democracia radical, la lucha por la III República y el federalismo”. Anticipando la estructura argumental de los años venideros, para las fuerzas de izquierda comunista y herederas, en el esfuerzo de tratar de reinventarse en un presente atribulado y recorrido por nuevos problemas políticos: ambientales, de género, de minorías sexuales, de emigración y de ascenso de los modelos identitarios como baza argumental. El proletariado como sujeto histórico, cedía si lugar a ese batiburrillo de actores secundarios diversos y oportunistas. A su juicio, el debate debería abrirse en la siguiente asamblea federal de IU y en las siguientes, que verían como su irrelevancia política llevaba a IU a acoplarse con el nuevo movimiento emanado del 15-M –heredero a partes iguales de la crisis de 2008, del bolivarianismo, del poscomunismo y del auge de los populismos de izquierda– que era Podemos. Lo demás es pasado tan próximo que parece aún presente modificable.

Un presente, justamente, complicado cuando sus hipotéticos herederos y sucesores, de Unidas-Podemos, detentan parcelas de poder nunca vistas en la gobernación, ocupando ministerios, vicepresidencias y direcciones generales. El futuro inmediato será otra cosa que está por ver, por estas formulaciones que han ido reduciendo al viejo y mítico PCE a la irrelevancia por más poder que ostenten algunos ejecutivos del Comité Central. Y es que con todo esto, ocurre algo parecido a lo ocurrido en vida del mismo Anguita, cuando recién llegado al Partido Comunista como Secretario General en 1988, la formula comunista comenzó a hacer aguas anticipando la debacle del año siguiente, con el hundimiento del Muro de Berlín y la posterior disolución de la Unión Soviética. Todo como el movimiento de una noria que gira y gira, sin cambiar de lugar, por más agua que acarree y mueva. Porque, a fin de cuentas, el agua circula entre las dos orillas, como el sueño de un río que va a dar a la mar.

Julio Anguita: la muerte de un hombre coherente

por Ramón González Correales

Recuerdo lo contento que estaba un amigo mío, que era de Cordoba, cuando consiguió Julio Anguita ser alcalde de esa ciudad. Era joven, bien parecido, pinturero, con aires de cura joven y de un hablar didáctico, florido, que conseguía titulares netos que parecían avanzar la luz de los nuevos tiempos regidos por los justos que, evidentemente, estaban iluminados por la única fuente de verdad. Quizá porque en su aspecto emitía un eco de orden y limpieza que quizá le venía de su padre militar cautivó a mucha gente conservadora que parecían ver en él a un elegido, a alguien de fiar, verdaderamente capaz de andar sobre las aguas y atraer al rebaño a todas las almas perdidas en la niebla de cualquier alienación. Creo que leí en algún sitio que en la puerta de su despacho colgó un cartel dejando claro eso de que no se iba a casar con nadie y es fácil pensar que la mesa de su despacho estuvo siempre sin un papel ni un sacapuntas fuera de su lugar. Cosas que, en general, encantan a todas las gentes de bien, vengan de donde vengan, y quizá sea el origen de su sueño reciente de esa Tercera Republica Española “transversal“, en la que todos los hijos pródigos, que alguna vez votaron otras cosas (y desnortados fueron cómplices de todos los dislates) hubieran vuelto al redil de la verdadera verdad para quedarse siempre y ser felices en él. Con los que no volvieran no dice exactamente lo que se haría.

La cosa le fue bien, en 1983 lo reeligieron por mayoría absoluta como alcalde y al final terminó liderando en 1989, el año que cayó el muro de Berlín, los restos del naufragio del comunismo (Izquierda Unida) que estaban esperando una luz en el cielo para saber donde dirigirse. Desde luego él creía tenerla y parecía estar seguro de beber en las fuentes eternas de la “verdadera izquierda” desde la que era imperativo descabalgar del poder al PSOE de Felipe González, entonces hegemónico. Fueron los tiempos de la “pinza” con el PP de Aznar fraguados en una famosa cena a la que asistió Pedro J. y que no le terminó saliendo demasiado bien. Ya con Aznar en el poder levantó la “teoría de las dos orillas” según la cual su coalición era el verdadero pueblo elegido que tenía que confrontarse y hacer oposición al gobierno de derechas que incluia también a los que parecían ser oposición pero no lo eran (PSOE, PNV y CIU) porque defendían los mismos valores y las mismas políticas capitalistas que el tanto detestaba. Pensó en conseguir algún día el sorpasso y sobrepasar electoralmente al PSOE pero no lo consiguió a pesar de su insistencia en el “programa, programa, programa” en el que queria resumir los libros de la ley que leía en algún sitio de las alturas. Al final le terminó fallando el corazón y tuvo que ceder primero la secretaría general del PCE y luego la candidatura a la Presidencia del Gobierno a Francisco Frutos pasando a convertirse en el oráculo de los nuevos cachorros que estaban preparándose para la lucha antisistema que estallaria el 15 M.

Hoy todo el mundo lo glosa como un hombre recto, honesto y coherente. Y probablemente lo fue en el terreno personal y en el político. Pero esas cualidades, no se convierten necesariamente en virtudes si se tensan demasiado. También pueden facilmente convertir a alguien en un tipo de hidalgo español de los de “sostenella y no enmendalla“, como ese personaje que aparece en “Bienvenido Mister Marshall“, por una parte patético y entrañable en sus elucubraciones de pureza, pero por otro muy peligroso si por casualidades de la historia hubiera conseguido el poder para llevarlas a cabo. Y Julio Anguita fue un hombre que hasta el final defendió una ideología totalitaria en su forma más pura a pesar de lo que la aplicación de esa ideología había producido en la realidad en el siglo XX. Tuvo la suerte de vivir en una sociedad abierta, que él etiquetaba como franquista, en la que pudo disfrutar de una dulce vejez en una ciudad maravillosa con olor a azahar en primavera. Lo que no es seguro que otros pudieran haber hecho en los paraisos que él soñaba. Descanse en paz.

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