La indignación moral en la era digital

Hablábamos anteriormente de la epidemia moralista que recorre Occidente, de esa especie de Olimpiada moral en la que cada día hay que batir los récords morales del día anterior y decíamos que era un fenómeno digno de estudio. El artículo que voy a comentar creo que nos da cuando menos una explicación parcial de este fenómeno. Se trata de un artículo de Molly Crockett, una investigadora especializada en temas relacionados con la moralidad, que se titula como este artículo. La indignación moral es una poderosa emoción que motiva a la gente para avergonzar y castigar a los que se portan mal. Tiene un lado positivo: aumentar la cooperación y controlar a los malos. Pero el castigo tiene también un lado negativo: empeora el conflicto social al deshumanizar a los otros y lleva a una escalada en las contiendas. La indignación moral es tan antigua como la civilización pero lo que Crockett  plantea es que los medios digitales, Internet y las redes sociales, han cambiado por completo la expresión de la indignación moral de tres maneras principales: a) exacerban la expresión de la indignación moral al inflar los estímulos que la desencadenan, b) reducen los costes de la expresión de la indignación moral, y c) amplifican los beneficios personales

Fotografía George Rodder

Disparadores de la indignación moral

La gente se indigna cuando piensa que una norma moral ha sido violada. Pero en la vida diaria no se observan muchas violaciones de las normas. Un estudio en EEUU y Canadá encuentra que en menos del 5% de las experiencias de la vida diaria se experimenta o presencia un acto inmoral. Pero Internet nos expone a grandes cantidades de actos inmorales, desde las prácticas corruptas de Wall Street, al tráfico de niños en Asia o al genocidio en Africa y la lista sería interminable. El bombardeo de actos inmorales es continuo. Antes de Internet era el cotilleo el que extendía las noticias de las malas acciones pero su alcance era limitado. Hay estudios de que en las redes sociales se comparten más las noticias que disparan emociones morales como la ira por lo que compartir ese tipo de material genera beneficios en el sentido de likes y retuits

Me voy a detener en un tema que toca en este punto porque creo que es muy interesante, el de los estímulos supernormales porque es un concepto evolucionista muy potente que nos ayuda a entender muchas cosas de nuestra cultura. Está explicado en esta entrada pero lo resumo brevemente. Un estímulo supernormal es un estímulo artificial que exagera las características del estímulo natural haciéndolo irresistible y mucho más atractivo para el animal que el estímulo natural. Por ejemplo, a un ave que incuba huevos azules se le pone un huevo más grande y más azul y el ave se esfuerza por incubar el huevo artificial abandonando su propio huevo y sus crías. Un donuts de chocolate es un estímulo supernormal que exagera los rasgos dulces por los que nos sentimos atraídos de forma natural. Unos pechos de silicona son un estímulo supernormal y el programa Gran Hermano es un estímulo supernormal que sacia nuestro gran apetito por la información social. 

Lo que Crockett plantea es que las redes sociales son estímulos supernormales para la indignación moral y disparan una indignación moral mayor de la que dispararían los estímulos de la vida diaria. No uso otras redes sociales aparte de Twitter pero está claro que a Twitter esta consideración de estímulo supernormal para la indignación moral le viene como anillo al dedo. Resumiendo, los medios digitales transforman la indignación moral al cambiar tanto la naturaleza como la prevalencia de los estímulos que la disparan

Fotografía George Rodder

La experiencia y expresión de la indignación moral

La violación de las normas morales hace que la gente experimente indignación moral y la exprese vía cotilleo, culpabilización y castigo. Los medios digitales pueden alterar esta expresión de maneras contrapuestas. Por un lado, es posible que se produzca una fatiga  al estar expuesto continuamente a los estímulos de actos inmorales pero por otro lado, hay estudios de que dar rienda suelta a la ira engendra más ira, es decir, la expresión de indignación moral favorece la subsiguiente expresión de más indignación moral. Hacen falta más estudios para saber cuál de estas dos posibilidades predomina.

La gente expresa su indignación moral de diversas maneras según el esfuerzo que se requiera y las limitaciones que existan. En la vida real hay que cotillear o enfrentarse a los malos o incluso llegar a la agresión física, lo que implica riesgos. Pero en el mundo digital se puede expresar la ira tecleando una frases en un momento desde la comodidad de nuestra habitación. Por tanto, el umbral para expresar la ira es seguramente mucho más bajo que en el mundo real. Por otro lado, expresar la indignación en persona requiere una proximidad física, pero en Internet la expresión de la indignación no está limitada por la ubicación geográfica, la hora ni otras consideraciones. Un caso paradigmático es el de Justine Sacco

Esta facilidad plantea la intrigante posibilidad de que la gente pueda expresar indignación moral incluso sin sentirla, es decir, sin que experimenten realmente la indignación que su conducta en la red implica. Por supuesto, es también posible que  la gente busque simplemente señalar virtud ante los demás de forma interesada. Igual que hay gente que picotea continuamente sin tener hambre se podría expresar indignación moral sin sentirla. También se da otra circunstancia interesante y es que las recompensas en las redes (en forma de likes, retuits, etc.) ocurren de forma impredecible y es conocido que ese patrón  de refuerzo promueve las conductas adictivas

Fotografía George Rodder

Costes y beneficios de la indignación moral

Como decíamos, la expresión de la indignación moral implica riesgos. En la vida real al castigar puede haber una represalia pero en el mundo digital es diferente. La gente suele estar aislada en cámaras donde intercambia información principalmente con gente de su misma cuerda y además uno se pierde en la masa cuando son muchos los que muestran la indignación. 
Otro coste de la expresión de la indignación es el malestar empático: culpar y castigar a los demás implica hacer daño a otro ser humano lo que es desagradable para nosotros de forma natural. El mundo digital reduce este estrés al presentar a las personas  por iconos bidimensionales y así su sufrimiento es menos visible. Es más fácil castiga a un avatar que a alguien cuya cara y dolor estamos viendo personalmente.

A pesar de los costes, la gente está motivada para castigar. Una razón es que expresar indignación beneficia al sujeto ya que señala su calidad moral a los demás. El hecho de que uno está más dispuesto a castigar cuando otros están mirando indica una preocupación por la reputación que alimenta nuestro apetito por la indignación moral. Obviamente, las redes amplifican enormemente el efecto sobre la reputación porque en el mundo real sólo van a observar nuestra virtud unas pocas personas mientras que en Internet será toda la red social e incluso más allá. Un simple tuit puede llegar a millones de personas. 

Fotografía George Rodder

Expresar indignación moral no sólo beneficia a los individuos sino que puede beneficiar a toda la sociedad al señalar a todo el mundo las conductas que son inaceptables. Pero los medios digitales limitan los beneficios potenciales de la indignación moral de varias maneras. Primero, la separación en cámaras que decíamos hace que el mensaje no llegue a las dianas deseadas y que cambien su conducta porque ellos están en otro submundo digital. Segundo, al bajar el umbral para la expresión de la indignación se puede perder la distinción entre lo meramente desagradable y lo realmente odioso. Tercero, expresar indignación on-line puede hacer que la gente se implique menos en las causas sociales en el mundo real, por ejemplo con donaciones o con voluntariados.

Por último, existe el serio riesgo de que la indignación en la era digital profundice las divisiones. Un reciente estudio encuesta que el deseo de castigar a otros les hace menos que humanos, los deshumaniza. Por ello, si los medios digitales exacerban la indignación moral pueden aumentar la polarización social al deshumanizar a los del otro bando, a las dianas de nuestra indignación. La polarización está aumentando a un ritmo alarmante en EEUU y en muchos otros lugares con una disminución asociada en la confianza. Si los medios digitales aceleran este proceso, corremos un gran riesgo si lo ignoramos.

Fotografía George Rodder

A modo de conclusión es muy probable que la indignación moral sea un fuego e Internet su gasolina. Creo que el análisis de Crockett es muy acertado y que los medios digitales nos explican en parte la gran explosión moral que estamos presenciando. Evidentemente, no explica el fenómeno en su totalidad pero no olvidemos que aunque toda esta explicación se refiera al mundo digital, el mundo real es cada vez más una extensión del mundo digital y no al revés. Lo que ocurre en el mundo real se ha cocinado antes en Internet, se retransmite mientras ocurre y se cuenta y analiza después de que ha ocurrido en las redes. Cada vez vivimos más en y para el mundo digital. Todos estos datos que hemos comentado deberíamos utilizarlos para entender que las nuevas tecnologías pueden transformar las ancestrales emociones sociales de ser fuerzas para el bien común a convertirse en herramientas para la autodestrucción colectiva.
@pitiklinov

Referencia:
Molly Crockett. Moral outrage in the digital age. Nature Human Behavior ISSN 2397-3374 (online)

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10 Comentarios

  • Desde Michael Polanyi al menos, son muchos las críticas que se le han hecho a la ciencia, a sus sesgos, a sus intereses, a sus errores, a sus manipulaciones, a cómo ha sido utilizada tantas veces, hasta intentar convertirla en una opinión más, sin más peso de la que tiene la de cualquier charlatán o cualquier secta.

    Sin embargo a ese intento de demolición se le ven demasiado las costuras de su falsedad. Porque solo se puede argumentar de verdad sobre los hechos, asumiendo la posibilidad de medirlos correctamente o al menos mejor, asumiendo todas las cautelas de Popper. Solo así pudo demostrarse que Lysenko, https://es.wikipedia.org/wiki/Trofim_Lysenko por ejemplo llevaba más razón que los que trataban de imponer su propaganda ideológica. Y esto sirve también para las ciencias humanas a a pesar de todos sus problemas metodológicos.

    Por eso no es verdad decir que “hay estudios para todo”, como si todos fueran iguales. Los hay: pero unos son mejores o más verdaderos que otros. Y el reto y la dificultad de una mente moderna es saber donde están, conocer el método científico, saber las suficientes matemáticas para poder leerlos con la distancia exacta, mantener un sano escepticismo incluso con los mejores de ellos sabiendo, sobre todo, sus límites. Pero sin olvidar que unos aviones vuelan y otros no volaron, y que las sangrías no curaron ninguna neumonía, ni era un castigo divino lo que producía la peste. Ni la realidad se esfuma por muchas pajas mentales que se hayan hecho lo postmodernos que por cierto les encanta apelar a la jerga científica para sus juegos malabares.

  • “Sólo se puede argumentar de verdad sobre los hechos” requiere una explicación que te podría llevar toda la vida, te lo aseguro, porque los argumentos son lenguaje y los hechos no. Además, se puede argumentar perfectamente sobre lo ficticio, como por ejemplo sobre el Quijote, pero también sobre la Ley de la Gravedad, que no existe. No obstante, si consigues delimitar un criterio, una línea de demarcación, un método como dices, que separe claramente la ciencia de la pseudo-ciencia, habrás solucionado un problema que no empezó en Polanyi, sino en Platón, y que se llama epistemología. Quien lo consiguiera, tú u otro, obtendría una cascada de premios Nobel, con toda seguridad. Popper no lo consiguió, al revés, Popper fue el iniciador de la idea de que no se podía conseguir de ninguna manera, de que una epistemología verificacionista es imposible. Y así tuvo los discípulos que tuvo: Lakatos, Feyerabend, Kuhn, ninguno de los cuales cree ya en una clara distinción de nivel entre ciencia y sociología de la ciencia. Lo siento, así están las cosas, lo cual no significa en absoluto que no puedan instrumentarse criterios, pero varios, variados, en plural, que distinguen netamente entre Lysenko -que caso más trillado- y Mendel, sin por ello asegurar nada definitivo. Nunca se puede asegurar nada definitivo en materia científica o teórica, no digamos ya en política: ese es, precisamente, el legado de tu austriaco favorito.

    Así que, como cantaba Michael, don´t blame it on sunshine, don´t blame it on moonlight, don´t it blame on posmodernism, blame in on Karl Popper..

  • Quise decir Fuerza de Gravedad; la Ley existe como tal si es operativa, pero es igual…

    Ahora hagamos un experimento mental, a ver si consigo mostrar por qué los filósofos no están del todo locos ni se inventan los problemas como se piensan los legos. Imaginemos un mundo en el que, en efecto, los hechos existan y hablen por si mismos, de modo que no puedan ser puestos en cuestión por charlatanes, sectas o ideologías soviéticas. No existirían los tribunales de justicia, para empezar, porque lo que el sospechoso haya cometido o no colgaría de su simple percepción inmediata como el color de su piel o su altura. Llevaría, como dicen en las películas noir, “el crimen pintado en la cara”, y a Bárcenas le pertenecería la propiedad “caja b” tan manifiestamente como su pelo platino. No existiría la ciencia, tampoco, porque bastaría con dirigir tu interés a Venus en un atardecer para conocer en el acto, como por una intuición perfecta, que Venus posee el día más largo del sistema solar —243 días terrestres—, que su movimiento es dextrógiro y que en un día venusiano el Sol sale por el oeste y se oculta por el este. No existirían tampoco, por tanto, las escuelas, ni la educación, ni esfuerzo mental alguno. ¿Para qué, si los hechos se manifiestan a sí mismos de modo nítido, inequívoco? Me siento en una silla sabiendo al detalle el número de electrones y protones que la componen, quién se ha sentado en ella antes y en qué vertedero terminará cuando yo muera. El futuro… ya no habrá futuro. A la porra también los seguros, la lotería, el fútbol, Aramis Fuster y las ganas de vivir. No existiría el lenguaje, haríamos como ese personaje del Gulliver de Swift que lleva en una mochila en su espalda todo lo que necesita decir, de manera que sólo tiene que señalarlo con el dedo -pero a ver cómo se señala un “tío, viniendo aquí casi me atropella un coche…”. Nada estaría oculto, y si mi muerte es, como todo, un hecho, es ya, está manifestándose ahora, no hay que esperar, vivo en la constancia de su cómo y su cuando, igual que en la peli aquella. Lo que quiero decir, en fin, es que no vivimos en un mundo de hechos, ni el mundo es el conjunto interelacionado de los hechos, eso que he descrito no se parece lo más mínimo al mundo tal y como lo conocemos, y lo que es más significativo: expulsa de su seno completamente al hombre tal y como lo conocemos…

    Es por ello que Heidegger dice en Ser y tiempo que Occidente ha cometido el error de entender el ser como presencia. Un hecho es algo presente, eso significa “hecho”: lo dado en este instante. Y, bueno, quizá haya un dios para el que todo es dado, como pensaba la Patrística cristiana, o animales que viven en un eterno presente, como decía Borges, pero los seres humanos no. Los seres humanos, los mortales, son cosas muy raras: viven en y de la ausencia, en y de lo que no-es, de lo no está presente ni se ve, y por eso existen los tribunales, la ciencia, las escuelas, la matemática probabilística, el lenguaje, los seguros y el fútbol, porque estamos forzados, no nos queda más remedio, que interpretar la realidad. Es una condición horrible, incierta, angustiosa, si eres un tontoelculo como Sartre, el comunista de salón, pero un extraño privilegio, una revelación del abismo real que subyace bajo toda determinación, un “don” del ser si lo miras como Heidegger, el nazi de mierda. Porque sólo el animal que interpreta erige mundos a base de su desciframientos, siempre precarios, pero siempre nuevos y fascinantes. Dile tú a un canguro que levante un mundo sobre su pobre base de hechos elementales… Ese mundo sería “salto”, “hembra”, “llueve”, “alimento”, y para de contar. En cambio, el Dasein fabrica un coche, fabrica leyes de circulación, y es capaz de comunicarle a un amigo, en la calle, un no-hecho mediante palabras no-reales: “tío, viniendo aquí casi me atropella un coche…” (Heidegger, en su curso de 1929, Conceptos fundamentales de la metafísica, llamaba a las cosas welt-loss, sin mundo, a los animales, welt-arm, pobres de mundo, y al Dasein, welt-bilder, constructor de mundos).
    La filosofía no consiste en buscar hechos, o no desde Kant. Consiste en averiguar si a nuestra capacidad de hacer mundos corresponde alguna lógica igual para todo ser pensante. Y, la verdad, no veo por qué tendríamos que renuciar a nuestra sagrada capacidad de levantar mundos porque el tovarisch Lysenko fuera un fanático o un vendido del sistema comunista, o porque haya tanto charlatán de pacotilla suelto por el mundo tratando de venderte su humo y a sí mismo lo más caro posible para lo poco que es, cosa que sucede, sobre todo, en el orbe capitalista…

  • Yo solo quería hacer una pequeña matización sobre un tipo de argumento que observo utilizar a menudo de manera falaz, en forma de una generalización muy alentadora en la que atrincherarse, y que reduce todos los estudios a opiniones igual de verdaderas o igual de falsas “porque hay estudios para todo”. Mi error quizá fue hablar de “hechos” en vez del concepto de “prueba científica”: “un tipo de prueba que sostiene o refuta una teoría científica o una hipótesis. Se espera que tal prueba sea de índole empírica (obtenida por observación o experimentación) y que sea obtenida a través del método científico.”(https://es.wikipedia.org/wiki/Prueba_cient%C3%ADfica)

    Pero hablé de “hechos” y tú viste como un hueco en la guardia de un boxeador algo sonado que trata de defenderse en el rincón del ring y te lanzaste a por él (a por mi argumentación) con toda la artillería de tus golpes, lanzándome una estantería entera de libros sagrados a la cabeza, mezclados con Barcenas, Aramis Foster y andanadas contra el pobre Lysenko, cuyo caso aunque te parezca manido, no tanta gente conoce. Algo un poco desproporcionado. Es evidente que, en ese rincón filosófico, no tengo nada que hacer, solo puedo hacer eso que técnicamente se llama un clinch: no he leído en serio, ni creo que mi CI me lo permitiera, a Heidegger ni a Lakatos, ni a Platon ni a Wittgenstein, ni siquiera a Popper o a Russell, ni por supuesto a los mejores actuales no conocidos. Tampoco tengo el nivel científico suficiente, ni sé las matemáticas necesarias, para argumentar en serio sobre las virtualidades del método científico y refutar desde ahí algunas de las aseveraciones que haces respecto a la filosofía de la ciencia y su falta de fundamento.

    Yo solo quería decir lo que dije respecto al argumento que diste sobre los estudios científicos y cómo pueden afectarles, en su valoración los prejuicios cognitivos. Y también creo que la ciencia a pesar de las incertidumbres filosóficas y metodológicas que tiene y que asume, es un buen método de conocimiento (siempre que se aplique correctamente), que pretende no ser dogmático, que plantea hipótesis que deben ser respaldadas por observaciones y experimentos, que siempre deben estar sujetos a revisión y a modificación. Ya sé que esto no lo admite una parte del pensamiento filosófico y dentro de él muchos filósofos insignes que se permiten descalificar áreas de conocimiento enteras o demonizar a gente que no les gusta. Pero sí otros filósofos no menos insignes, que aportan sus razones y sus libros, además de toda una comunidad científica que ha conseguido logros evidentes en muy distintos campos en los que se avanza continuamente.

    Un placer hacer guantes contigo

  • 1- No sé a qué filósofos insignes te refieres.
    2- Lysenko fue el malo, no el bueno.
    3- Tu CI es tan bueno como el de cualquiera.
    4- No pretendí noquear a nadie.
    5- Prueba científica o experimento crucial.

    Abrazo.

  • Evidentemente donde dije el pobre Lysenko debería haber dicho el pobre Vavilov (https://es.wikipedia.org/wiki/Nikol%C3%A1i_Vav%C3%ADlov). Escribía de memoria (también la tengo de pez) hacía tiempo que lo había leido y confundí los nombres. Pero lo que quería expresar era que solo desde las pruebas científicas y los experimentos pudo demostrarse que Vavilov llevaba razón o al menos que Lysenko no la llevaba. Si piensas que Lysenko es el malo no entiendo porqué el caso te parece manido.

    Muchas gracias por lo de mi CI. Era un poco en broma pero también un poco en serio. Llevo la vida entera tratando de aprender cosas y me he encontrado muy amenudo con mis límites. Comprender bien la alta filosofía en sus fuentes o la alta matemática o tantas cosas más no está al alcance de todo el mundo. Lo que no deja de ser irritante. En lo intelectual hay tantas diferencias como en la capacidad física. Todo el mundo puede desarrollarse hasta cierto punto pero no todo el mundo llega a ser Mike Jordan. Eso hace que, respecto a los estudios científicos, a cierto nivel, solo muy pocas personas saben lo suficiente para encontrar sus fallos o limitaciones. Eso por no hablar de la calidad de los datos y muchas cosas más. Así que soy consciente que me nutro sobre todo de fuentes divulgativas tratando de que sean fiables aunque nunca lo sabemos del todo y nos pueden dar gato por liebre. Todo es muy dificil.

  • Te haces líos, en mi opinión. Aunque sólo Jordan pueda ser Jordan, si llegan a entrenarle lanzando pelotas de papel a una papelera nunca hubiera llegado ni a Torrebruno. Hay que tirar a canasta. Un textillo una mañana soleada pinchado en la tablet y nimbado de vago lenguaje científico es tirar a papelera. Uno puede ser un aficionado toda la vida, por ser demasiado bajito, por ejemplo, pero lo que no se puede es desconocer que la canasta está allá arriba. El facilismo es mentira. El facilismo es incluso un negocio: manuales para dummies, escuelas elitistas Montesori, métodos de lectura rápida, etc. Mierdas para ricos o tontos. Sólo hay que tener dos cosas. La primera, saber que la canasta está arriba. Si está por debajo de ti pierdes el tiempo. Y la segunda es quererla meter. Mis alumnos, por ejemplo, tienen ese problema. No la quieren meter. Como les importa un rábano qué es lo que hace que una teoría científica ser científica no tiran a colarla, Popper se las trae al pairo, y van a la trampa. Tú no tienes ese handicap. Tú sí tienes un gran interés por todo, tú quieres estar al calorcillo de Popper o no estarlo si no lo merece: ¡Por eso hiciste esta página!

    Muchas veces se mete la pelota bien, limpia, no es tan imposible ni difícil. Pero no hay que confundirse: la canasta es aquello que está allí arriba…

    (Redicho soy…. XD)

  • Creo que no me has entendido del todo. Te quería decir que para comprender a alto nivel la alta filosofía o la alta ciencia y, por tanto, para saber los detalles y las objeciones que pueden ponerse a cualquier estudio o argumento y para contextualizarlos, se precisa mucha inteligencia y toda una vida de estudio que no está al alcance de todo el mundo. Es verdad que la actitud o eso que llamas “querer meter la pelota” que supongo que es una honesta voluntad de saber es básico, algo quizá previo pero que no asegura los resultados. Eso hace que no mucha gente pueda juzgar adecuadamente los argumentos de ciertos textos o la veracidad de ciertos estudios. Por eso los tiene que divulgar gente que tenga el nivel de comprenderlos y sea honesta. La buena divulgación es fundamental (eso es un libro de texto escrito por alguien que sabe). Es verdad que ahora hay mucha basura, pero entre esos libros de los que hablas también hay algunos útiles para mucha gente y no mal escritos. El problema es que mucha gente ni siquiera esos lee, ni en papel ni en tabletas que eso da igual.

    Por otro lado en cualquier escuela sea pública o privada, elitista o no, puede haber gente buena y gente no tan buena, depende de muchas cosas. Ideológicamente juegas con ese prejuicio de “lndomable Will Hutting” según la cual los ricos son estúpidos y los pobres verdaderamente listos si los dejaran. Ese es una argumento polarizado y si lo piensas no demasiado cierto. Lo mismo que la hipótesis contraria. Pueden encontrarse muchos ejemplo en uno y otro lado en todos los ámbitos y en todos los momentos de la historia aunque evidentemente favorece educarse en un buen sitio, nos guste o no, porque no todos son iguales. Luego ya está el lio de cuando se comienza a ser rico y todo eso que sabes que tantos disgustos causa a los “nuevos ricos” que quieren seguir militando de “viejos pobres” pero que les darán a sus hijos todas las oportunidades que puedan desde su estatus social real (digan lo que digan) lo mismo que les procuran una piscina o amas de cría. Algo que ya vi ocurrir en mi generación y que me causa un “deja vu” que me hace sonreír en el otoño de mi vida.

  • No te he había entendido del todo, no, pero ahora menos. Ya no se de qué hablamos y si discrepamos acerca de algo o no, perdona. El que quiera leer divulgación que la lea, pero que haga suyo el problema acerca del cual se informa o jamás pensará nada, de valor o sin valor. Si el divulgador consigue eso, buen divulgador será. No es el caso, por ejemplo, de Sokal, al que creo que te referiste hace unos cuantos comentarios. Sokal es como el niño que denuncia que el emperador está desnudo, pero él, en particular, no tiene opinión alguna sobre la confección de trajes o la gobernanza justa. De hecho, pasado sus quince minutos de fama, no hemos vuelto a saber nada de él. Sobre aquello vuelvo a recomendar:

    http://e-spacio.uned.es/fez/eserv.php?pid=bibliuned:Endoxa-199954773825-7407-A638-3065-9E53F37E2943&dsID=resistible_ascension.pdf

    La película de Will Hunting es buenísima, pero esa famosa escena exagerada por completo y muy americana. Es cierto que en mi facultad, por ejemplo, saber más o menos se consideraba una competición, sobre todo entre chicos que querían impresionar a chicas, como en la película, y que unos días zurrabas y otros te zurraban a ti -en la Atenas clásica no debió ser muy distinto, pero con vino en vez de tercios. Sin embargo, en las demás carreras eso importaba un pito, hasta donde yo sé.
    En realidad, el personaje de Ben Affleck se merece el repaso, porque es un impostor. Pero, más al fondo, todo el planteamiento es repulsivo, porque estriba en discriminar a cuales cachorros pueden comprarles sus padres una mejor educación, y eso sí es sumamente criticable, estarás de acuerdo. Newton o Faraday no hubiesen llegado a nada, y es inconcebible pensar un presente contrafáctico en que no hubieran existido. España ya se ha metido en ese camino hace tiempo, pero en mi mocedad no era así. En mi mocedad los ricos de mi facultad no destacaban jamás por sus conocimientos, y se pasaban el día en la cafetería o de acto cultural en acto cultural intentando pillar cacho. Cherchez la femme!!

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