La tristeza del docente

Es muy triste, pero desde que empecé el trabajo de profesor de secundaria, siempre he tenido la sensación de que los políticos encargados de gestionar la administración educativa trabajan contra mí. Cada vez que un consejero de educación habla por la tele, cada vez que a mi centro llega una circular o una nueva normativa, tengo la dolorosa sensación de que me van a crear nuevos problemas, nuevas trabas para que no pueda realizar correctamente mi trabajo. Es como si en un videojuego de carreras de bólidos, el político siempre fuera en el coche de delante y lanzara continuamente aceite o clavos a la carretera para que yo tuviera que esquivarlos con suma habilidad.

Además, me resulta especialmente triste porque cada vez que hacen un comunicado, casi siempre empiezan agradeciendo la gran labor de los docentes, recalcando lo imprescindibles que somos. Dicen algo así como en la película de José Luis Cuerda: “Solo vosotros sois necesarios, nosotros somos contingentes” (será por eso por lo que sus sueldos doblan, triplican y cuadruplican los nuestros). Pero luego… ¡puñalada!: el coche del político comienza a lanzarnos aceite y clavos.

Es muy triste. Muchas veces digo jocosamente a mis compañeros que pagaría gustosamente los mismos sueldos a esos políticos pero con la condición de que no hicieran nada. Y es así: cada acto que realizan supone para mí, en el mejor de los casos, solo un estorbo y en el peor, un enorme escollo para hacer mi trabajo, que es, por si alguien lo ha olvidado, que los alumnos aprendan, y que aprendan bien.

Siguiendo esta dolorosa tónica, las instrucciones que nos han dado para estos tiempos extraordinarios de confinamiento y educación on-line son de traca: la tercera evaluación solo ha de servir para que los alumnos suban la nota de las dos evaluaciones anteriores, pero nunca para que bajen. La ministra Celaá dijo, literalmente, en rueda de prensa que las notas de la tercera evaluación nunca deberían perjudicar al alumno. Y aquí está la clave: la ministra de educación, máximo cargo de mi triste gremio, piensa que poner una nota baja a un alumno es perjudicarlo. Esto es de un error de una gravedad inusitada. No, poner una baja nota no es perjudicar al alumno, es solo informarle de que hay una serie de aprendizajes que no ha llegado a alcanzar, para que pueda alcanzarlos ulteriormente mediante procesos de recuperación. Lo que sí sería perjudicar a un alumno es ponerle una calificación alta sin que hubiese alcanzado tales aprendizajes. Sería engañarle a él, a sus padres, y mandar el mensaje a los demás alumnos de que se puede sacar buena nota sin ningún esfuerzo, sin haber aprendido nada. Aprobar al que no sabe, exactamente igual que suspender al que sabe, debería ser la falta más vergonzosa y punible que un profesor pudiese cometer, pero no, es algo que las máximas autoridades educativas del país nos piden que hagamos.

¿Por qué? ¿Por qué la ministra y sus segundos piensan así? Sigamos investigando. Otra cosa que repiten mucho estos ilustres cargos es que la repetición de curso ha de ser una excepción. Ya sabemos todos la polémica con respecto a si es pedagógicamente conveniente que los alumnos repitan o no. El caso es que no se puede afirmar a priori si la repetición de curso es una excepción o no, porque es un resultado, no algo que se sepa de antemano. Si yo llego a una clase y me encuentro con que el treinta por ciento del alumnado es lo que llamamos “absentista virtual”, es decir, que está en el aula pero no hace nada de nada (nada de nada quiere decir literalmente eso: no saca ni el boli ni el cuaderno de la mochila) y, a pesar de todos los denodados esfuerzos de todo el equipo docente, esos alumnos siguen en las mismas hasta fin de curso (lo cual, dicho sea de paso, no es nada raro en estos tiempos convulsos. Sí, no es nada raro encontrarse con clases en los que el treinta por ciento del alumnado no hace nada de nada. Voy a repetirlo porque quiero que el lector reflexione sobre ello: el treinta por ciento, el treinta por ciento ni saca el boli en todo el curso), el treinta por ciento del alumnado, según la normativa vigente, debería repetir. Yo no puedo decidir, de antemano, que en esa clase la repetición será excepcional.

Entonces… ¿por qué la ministra y sus segundos dicen eso una y otra vez?
Ahhhh… Lo pillo, lo pillo: quieren que aprobemos a todo quisqui con independencia de cualquier aspecto académico. De hecho, hace no mucho tiempo, tuve una experiencia con un inspector de educación que ilustra muy bien este hecho. Mi delito consistía en que un alumno había suspendido una de mis asignaturas e iba a repetir curso por ello. Sus progenitores pusieron una reclamación y, como todo estaba en orden, la reclamación no llegó a ningún lado. De hecho, la propia inspección educativa la rechazó y todo siguió su curso con normalidad. Pero, de repente, meses después de lo sucedido, como surgido de la bruma londinense, apareció un inspector atravesando las puertas de mi instituto. Iba bien vestido, con una barba muy bien recortada y una tez muy morena fruto de, seguramente, divertidos días esquiando en la sierra. Me citó en el despacho del director y me dio un rapapolvo. Argüía acerca de los daños psicológicos que podría haber ocasionado al alumno, el cual, según él, se encontraba ya “desahuciado” debido a mi malvado suspenso (¿Desahuciado? No entendí ¿Lo habían echado de su casa?).

Un tanto ojiplático, le respondí que ese alumno no había adquirido las competencias necesarias para pasar de curso tal y como demostraban las múltiples pruebas que le había hecho y que, por tanto, lo lógico y consecuente era que repitiera curso. No piense el lector que yo soy el clásico profesor ogro sin corazón. Si ese alumno hubiese demostrado un mínimo de esfuerzo, yo le hubiera aprobado, pero es que no había pasado del dos en todo el año, con varios exámenes en blanco y recuperaciones a las que no había tenido ni la gentileza de presentarse. Ya por ahí no paso. Cuando narraba mis razones, comencé, inconscientemente, a tutear a mi superior. Entonces, sonriente, me dijo que él no me estaba tuteando y que, por favor, siguiera llamándole de usted. Ahhhh, lo pillo, lo pillo, él inspector tenía que demostrar en todo momento que era una autoridad que estaba por encima de mí. Vale, vale, volví al usted. Entonces, ya menos sonriente, me dijo que, a partir de ese momento, iba a encargarse personalmente de vigilar que todo lo que yo hiciera fuera estrictamente conforme a la normativa. De hecho, pidió inmediatamente al director las actas de las evaluaciones donde yo había participado. Ya un tanto enojado, le pregunté que si me estaba amenazando. Él, sin perder la compostura en ningún momento (era bueno en su papel el jodío), me dijo que cada uno tan solo era esclavo de sus palabras y que él no había dicho nada de eso, que tan solo iba a comprobar que todo estaba en orden.

La verdad es que no me lo explicaba. Todo estaba conforme a la ley. De hecho, en ella no se dice nada de que se aprobará por defecto a los alumnos a los que el suspenso les cause graves traumas psicológicos (los “desahucie” … ¿de dónde?). Entonces, aprobar a alguien en contra de la normativa es… ¡es un delito! Está tipificado y se llama prevaricación. Entonces, el inspector de educación, el garante de la seguridad jurídica del sistema educativo, me estaba exigiendo que delinquiera… Pero además, note el lector la paradoja espaciotemporal que se estaba causando. El inspector me pedía que me saltara a la torera la normativa con la amenaza de que me iba a estar vigilando para que cumpliera a rajatabla la normativa… ¡Casi se genera un agujero negro!

Por supuesto, no volví a verle en todo el curso. Ya lo entendí todo. El modus operandi es el siguiente: vienen, hacen el teatro, intentan asustarte para que no vuelvas a ser malo, y no aparecen más. Lo que un inspector de educación no quiere es tener preocupaciones. Quiere ser feliz y ponerse moreno esquiando como cualquier hijo de vecino. Si un padre va a delegación a hablar con él, tiene que trabajar: papeleo, ordenador, venir al instituto, reunirse con gente… No, cobrando lo mismo, no. Entonces lo más eficiente es solucionar el problema de un golpe: una sola ida al instituto, una pequeña extorsión, y ya está, no hay que hacer nada más. Padres contentos y profesor chulito amedrentado. Es una técnica un tanto Gestapo pero light, tampoco matamos a nadie, no pasa nada.

Fíjese bien el lector en lo que estoy diciendo: los garantes de que el sistema educativo funcione, los que deberían ser ejemplos de virtud y buen hacer, son ese tipo de gente haciendo ese tipo de trabajo… ¡para tirarse al río con los pies atados a una tonelada de cemento!

Un inciso. Voy a dar otro pequeño dato del que no se habla demasiado (o de lo que no se habla lo que se debiera hablar): ¿Sabéis que a lo largo de toda la educación secundaria obligatoria los profesores no podemos poner un cero en nuestras calificaciones? Sí, si tienes un alumno que no hace ninguna tarea ni ningún trabajo y te entrega los exámenes en prístino blanco, tienes que ponerle un uno ¿Y esto a cuento de qué? ¿Por qué no le puedo poner un cero a quien, verdaderamente, merece un cero? Ahhhh ¡Matemáticas! Claro idiota, los datos se pueden maquillar. Si todos los ceros se convierten en unos, el promedio global de calificaciones sube… ¡mágicamente! A ver, a ver, que me entere bien ¿Me está usted diciendo que las máximas autoridades educativas han diseñado una normativa en la que nuestro sistema de calificaciones, es decir, la única herramienta objetiva que tenemos para valorar los aprendizajes del alumnado, se manipula, se truca como el carburador de una Derbi Variant, para que dé un resultado mejor, sin que, verdaderamente, haya existido mejoría alguna? Sí padre.

En fin, a lo que íbamos ¿Por qué que la tercera evaluación solo sirva para subir la nota al alumno y no bajarla es un dislate que, de nuevo, dificulta mi tarea de enseñar? Os explico lo que ha pasado. La situación de confinamiento ha creado un estado de incertidumbre que, cómo es normal, ha causado preocupación a alumnos y padres. Éstos, a través de asociaciones de padres y estudiantes han transmitido su preocupación al gobierno. Y el gobierno, con una altura política aproximada entre Churchill y Mandela, les ha dicho, bajito para que nadie más se entere, que no pasa nada porque aquí va a aprobar todo dios ¿Por qué ha hecho semejante barbaridad? Porque los padres votan, y son muchos. Y ya está, no hay más misterio. O sí, no sé, invito al lector que tenga una teoría mejor que esta que, por favor, me la explique.

Consecuencias: mis alumnos, nada más enterarse de eso han dado saltos de alegría. De aquí hasta verano van, literalmente, a quemar los mandos de la Play Station. Los que ya han aprobado las dos evaluaciones anteriores no tienen que hacer absolutamente nada más, ya están de vacaciones. Un trimestre entero perdido sin que hubiera ninguna necesidad de que así fuera.

Vale listo ¿y qué hubieses hecho tú si fueses político? Nada, que por solo hacer eso ya hay gente que me pagaría mi sueldo gustosamente. Nada. Así, cada profesor habría decidido, en función de sus circunstancias, cuánta materia avanzar y cómo evaluarla. En mi caso concreto no habría problema alguno. Haciendo vídeos en Youtube y utilizando Classroom, Zoom y demás herramientas digitales (que hay mogollón ¡Por Dios que estamos en la era de las redes sociales!), puedo ir tirando con cierta normalidad y avanzar materia sin más. Podría haber evaluado la tercera evaluación con naturalidad y ya está, no habría pasado demasiado y los alumnos no habrían tirado un trimestre completo a la basura ¿A qué lo que estoy diciendo no es fruto de ninguna genialidad específica de un cerebro privilegiado? Pues al final parece que sí puesto que a nuestras autoridades educativas y a su legión de asesores no se les ocurrió. Ahhh, esperad. Me dicen que sí que se les ocurrió pero que no quisieron hacerlo para dificultarme la labor de enseñar. Ahhh, vale, como siempre.

Consecuencias más profundas: si tuviese que describir, en términos muy generales, la idiosincrasia del alumnado que ha pasado por mis manos destacaría algunos rasgos: son simpáticos, joviales, naturales, mucho más desvergonzados que mi generación… como si fueran (y de hecho, muchos, ya lo son) buenos youtubers. Pero, y aquí está la consecuencia más profunda de todo este desbarajuste, muchos de ellos carecen de lo que los psicólogos llaman autoeficacia. Dicho en cristiano: no saben hacer la “o” con un canuto pero aún más grave: si lo intentan tampoco pueden. Ejemplificamos. Tengo muchos alumnos que desde el segundo uno en el que se encuentran con una dificultad, tiran la toalla. No ven la dificultad como un reto a superar, sino como un imposible a priori ¿Por qué? Porque si en tu vida jamás has tenido un obstáculo, jamás habrás aprendido a superarlos. Y carecer de autoeficacia significa ser un inútil funcional. Y esto ya es de una gravedad de Estado de Alarma: estamos generando adolescentes que no es que no sepan matemáticas ni inglés, es que son incapaces de hacer nada. Tendrán problemas no solo académicos o laborales, sino personales: ¿serán capaces de tener relaciones de pareja saludables? ¿Criarán hijos con responsabilidad? ¿Tomarán buenas decisiones?

Pero es más, a esta inutilidad se le une que les han dicho, desde que mamaban teta, que son los mejores del mundo mundial. Como si les hubiese educado la penosa Ayn Rand, se creen que están por encima del bien y del mal. Vienen a clase vestidos como un personaje de Narcos y te dicen con la mirada: te partía la cara ahora mismo, pero voy a perdonarte la vida porque hoy me siento generoso. Saben muy bien que no les puedes hacer nada, que la ley les ampara y que tú solo eres un profesorcillo de mierda. No le hago caso a mi padre, voy a hacerle caso a un maestrillo. Claro, nadie les ha dicho que no, nunca han sentido las malas consecuencias de una mala decisión. Así surgen grandes egos sin ningún sustento empírico, niños que se creen dioses sin tener ningún creyente. Al final, cuando la realidad les da una bofetada viene la tragedia. Anda, pero… si no era ni tan listo ni tan guapo como yo pensaba… ¿Cómo es eso posible? Pero… si solo soy un mierdaseca… ¡Mamaaaaaá! ¡Mamaaaaaá!

Muy triste, porque la propia ley de educación (esa que tanto le gusta y no le gusta a mi querido inspector de Schrödinger) dice muy claramente que uno de los objetivos primordiales del sistema educativo es crear alumnos autónomos, es decir, capaces de tomar buenas decisiones por sí mismos. Pues no, fomentamos chavales muy dependientes, completamente heterónomos, siempre buscando a otros para que le solucionen sus problemas. Ejemplitos: me he encontrado con alumnos que tienen una pésima caligrafía que no hay dios que entienda. Cuando les digo que la mejoren, que no entiendo lo que ponen en sus exámenes, me dicen que no, que eso no es problema suyo, que afine yo mis dotes interpretativas. Claro, nunca nada es problema suyo, todo es problema de otros. Me dicen: “Maestro, no he podido entregarle el trabajo porque mi impresora no tiene tinta ¿Qué hago?” (eso tres días después de la fecha tope de entrega) ¿Cómo que qué haces? ¿De verdad que no se te ocurre ninguna solución? No sé, ¿ir a una imprenta por ejemplo? No, claro que no se me ocurre porque nunca he tenido que pensar soluciones, otros las han pensado por mí. Maestro, que no te enteras de nada.

Otro ejemplito, venga. En el instituto donde trabajo, en la sala de profesores hay un teléfono. Cuando un alumno tiene algún problema y quiere comunicarse con sus padres, va allí y el profesor de guardia llama a su casa. Bien, pues todos los días, al menos cuando yo estoy de guardia, veo un ir y venir de alumnos que llaman a su casa únicamente porque se les ha olvidado un cuaderno o un trabajo y quieren que sus padres se lo traigan… Y los padres, los que pueden, abandonan su puesto de trabajo y vienen a traérselo… O sea, que ya será algo normal que alguien vaya a su jefe y le pida una hora libre para llevarle el cuaderno al niñito. Por esta vez vale, pero se la descontaré del sueldo Gutiérrez, les responderá el jefe. A ver, a ver, un llamamiento a los padres del mundo: ¡No les traigáis los cuadernos! De lo que se trata es de enseñarles que ellos se hagan responsables de las consecuencias de sus errores. Si se les ha olvidado el cuaderno, lo suyo, es que sufran una penalización. Así, aprenden a organizarse. Si cada vez que olvidan algo les solucionamos la papeleta, no aprenderán nunca. Creo que esto es bastante obvio pero… ¿quién sabe? A lo mejor vuelve el inspector a decirme que ese negativo que puse a aquel niño por olvidar la tarea aquel funesto día lo ha “desahuciado”… ¿del universo? A lo mejor el niño está en órbita por los confines del cosmos…

Concluyo entonces con mi pequeño llamamiento: por favor, señores políticos, por favor. Déjennos trabajar, de verdad. No les estoy pidiendo que me suban el sueldo ni que mejoren nada, ni siquiera que cambien lo que, obviamente, está mal y que tenía que haberse resuelto hace décadas. Solo les pido que nos dejen educar porque, si a lo mejor nos dejan, los chavales salen mejor de aquí que como entraron. A lo mejor ese fatídico treinta por ciento baja a un veinte. Y eso será bueno, señores políticos. Si no saben hacerlo pues no hagan nada. No toquen ningún botón, no activen ninguna palanca, nada. Se sientan en el despacho, abren el portátil y leen el Marca digital ¡Les ofrezco un chollo! Es más, si hacen eso, yo les prometo que les voto.

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29 Comentarios

  • Estoy de acuerdo con todo, querido colega, o por lo menos lo estaba antes de la pandemia. Son una generación de mimados, sí, y lo saben, o al menos los míos. También comparto hace mucho la idea de que los políticos deberían ser sobornados para no hacer nada, y de hecho solían serlo en casi todos los casos. Ahora, con la cosa está que nos ha sucedido puede que ambas fatalidades cambien, y yo creo que al menos la segunda ya ha cambiado, por poco tiempo sin duda. Desde luego, yo esta cuarentena he puesto lo que me ha parecido mejor y he calificado sin presión alguna, faltaría más. Pero al margen de eso hay algo en lo que discrepo. Pa chulo yo. No se me sube a la chepa ni Perry, con inspector o sin inspector. Niñatos a su casa, macarras paredón. El primero que se lo pasa bien soy yo, y si la gente es maja -que, como dices, lo son mayoritariamente- entonces puede que ellos también. Y de diez institutos o así en los que he estado ningún compañero, o equipo directivo, ha dejado de ponerse de mi parte en tales trances. Me parece que has tenido mala suerte, tío…

    • Lo mismo Ruth es inspectora. O quiere serlo. O política. O ambas cosas. O quizá tenga un doctorado. Suerte, Ruth, debe ser ilusionante querer volar en un Falcon. Aparte de eso, gracias por el artículo, D. Santiago.

    • * impresionante reflexión. Estoy totalmente de acuerdo me gustaría que los políticos vivieran directamente lo que es un aula y lo que es sentir que luchas por unos alumnos que luego se ríen de ti, precisamente porque la política y la economía les ayudan. Porque como tú bien has dicho se les ha facilitado tanto el camino que se creen con ese derecho. No pasa nada ya que la culpa nunca es suya y si lo es saldrán ganando con respecto a esos que se esfuerzan porque el resultado va a ser el mismo, a pesar de que a veces sean la causa de que estos no aprendan todo lo que podrían.
      Estamos creando una sociedad donde el éxito no depende del mérito y así nos va. Pero las instituciones no nos ayudan ni tampoco parece que nos escuchen

  • ¡Amen!
    Servidor, que ha seguido dando clase con los numerosos y atractivos instrumentos que la bendita tecnología nos ofrece, se enfrentará en una semana a unas sesiones de evaluación postizas en la que estará todo el pescado vendido.
    Penoso.

  • Chapó, compañero. Suscribo punto por punto todo lo que has escrito. Y añado, o más bien abundo en una cosa: los inspectores educativos son un cáncer en nuestro sector. Unos frustrados que no tenían lo que hay que tener para dar clase, y que vienen a decirnos cómo debemos darlas. Una patética banda de acomplejados venidos a más que nunca nos felicita por el 70% de aprobados, sino que nos agobia con el 30% de susñensos como si fuera culpa nuestra que un mocoso maleducado no dé un palo al agua, le regalen por Navidad un pepinako de móvil como premio a su esfuerzo, y luego suspenda hasta el recreo.

  • Perdón que discrepe. Creo que el articulista generaliza en su opinión. No todo el alumnado es como lo pinta. Las anécdotas contadas todos las conocemos y forman parte del conjunto de leyendas de nuestro sistema educativo. Hay muchos alumnos alumnas que no cumplen ese perfil. Coincido, no obstante, en la caracterización que se da de la inspección educativa, muy acertada.. Aún así, lo considero como una lacra propia de la función pública, característica de otros servicios también (sanidad, empleo, etc). En cuanto a la solución aportada de dejar al libre albedrío del profesorado la tercera evaluación, creo que no tiene en cuenta los ponderables referentes a la brecha digital en función del perfil socio familiar y económico. Supondría un factor de discriminación. Mientras no exista un modelo claro acerca de qué hacer en situaciones como esta, creo que habría que aplicar el principio de in dubio pro reo. Aparte de esta discrepancia , felicidades por el artículo.

  • La misma retórica de siempre, pero vestido con pinta de ‘profe enrollao’: «las nuevas generaciones no saben lo que es el esfuerzo», «ahora no se les puede causar ningún perjuicio de los que nos hacían a nosotros porque están mimados», «la letra con sangre entra».

    Usted ve que un 30% de los alumnos no hacen nada y que, por supuesto, es por su sola responsabilidad, o porque se les tiene demasiado mimados desde las administraciones y las familias. Desde otra perspectiva pedagógica también se puede interpretar que en sus clases los alumnos se aburren, no están motivados y usted no sabe conectar con sus inquietudes. Y, siendo profesor de Filosofía, tiene delito.

    La triste realidad de la enseñanza secundaria es que muchos profesores están ahí porque no pudieron dedicarse a otra cosa, a su verdadera pasión y al final sus familias les animaron a «sacarse las oposiciones, que tienes trabajo fijo». Es un mantra. Da igual que no se tenga vocación, da igual que no ni siquiera les gusten los críos, la consigna es «tú preséntate, que no pierdes nada». Y los que pierden son los alumnos.

  • Llevo 6 años jubilada, los últimos años en mi IES me sentía así, tenía ganas de gritar ¡déjenme trabajar! Tantos enemigos alrededor. El alumnado era mi única satisfacción. No puedo estar en desacuerdo con NADA de este artículo.

  • Totalmente de acuerdo!
    Estoy jubilado un año, y la educación era casi vicio para mí!
    A la larga la actitud hiperproteccionista hacia esos adolescentes es malo para ellos y para la sociedad……
    Pero en este pais nadie asume responsabilidades..

  • Santiago, coincido prácticamente en todo, pero en lo de evaluar esta tercera evaluación tengo mis dudas, cómo vas a hacer una evaluación justa cuando la pandemia pone más en evidencia que nunca las desigualdades que hay en el aula??? Hay niños con ordenadores, tablets, impresora, padres con estudios que les echan una mano…. y luego niños que han solicitado la tablet que da la junta porque no tienen ni wifi en casa. No se puede evaluar de forma justa, porque las condiciones de cada niño son decisivas. EL cole es un elemento básico e imprescindible de igualdad, al estar cerrado, no se hace una evaluación con justicia

  • Querido autor del artículo: NO PUEDO ESTAR MÁS DE ACUERDO. El artículo, aunque largo, es ORO PURO y describe a la perfección la hipocresía de esta sociedad. Esta situación es CONSENTIDA por las familias, las auténticas responsables de que se vuelvan DICTADORES o en el mejor de los casos «heterónomos» (me ha encantado). Comparto hasta la saciedad el artículo.

  • No necesitábamos la pandemia para que sucediera lo que cuenta. Lo de aprobar sin tener ni idea se viene produciendo desde que entró en vigor la ESO, con el visto bueno de la mayoría de los enseñantes que dejan tirado al compañero que evalúa justamente. La plaga de inspectores que han trepado desde los CEP gracias al carnet del partido y del sindicato. Y mentiras de sinvergüenzas, que le tienen fobia a la clase y que ponen a los que trabajan y quieren enseñar valores a sus alumnos como fachas. Esos que se ganan con el cuento un sueldo que les parece poco, cuando no merecen, por conocimientos y esfuerzo, la mitad de lo que ganan. En fin, a todo eso se ha llegado por bajarse los pantalones y no es nada para lo que le espera a la gente honrada de la Enseñanza, que algunos quedan

  • Muy bien escrito.
    Y le faltó añadir lo de pasar de curso con asignaturas suspensas, y lo de pasar de curso con TODAS suspensas si ya repetiste curso. Porque no hay que olvidar que hay alumnos que pasan de curso por imperativo legal (buen aliciente van a tener de aprobar alguna materia).
    Y aunque usted, más o menos, meta a todos los políticos en el mismo saco (y es cierto que todos lo hacen mal), hay un color en concreto que siempre ha permitido más manga ancha a la hora de pasar de curso (dejando de valorar el esfuerzo y eliminando la meritocracia). Con el tema de tener contentos a los padres (votantes) ha dado en el clavo. O se hace un pacto educativo de varios partidos (y con leyes exigentes) o iremos a peor.

  • No suscribo todo lo que dices (si buena parte), pero puestos con los modernismos de adaptaciones curriculares, creo que te has ovidado de algunas, fundamentales en una parte de tu escrito: serán capaces de tener relaciones de pareja (fuera el s’aludables’), Harán hijos (lo de criarlos, para nivel más avanzado). Tomarán (nada de ‘buenas’) decisiones?

  • Cuánta inquina destilada sobre nuestros pobres chavales. Nos os metáis con la mierdalosniños. Se diría que habéis sido todos ejemplares a su edad. En los ochenta, yo cursaba Bachillerato en el Ramiro de Maeztu, Madrid. Insultábamos a los profesores con los epítetos más sucios haciendo como que se caía el boli y metiendo la cabeza bajo la mesa. Cuando las chicas se sentaban, todos los tíos al unísono hacíamos el ruido de una tonelada de plomo cayendo desde 20 metros de altura. Se llevaban mucho las conocidas como «pellas colectivas»: llegaba el profe y sólo había viento barriendo los papeles del suelo. O le cerrábamos al puerta para que no pudiera entrar, o al entrar en el aula se encontraba todas las mesas y sillas apiladas contra el encerado. En una ocasión una profesora insistió en que repitiéramos a coro la palabra «since», que la pronunciábamos mal. Lo hicimos: durante media hora y aumentando progresivamente la voz. En las clases siguientes con ella también, sin venir a cuento. No podías dejar colgada tu chupa de tu silla, porque el cabroncete de atrás te la pintaba con boli, con tiza o, en el caso de un sujeto en particular, con esperma. Amendrentábamos a los profesores más tímidos en su propia mesa a la hora de reclamar una nota. El de matemáticas, que era un crack en lo suyo, se encontraba su caricatura en la pizarra al entrar en clase día sí y día también (practiqué mucho…) Yo, que era moderado y asustadizo, repetí Primero y COU. Me echaron mil veces por hablar, y me sentía la mar de culpable. Los días de exámenes importantes había tres avisos de bomba como poco. Un tipo de mi clase, que luego fue muy amigo mío, llamó a la madre de la rubia pija para advertirla de que se la iba a follar, y a la chica no la dejaron salir en tres meses. Etc, etc. Una panda de hijos de puta, vamos….

    Mis estudiantes, en cambio, intentan armarla, pero mucho más suavemente, donde va a parar. Cuando hay que crujir a uno, se le cruje y en paz. El peligro que le veo a estos tres meses de distancia, además de la distancia en sí, que no es enseñanza ni es nada (es un teatro de guiñol por zoom), estriba en que pueda quedar claro que no somos más que dispensadores oficiales de calificaciones. Servidor no se identifica con eso, por muy cómodo que me resulte no pelearme con el mocerío…

  • Lo primero que tengo que hacer es felicitarte por tu artículo, porque muestras el sentir de la comunidad educativa, sobre todo después de asistir a evaluaciones de Segundo de Bachillerato en las que se ha regalado la titulación a alumnos con hasta 4 asignaturas suspensas. Pero este problema viene desde muchos más atrás, con la “invasión” de pedagogas como Ruth. Ella misma se ha identificado con su frase: “Desde otra perspectiva pedagógica también se puede interpretar…” Y ahí está la clave de todo: ¿por qué se habla de “perspectiva pedagógica” en la Educación Secundaria?
    En la enseñanza secundaria debe hablarse de perspectiva académica. Estamos para impartir conocimientos y evaluarlos; contenidos que preparen para la universidad, para ciclos académicos o para la vida real.
    ¿Hay algún problema con enseñar de forma correcta tu materia y llevarte bien con tus alumnos, Ruth?
    ¿No crees que caes en la demagogia del maniqueísmo con eso de la “la letra, con sangre entra”? Permíteme que te diga que entre el blanco y el negro está el gris, y dentro del gris está el gris más claro, el gris más oscuro…
    En mi época universitaria había un dicho: “quien sirve, sirve, y quien no se va para Pedagogía”. ¿Son todos los pedagogos unos troncos o unos tontos? No, evidentemente, y hay gente muy válida; pero todos sabemos que lo más difícil en esa facultad es matricularse. Todo el mundo tiene matrículas, no hacen exámenes e imponen la “educación democrática”: todos somos iguales. Y la han metido en nuestras aulas, donde la mediocridad campa a sus anchas: trabajo cooperativo, fuera exámenes, nada de tarea para casa, etc. El chiquillo que se interesa por la cultura y el conocimiento se aburre y se desmotiva…¿Solución? Ponerlos a todos a jugar con sus teléfonos móviles, con vídeojuegos, etc. ¿Realidad? Ni saben ni enviarte un correo electrónico ni saben escanear un documento y enviártelo…¡Pero los políticos presumen de que nuestros alumnos son excelentes en la competencia digital! ¿No serán unos fenómenos en vídeojuegos y en el futuro serán exitosos “youtubers”?
    ¡Y luego están las quejas de los deberes o las tareas en esta época de confinamiento…! ¿Vas a exigir que te trabaje un chiquillo al que has acostumbrado a no hacer nada en casa?

    Saludos para todo el mundo.

    PD: te ha faltado llamar facha a quien no piensa como tú, Ruth.

  • Pregunta para la reflexión. ¿Por qué los chicos y chicas, si pudieran elegir, preferirían no ir al instituto?
    Sin contar con la opción de ir, para ver a los amigos.
    Yo he hecho la encuesta varias veces y, como mucho, me salen dos personas en alguna clase. En otras 0.

  • Pues por la misma razón por la que tú, si pudieras elegir, tampoco irías a trabajar la mayoría de las veces. Yo no sé en qué mundo vivís. Hasta Bush Jr. según venció con trampa en sus primeras elecciones, se fue de vacaciones ocho meses. Pero prueba a expulsarles dos meses, y a los tres días los tienes en la verja del cole mirando con melancolía… Eso es motivación, y no lo que dicen los pedagogos: motivación es saber que la vida real está ahí, con sus compañeros, y no en la mierda de la videoconsola… La gratificación atrae, pero como es mentira, dura poco.

  • Una declaración muy interesante. Estoy muy de acuerdo con lo que dices, compañero, salvo en que te ha faltado un «estoy generalizando» al referirte a los alumnos y alumnas. Todavía los hay buenos chavales y chavalas, educados/as y trabajadores. Si no fuera por ellos y ellas, yo me cambiaba de profesión o me deprimo.

  • desahuciar
    De des- y ahuciar.
    Conjug. c. anunciar y c. causar.
    1. tr. Quitar a alguien toda esperanza de conseguir lo que desea.

    Es la primera entrada del DRAE. Lo mismo el inspector no era el ignorante.
    Llevo 32 años en la profesión y no he visto gente más llorica que mis colegas: en los diversos institutos y en las redes sociales. Todo el día llorando sobre los límites de nuestros privilegios. Cuando me jubile echaré de menos a mis estudiantes, pero en absoluto el inacabable planto de mis colegas.

  • Pues yo discrepo. No me siento nada identificada con el artículo. Ni identifico a la mayoría de mis alumnos. Un cambio de mentalidad y de metodología es lo que muchos profesores deberían plantearse. El mundo cambia y hay que cambiar con el, sin motivación no hay aprendizaje. O motivas al alumnado, o no aprenderán. Se lo mejor de ti con lo que tienes. Busca soluciones y deja de pensar en los problemas.

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