Es como si quisiera solo escribir en lugares bonitos

Es como si una quisiera solo escribir en lugares bonitos. Cuando el sol calienta suave porque es otoño. Cuando el mar se mece sin oleaje, como si nada le importara demasiado. Cuando los árboles caducos empiezan a cambiar de color y las agujas de los pinos se yerguen más firmes que nunca.  

Es como si una solo quisiera escribir con los pies descalzos, el sonido de las olas del mar y los agudos trinos de los pájaros pequeños. Divisando, más allá de la pantalla, las copas de los árboles, las rocas blancas de una costa amable. El dormitar, despreocupado, de hamaca, de toalla, de orilla, de bañistas vecinos, y del horizonte. 

Pienso muchas veces en que lo veo curvo, en que intuyo su pendiente; la inclinación. Jamás podría creer al charlatán desalmado que afirmase que no vivimos en una esfera, que no somos un planeta oval. Fantaseo – como casi siempre – en las fieras y los avernos que un día dibujaron detrás. Colmillos sedientos que jadean con ansia, vapor de azufre. Monstruosas cascadas de fuego que estallan contra rocas afiladas. El fin del mundo. Una sima abierta, las fauces del más allá. Y me pregunto, al hacerlo, ¿cuáles serán ahora nuestros demonios? ¿de qué fin del mundo habrá de desprenderse nuestra sociedad? 

Aquí, ajena, en el rincón de la esfera que ahora ocupo, un par de niños extranjeros juegan a trepar un árbol. Hablan lenguas distintas y se acaban de conocer. Uno de ellos es más temeroso y ve, desde el suelo, cómo el otro escala por el ramaje, ascendiendo peligrosamente a la cumbre. Trata de señalarle – con gestos, con palabras a medias – los puntos seguros y las lagunas que, a su entender, tiene el plan. 

Y deseo – sintiéndome minúscula, atemorizada y sin convicción – que los monstruos que tengamos que destruir no sean demasiado feroces. Que los nuevos avernos a los que tengamos que enfrentarnos no acaben por engullirnos antes siquiera de poder comenzar. 

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