La casa familiar está encima del mar. De las que ya no se construyen hoy en día porque está prohibido. La casa familiar es como un barco fondeado en la ría de Pontevedra y a pocas millas del Atlántico. Tiene dos plantas, una buhardilla con dos habitaciones y una especie de bajo donde guardamos los muebles desterrados de otras épocas. Están amontonados y llenos de polvo.
La casa está anclada en la curva de la carretera de un pueblecito pesquero llamado Raxó. Limita al norte con esta carretera comarcal y al sur con el mar. A un lado, una playa de apenas un kilómetro y al otro, una playa que en el argot familiar llamamos la playa pequeña. Como nunca hay nadie, podrías ser nuestra.
Es un entorno de rocas erosionadas por el viento, muchas algas y conchas, algunas con forma de vieira, la concha del peregrino. A veces encuentras alguna almeja, restos de navajas y estrellas de mar. También hay delfines que van de travesía al océano y hacen acrobacias chulísimas sin necesidad de ser adiestrados en un zoo.
Con las mareas, la fuerza gravitatoria de los astros hace magia en Galicia: ahora ves la playa ahora no la ves. Y en la orilla, cuando el tiempo acompaña, corre una brisa suave y me relaja mucho ver los reflejos del sol plateados que son como escamas de pescado flotando sobre el suave vaivén de las olas. Y entonces aspiro el olor a sal del Atlántico y pienso que es mejor que cualquier prozac. Eso sí, cuando se desata el vendaval, el mar se pone muy bravo y el viento ruge con tanta fuerza que parece que la casa se la llevará el remolino de El mago de Oz.
La frontera entre las rocas y la finca es un muro que la bordea. El muro es casi invisible, puro cemento gris. Cuando miras el mar, no interrumpe el goce visual. Simplemente no lo ves. No puede competir con la belleza del paisaje. Tan básica, a la vez.
Una curiosidad de la finca es que está desnivelada cuesta abajo, en dirección al mar. Hace años, mi abuelo le compró el terreno a una inglesa, y ahí construyó la casa. El césped de arriba está escalonado para evitar tanto desnivel, pero el que da al mar baja en cuesta y allí de pequeña mi felicidad era rodar como una croqueta. Ahora pienso que la inglesa es un poco artífice de haber encontrado el lugar en el mundo de donde no quiero huir. Mi refugio.

En la finca hay camelios, con flores que son como rosas, de color blanco y fucsia, y en la playa, caña brava. El césped es de un color verde hiperrealista. Siempre he creído que es el color del césped gallego, quizás un efecto de la luz porque casi siempre está húmedo.
Lo mejor de la casa son las terrazas kilométricas que parecen la cubierta de un barco. Si te concentras mirando el vaivén de las olas, a veces te sientes como dentro de una nana y otras, totalmente indefensa a merced de los elementos. La ría es el paisaje de mi vida. No hay Caribe que valga.
Desde las terrazas se divisan las bateas esparcidas por la ría, esas plataformas de madera de las que penden fuertes cuerdas bajo el agua donde se crían los mejillones. Las bateas están sostenidas por flotadores gigantes que según se cuenta era un buen escondite para ocultar contrabando. Vamos, no es ninguna leyenda.
También se ve la isla de El Tambo. De pequeña creía firmemente que las islas eran como la de El Tambo, una porción de tierra redonda rodeada de muchos árboles que ocultan el interior de la isla como un secreto. Antigua leprosería, después de uso castrense y ahora desierta, tuve la oportunidad de explorarla: un viejo faro, restos medievales de antiguo monasterio destruido por el pirata Francis Drake, ruinas de casas de los militares, un polvorín subterráneo, una playa paradisíaca. Era como estar en la isla de Perdidos.
Hay días en que la niebla se infiltra en la ría y lentamente va difuminando el paisaje hasta tener la sensación de que te has vuelto miope. Es el efecto de la brétema, niebla en gallego, preciosa palabra como morriña, que es el estado que me produce estar lejos de esa bruma que lo baña todo de realismo mágico. En Galicia, las meigas haberlas hailas.
Cuando sube mucho la marea y el mar está muy vivo, golpea el muro y alguna vez ha entrado en la finca. Mi madre dice que esta casa, igual que a Venecia, se la tragará el mar algún día. Podría ser.