Adif y el problema del mal

Aquellos trenes que tardaban tantas horas en llegar a Madrid y siempre paraban en Algodor. El olor dulzón de las cantinas en penumbra, siempre abiertas en las noches para refugio de los viajeros rendidos y los hombres solos que sorbían despacio unos “sol y sombra” o un coñac “Soberano”.  Los departamentos con paredes de madera donde las familias sacaban de una cesta de mimbre su navaja y se preparaban unos bocadillos mientras, los que viajaban solos, miraban vagamente las sombras del paisaje que se deslizaban tras el cristal de las ventanas. La estación brumosa con relojes rotundos donde se podía esperar en el andén a los viajeros o despedirlos con la emoción en un abrazo o en la punta de los dedos para los que ya iban en el interior del tren asomados a las ventanas, quizá a alguna guerra o simplemente a la mili con el macuto colgado del hombro. El viaje en “Wagons-lits” para ver por primera vez Paris en la luna de miel.  El sonido del “caballo de hierro” de tantas películas del oeste donde había tiroteos y peleas por un botín de oro o transportaba a alguien, bueno o malo, en busca de su destino. Los trenes que atravesaban la tundra helada  en “Doctor Zhivago“, el tren que no debía cruzar “El puente sobre el rio Kwai”. La agonía de Rick en aquella estación de Paris esperando a Ilsa, calado por la lluvia,  cuando los alemanes iban de gris y él ya se sospechaba abandonado.

La alegría ingenua de aquel año 92 donde el AVE llegó a una ciudad pequeña y abrió la expectativa de nuevos sueños. La posibilidad de ir y volver a Madrid cada día porque el trayecto era de 45 minutos. No solo ir a trabajar y volver en un sentido y en otro, sino también ir a estudiar, de compras, al médico, a ver un cuadro al Prado, a comer con un amigo. Aquellos trenes cómodos y limpios con un bar confortable donde, al final de la tarde, alternaban estudiantes, profesionales, empresarios  y currantes de la construcción en una aparente armonía optimista, como si pertenecieran a un país civilizado y próspero donde se estuvieran mitigando de verdad las diferencias sociales. Luego la ampliación de las lineas, no solo la posibilidad de ir a Sevilla o a Málaga sino de llegar a Barcelona en tres horas con lo que ya los hijos, años después, no quedarían tan lejos. De llegar rápido y seguro a cualquier lugar de España con la mayor comodidad, con azafatas como las de los aviones antiguos, que te ofrecían un aperitivo o los periódicos del día. Y donde te reembolsaban el coste del billete solo con que llegara cinco minutos tarde. 

Las veces que habré dicho con distintas variaciones aquello de “Papá ven en tren“, el eslogan de  1973 que diseñó el publicista Roberto Arce para promover al tren como medio de transporte familiar y seguro frente al peligro de las carreteras en aquella época. Las veces que habré discutido para no coger el coche porque había un tren para ir al mismo sitio y eso eliminaba la posibilidad de accidente. Pensaba en esto mientras la noche del 18 de enero miraba en X los mensajes de familiares desesperados buscando a sus seres queridos. Está claro que nada es seguro en la vida pero no era fácil sospechar que un AVE iba a tener un accidente donde hubiera tantos muertos. “No cojas el coche: vete en tren” quizá recordó que dijo alguna de esas madres cuando ya su hijo era un cadáver entre otros cadáveres a los que no paraba de sonarles móvil en el bolsillo. 

Difícil no recordar a Dagny Taggart, vicepresidenta de la compañía ferroviaria Taggart Transcontinental, sentada en uno de sus trenes que estaban dejando de funcionar y atormentada por como se estaba derrumbando su mundo por el colectivismo y por la desaparición paulatina de los individuos más capaces y productivos de la sociedad a todos los niveles: desde los científicos, ingenieros, empresarios visionarios y creadores hasta los obreros cualificados que pugnaban por hacer bien su trabajo. Porque el mérito y la capacidad ya no eran un valor en esa sociedad y se creía que cualquiera podía hacer lo que hacía otro. Cualquiera podía ser Ministro de Fomento aunque fuera un maestro de educación primaria que apenas ejerció o un mediocre picapleitos de provincias. Cualquiera podía ser consejero de ese ministerio aunque solo se hubiera formado en dar hachazos a unos troncos o en ser portero de clubs de alterne. Cualquiera podía trabajar allí siempre que fueran algunos de sus conocidos o sus queridas, yendo o no yendo a trabajar, siendo solo pícaros con suerte. No es difícil imaginar la moral de los buenos gestores, ingenieros y trabajadores en general ante lo que comenzó a suceder cada día y que ellos probablemente habían avisado de muchas maneras. No solo las decisiones políticas que llevaron a sobredimensionar una red que era muy difícil de mantener sobre todo si se disminuía el presupuesto para ello (Según la Comisión Europea entre 2018 y 2022 España destinó 72.390 euros por kilómetro a mantenimiento, renovación y mejora de su red ferroviaria, frente a 168.410 euros de media en la UE”) sino las de gestión diaria, con ahorro de personal, que llevó a que, por ejemplo, en el Avlo 2182 que salió ese domingo treinta minutos después del tren siniestrado, con 436 plazas llevara solo de tripulación un maquinista y una interventora. La ampliación del número de trenes (porque había nuevas compañías circulando) que llevó a estaciones atestadas, con colas y sin asientos en las salas de espera, donde cada vez se desesperaba más, porque los retrasos eran ya continuos tanto a la salida como a la llegada. Y ya, incluso desde la ciudad pequeña, era difícil e incómodo llegar puntual a cualquier tipo de quehacer. Pero, según su responsable, España tenía el mejor ferrocarril del mundo. 

Una oportunidad para plantearnos, otra vez, el “problema del mal”, para revisar la virtualidad del trilema de Epicuro y transitar por las distintas teodiceas y la visión de Voltaire en “Cándido” frente al mejor de los mundos posibles. También sobre los chivos expiatorios que se buscan (a veces injustamente) cuando desaparece un dios responsable de todo lo que ocurre. La vida humana es azarosa y el error siempre será posible hasta en las personas más sabias. Pero la probabilidad también pertenece a la realidad. Y es posible predecir que un corazón lo opera mejor un cirujano especializado que un carnicero o que un avión no puede ser construido por los que tuvieron “un abandono educativo temprano“. Aunque militen en un partido político desde muy jóvenes y se sepan todos los argumentarios. Sobre todo si, además, han demostrado ser corruptos. Y muchas cosas más.

Para seguir disfrutando de Ramón González Correales
Peter Norman: un héroe olímpico
  Miro otra vez la foto que conocía desde hace muchos años,...
Leer más
Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.