Imagina que por una prodigiosa potestad pudieras eliminar el invento, el ingenio humano que a lo largo de la historia nos haya causado más perjuicios, ¿cuál elegirías?
Piénsalo.
Dejando a un lado la palabra, la gran creadora, el divino “Hágase”, sin la cual no seríamos, personalmente dudaría entre el fuego y la rueda. Los dos son inventos geniales, a ellos debemos lo que somos, el creced y multiplicaos, aprended y seréis sabios, cread y seréis divinos, convivid y gozaréis, pecaréis y… “moriréis”.
Mas, si te fijas, lo que más nos ayuda y más nos daña de ellos, no es su esencia, su fuerza, su destreza, sino su velocidad. El arma de fuego no mata, es la velocidad de la bala; si la rueda gira veloz y suave volamos, si se acelera sin control, nos descarrila. Dejando a un lado nuestro terruño, en el que no son buenos tiempos para la velocidad, en el mundo entero se impone sobre el tiempo y la distancia, y esa es nuestra mayor ansia y nuestro mayor peligro, pues nos asemeja a los dioses, nos aproxima a la orilla de la eternidad. ¡Portentoso poder! ¡Fatua ambición!
Pero ahora tenemos otro invento que hace todo eso sin moverse del sitio, la pantalla: podemos saber, crear, ver, viajar, divertir, pecar, enfermar… ¿matar? De las pantallas admiramos su negra lisura, su ligereza, pero aún más su ventana al mundo y su instantaneidad. Todo aquí y ahora. Prodigiosamente. Fuego, rueda, pantalla comparten esas virtudes, la potencia, la velocidad, la magia. Por eso los amamos tanto como los tememos, pues siempre tienen algo de artificio, de artefacto, de enajenación.

Por eso, también, solemos achacar a las herramientas que inventamos los males derivados de nuestra incapacidad para dominarlas. La tecnología siempre es admirada e inculpada. Junto a sus virtudes acumulamos nuestros vicios: rapidez y prisa, abundancia y desmesura, potencia e impericia, tecnofilia y tecnofobia. Somos atrevidos o temerosos, pero cuando mezclamos nuestras artimañas con las tecnologías nos volvemos temerarios o destructores. Entonces buscamos protección en los tabúes, prohibiciones, reprimendas, o en la parsimonia de la naturalidad, su morigeración. Inútiles quimeras, pues la aceleración de la vida humana es imparable. Hemos alcanzado tal grado de complejidad y artificiosidad que el flujo cansino de la existencia se ha precipitado, hemos modificado nuestro propio proceso evolutivo, nos hemos despegado de las leyes que gobiernan nuestra animalidad. ¿Dónde, cuándo, cómo acabaremos?
Por eso mismo, ahora, cuando algunos pretenden controlar las pantallas y sus epifenómenos, uno no sabe si encogerse de hombros o agitarse rabioso. Hubo una época en que proclamábamos “Prohibido prohibir”, qué tierna delicia, y, ahora, ¿tendremos que volver a ella? ¿Prohibir el fuego, la rueda, la pantalla? ¿No te parece mejor aprender, enseñar, gobernar?
Por cierto, Pedro, no sé si sabes que gobernar viene de una palabra griega muy sabia, kubernites, el timonel, de donde también viene cibernética, la ciencia del control de la información y la comunicación entre animales y máquinas.
¡Que se sepa!