Una vida en una foto

Es inquietante ponerse a pensar qué sabemos realmente de los que creemos conocer un poco y no hemos visto nunca, de los que se han metido a diario en nuestras vidas, desde nuestra niñez, en millones de imágenes o de anécdotas que bien pudieran ser en parte inventadas; de los que hemos ido sintiendo fluctuar en nuestras simpatías o antipatías lejanas a lo largo de la vida, símbolos a veces de algo «verdaderamente» defendible o de situaciones que, por el contrario,  nos parecían insostenibles según fueran evolucionando nuestros sistemas de creencias morales y nuestra percepción del lugar que ocupábamos en el mundo, lo que siempre lleva aparejado una vaga necesidad de tratar de dilucidar «quienes son los nuestros», que tampoco conocemos personalmente, salvo ese pequeño porcentaje con los que nos tratamos a menudo y que también se ven sujetos a esas oscilaciones, aunque luego nos arrepintamos tantas veces por los amigos perdidos en discusiones abstractas cuando se hablaba de unas cosas y realmente se hablaba de otras que quizá el otro desconocía del todo.

Recuerdo que cuando estudiaba en la universidad alguien me contó que, en una encuesta, un importante porcentaje de ingleses manifestaba que una de las cosas que más les gustarían en la vida era tomar el té con la reina a las cinco de la tarde. Entonces me pareció una ridiculez pavorosa y ni siquiera pensé en la posibilidad de que quizá esa gente se relacionaba emocionalmente con un símbolo que significaba algo para ellos, que los vinculaba con un país y que quizá provenían de todas las clases sociales y todas las edades y condiciones. Un símbolo de un “orden imaginado” (en el sentido en que lo utiliza Harari en «Sapiens»), que les permitía colaborar de alguna manera y mantener una cierta identidad aunque mantuvieran posiciones muy alejadas sobre muchas cosas. Para un joven politizado de aquella época, finales de los setenta, la monarquía era algo indefendible racionalmente: no solo los privilegios heredados, sino la ausencia total de meritocracia (una aberración entonces), la historia de apelación a derechos divinos y absolutismos varios, la evidencia de la degradación y corrupción de muchas dinastías, el final de los Austrias, Fernando VII, todo eso. Y sobre todo una estética incompatible con cualquier visión ilustrada de la vida, con tronos, coronas, capas de armiño, catedrales y jerarquía eclesiástica representando la imagen de un mundo que se vislumbraba oscuro y muy lejano a la libertad que tanto se añoraba. Por el contrario se asistía con total naturalidad a esas fiestas del PC de la casa de Campo donde siempre había un pabellón de Corea del Norte, de la Rumanía de Ceaucescu y por supuesto de la URSS o China, a menudo aderezadas con algún cantante de la Nueva Trova cubana que decía haberse jugado la vida en playa Girón y cantaba aquello de «Hasta siempre comandante». Luego vino el 23F y una cierta aceptación funcional de la monarquía por su vinculación a la salvación de la democracia y su coexistencia con un gobierno socialista, aunque tapándose mucho los ojos para no ver parafernalias que recordaban mucho a otras épocas y compañías y negocios que décadas después explotaron y llevaron a una sucesión que es muy difícil no defender en estos momentos frente a populismos y nacionalismos atrabiliarios con evidente tentación totalitaria. Pasado el tiempo ya hemos comprendido lo difícil que es construir sociedades abiertas que sean estables y también que pueden coexistir con monarquías parlamentarias igual que las dictaduras lo hacen con modelos republicanos. No en vano la inglesa lleva más de trescientos años existiendo y ahí sigue tras los setenta años de reinado de Isabel II.

Fotografía Cecil Beaton

Miro ahora esa última foto que sé que no puedo desvincular de haber visto la serie The Crown que inevitablemente produce cierta sensación de complicidad y compresión de la reina, lo que soy consciente que puede ser una hábil maniobra de propaganda de una monarquía con muchos medios y mucha sabiduría histórica. Aún así pienso en el factor personal, en lo que ella ha aportado a la monarquía británica y quizá no hubiera hecho otro rey, como su tio Eduardo VIII que en absoluto supo estar a la altura de las circunstancias, ni antes ni después de abdicar. Pienso en la importancia de las mujeres reinas en Inglaterra, en Isabel I (es muy interesante leer «Isabel y Essex» la biografía que le hizo Litton Strachey) o en la reina Victoria; en la sentimentalidad de esas vidas tan controladas, donde no falta de nada pero a la vez puede faltar todo en un determinado momento, donde la mayoría de las relaciones son voluntariamente artificiales, distantes, donde no debe ser fácil encontrar autenticidad afectiva; donde hay que dar sentido a la vida o no aburrirse cuando se han tenido todos los juguetes o no se puede ser mucho más que lo que ya se es; en lo que queda de las convicciones más profundas cuando pasa el tiempo y la vejez muerde y se ha contemplado todo lo que hay tras el escenario, incluso siendo la cabeza de la Iglesia de Inglaterra.

Contemplo esa sonrisa quizá forzada pero cordial y la mirada un poco perdida tras unas gafas que parecen más bien de lectura. Reparo en esa mano llena de hematomas que tiende a la nueva primera ministra con decisión, aunque sus venas hayan contenido un catéter hasta unos minutos antes o denoten una enfermedad hemorrágica; en la rebeca gris de abuela entrañable y en el bolso Launer sostenido en el brazo del bastón; en su melena de siempre («Curly short bob») que alguien habrá cardado al salir de la cama aunque no le apeteciera; miro los sofás de verde apastelado y la falda que, al parecer, es de «tartán Balmoral», un guiño a los escoceses según algunos entendidos. Esa mano tendida a todos los primeros ministros ingleses desde 1953 que quizá ha pretendido ser el símbolo inamovible de un imperio venido a menos y que le ha justificado y sostenido toda una vida, en la que ha intentado estar a la altura de las circunstancias a pesar de los avatares familiares, de las crisis políticas y quizá de sus propias dudas sobre su papel y su propia vida.

Parlamento Británico

Esa viejecita que parece representar la continuidad de un mundo imperfecto pero donde mucha gente cree que todavía puede respirar y quizá por ello añoraban tomar el té con ella. Lo que han simbolizado la totalidad de los Parlamentarios en la Cámara de los Comunes, de luto, rindiéndole tributo en una imagen inimaginable en España. La que ha visto tantos cambios pero supo adaptarse a ellos, hasta el final. Como dice Ignació Peyró...

«Los chelines y guineas son historia, el espresso venció al té, hay más papistas que anglicanos y el sistema imperial de medidas apenas sobrevive gracias a la lealtad sagrada a la pinta de cerveza. De un extremo a otro dela vida de Isabel II, no hay casi nada que no haya cambiado en el Reino Unido: si su padre ejercía su dominio sobre “un continente, cien penínsulas, dos mil ríos y diez mil islas”, ella ya no llegó a tiempo de ser Emperatriz de la India y su hijo es muy posible que solo vaya a reinar sobre unos pocos caprichos geográficos y paraísos fiscales. Sí, de 1926 a 2022, ha cambiado todo en un Reino Unido que, desde el continente, se veía como “un lago plácido” de estabilidad: se ha ganado una guerra mundial, se ha perdido un imperio, se ha entrado y salido de la Unión Europea y ha habido una década para la contracultura y otra para la revolución conservadora. Quizá no sea mal corolario de estos años el apuntar que al himno nacional —God save the queen— le salió como hijuela un himno punky que los dos han convivido en paz perfecta, en esa entente de tradición y progreso que ha cifrado lo mejor del genio británico. Porque el Reino Unido ha estado a punto de perder incluso una de sus naciones constituyentes —Escocia—, pero entre las cosas que no han cambiado está un modelo monárquico asentado en la Historia y a la vez perjudicado o beneficiado por la ejemplaridad del soberano: si el duque de Windsor hubiera sido un buen rey, Isabel nunca hubiera sido reina.»

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