Prohibido prohibir, cuando hay que atreverse a educar

Me pilla la noticia del Proyecto de Ley Orgánica para la protección de las personas menores de edad en los entornos digitales ,que pretende prohibir el uso de las redes sociales a los menores de 16 años, revisando el capítulo sobre la psicología humanista en el magnífico libro de Historia de la Psicología de Thomas Hardy Leahey ,al que vuelvo a menudo, para recordar algunas ideas y coger cierta perspectiva histórica para valorar lo que está ocurriendo ahora mismo, porque suele suceder que las ideas se reciclan y con el tiempo se presentan como nuevas algunas que ya tuvieron su influencia social y también unos resultados, que siempre es interesante analizar, cuando intentaron llevarse a la práctica. 

Los años sesenta fueron años optimistas y hubo psicólogos como Abraham Maslow o Carl Rogers que cuestionaron las corrientes que defendían la psicología de la adaptación, y crearon la tercera fuerza” de la psicología, para reivindicar la posibilidad de autorealización personal, lo que podía implicar no querer adaptarse al sistema social existente e incluso luchar por cambiarlo en algunos aspectos porque algunos individuos se sentían incapaces de adaptarse a él y de alguna manera los hacía enfermar o sentirse profundamente infelices. Entendían que la persona era el único ser capaz de definir valores, cuestionando el papel de la tradición o la religión. Por aquella época Thomas Szasz publicó “El mito de la enfermedad mental” que planteó que el concepto de enfermedad mental era una metáfora basada en el concepto de enfermedad física, una metáfora inadecuada en la mayoría de los casos y de consecuencias perniciosas cuando se refería a las enfermedades mentales, lo que dio lugar al movimiento de la “Antisiquiatría” que curiosamente está volviendo de nuevo en la actualidad ante una patologización excesiva de emociones que pueden ser normales en el proceso continuo de búsqueda de sentido que constituye una vida. Aunque la realidad suele ser mucho más compleja que las teorías que se hacen sobre ella y. han pasado muchas cosas desde entonces. 

En el Mayo del 68 gentes con estas ideas libertarias lucharon contra junto a otras con diferentes orientaciones marxistas y a con los pertenecientes a la llamada “nueva izquierda” a pesar de que defendían conceptos que eran esencialmente antitéticos aunque todos dijeran luchar contra el sistema capitalista. No cuesta imaginar lo que le hubiera ocurrido a los defensores de la autorrealización libertaria en la China de la Revolución Cultural que estaba produciéndose en esos momentos y que defendieron intelectuales como Jean Paul Sartre, Alain Badiou y muchos más. 

“Prohibido prohibir” (“Il est interdit d’interdire“). No se sabe quien escribió, en una pared del barrio latino, este grafiti que se convertiría en el símbolo de aquel movimiento y que, asombrosamente, asumieron todos los que participaron, cada uno a su manera, para impugnar cualquier orden impuesto: educativo, político o moral. No se defendía la libertad responsable, sino la abolición del límite. Lo que no dejaba de ser una paradoja cuando muchos de ellos defendían sangrientos regímenes totalitarios en otros lugares del mundo en los que nunca hubieran podido expresar estas ideas y, por otra parte, la mayoría estaban muy bien establecidos y se aprovechaban de las ventajas de vivir en el el Occidente, que tanto decían denostar, y donde “no podía haber vida verdadera en la falsa” según decía Adorno. Las paradojas del capitalismo, como sigue ocurriendo en la actualidad y que analiza de forma muy interesante Sarah Wooten en Quillette

Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir en Mayo del 68 repartiendo “La cause du peuple

No deja de ser curioso que los que defienden la “tabula rasa” (el libro de Steve Pinker , criticando esta visión, sigue siendo una lectura esencial) en la especie humana y dicen creer en en la eficacia de la educación permisiva y en libertad de los niños y adolescentes pretendan ahora imponer una ley como ésta que tiene un mensaje implícito a los jóvenes: “no confiamos en tu capacidad de aprender a gestionar la libertad“. Porque, en lugar de enseñarles a usar las redes con criterio para que sean capaces de adaptarse al mundo real que van a vivir, se opta por eliminar radicalmente su existencia durante la etapa clave de su desarrollo personal. Lo que impide también a los padres hacerlo, poniendo de manifiesto una invasión del Estado en la libertad individual, insoportable en una sociedad que pretende ser abierta en la manera que Karl Popper la defendía. Así, lo que habría que entrenar gradualmente, de forma personalizada, con supervisión adulta y fundamentada, dialogo y aprendiendo de los errores que inevitablemente se cometieran, se evita y se aplaza hasta los 16 años, una edad donde podrían tomar libremente decisiones irreversibles, como cambiar de sexo o abortar sin consentimiento paterno o algunos piden que puedan tener derecho al voto. Pero, hasta el instante antes, se los intenta dejar fuera de las redes sociales, del principal espacio de socialización, expresión y construcción identitaria del siglo XXI que, además, ya llevan utilizando muchos años y sin duda seguirán haciéndolo a pesar de la prohibición.“No prohibas a los adolescentes las redes sociales” opina también The Economist“.

Porque, en la adolescencia sobre todo, prohibir algo que apetece suele ser un incentivo para desearlo aún más y para intentar trasgredir la norma que lo prohibe. Es muy probable que muchos jóvenes sepan mucho mejor que sus padres y sus profesores eludir las restricciones técnicas que se les pongan: con VPN, identidades falsas, espacios digitales paralelos o plataformas no reguladas. Y lo harán sin supervisión, sin la posibilidad de conversar sobre los contenidos con un adulto, fuera del marco educativo o familiar. Como quizá está ocurriendo ya, en estos momentos, por las deficiencias del propio sistema educativo y por la abdicación de padres que se ven incapaces de ponerles límites por múltiples motivos, entre otros el que no pueden dedicarles el suficiente tiempo o el que se encuentran desorientados en su propio rol o percepción de conocimiento.

Hay, además, otro aspecto preocupante respecto a las libertades. Intentar controlarlos a ellos supone controlar más a todo el mundo. Para que la prohibición digital sea efectiva habría que verificar identidades y edades de accesos a todo el mundo, lo que supondría una erosión evidente de la privacidad. Se tendría que utilizar documentación oficial o biometría, se podrían crear bases de datos sensibles, supondría trazabilidad de los usuarios y una identificación persistente. En nombre de la protección del menor se consolidaría un entorno digital menos anónimo, mas vigilado y más dependiente de intermediarios tecnológicos. Lo que no parece muy recomendable en los tiempos que corren y viendo lo que ocurre en países como China donde las fantasías de “Black Mirror” se están quedando cortas.

Vivir, aprender a vivir, siempre tendrá riesgos. Los tenía cuando no había redes y los niños jugaban en la calle o iban a colegios muy distintos a los de ahora. Pero hay que atreverse a salir a la calle (magnifico articulo de Arcadi Espada sobre este tema: ahora las pantallas son la calle). Los niños, cuando crecen, tienen que ir creando una identidad que, en la adolescencia, se convierte en una crisis del ciclo vital que inevitablemente siempre es conflictiva aunque todo vaya bien. Mucho más si parecen problemas de más gravedad. Es el momento en que los padres y el sistema educativo tienen que estar a la altura de las circunstancias, comprometiéndose con lo que supone educar, con lo que puede dar un sentido inigualable o crear un abismo de oscuridad. siempre ha sido así en cada época de la historia y en todas las clases sociales. Y en el riesgo esta el reto. Un riesgo que no debería dar lugar a que los padres abdicaran de su libertad de educación en un Estado que, en España, no es una abstracción. Tienen nombres y apellidos y sabemos de lo que decían que iban a hacer y lo que han hecho. Solo habría que recordarles aquello que decían defender: “Prohibido Prohibir cuando hay que atreverse a educar”. Pasar de ellos cuando ademas no nos están protegiendo de los abusos de las empresas tecnológicas e los que si podrían y deberían protegernos.

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