Un botanista de hule
le arrebató su madre a un niño pequeñito.
Ahora escasean las flores y los besos.
La noche que no duerme.
[¿Existirán maneras de prolongarle el latido
fuera del cuerpo a un corazón?
¿Algún pliegue que conserve su ternura?
Este invierno es demasiado frío…
Se enroscan sus penumbras en el cuello.]
Sobre las casas blancas y grandes
los tacones Vuitton hacen ruido,
las corbatas rojas le impiden la sangre al recuerdo,
y el esplendor del oro no compensa las cegueras.
En las calles, humeantes las tazas de café y esperanza:
un matrimonio de ochenta acompañando a una niña morena
de vuelta a su casa.
[Cuando el cielo susurra a través de canciones
y poemas pequeños, pregunto:
¿todavía puedes escucharlo?]
Si diez balas no aplacan tu voz, y tu rostro
levanta en murales del mundo,
extendiéndose en danzas y alas tu cuerpo, entonces
cuán gigante has sido y cuán real.
¿Cómo pueden simples florecillas derribar las murallas?
(si son muchas y son grandes)
—Esta es la respuesta, creo:—
Hay bondad en el frío de las montañas
que desvía hacia el suelo las ondas sonoras
impulsando más lejos los silbidos.
(Eso es física.)
Esto, magia:
Una flor es el corazón de la montaña.
Arráncala, y la montaña
rugirá.

La ley de los esclavos fugitivos: lección de historia
El día en que la maestra contó sobre los cuerpos
que obligaron a otros, oscuros, doblegarse,
regresar serviles a los campos,
era todo retórico.
—Los osos en estado de letargo;
un sueño invernal de madrigueras
para sobrevivir la escasez:
Esa profunda distancia que congela el sufrimiento
no es hibernación profunda.—
Un día un vecino que había cenado en casa,
en plena madrugada, bajo el gélido asfalto,
fue expulsado de la suya, sin protección o preguntas.
Era un buen vecino.
No habría hecho daño a nadie si quisiera.
[¿Habrá sido el color de su piel?]
—Marrónamarillonegro.—
Entonces se lanzaron a las calles
multitudes abrigadas contra el hielo.
[La historia no estaba muerta.]
Ahora era personal,
otra vez.
