“Lo que impresionaba era el tono, la voz del narrador. Te podía conquistar -o provocar rechazo- porque aparentaba fortaleza y parecía saberlo todo, haberlo vivido todo desde algún lugar privilegiado moralmente, lo que le permitía emitir juicios tajantemente valorativos sobre vidas y obras sin dejarse intimidar por nombres o sentimentalismos. Parecía tener la voz de un dios omnisciente que quisiera hacerte cómplice de su relato y sobre todo de su implacable juicio sobre cualquier tema que tratara: la transición, los políticos y sus partidos, los intelectuales, lo que fuera. Y así se mantuvo hasta el final.” De esta manera había decidido comenzar el obituario a Gregorio Morán que se estaba demorando, demasiados días, con nuevas relecturas de fragmentos de sus libros o artículos y con una conversación prolongada con una IA que ampliaba datos y matices hasta hacer difícil retenerlos en la memoria y destilar una voz propia. En este proceso se ha producido una concatenación del azar por el que han muerto otros dos periodistas muy distintos, pero también paradigmáticos por su papel en la transición, tanto en su posicionamiento político como en su personalidad y la manera de procesar lo que ocurrió aquellos años y lo que siguió sucediendo después: Fernando Ónega y Raúl Del Pozo.

En 1975 Gregorio Morán tenía 29 años, una vida intensa y una formación intelectual relevante que probablemente había construido a partir de una búsqueda personal muy intensa. Procedía de un familia asturiana escindida por la guerra (su padre había sido teniente de regulares y su madre procedía de una familia socialista con un hermano fusilado en 1936 y otro que nunca volvió del exilio); ya había estudiado el bachillerato en los Dominicos; ya había terminado Arte Dramático en Madrid y descubierto la militancia comunista en el Pozo del tío Raimundo, hasta llegar a ser redactor en Mundo Obrero; ya había conocido el exilio y la libertad gozosa en Paris; ya se había decepcionado de los dirigentes y del comunismo real y había construido una conciencia moral implacable con la que se preparaba para tomar decisiones importantes. Por ejemplo, salir de un PCE con el que ya no compartía su línea política y decidir dedicarse a una escritura -en periódicos o libros- que le permitirán juzgar y dejar constancia de lo que está viendo ocurrir ante sus ojos. Era consciente de que Franco murió en la cama y de que la correlación de fuerzas no era muy favorable a la izquierda, pero le pareció que ésta cedió demasiado pronto, avalando un relato oficial que tenía un precio social que no le parecía justo y que, además consideraba peligroso. Para él, no haber hecho una ruptura política, económica y cultural con el franquismo, dejar que la responsabilidad personal con el pasado no se tuviera en cuenta, fue el pecado original de todo lo que ocurrió después, gobernara quien gobernara: el autoritarismo de los dirigentes, la corrupción, el clientelismo, el poder de élites que nadie controlaba ni nadie había elegido.

Fernando Ónega también había nacido en 1947 en una pequeña aldea de Lugo en una familia humilde de padres agricultores. Tuvo dos hermanos, uno de los cuales falleció a los 14 meses. Pasó por el Seminario entre 1961 y 1962 y desde muy pequeño tuvo interés en el periodismo: colaboró, desde los 13 años en prensa local. Se graduó en la Escuela Oficial de Periodismo en 1970 pero durante su estancia en Madrid ya colaboraba con el diario Arriba al que llegó por las prácticas de la Escuela. Allí se quedó luego de redactor y comenzó a hacer información política y a firmar artículos de opinión. Poco a poco comenzó a tener peso en la linea editorial y a compatibilizar sus funciones con colaboraciones en el diario “Pueblo”. En 1974 llega a subdirector de Arriba interviniendo directamente en los editoriales a la vez que ejercía como Jefe de Prensa de la Guardia de Franco. Era, por tanto, a esas alturas, un periodista inserto en el entramado del Movimiento Nacional, lo que suponía poder conocer a muchos de sus líderes y también dominar los mecanismos por los que era posible sobrevivir y prosperar en ese sistema. Antes de 1975 nunca manifestó cautelas contra el franquismo ni defendió explícitamente un sistema democrático pluralista. Como mucho, alentó un reformismo dentro del Régimen: una apuesta por la legalidad, la monarquía y la evolución institucional sin ningún tipo de ruptura. Fue, en todo caso, un reformista desde dentro, lo que resultó ser muy compatible con el esquema de la Transición diseñada desde el poder por el Rey y Torcuato Fernandez Miranda. Había que hacer un nuevo relato de moderación, consenso y olvido. Y él demostró ser el hombre indicado. Escribió para Adolfo Suarez discursos fundamentales con frases que se convirtieron en legendarias: “Hacer normal en la ley lo que ya es normal en la calle” o “Puedo prometer y prometo” Hasta que fue nombrado Director de Prensa y portavoz de la Presidencia del Gobierno en mayo de 1977.

Raul del Pozo había nacido casi una década antes (1936) también en una familia humilde en La Torre, pedanía de Mariana (Cuenca) y resulta asombroso imaginar cómo, en aquellos años y en aquel ambiente, consiguió salir de allí para estudiar en Cuenca algunos cursos que le habilitaron como maestro rural y, sobre todo, para aficionarse a leer de manera autodidacta consiguiendo esos libros como podía. Trabajó algunos años de maestro -por ejemplo, en Uclés- hasta que decidió marcharse primero a Barcelona y luego a París, donde sobrevivió como camarero y en otros oficios precarios sin dejar de frecuentar la vida bohemia ni los ambientes culturales y políticos. Probablemente, ya entonces, había comenzado a escribir y a pensar en narrar desde dentro todo lo que estaba viviendo. Volvió a España en 1963 para escribir como redactor en “El diario de Cuenca” donde permaneció un par de años antes de dar el salto a Madrid. Se cuenta que su entrada en el “Pueblo” de Emilio Romero se produjo a tras un encuentro casual en un bar con José María García que lo animó a que escribiera algo y lo llevara al periódico. Ese primer reportaje ya reflejaba una actitud y un estilo: se metió en la cloacas de Madrid y acompañó a los trabajadores que combatían una plaga de ratas. Así comenzó una etapa de reportero para todo, que fue también una forma de vida que supo disfrutar con el temperamento extravertido y jovial que siempre tuvo: sucesos, bajos fondos, vida nocturna o historias humanas. En 1969 fue enviado a Cabo Cañaveral a cubrir el lanzamiento del Apolo 11 y al año siguiente al festival de la Isla Wight, mito fundacional de la Contracultura. A partir de ahí llegaron las corresponsalías -Londres, Lisboa, Moscú o Buenos Aires-, desde donde viajo a Chile para cubrir el tiempo de Allende. Cuando Franco murió ya estaba en España, plenamente integrado en los medios culturales y bohemios de Madrid, con amigos en todas partes y de muy distinta índole, contando para “Pueblo“, del que fue uno de los últimos en marcharse, la Transición desde dentro, a través de sus personajes y sus anécdotas pero sin abandonar nunca el olfato por la noticia exclusiva, que a veces conseguía de alguna de sus muchas fuentes.

Si se observa los tres periodistas son personajes arquetípicos de aquel tiempo en el que muchos pueden sentirse reflejados. Los tres venían de abajo y vivieron lo mismo —la muerte de Franco en la cama, la continuidad de los poderes fácticos, el miedo al retorno del pasado, el deseo de normalidad—, pero respondieron de manera distinta. Morán llega a la Transición desde fuera del sistema -exilio en Paris, militancia comunista real que abandonó antes de la legalización del PCE, distancia respecto a cualquier poder- con una formación intelectual y con un punto de vista moral muy sólidos lo que le permite una visión estructural: no mira personas -aunque también- sino clases dirigentes, pactos, renuncias, lenguajes morales. Era consciente de que tenía que haber algún tipo de acuerdo pero no a costa de renunciar a lo que consideraba la verdad histórica: quien fue quien durante el franquismo, cuándo y cómo cambió de discurso, desde qué lugar moral se habló después y cuál fue el precio real de una Transición hecha de esa manera. Todo esto lo explicitó en artículos periodísticos, pero sobre todo en una obra que, vista desde hoy, resulta imprescindible para comprender una visión crítica de aquel periodo. No solo en El precio de la Transición, sino también en sus libros sobre los principales protagonistas del proceso —Adolfo Suárez (Adolfo Suárez, ambición y destino), Felipe González (El jugador de billar)— y sobre el mundo cultural de la época (El cura y los mandarines), sin olvidar su ajuste de cuentas con los dirigentes del Partido Comunista en la larga posguerra (Miseria, grandeza y agonía del PCE). Morán juzgó a todos: a quienes participaron en el franquismo y a quienes lo combatieron para luego, tras el 23‑F, asumir sin demasiadas explicaciones el discurso ortodoxo de la Transición y asegurarse un lugar en el nuevo panorama cultural, borrando o edulcorando su pasado. Con esa misma perspectiva crítica abordó después la política catalana y el Procés, el fenómeno de Podemos —que intentó reclutarlo para su causa— o los años de Pedro Sánchez en el poder. Esa fortaleza moral fue también su límite: la dificultad para aceptar que, en determinados momentos históricos, el miedo, el cálculo o incluso la mediocridad formaron parte constitutiva de las decisiones colectivas, y no solo de las traiciones individuales. Y pagó un precio por ello: el progresivo aislamiento, la incomodidad permanente en el espacio cultural dominante y la conversión en una voz tan respetada como marginal, más citada que leída, más tolerada que discutida de verdad.
Fernando Ónega, que conocía el franquismo por dentro y era plenamente consciente de que el sistema tenía que cambiar —y de los enormes riesgos que ese cambio entrañaba—, se concentró en una posición esencialmente técnica y política: cómo hacer posible la transformación sin que todo se derrumbara. Para él, el problema central no era tanto la continuidad de los poderes fácticos —que daba por prácticamente inevitable— como evitar el colapso: el golpe militar, la involución autoritaria, el desorden social o el aislamiento internacional. Su postura fue, por tanto, pragmática. No se preguntó tanto qué se dejó de hacer como qué se consiguió hacer a tiempo. El consenso no era para él un valor moral, sino un instrumento; el silencio sobre el pasado, no era una traición, sino una técnica de enfriamiento; y el lenguaje deliberadamente impreciso —“reforma”, “reconciliación”, “normalización”—, parte esencial de la estrategia. Ónega no solo defendió la moderación: terminó encarnándola casi físicamente. Su voz, su manera de hablar, su estilo discursivo —templado, explicativo, sin estridencias— lo convirtieron en un auténtico pedagogo del cambio. No buscaba movilizar, sino tranquilizar; no polarizar, sino traducir. En una sociedad expectante y temerosa, esa función fue decisiva. A diferencia de Morán, Ónega no sintió la necesidad de ajustar cuentas con el pasado, porque su función histórica había sido precisamente evitar las cuentas pendientes. En su relato, el pasado aparece a menudo como un terreno que conviene no remover, no tanto por prudencia histórica como por fidelidad al éxito alcanzado. Con el paso del tiempo, esa posición se tradujo en una presencia central y transversal en el espacio mediático, a través de su trabajo en las principales emisoras de radio y cadenas de televisión: director de Informativos de la Cadena SER y de la COPE, director general de Onda Cero y presentador de informativos en TVE y Antena 3. Es ahí, fundamentalmente, donde reside su aportación: no tanto en una obra escrita de largo aliento como en una presencia continuada, pedagógica y estabilizadora en el espacio público. Sus libros —Puedo prometer y prometo, Juan Carlos I, el hombre que pudo reinar o Qué nos ha pasado, España— prolongan ese mismo gesto: más explicativos que críticos, más justificativos que problematizadores, eficaces para fijar un relato, pero poco comparables en densidad analítica con la obra de Morán. Cuando aborda las figuras de Adolfo Suárez o del Rey, el tono tiende a la hagiografía más que a la interrogación histórica. No es una debilidad accidental, sino coherente con su función: Ónega no escribió para desestabilizar el relato de la Transición, sino para consolidarlo.
Es fácil imaginar a Raúl del Pozo en la redacción de Primera plana, la magnífica película de Billy Wilder: no tanto como el director encarnado por Walter Matthau —que quizá también—, sino como uno de esos reporteros que beben whisky y montan una timba mientras esperan una ejecución. Tras salir de Pueblo, es consciente de que sabe escribir a la manera de Ruano o de Umbral, pero, a diferencia de ellos, necesita además husmear el ambiente, captar el clima moral, encontrar la noticia que no está donde todos miran. Escribe durante un tiempo en Mundo Obrero bajo el seudónimo de Raúl Júcar, con carné y militancia, pero sin voluntad doctrinaria: quizá solo porque era lo que le tocaba por generación y origen. Más tarde lo hará en Interviú, donde ajusta el tono, lo vuelve más corrosivo, más libre, más narrativo. No vive los avatares de la Transición como una traición a principios insoslayables, pero tampoco mitifica el discurso ortodoxo: la observa como una sucesión de compromisos humanos, algunos nobles, otros miserables. Como muchos procedentes de la izquierda, simpatiza inicialmente con la victoria del PSOE en 1982, pero a medida que avanzan los años y afloran la corrupción y, sobre todo, el caso GAL, se convierte desde El Mundo en una de las plumas más críticas con el felipismo, integrándose en aquel grupo de periodistas que el poder bautizó de forma descalificadora como “el Sindicato del Crimen”. En 2007 hereda la columna de Umbral en la última página, El ruido de la calle, un título que define bien su proyecto: narrar las costuras del poder a través de retratos, intuiciones, conversaciones y escenas nocturnas. Siempre siguió siendo un bohemio, con cierta épica del exceso, y esa forma de vivir —no impostada, sino constitutiva— fascinó a varias generaciones de columnistas con los que mantuvo una relación casi entrañable, hecha de confidencias y anécdotas, que le permitió sentirse vivo y activo hasta casi el borde de la muerte. Ese afecto se percibe incluso en sus obituarios, donde sus colegas tratan de despedirlo imitando su estilo y mitificando, quizá un poco, su modo de vida, como si en él se reconociera una tradición —Talese, Wolfe, Capote, Thompson— en la que vida y periodismo mantienen una conexión esencial.
Podemos preguntarnos hoy cómo sería este país, este tiempo político, si la Transición se hubiera hecho de otra manera. Pero la pregunta inmediatamente se bifurca: ¿de qué manera, exactamente? Tampoco Gregorio Morán supo responderla. Su mirada fue implacable a la hora de juzgar lo que iba ocurriendo, pero nunca llegó a articular una alternativa política viable atendiendo a la correlación real de fuerzas y a los actores concretos que existían en aquel momento. Y, sin embargo, es difícil no pensar que algunos de los problemas de la crisis política actual están ligados a decisiones tomadas entonces: desde el funcionamiento interno de los partidos al diseño del Estado de las autonomías, desde las listas cerradas al peso excesivo del poder ejecutivo. Revisar cómo hemos cambiado —en lo personal y en lo institucional— a través de los textos de estos tres periodistas, y de otros historiadores que han abordado seriamente aquel periodo con fuentes contrastadas, puede ser una tarea profundamente enriquecedora. Porque, aunque algunos vivimos aquellos años, no basta con la llamada “memoria histórica”, tan a menudo sesgada y traicionera, enemiga de la complejidad real de la vida. Y porque, además, es una responsabilidad no transmitir nuestros prejuicios a las generaciones más jóvenes. El conocimiento racional, la cultura y el ejercicio crítico de la inteligencia siguen siendo imprescindibles para sostener una convivencia ordenada en una sociedad abierta.