La eutanasia suele plantearse como una cuestión de autonomía: si una persona quiere morir, hay que respetarlo.
Como médico, no lo veo tan simple.
No cuestiono el sufrimiento, ni la decisión de quien la toma, ni a quienes la acompañan. Pero hay algo que no termino de cerrar. Y no es sólo por un caso concreto.
Yo me pregunto (y lo planteo sólo como reflexión personal, abierta y discutible): si una persona con una alteración mental grave quiere hacer daño a otro, no lo permitimos. No sólo para proteger a la víctima, sino porque entendemos que quien actúa puede no ser plenamente responsable. Por eso no le castigamos sin más: le tratamos.
No son situaciones equivalentes, pero la pregunta me parece pertinente:
¿por qué, cuando esa misma posible alteración afecta a su propia vida, damos por válida sin más su decisión de morir?
¿En qué momento dejamos de cuestionar la fiabilidad de su juicio?

¿Y con qué seguridad podemos distinguir entre una decisión autónoma y una que está condicionada por el propio sufrimiento o por una alteración mental?
A veces, además, ni siquiera está claro qué parte del sufrimiento pesa más: la enfermedad, la discapacidad, el estado anímico o su combinación. Y esa incertidumbre no es menor.
Esa es, para mí, la cuestión de fondo: no si alguien quiere morir, sino si está en condiciones fiables de decidirlo.
Porque si no podemos distinguir con suficiente certeza entre una decisión y un síntoma, ¿no corremos el riesgo de ayudar a morir a alguien que, en otras circunstancias, habríamos intentado tratar?
No tengo una respuesta cerrada.
Pero sí una duda que no consigo resolver: si me equivoco frenando, aún puedo rectificar; si me equivoco ayudando a morir, ya no.