“Es muy difícil conseguir que un hombre entienda algo cuando su sueldo depende de no entenderlo”.
Upton Sinclair
“La realidad es aquello que, cuando dejas de creer en ello, no desaparece”.
Philip K. Dick
Imaginemos que un empresario tiene un trabajador negro que es un mal trabajador. No llega a la hora al trabajo, se marcha antes de acabar la jornada y hace mal su trabajo, no es competente y no atiende bien a la gente, por ejemplo. Entonces va el empresario y lo despide. ¿Se trata de un despido por racismo, es racista el empresario? No, el empresario no ha despedido a esa persona porque sea negra, la ha despedido por vaga, incompetente e ineficaz y porque le va a arruinar su negocio. Las razones por las que se ha producido el despido no tienen nada que ver con la identidad de esa persona sino con su conducta.
En este artículo defenderé que tanto la derecha como la izquierda están confundiendo identidad y conducta enturbiando el ambiente político y perpetuando divisiones innecesarias. Por parte de la izquierda vemos acusaciones infundadas de racismo y xenofobia que no son tales y, por parte de la derecha, vemos generalizaciones injustificadas contra grupos enteros. Ignorar esta distinción entre identidad y conducta hace un flaco favor a nuestra democracia, enturbiando la convivencia y dificultando la resolución de los problemas reales.
El problema
Estamos viendo todos los días problemas en los alrededores de muchos centros de acogida de menas y en ciertos barrios en relación a problemas de convivencia por una delincuencia cotidiana. Los vecinos denuncian robos, intimidaciones, agresiones y se han producido incluso algunas violaciones. Y en estos casos concretos de una violación realizado por alguien de una etnia magrebí por ejemplo, observamos una inconsistencia notable que revela cómo la ideología puede nublar la empatía por las víctimas por parte de líderes progresistas que suelen condenar enérgicamente la violencia de género. Muchas de esas figuras de la izquierda no condenan públicamente esas violaciones ni expresan la solidaridad con la víctima, a diferencia de lo que ocurre cuando el agresor es de nacionalidad española.

No toleramos la conducta disruptiva
Hay una cosa que he aprendido a lo largo de los años en que he ejercido mi carrera profesional como psiquiatra: que la gente, las personas, todos nosotros, no toleramos la conducta alterada, disruptiva, delictiva y violenta. Recuerdo haber leído encuestas -y visto entrevistas- en la población general acerca de los enfermos mentales y todas las declaraciones eran muy positivas y empáticas con ellos: que no hay que estigmatizar a los pacientes mentales, que son personas como nosotros, que no hay que ingresarles en contra de su voluntad, etc. Pero luego venía la realidad: cuando un paciente mental tenía una conducta agresiva, agitada, o gravemente alterada que les afectara directamente a ellos o a sus familiares, entonces el discurso era muy diferente: “¿cómo es que esa persona está suelta y no está en una institución?, ¿por qué no se ha hecho nada?”…La conducta alterada produce un gran miedo y una grave alarma social y la gente quiere que esa conducta sea controlada y desactivada. De hecho, aunque no nos guste admitirlo, los psiquiatras tenemos una función de control social de esas conductas y se nos piden responsabilidades por ello.

La confusión en la izquierda: Etiquetas que silencian
Volviendo a los problemas alrededor de los centros de menas y otros actos delictivos cometidos por personas inmigrantes, ¿cuáles son las quejas de los vecinos? Las quejas de los vecinos se centran en conductas verificables (robos, agresiones, etc.), no en la identidad de los sujetos. Los vecinos hablan de robos en comercios, peleas e inseguridad y miedo a salir por la noche. ¿Y cuál es la respuesta por parte de políticos y periodistas del lado progresista? Pues que se trata de xenofobia, racismo y de discursos de odio. Todo son inventos de la “extrema derecha”. Estas etiquetas no solo son injustas, sino que agravan el problema al deslegitimar preocupaciones reales y alimentar la polarización. Alertar de los peligros de la extrema derecha es una estrategia partidista y electoral que viene bien a la izquierda, pero poner los intereses partidistas por encima de los intereses generales de los ciudadanos es una conducta antidemocrática. Condenar robos o agresiones no es racismo, es sentido común. Y quienes etiquetan a los vecinos como xenófobos deben empezar a escuchar los hechos en lugar de refugiarse en narrativas ideológicas.
En la ciudad donde vivo hay un centro de menas y los delitos y la inseguridad han aumentado. En una ocasión una persona que tenía una orden de expulsión desde hacía meses se puso a besar a una niña de 4 años. Era una persona de origen magrebí pero la respuesta de los vecinos, y la indignación moral, habría sido igual si hubiera sido español, inglés o sueco. Es la conducta.
La seguridad es muy importante para las personas y creo que los políticos harían muy bien en escuchar a los ciudadanos. Como dice Phillip K. Dick en la cita de cabecera, la realidad es terca. Si hay una necesidad y no es atendida es muy probable que alguien venga a llenar el vacío. Si los partidos tradicionales o las instituciones no atienden las necesidades de los ciudadanos es casi seguro que aparecerán populistas que lo hagan. Ignorar la realidad es una receta para el desastre.

La confusión en la derecha: Generalizaciones que dividen
Pero esta confusión entre identidad y conducta no ocurre sólo en la izquierda y, por supuesto, no estoy diciendo que no existan el racismo y la xenofobia. El racismo y la xenofobia son reales y deben condenarse. En la derecha se confunde también identidad y conducta cuando las conductas se asocian a una identidad y se juzga a todas las personas de esa identidad por lo que solamente hacen algunos. Y entonces la condena es para todos los marroquíes, o todos los magrebíes, cuando son una minoría entre ellos los que cometen actos delictivos. Se usan incidentes aislados para demonizar a toda la comunidad marroquí o magrebí Así como la izquierda etiqueta injustamente, la derecha comete el error opuesto al culpar a la ‘identidad inmigrante’ en bloque. Este error de no distinguir identidad y conducta es perjudicial para toda la sociedad en su conjunto.
Si culpamos a una identidad, y no a un comportamiento o unas acciones, entonces sí se trata de racismo. Si consideramos que una identidad es mejor que otra moralmente o que una identidad es más delincuente que otra sí estamos cayendo en el racismo, en considerar que una etnia o grupo es superior o inferior a otro.

Hacia soluciones basadas en la conducta
Calificar a ciudadanos de racistas y xenófobos por denunciar inseguridad, además de injusto, es un error lógico que puede salir muy caro. Al etiquetar las quejas como racismo, se cierra la posibilidad de diálogo. Es un salto lógico injustificado que silencia preocupaciones legítimas. Los vecinos se sienten ignorados, lo que alimenta el resentimiento y da alas a discursos más extremos. Estas etiquetas no resuelven nada; lo agravan.
Pero si entendemos que el problema es la conducta se nos abre una vía importante de acción: aplicar la ley- que no entiende de identidades sino de actos-, atender a los problemas concretos y aumentar la seguridad. Tanto la izquierda, que a veces prioriza narrativas de ‘tolerancia’ sobre la justicia, como la derecha, que exige ‘expulsiones masivas’ sin matices, fallan en enfocarse en la conducta individual. Si se cometen robos o agresiones repetidas, eso tiene que tener un castigo; si alguien tiene una orden de expulsión por delitos repetidos, hay que ejecutarla, etc. Si la gente percibe que no se aplica la ley por igual a todos nos estaremos metiendo en un buen lío. Podemos aumentar la percepción de seguridad de las personas y mejorar la convivencia. Si tanto progresistas como conservadores priorizasen la conducta sobre la identidad, abriríamos un diálogo real (y no un diálogo de sordos) que fortalezca nuestra democracia, en lugar de dividirla.