Trilemas

"Las Tres Gracias" Rafael, 1504

Paseaban un día tres griegos bajo los soportales de la plaza mayor de Salamanca. Pese a ser junio, era un día lluvioso, ventoso y umbroso, mas a ellos, bajos los peripatéticos soportales y rodeados de tanta belleza, no parecía importarles, hartos como estaban de padecer los calores de sus tierras. Eran tres profesores invitados por un tal Unamuno, catedrático de griego, a impartir tres cursos de verano y un simposio final a tres voces. 

Uno era un profesor emérito ateniense, muy famoso, sociable y dicharachero, que respondía poco, pero preguntaba mucho, y nunca desatinaba. Otro era del sur, de una ciudad famosa por la biblioteca de su reina, que hablaba un griego como gaditano, pero ellos le entendían, pese a ser matemático. El tercero, era de origen humilde, pero como buen levantino, se había abierto camino en el negocio de la docencia privada y acabó, ayudado por su novia, abriendo un consultorio de filosofoterapia en una bella ciudad costera del mar Jónico. 

Sócrates era el más viejo y famoso de los tres, reputado de sabio pese a que no había escrito ni una línea. Sin embargo, Euclides el matemático y Epicteto el psicólogo, que habían investigado y escrito mucho, eran más respetados que famosos.

El matemático decía que si tienes un punto solo puedes girar como una peonza, si tienes dos puedes trazar una línea para ir recto de un sitio a otro, y si tienes tres puedes dibujar un triángulo, asentar un trípode o sentarte sobre un taburete para descansar seguro: “tres patas, nunca cojean” — aseguraba. 

Sócrates, el viejo importuno de fino oído, se quejaba de que cuanto más aprendía, menos sabía, por lo que recomendaba indagar dentro de uno mismo para ser más sabio. 

El más joven, pragmático, aseguraba que todo dependía del punto de vista de cada cual, poniendo como ejemplo que un triste día como aquel, a ellos les pareciera un buen día. ¡Todo depende! Sin saberlo, acababa de inventar la psicoterapia cognitiva.

“Los tres músicos”, Diego Velazquez, 1617-1618

Unamuno, sabio severo de costumbres ascéticas, acabó bastante harto de los tres, pues a ninguno le faltaba apetito ni arredraba la noche salmantina, y el generoso plato de jamón ibérico de Guijuelo, más el excelso Rivera de Duero del maestro Moro, don Emilio, combinación que elogiaron los tres, no era precisamente barata. 

El simposio final lo impartió el trío en fructífero equilibrio. Versó sobre los lemas y dilemas filosóficos en la ciencia y en la vida. Si podían servir para mejorar a las personas, aliviar sus congojas y penas y encontrar la felicidad. De eso debatieron.  

Al acabar, Unamuno hizo un resumen muy unamuniano, que, pese a su severidad castellana, fue muy aplaudido por el alumnado, ansioso de aprender y presumir del diploma firmado por el trío.

Esa tarde, tras una suculenta comida, los cuatro sabios alargaron la sobremesa con café portugués, orujo gallego y veguero cubano, trío que, a medida que se consumía iba incendiando la tertulia. Unamuno, condescendiente, pegaba cabezadas ávidas de siesta.

Sócrates aseguró que no se fiaba de las personas que esgrimían un lema como norma de vida, el amor, la libertad, la patria… pues, aseguraba, acaban siendo opresores, cuando no fanáticos, si no logran conducirse con comedimiento y “sofrosine”.  

Euclides expuso que los dilemas matemáticos o geométricos son difíciles de resolver, y que, si no encontraban un tercer punto de apoyo, todas las teorías, por muy trenzadas que parecieran, podían acabar por los suelos. 

Epicteto, el psicólogo espabilado, propuso una palabra conciliadora, “trilema”, tres lemas, las tres patas del taburete, o del trípode, “con tres apoyos, todo seguro” —aseguró—, no en vano había desarrollado un método de psicología didáctica, que denominaba psicagogia, en su consultorio con vistas al mediterráneo.

Unamuno, pensando más en la cuenta que en la discusión, anotó esa palabra en una servilleta, pero ansioso de retirarse a echar su acostumbrada siesta, la perdió y nada quedó en su cartera; dinero tampoco. 

“La sacerdotisa de Delfos”, de John Collier, 1891

Mas algún tiempo después, uno de los alumnos que habían asistido al curso de verano, escribió una tesina preparatoria del doctorado titulado “Lemas, dilemas, trilemas”, pues algún poso había quedado en su caletre que se reavivó tras las calenturas veraniegas.

Trilemas, tres lemas, tres deseos, tres logros, tres patas para un banco, tres apoyos para sentirse seguros, un trípode perfecto para la vida. El truco de la felicidad: “Salud, dinero y amor”. El emblema de la Revolución francesa: “Libertad, igualdad, fraternidad”. El de la Academia: “Limpia, fija y da esplendor”. O el españolísimo “Café, copa y puro”, que parecían preferir los tres invitados. 

Con Unamuno, ausente por desacuerdos con ciertos brutos duros de mollera, no pudo discutirlo con el doctorando. Una pena, el trilema merecía su docta indagación.

Cuando pasaron los años, aquel alumno acabó siendo aficionado a la cultura helenística, admirador de Homero y de los siete sabios de Grecia, algo menos de los geómetras y matemáticos, ¡ya se veía que lo suyo iba de letras! 

Pero como era inquieto por naturaleza, de su parte añadió la curiosidad como método, la ilusión como energía y el interéspor todo como inversión, triada que le había enseñado su abuelo, médico de pueblo y discípulo de un tal Ramón y Cajal. 

Ese triángulo le llevó a descubrir, que, si sumaba las letras griegas con las ciencias médicas salía psiquiatría, profesión que eligió, y la que dedicó el resto de su vida, para ayudar a personas con problemas para equilibrar sus mentes y sus vidas.

Con los años de ejercicio acabó desarrollando su propia teoría: si a cada problema de la vida pudiésemos aplicarle un trilema que lo equilibrara con seguridad, que lo resolviera como se despeja una ecuación matemática; si a las personas que tienen problemas de equilibrio mental pudiéramos facilitarles un trípode o un taburete para sustentarse, un triciclo para ir veloces y seguros, qué bien les vendrían. 

Los trilemas vendrían a ser fórmulas para que las personas en situaciones de inestabilidad, inseguridad, impericia se enfrentaran a ellas con más seguridad, más control, menos ansiedad. Una vez aprendidos sería como montar en un triciclo, que además de ser fácil de aprender, es bueno para la salud, la diversión y la civilización.

“Alegoría de la prudencia”, Tiziano, 1565-1570

Enseguida se puso a buscar los trilemas que los seres humanos han ideado para buscar esas seguridades, apoyos, soluciones… para los avatares de sus inestables vidas. Pronto coleccionó una retahíla, un relicario, del que iba sacando para regalar a sus pacientes de forma generosa, pero sin una metodología práctica. Una simple hoja donde lo escribía y entregaba. A cada cual el suyo de acuerdo con su problema. Incluso ideó un esbozo de psicoterapia basada en los trilemas que desarrollaba con los pacientes a modo de entrenamiento terapéutico, que una vez aprendido cada persona podría aplicarse a sí misma.

Lo más difícil fue idear y elegir los trilemas más apropiados para cada función, pues su eficacia dependía de su especificidad. Nada más difícil en las ciencias mentales. Vino en su ayuda un dúo formado por Ana y Maite, peripatéticas compulsivas, que le fueron recordando sesudos trilemas clásicos y otros usados públicamente; él, simplemente, iba anotando. El método era el clásico ateniense. Mientras iban paseando por las calles ateridas de Burgos, una recordaba uno, otra le correspondía con otro, o con varios… competían en ingenio y memoria las dos helenas: Salud, dinero y amor. Nutrición, relación reproducción. La santísima Trinidad. Bio-psico-social. Las tres edades de la esfinge de Tebas. Ver, oír y callar. Tres tristes tigres. Los tres mosqueteros. Los tres cerditos. Ecología, economía, energía. Fe, esperanza y caridad. Bueno bonito y barato. Bueno, bonito y veloz, el trilema de Amazon. 

Hay docenas en religión, filosofía, ciencias, computación, arte. El modelo triunista del cerebro de McLean. Una canción de Los Panchos: “Alma, corazón y vida / Alma para conquistarte, / Corazón para quererte / Y vida para vivirla junto a ti”. Un poema de Miguel Hernández: Llegó con tres heridas: / la del amor, / la de la muerte, / la de la vida.

Pero la tarea del compilador consistía en aportar trilemas útiles en salud mental, para mejorarla cuando está mal, para protegerla cuando está bien… ¿Para curar sus dolencias? Quizá excesiva meta, alocada aspiración. Acaso baste con entretenerla.

Trilemas específicos y prácticos, un vademécum de TRILEMAS, con sus indicaciones y normas de uso. Ese era el reto. Ya había plantado más de un árbol, tenido más de un hijo, le faltaba escribir este libro. 

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