Li Qingzhao, poesía desde la delicadeza

Li Qingzhao

Una anciana de pelo canoso deambula entre el gentío. En el ambiente, se respira un nerviosismo anómalo. Los gritos de vendedores y compradores poseen una intensidad extraordinaria. Los carros y los animales de carga son alquilados con avidez. Muchachos cargados de pertrechos, mujeres de distintas edades buscando nerviosas un lugar en las caravanas. La anciana pide auxilio: está enferma, apenas carga consigo unas monedas de plata. La ignoran. De repente, un muchacho que huye choca con ella y derrama por el suelo las últimas monedas. Ambos caen. Y sobre un charco viscoso, la mujer puede ver su rostro, arañado por el sufrimiento, arrugado por las penas de la guerra, desvanecido por el hambre y el cansancio.

La anciana del relato existió. Li Qingzhao fue una de tantas poetas y artistas chinas que admiraron desde su juventud la sensibilidad del paisaje, el natural y el humano. Hija de erudito, le tocó vivir una época de esplendor en decadencia, el final de la dinastía Song. La de China es la de la respiración de la Historia: épocas de unificación que abren paso a etapas de invasiones, guerra civil, división y caos, ambas caras de la moneda repitiéndose, aparentemente, en un ciclo sin fin. La inauguración de los Song, dinastía que se mantuvo en el poder más de trescientos años, trajo consigo una etapa de amplia libertad de desarrollo del taoísmo y del confucianismo filosóficos, que se interrelacionaron con las corrientes budistas que comenzaron a asentarse en el territorio. Fue la época del esplendor científico y del perfeccionamiento de la doxografía, la historiografía y la investigación erudita. Las artes, y muy en concreto la pintura y la poesía, florecieron al amparo del resurgir y la revisión del legado taoísta y confuciano, y del híbrido del taoísmo con el budismo del Camino Medio, el chanismo (o budismo zen). El arte chino reivindicó el silencio del sujeto, el vacío como vacuidad. Es decir, dejar que la naturaleza entendida como el orden cósmico se manifestase en el Tao innominal, aquel que no puede ser nombrado ni imaginado. En una sociedad, además, profundamente agrícola, donde las ciudades de los principados parecían islas en medio de un océano de montañas, desiertos, bosques e infinitas explanadas de campos de cultivo, la predominancia del paisaje y de los fenómenos naturales se vio reforzada. 

“Escuela china” atribuida al emperador Hui-Tsung

En este contexto comenzó a escribir sus primeros versos Li Qingzhao en el siglo XII, y ahora, cerca de ochocientos años después, la editorial Torremozas, con su sensibilidad característica, celebra su obra poética con la recopilación La flor del ciruelo. Uno de los gestos que más alabo en el trabajo que ha realizado la editorial española tiene que ver con la elección de una selección bilingüe en chino y en castellano, y que, además, se divide en las distintas edades de la poeta. Me parece una decisión brillante, porque la obra poética de la autora está, en este caso, estrechamente vinculada con su biografía. Y, a través de ella, les voy a mostrar las bondades de este libro que deben leer, al menos, una vez en su vida.

Li Qingzhao inició su escritura en su adolescencia. Era una mujer de sobrada inteligencia, educada en el máximo grado de independencia que en la Edad Media china podía recibir una mujer, que no era demasiada. Aprendió pronto y en abundancia de la mano de su padre, y destacó en las reuniones sociales por sus composiciones. La poeta fue una muchacha feliz, de familia acomodada, y así miraba al mundo, desde los ojos de una inocencia que se iba desvaneciendo con idéntica lentitud a quien retira un velo de seda. A los dieciocho años fue casada con un funcionario de la dinastía Song a quien amó y de quien recibió amor. Ambos escribían poesía; una parte de ella se la dedicaban mutuamente en la multitud de ocasiones en que el marido de Li Qingzhao tenía que viajar. Un buen ejemplo son estos versos: «En el crepúsculo/ ráfagas de viento y lluvia/ luz ardiente que se deshace/ y se apaga/ ya he dejado de tocar la flauta de bambú/ (…) entonces, sonriendo,/ susurro a mi amado dulcemente:/ “esta noche/ tras el dosel de muselina/ sentiremos el frescor de nuestro lecho”». 

Pintura de Gong Bi. Dinastia Song

La delicadeza es una de los aspectos que considero dignos a destacar de la poesía de Li Qingzhao. Probablemente, al lector acostumbrado a la poesía le parezca extraño que destaque, precisamente, un atributo repetido demasiadas veces como propio del arte lírico. Sin embargo, la poesía en China no es precisamente delicada, sino áspera. Presenta el paisaje natural con pocas concesiones, relegando la condición humana al espectador que se vacía en su juicio para no alterar la percepción del mismo ni su naturalidad. Li Qingzhao recupera una mirada central para el ser humano que no apocopa la natural. Hibrida los detalles de los ciclos del Cielo y de la Tierra, que nutren al ser humano, con el comportamiento y las percepciones de la persona. También con sus sentimientos, ilusiones y deseos alejándose de todo rasgo de cursilería.

Poco a poco, según los años fueron avanzando y el continuo deber de su marido lejos del hogar fue edificando una potente melancolía en la mente de la poeta, Li Qingzhao comenzó a centrarse en la musicalidad de la tradición popular, en las escenas humanas que se desvanecen como la luz diurna cuando llega el ocaso. El estilo de la autora evoluciona todavía más, pule su mirada, pero ya no es tan alegre ni dinámica. Estos versos, pertenecientes al poema Llevando incienso, confirman mis palabras: «En lo profundo de la hierba/ cantan los grillos/ sorprendiéndose/ las hojas de las esterculias caen/ tanto en el cielo como en la tierra: una inmensa melancolía/ nube sobre peldaño/ luna sobre la tierra/ todas las puertas cerradas/ incluso en esas barcas de ensueño/ que vienen y van/ nunca podríamos reencontrarnos/ el puente de estrellas/ urdido por las picazas/ solo se ve una vez al año/ pienso en el dolo inextinguible del adiós/ el Boyero y la Hilandera/ ¿no están lejos el uno del otro?/ entonces, ¿por qué el cielo se aclara?/ ¿por qué de súbito llueve?/ ¿por qué este golpe de viento?». 

Un detalle de la pintura de Dai Honghai dinastía Song

La poesía de su época de madurez refleja un tono profundamente personalista, pero también el desarrollo de una riqueza de detalles (del mundo humano, de los procesos naturales) que se describen con suma elegancia. Además, la reflexión de la autora incorpora algunos de los relatos más generosos del corpus mítico chino que posicionan al autor como un espectador de la propia poeta. La mujer escribe para sí y para el hombre y la mujer que observen su pesar a través de las ranuras de los cambios de línea en el poema. Se la puede descubrir abnegada recibiendo visitas, sonriendo por respeto, recorriendo el jardín en soledad, mirando la Vía Láctea y la poderosa estrella Deneb, cómplice de los amantes, sosteniendo el puente que permite cruzar el río celeste sólo durante una noche. Y se pregunta intrínsecamente: ¿podría yo cruzar ese puente una noche y estar junto con mi amor? ¿Estará acaso bien? ¿Disfrutará del calor de otras mujeres en mi ausencia, en el pesar de los viajes, de la enfermedad, en la influencia de los descarriados cortesanos y en tierras lejanas? Recuerdo al lector que los finísimos versos de Li Qingzhao fueron escritos en el siglo XII de nuestra era, cuando en Europa la poesía aún no había alcanzado un grado de refinamiento semejante. 

¿Pueden las cosas empeorar, si hay margen? Pueden. El marido amantísimo de la autora falleció joven, con menos de cincuenta años. El país sufría una invasión extranjera y los conflictos intestinos amenazaban con derrumbar definitivamente el orden Song. Qingzhao fue convidada insistentemente a contraer un segundo matrimonio cuando ya era una mujer adulta, ajada y sufrida por la pérdida de su gran amor. Con cincuenta años recibe, en un lecho gélido, a su segundo marido, de un carácter muy distinto que su primer cónyuge. Desde el principio sufrió maltrato, desprecio y exigencia. Pero Qingzhao no fue educada para ser sumisa. A las pocas semanas, abandonó el hogar y pidió el divorcio. Desde entonces, mantuvo honesto su compromiso con su difunto marido y se consagró a la poesía. 

Pintura de Wang Yingchun dinastia Song

De este tercer periodo ­­–y tercera parte del libro– nombro un poema paralelo, quizá compuesto con esta misma intención comparativa, y titulado también Llevando incienso: «Bajo el cielo de otoño/ gira el sentimiento/ entristeciéndose/ veo la flor de oro/ pronto será nueve de septiembre/ me he puesto un vestido nuevo y apropiado/ y acabo de beber un vino delicioso/ de vez en cuando golpea el viento/ la lluvia cae/ el frío azota/ ya es crepúsculo en mi jardín/ ¡y yo en mi desconsuelo y en mi pena!/ tras la borrachera/ me despierto:/ el pasado me revuelve las entrañas/ ¡cómo atravesar esta eterna noche!/ la luna ilumina el vacío de mi cama/ oigo a lo lejos/ las piedras que baten la ropa/ el canto menudo de los grillos/ y la clepsidra/ sonando largamente». 

En esta época previa a la senectud, su poesía ha ganado en personalismo y la naturaleza ha convertido su presencia en un gesto abstracto que apoya los sentimientos de la autora. A Qingzhao le pesa la vida, que considera de elevada cuenta. Las dificultades doblegan su ánimo y su cuerpo. Ha perdido el amor de su vida, su estatus, el cariño de los últimos familiares vivos. Ha repudiado a su segundo esposo, y ese tabú la convierte en poco menos que una proscrita ante la estrecha mentalidad de la sociedad de su época. Así que abre sus palabras y se expresa con claridad. Cuenta su pena y su vida, desparramada, porque ya duda si algo bueno le espera en el futuro. Su poesía gira ya alrededor de sus propios pesares y de la condición humana misma.

Los últimos años de Li Qingzhao fueron de pobreza y desamparo. Recorrió diversas regiones con apenas dinero, pidiendo auxilio, intentando ser útil para los demás. Pero este proceso final no le fue fácil en regiones lejanas, en el sur, subdesarrollado, tradicional y muy diferente del norte del país, que sufría la invasión y la guerra. Uno de los poemas de este periodo, titulado Tonos lentos (evocando la musicalidad, el final de la vida) refleja muy bien el final de su poesía, completamente contemporánea, tanto que bien podría pasar por actual: «busco/ busco y busco/ pero sólo frío y soledad/ solo frío/ tristeza y aflicción/ incluso un sol templado, repentino/ harían más difícil mi consuelo/ tres o cuatro copas de este vino/ ¿qué pueden contra una larga noche,/ contra el furioso viento que se acerca?/ ahora que pasan los gansos salvajes / me duele más el corazón/ y es que somos, ellos y yo,/ viejos conocidos de antaño/ sobre la tierra se amontonan/ los crisantemos tristes/ ya marchitos y ajados». 

La peculiaridad de la obra de Li Qingzhao tiene que ver con su alejamiento del canon tradicional chino y no tanto por sus influencias. Numerosos estudiosos la adscriben en las corrientes Shi y Ci, haciendo mención esta última a la poesía que recupera y reescribe el haber popular, pero yo considero que Qingzhao escribió desde su juventud más allá de los límites de cualquier influencia. Su poesía evolucionó en una modernidad en la que abarcó tantas formas de experimentación como poetas en Occidente han probado a escribir sus versos. No sucede tan sólo que la temática de su poesía, al reflejar profundamente el alma humana, sea universal y atemporal, sino que en ella se encuentra la Poesía en sí misma. Qingzhao es la avidpoeta definitiva, musa y diosa simbólica. Sus versos, en concreto los de su madurez y vejez, son de una contemporaneidad sublime. Y su mirada, donde el sujeto se llena, porque necesita expresar, porque siente que ya se ha vaciado bastante durante su larga juventud, implica un punto y coma en una tradición que sugiere y no dice, donde se mide cada palabra, donde el autor tiende a esconder su voz. Li Qingzhao habla y respeta, combina naturaleza y humanidad sin que ninguna de las dos se perciba enajenada. Construye, en definitiva, una voz poética sólida, inspiradora y preciosa, digna de leer una y un millón de veces, rica en folclore y en detalles sutiles. Qingzhao es una poeta universal. Y aplaudo profundamente a Torremozas por recuperarla, darle vida en castellano y editar esta belleza de libro, traducido del chino por la sinóloga Pilar González, quien también ha realizado la edición de esta antología. Lean esta maravilla, sumérjanse en los versos de una poeta que, viviendo una vida, habito la soledad y el verdadero amor romántico, la quietud y la pasión. No se pierdan esta antología infinita en sus posibilidades.

Para seguir disfrutando de David Lorenzo Cardiel
Algunos libros fabulosos para 2018 –y para 2019, y para 2080-
Soy de los que creen que las listas de libros merecen ser...
Leer más
Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.