La lógica siempre es la misma y se repite, una y otra vez, en guiones de cine o en novelas negras o, quizá en la vida misma: siempre hay un jefe como Mike Lagana (Alexander Scourby), un tipo siniestro con un pasado oscuro, que es capaz de llegar muy lejos para conseguir sus propósitos, que organiza una banda y utiliza el palo y la zanahoria para mantenerla en orden. También comienzan a aumentar los negocios ilegales, las trampas, la violencia y el dinero. Poderes que pueden pagar el precio que tiene la mayoría, incluso a los que tienen el poder político, porque, en último término, él también sueña con conseguirlo, mientras mira en la noche las luces de los rascacielos de la ciudad, pensando en las próximas elecciones si no sucede ningún escándalo, porque los tiempos han cambiado y la opinión pública es importante aunque también pueda comprarse. El flujo entre las dos caras de la luna con una frontera muy delgada mas o menos permeable, entre lo legal y lo ilegal, lo justo y lo injusto. El porcentaje de fango sobre el que camina sin saberlo la gente normal, que forma familias y tiene hijos y hace la cena por las noches. Gente como el sargento Bannion (GlennFord) y su esposa Katie (Jocelyn Brando) que tienen una hija y un verdadero hogar en el que son felices.
En esas situaciones mucha gente sabe que algo huele a podrido pero la mayoría calla y mira hacia otro lado, hasta que alguien no puede más con su culpa y se quita de en medio. Hasta que otro alguien decide investigar, porque es honesto y es policía, y porque su mujer lo admira también por eso, lo que le proporciona una fuerza telúrica que los que hacen explotar su coche con una bomba ni siquiera pueden imaginar, cuando en vez de matarlo a él le matan lo que más quiere.

En la banda hay jerarquías y cada matón tiene sus negocios y sus novias a las que compra abrigos de visón y no les faltan las joyas ni el whisky caro. Chicas como Debby Mars (Gloria Grahame) que saben lo que es ser pobre y toleran una bofetada de su novio de vez en cuando con tal de no volver al arroyo. Pero en ella late una rebeldía y un asco que no termina de ocultar el alcohol ni la necesidad de sentirse bella y que se lo digan continuamente. Algo que se despierta al ver como Bannion se enfrenta a los matones, como nadie lo había hecho hasta entonces, en el bar de copas donde suelen reunirse. Un impulso hace que lo siga, que quiera conocerlo, lo que le cuesta que su novio Vicent Stone (Lee Marvin) le queme la cara derramándole el café ardiendo de una cafetera.
La mujer marcada que ya prefiere morir antes que ver su cara en el espejo. La desesperación que lleva a la heroicidad y triza la ciénaga de la corrupción. La secretaria coja que espontáneamente colabora cuando nadie quiere hacerlo. Los amigos del cuñado de Bannion, antiguos soldados de la guerra que habían ganado, que aparecen para proteger a su hija cuando el jefe corrupto de la policía había retirado la escolta para que los gánsteres la secuestrasen. Algunos policías que estaban emboscados esperando la oportunidad de devolver los golpes sin correr demasiados riesgos.

Lo difícil que es desmontar un sistema corrupto cuando se ha creado. Todo el mundo sabe y calla. Y los que se atreven a denunciar algo son destruidos de alguna manera para dar ejemplo a otros. O comprados. Al final todo el mundo se justifica, se convence de que no está obligado a ser un héroe porque “esto es lo que hay”. Es escalofriante pensar en lo que ha ocurrido y ocurre cuando una trama corrupta lo impregna todo. En como comienza el proceso, en como, poco a poco, se va sumando gente, a la vez que se elimina a otros; en los matices psicológicos por los que se va justificando la adulación o el silencio; en el sistema de propaganda que se pone en marcha neutralizar cualquier crítica o echar tierra encima de la basura que va emergiendo. Pensar en como se van quebrando afectos y referencias morales, en como puede aparecer la culpa o manifestarse de mil maneras posibles la miseria moral que, poco a poco, va cincelando mascaras como las que vemos cada día en los periódicos.
Fritz Lang que fue herido en combate en la primera guerra mundial y, según la versión que él contaba, se fugó a Paris justo la noche del 31 de Julio 1933, dejando en Alemania todos sus bienes porque, esa tarde, Goebbels le había pedido que dirigiera la UFA (la versión de los historiadores es menos romántica: la entrevista con Goebbels fue en abril de 1933 y fue para decirle que querían que se quedara; su rechazo ideológico al nazismo y el divorcio con su mujer, The von Harbou, militante nazi; su madre era judía; sí pudo vender muebles y sacar dinero del país con pasaporte en regla y visado francés) dirigió Los Sobornados (The big heat) en 1953 cuando ya tenía 63 años y había vuelto a Alemania desencantado de Hollywood porque con el sistema de estudios consideraba que había perdido el control creativo de sus películas. Los productores le sugerían cambiar guiones, le imponían actores o le cortaban el montaje final (en “Los sobornados” tuvo que suavizar el final, respecto a lo que él quería, para cumplir con el Código Hays). Así se fue se encontrando cada vez más marginado y, al final, muy incómodo con el ambiente social que creó el macartismo. Construye una película dura, nihilista, pero con un héroe que conoce la memoria del amor y la ternura y por eso es capaz de mantener una brújula moral que lo contiene en su venganza y lo deja abierto a la piedad. Inolvidable como consuela, mientras muere, con el relato del recuerdo de su propia felicidad al personaje que interpreta Gloria Grahame, probablemente enamorada de él por la misma actitud moral que enamoró a su propia mujer.
Pero, al final, sigue latiendo la certeza de que en cualquier sociedad la corrupción seguirá ahí y volverán a reproducirse una y otra vez sus mecanismos, y solo se podrá hablar de grados que no se conocen porque no son fáciles de medir, hasta que toca de cerca y entonces siempre se planteará la gran pregunta: ¿merece la pena hacer algo? Y quizá alguien lo haga sin saber si tendrá éxito y, muchos otros, buscarán justificaciones para eludir pensar lo que sospechan: que solo fueron unos cobardes.