Oppenheimer ¿El destructor?

Sería injusto decir que el pecado original de Julius Robert Oppenheimer fue la soberbia. Que construyó la madre de todas las armas simplemente porque sabía que podía hacerlo. Lo sería. Su visión y una trayectoria científica brillante le pusieron al frente de diseñar la bomba atómica. Algo más de tres años de colaboración con los mejores físicos, matemáticos, ingenieros, químicos y una larga lista de profesiones que hicieron del Proyecto Manhattan un ejemplo de innovación y experimentación incomparable hasta hoy en día. Lo lograron. La construyeron. Los que pagaron por su diseño la usaron. Causando la muerte de más de 200.000 personas a casi 10.000 kilómetros de distancia. Estados Unidos ganó la guerra. Y aún hoy su hegemonía, aunque debilitada, está presente en el orden mundial. La historia personal de Oppenheimer quedaría para siempre ligada a la historia de la humanidad.

Oppenheimer fue gestándose poco a poco hasta que encontró su momento en la carrera de Christopher Nolan. La película se basa en el libro Prometeo americano: El triunfo y la tragedia de J. Robert Oppenheimer, ganador del premio Pulitzer en 2005 por la mejor biografía. El libro llegó a Nolan a través del actor Robert Pattinson quien se lo regaló durante el rodaje de Tenet (¡qué importantes son las recomendaciones de libros!), pero en la cabeza del director ya había otras influencias. Una adolescencia vivida en el momento álgido del Greenham Common y un interés por la naturaleza humana y la ciencia ficción que se ha visto en su filmografía. Los acontecimientos apocalípticos de la pandemia y la guerra de Ucrania hicieron la cuestión nuclear de nuevo relevante.

La película triunfa en el manejo de la tensión. A través del uso de gráficos, imágenes y sonido, Nolan nos muestra la obsesión que llevó a Oppenheimer a crear la bomba nuclear. Las escenas en blanco y negro son fieles a unos hechos bien documentados. El director deja el color para retratar las luces y sombras de este estadounidense de origen judío nacido en Nueva York a principios del siglo veinte. Una vez hecho el milagro, Oppenheimer fue denostado en sus círculos, acusado de izquierdista en una caza de brujas que solo la envidia y la política pueden explicar. Y, aunque rehabilitado socialmente hacia el final de su vida, era un héroe incómodo. Con las manos (teóricamente) manchadas de sangre.

Los detractores de la película se quejan de la intensidad y duración de algunas escenas. Tanto Nolan como Oppenheimer se saben maestros, se les reconoce sus talentos, lo que a buen seguro les hace recrearse. El retrato de las mujeres de la historia: Jean Teatlock y Katherine, su mujer, quienes influyeron grandemente en las ideas y el destino de Oppenheimer, queda desdibujado. Quizás son las antiheroínas perfectas ya que libraron sus propias batallas contra la depresión y el alcoholismo. Falta carne, corporeidad, las escenas de sexo son extrañas. La escena del compañero que acaba vomitando después de Trinity, la prueba de la bomba que demostró que aquello funcionaría, es una pequeña muestra de que estas personas no eran robots.

La disyuntiva de Oppenheimer de embarcarse en aquella misión le dura poco, sabe que es una cuestión de tiempo que alguien resuelva el enigma. Y quiere ser él. Tiene que ser él. Aunque sí que trabaja en detener la proliferación de armas nucleares desde su puesto en la Comisión de Energía Atómica, no firma el manifiesto Russell-Einstein (1955). Tampoco visita las ciudades de Hiroshima y Nagasaki en su visita a Japón, quince años después del lanzamiento de Fat Man y Little Boy, las dos bombas.

La física no era el único interés de Robert. Se interesa por el hinduismo y se mueve en círculos comunistas que le llevan a apoyar económicamente la causa republicana en España. No puedo evitar hacer comparaciones con otro gran innovador: Steve Jobs. También interesado en la espiritualidad y con ideas políticas no convencionales en su entorno. Es indudable la capacidad intelectual de estos dos hombres que pudieron crear sistemas que llevaron a cabo al milímetro la visión de sus inventos. Tenían fe. Otra historia es su capacidad humana, su empatía, para entender el impacto de sus acciones y de sus productos en otros seres humanos. La hija de Oppenheimer se suicidó a los 33 años.

Después de tres horas de este relato trepidante queda un estómago encogido y una pregunta ¿cuánto durará la paz? La guerra en Europa ha reavivado viejos temores. Oppenheimer tenía razón. La bomba trajo un periodo de paz nunca visto. El miedo a la autodestrucción llevó a una de las épocas de mayor estabilidad y “progreso” en el mundo occidental. Pero la falta de ética profesional del científico hipotecó nuestro futuro para siempre.

Hace cinco años visité con unos activistas el campo de paz de Faslane. Cerca de Glasgow. Donde los británicos custodian parte de su arsenal nuclear. Un asentamiento de caravanas abandonadas que lleva cuarenta años simbolizando la lucha pacifista y antinuclear. En el momento de la visita, solo había dos personas viviendo allí. Recuerdo que me pareció obsoleto, casi ridículo. Hoy, sin embargo, Rusia tiene 5889 armas nucleares y Estados Unidos 5244. Que sepamos.

La película reúne un elenco de actores que hace justicia a las personas que rodearon a Oppie. El director no hace fácil juzgar al protagonista. Las tres horas se pasan rápido. Oppenheimer y Nolan fascinan.

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1 Comment

  1. says: Oscar S.

    Y no encuentras curioso que tras 76 años de evitar el tema (tan sólo Creadores de sombras, con Paul Newman, que ya tiene bemoles llamarle a eso “sombras”), sólo ahora de repente nos hagan el blockbuster para que chino y rusos recuerden que EE.UU fue realmente capaz de aquello…?

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