Vangelis: tres momentos

Quizá no nos damos cuenta pero no nos acordamos de casi nada de lo que hemos vivido aunque se supone que somos los que más sabemos de nuestra propia vida. Quizá por eso son tan difíciles los libros de memorias o hay que escribirlos desde fuera, como la biografía de un extraño, buscando rastros en diarios o en las voces de otros o en objetos que quizá desencadenen un qualia y permitan que se pueda tirar de algún hilo y se disuelva esa corteza de olvido con la que protegemos la cordura siempre incierta de nuestro presente. Lo que anticipó el niño un día de sol, en el campo, entre los olores de las jaras y la fritura de pimientos secos para las migas y las voces de los mayores en el agua del rio; la zozobra de la primera soledad en el pupitre con olor a goma de borrar y a frio gris aunque fuera todavía otoño cuando le pidieron leer en público por primera vez; el perfil exacto de la determinación, de la huida y la esperanza en el adolescente que viaja solo en el tren hacia la gran ciudad donde espera vivir otra vida que todavía no conoce. Las emociones que pueden emerger de pronto, como una erupción telúrica, al escuchar la música de “Carros de fuego” mientras contemplamos, ensimismados, el temblor del champagne en la copa posada en cada valla mientras el corredor avanza implacable impulsado por una fuerza que no está del todo en sus manos pero que lo empuja  finalmente sobre cada obstáculo, a pesar del riesgo, en una metáfora perfecta de la vida que produce vida, que, de inmediato, inunda el cuerpo de valor y de sentido con la misma velocidad que un licor muy fuerte.


El mundo que siempre está acabándose para alguien, el presente que siempre se está escapando para los que no encuentran lo que buscan, para los que se sienten derrotados o imaginan que ya es demasiado tarde para algo que consideran esencial. La vida tras las ilusiones rotas, después del paso de los años, cuando ya se ha desvelado el trasfondo o los efectos perversos de lo que alguna vez fue una causa que se creyó noble, cuando no se espera casi nada, solo seguir viviendo sin demasiado dolor en las madrugadas, cuando el monstruo de la soledad tiene los ojos chispeantes de los neones de la ciudad que, parpadean a lo lejos, y casi acaban con la esperanza de que en ella habite un solo cómplice, alguien con quien poder conversar sin explicar demasiadas cosas, alguien que comprenda, que hable con los ojos y que acompañe como ese saxo que suena a lo lejos, en algún refugio, y se alza como el humo de un cigarrillo, estableciendo un ámbito que antes no existía, donde aparece una posibilidad de intimidad y, por tanto, de esperanza. El «Love Theme» de Blade Runner hace emerger y presta volumen a esa verosimilitud azul del amor que parecía imposible, el que puede hacer despertar a algunos desconocidos que nos habitan y puede convertirnos en otros, solo por el impacto del encuentro, que desentraña todo el orden oculto del pasado, que convierte la comunicación en algo  tan fácil aunque hasta entonces pareciera inverosímil. El otro al que siempre nos inventamos un poco, en el que podemos ver cosas que él desconoce e incluso no posee hasta que descubre nuestra mirada. El otro que puede no saber quién es del todo, como Rachael, la replicante que se cree humana solo  porque tiene recuerdos y siente toda la nostalgia de una felicidad perdida. Y quizá por eso resulta  más atractiva para él que ya se ha dado cuenta que no es tan diferente a ellos y por tanto puede no sólo odiarlos, sino también amarlos. Lo que quizá sea un dilema que pueda plantearse dentro de no demasiado tiempo, según Judea Pearl.

Carl Sagan, tan optimista todavía, tratando de explicar lo que se sabía y lo que no se sabía de las estrellas o del secreto de la vida en aquellas primeras televisiones en color. La larga historia de búsqueda e interpretación de las constelaciones que vemos en los cielos, de las leyes que rigen el movimiento de los planetas, de la química del universo y de la lenta aparición de la vida en la tierra que se abrió paso a través de la evolución. La complejidad de los nuevos paradigmas y la persistencia del misterio, la virtualidad explicativa de la ciencia que incluso abre la posibilidad de un cierto tipo de espiritualidad que trataría de disolver la superstición. El silencio del espacio, frio, oscuro y ciego, iluminado por una música acogedora, tranquilizadora, que poco a poco va impulsando a la acción del conocimiento, que trata de infundir valentía y expectativa y algo parecido a una esperanza, como si se formara parte de un todo, de alguna manera indestructible. Cosmos tenía unas expectativas divulgadoras muy altas, perseguía en serio lo que luego se denominó la Tercera cultura, el intento de una síntesis de conocimientos que permitiera comprender los retos actuales de la humanidad por cada vez más personas. Lo que ahora parece quedar tan lejos a pesar de todo lo que se sigue avanzando.

Vangelis que fue capaz de captar cuestiones esenciales y expresarlas en una música de una exquisita capacidad de evocación. La que siempre estará ahí para recordarnos lo que fuimos y quizá lo que todavía podríamos ser…

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