“Medicine is a science of uncertainty and an art of probability” — William Osler
“Esa demora de dos semanas en saber si había o no metástasis fue muy desagradable. Como la mayoría de los pacientes, no me atrevía a llamar al hospital para averiguarlo, en parte porque no quería que me consideraran un incordio, pero también porque temía que las pruebas revelaran que el cáncer había metastatizado. Vivir en la ignorancia tiene su qué. Por fin, insoportablemente angustiado, le pedí ayuda a mi colega Ken, quien contactó con el oncólogo. Yo había imaginado toda clase de siniestras razones para explicarme ese silencio, pero resultó ser un ejemplo de la típica inercia burocrática del Sistema Nacional de Salud y una de las desventajas de lo que los estadounidenses llaman “medicina socializada”, en la que son habituales las listas de espera para obtener resultados y tratamientos. Aunque deploro la aplicación de la economía de mercado al sistema sanitario, es cierto que, por desgracia, el afán de lucro parece motivar a los médicos y a los hospitales a responder más rápido al menos a los pacientes que pueden permitirse una atención médica privada.
El oncólogo me llamó dos días después.
—Lamento haberte hecho esperar —dijo—. La gente de mi equipo no me contó que te habían hecho pruebas. Menos mal que me lo has hecho saber. Mi equipo siempre está cambiando y…”
Henry Marsh. “Al final, asuntos de vida o muerte”

Ningún médico está preparado para ser paciente, porque curar es un oficio, pero enfermar es una experiencia que lo sobrepasa.
Existe la idea de que el médico enfermo “lo tiene más fácil”. Conoce la enfermedad, entiende el lenguaje clínico, sabe moverse por el sistema. Todo eso es cierto, pero hay más.
Como muestra el testimonio del neurocirujano inglés Henry Marsh, cuando un médico enferma vive una experiencia distinta, pero no por eso mejor. Tiene ventajas evidentes: maneja la incertidumbre con herramientas conceptuales, interpreta síntomas y pruebas con mayor precisión y, en ocasiones, accede con más facilidad a colegas de confianza. Pero ese mismo conocimiento tiene un reverso incómodo: sabe demasiado. Donde otros mantienen una esperanza difusa, él puede anticipar escenarios concretos, probabilidades poco tranquilizadoras y desenlaces que preferiría no visualizar con tanta nitidez. La ignorancia, en algunos momentos, protege; el conocimiento, no siempre.
Y es que, pese a todo, no deja de ser un paciente, y el conocimiento no lo inmuniza frente a la angustia, solo la hace más compleja. El médico enfermo comparte los mismos miedos, la misma vulnerabilidad y, como reconoce Marsh, incluso el mismo pudor a la hora de llamar para preguntar por unos resultados. El médico teme molestar, teme parecer exigente, teme que su ansiedad sea interpretada como debilidad. La cultura profesional del autocontrol, tan útil en la consulta y en el quirófano, puede volverse en contra cuando la enfermedad le toca a uno mismo.

A esa vivencia se añade algo que cualquier paciente reconoce, pero que el médico solo comprende del todo cuando lo experimenta en primera persona: el funcionamiento real del sistema sanitario público visto desde la camilla. La espera, la falta de información, los cambios de interlocutor o la sensación de que nadie tiene una visión completa del proceso no siempre responden a desinterés o descuido. Con frecuencia son el resultado de un sistema que debe atender a muchos, priorizar según la gravedad, trabajar con recursos limitados y en el que se forman quienes nos atenderán mañana. Como relata Marsh, una demora angustiosa puede deberse simplemente a la inercia burocrática o a fallos de comunicación. No es consuelo, pero sí una explicación a tener en cuenta.
Frente a ello, la sanidad privada ofrece rapidez y continuidad, pero introduce otra lógica: la del incentivo económico, que puede inclinar decisiones hacia pruebas o intervenciones no siempre imprescindibles. El paciente compra tiempo y comodidad; no siempre mejor criterio clínico.
Cuando el médico enferma asume que la medicina no es solo conocimiento, sino también tiempos, decisiones humanas y, a veces, errores. Quizás esa experiencia no lo convierte en mejor paciente, pero sí en uno más consciente de lo que significa depender de otros: esperar, temer y necesitar que alguien, al otro lado, coja el teléfono.