L. Lógica y razonamiento

"El cirujano" . Jan Sanders van Hemessen
Reflexiones de un cirujano

“Un error en las premisas se arrastra hasta las conclusiones” — Aristóteles (síntesis)

Razones y sinrazones

Un razonamiento puede sonar impecable y, aun así, llevarme a un callejón sin salida. Basta con que el punto de partida esté viciado para que el camino más recto no me conduzca a ninguna parte. 

He asistido a debates que parecían sólidos pero que, al mirarlos con calma, revelaban trampas: ataques personales disfrazados de argumentos, apelaciones a la mayoría, generalizaciones precipitadas… Son falacias lógicas, interferencias que aparecen en las polémicas pero que no aportan evidencias sobre el asunto, sino que lo desvían.

Y, al contrario, he tenido intuiciones que parecían simples corazonadas y que, aunque no siempre son de fiar, resultaron estar bien fundadas; era como si mi mente hubiera captado una coherencia interna antes de que yo pudiera explicarla.

Por eso, en CEFALICA la lógica ocupa un lugar inevitable: no me dicta qué pensar, pero sostiene la solidez de lo que doy por válido.

El armazón del pensamiento

La lógica no fabrica verdades, pero es la mejor guía para no perdernos en la confusión. Es el armazón de nuestras ideas: las premisas son los cimientos y los argumentos, la estructura de carga.

En el día a día razonamos casi sin darnos cuenta al elegir la explicación más probable; pero en medicina este proceso exige el máximo rigor. Así el edificio se levanta ordenando el rompecabezas de los síntomas, mientras las pruebas y la evolución confirman o rectifican nuestra estructura inicial.

Al final, la lógica es la que nos permite tomar decisiones con fundamento cuando no tenemos todas las respuestas.

Construir sobre arena

Aunque sin lógica renunciamos a pensar con rigor, por sí misma tampoco nos garantiza la solidez del terreno. Un razonamiento puede ser impecable en su forma y, sin embargo, falso en su resultado si partimos de un error. Como decía Chesterton: “No es que no vean la solución; es que no ven el problema”.

Y lo sé porque me ha pasado: dar por bueno un punto de partida solo porque me conviene, conectar hechos sin comprobarlos o dar por cerrado un diagnóstico porque 

atenúa la incertidumbre.

Al final, sin premisas honestas no hay opinión sólida; el edificio será visualmente perfecto, pero se hundirá porque los cimientos —nuestros supuestos de partida— estaban viciados desde el principio

La lógica a prueba

Un ejemplo clásico es la apuesta de Pascal. El filósofo argumentaba que, ante la posibilidad de que Dios exista, creer es la opción más rentable: si uno se equivoca, la pérdida es escasa; si acierta, la ganancia es infinita. El razonamiento es ingenioso y coherente en su estructura, pero introduce un cambio de plano: no busca la verdad de algo, sino si interesa creerlo. Además, presupone implícitamente que Dios sería indiferente a la motivación real del creyente, como si no advirtiera que la fe nace aquí de un cálculo de conveniencia.

En medicina encontramos mecanismos más sutiles. El colesterol elevado aumenta la probabilidad de sufrir problemas cardiovasculares, pero sigue siendo un indicador de riesgo, no una patología. Sin embargo, con frecuencia esos límites estadísticos se manejan como diagnósticos, y personas sanas, como enfermas. 

Hay cierta tendencia a convertir factores de riesgo en enfermedades y, cuando esa distinción no está clara, olvidamos que los umbrales analíticos o de otro tipo —con frecuencia imprecisos y cambiantes— son acuerdos científicos orientativos, no diagnósticos.

Da la impresión de que tratamos cifras en vez de pacientes.

“El cirujano del pueblo” David Ryckaert III

Eslabones y cadenas 

En medicina, y en el día a día, he visto cómo una secuencia lógica puede llevar a despropósitos. Una valoración clínica incompleta puede desencadenar una cascada de errores: pruebas mal orientadas, diagnóstico equivocado, tratamiento inadecuado y consecuencias que ya no se corrigen fácilmente. 

Cada paso parecía razonable por separado; pero el problema residía en el primero. 

Pero no solo hablamos de errores. Cuando hay que tomar decisiones, todos los criterios tienen matices y distintos razonamientos pueden conducir a conclusiones diferentes. En clínica, he vivido cómo a menudo prevalecía la voz de quien menos galones llevaba; no por su cargo sino por la solidez de su razonamiento. La jerarquía no es un argumento y ni siquiera la autoridad más respetada convierte una opinión en demostración.

El doctor de los ornitorrincos

Con el campo operatorio bien expuesto y el sangrado controlado, el cirujano veterano revisaba con calma. No buscaba confirmar su primera impresión; más bien parecía desconfiar de ella, como si algo no terminara de encajar. Para mi sorpresa apareció una glándula paratiroides inadvertida en un lugar casi insólito.

Yo tendía a aferrarme a lo probable, a lo que decía la estadística. Él se guiaba por la coherencia entre lo que tenía delante y los datos concretos. En cierta ocasión me dijo “No pienses en lo que crees que debe haberMira lo que hay, y luego pregúntate qué falta para que todo encaje.

Ante un pico y una pata no se conformaba con pensar en un pato: nos sugería la criatura completa. Perdóname, querido maestro.

Una lección sencilla y difícil: razonar no elimina la duda, pero le da dirección.

Razonar sin miedo

Aplicar un buen razonamiento clínico suele exigir lo contrario de lo que dice la intuición. No se trata de reforzar las primeras sospechas, sino ponerlas a prueba: considerar otras causas posibles, y prestar especial atención a lo que no encaja. 

Pero, cuando el razonamiento no alcanza una conclusión clara, existe la tentación de sustituirlo por la decisión. Mis maestros solían decir que es más difícil saber cuándo no hay que operar que cuándo sí. Hablaban de la dificultad de sostener la incertidumbre sin convertirla en acción, tan propia de la cirugía.

Es entonces cuando el pensamiento se desvía. La decisión deja de orientarse por la coherencia clínica y empieza a responder al miedo: al error o la complicación, al conflicto legal, a la presión del paciente.

En cirugía lo he vivido en gestos añadidos “por si acaso”: un drenaje innecesario, el refuerzo manual de una sutura mecánica, una profilaxis que no aporta nada. Fuera del quirófano ocurre lo mismo con analíticas repetidas, pruebas de imagen encadenadas o tratamientos prescritos más por rutina que por criterio.

“Proyectos no hacer”: la llamada prevención cuaternaria intenta evitar el daño que produce esa medicina defensiva. Nos recuerda que la prudencia no consiste en hacer más, sino en hacer lo necesario.

Los directores del gremio de cirujanos de amsterdan, Nicolaes Maes

Consideraciones y matices 

En la realidad casi nunca trabajamos con el plano completo. Las decisiones se toman con datos parciales y sobre supuestos. Por esa razón, cuando una cuestión es compleja, tendemos a sustituirla por otra más simple sin darnos cuenta (Kahneman).

Tampoco miro el escenario desde un punto de vista neutral: el enfoque que elijo condiciona lo que veo y lo que dejo de ver. A veces el error no está en la respuesta, sino en la pregunta.

Por otro lado, no todo pensamiento nace de un razonamiento explícito. Algunas ideas aparecen de golpe, como un encaje repentino que solo después examino con calma. Ese ¡ajá! puede ser un motor potente, pero nunca un sustituto del análisis.

La lógica no lo explica todo, pero es el mejor instrumento que tengo para orientarme. Aunque no siempre será lo que inicia una decisión ni lo que la sostiene

En pocas palabras 

La lógica es el andamiaje del pensamiento: no decide qué construyo, pero sí si lo que levanto se sostiene o se apoya en vigas defectuosas.

Suele ser incómoda porque me obliga a no desviarme del razonamiento, y a desmontar certezas que preferiría conservar. Pensar bien exige más esfuerzo que creer.

En CEFALICA, la Lógica me permite enlazar las ideas con coherencia. No me garantiza acertar, pero evita que llegue a conclusiones solo porque me convienen.

Y aun así no basta. Porque puedo razonar correctamente… sobre algo que, en el fondo, apenas importa.

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