Por otra navidad

Para el coronel, que no tiene quien le escriba.

Bill Murray, ese actor con cara de payaso triste, que parece el quinto hermano Marx superviviente y que ahora es un viejo loco que roba patatas fritas en los restoranes cutres, ha sido el protagonista de las dos películas más dickensianas y navideñas que yo conozca, Los fantasmas atacan al jefe y Atrapado en el tiempo. La primera es obvia: se trata de la traslación del Cuento de Navidad de Dickens al mundo de la gran empresa. Y la segunda, aunque nunca llegó a concebirla Dickens, bien podría haber salido de él, excepto por su final romántico. Un señor egoísta y resabiado que a base de repetir un sinfín de veces el Día de la Marmota descubre que el Bien es mucho más satisfactorio y rentable que el Mal, que antes ha experimentado hasta la extenuación. En realidad, podría ser una apólogo teológico, a la manera de Chesterton: Dios es el ser infinitamente bueno porque ha tenido toda la eternidad para ensayar la crueldad, y se ha dado cuenta de que es vacía, inane, solitaria, que no merece la pena. Los que critican la Navidad (entre los que me he contado), me parece que no entienden que esa fiesta -que estas fachas tan señaladas, como dirían los nuevos votantes de ultraderecha en España- da justo la altura de los que somos hoy, al final de la segunda década del 2000. Anteayer vi en una librería un libro de Alberto Garzón titulado algo así como “Porque la clase obrera vota a la derecha”. No lo compré no porque me caiga mal Garzón, sino porque no creo que una pregunta como esa dé para extenderse doscientas y pico páginas, seguro que la mayoría son agit-prop suyo. Las editoriales nos hacen trampa, en mi opinión, y para vender un libro exigen al autor que infle su idea como si su núcleo más original y útil no pudiese enunciarse en veinte páginas como mucho, y colgarse en Internet (al autor, desde luego, también le encanta el libro: así puede sentirse eso, auctor -el que hace crecer…- y lucirse en la presentación). El caso es, sin leer al diputado Garzón, me apuesto lo que sea a que el hombre no aceptaría fácilmente enfrentarse a un ejemplar real de la ciudadanía tal como él/la, realmente son. Los seres humanos normales no nos parecemos en nada a Kant -aunque un poco más a Marx…-, que es como a personas idealistas como Garzón le gustaría que fuésemos. Por eso Kant dedicó su monacal vida a estatuir lo que la gente debemos ser, y no lo que verdaderamente somos. Kant, Marx y Alberto Garzón, tal vez en una gradación descendente, son seres humanos admirables, pero que, los tres, ahora en una gradación ascendente (es decir, tal que el que menos se engañaba era Kant), confunden a Fonsi el aprendiz del taller mecánico con el Hombre de Vitrubio de Leonardo da Vinci…

Fonsi -me daría lo mismo ejemplificar en un nombre de mujer, modificando tal sólo quizá el tormento eterno de los regímenes y las dietas-, lo cierto es que no ha pensado nunca en la igualdad y la emancipación de la humanidad. Le gustaría, claro, si le preguntan, por qué no, pero luego se pone a pensar en todo lo que se compraría si le tocase la lotería de Navidad. Iban a verle otra vez en el taller mecánico por los cojones. Para meterse en el taller, Fonsi no necesitó curriculum, pero por motivos muy distintos a los de Michel Foucault, que no lo escribía para que el sistema académico/policiaco no le tuviera fichado y ser un espíritu libre. Fonsi simplemente fue enchufado por su tío materno, pero conste que le encantan los coches, de los que conoce todos los modelos, y, en general, le fascina todo lo que represente eficacia y potencia máxima, como un crack del fútbol o incluso Francisco Franco, al que nunca conoció pero que entre el Valle de los caídos y Mingorrubio le dejan de pasada dos minutos en Cataluña y soluciona el problema a hostias. Fonsi no es un intelectual, no le pone pegas a la telebasura, ni al Tinder, ni a la hamburguesa o a la pizza como delicatesen supremas, ni a David Bisbal, que es un artistazo, pero si hay que opinar sobre el signo de los tiempos o sobre el precio del billete de diez viajes opina como el primero y con sabiduría ancestral. Tener personalidad, para alguien como Fonsi, es defender tu posición con carácter, incluso con mal genio, yo te respeto a ti si tú me respetas a mí, yo no te he faltado y a mí me lo dices todo a la cara, yo no soy de los que van por la espalda. ¿Por qué diablos a Fonsi no le iba a gustar el ambiente navideño? Todo se llena de colores muy básicos, la gente se felicita las fiestas, los grandes almacenes están abarrotados que da gloria verlos, ponen películas de Bill Murray de las de antes de Lost in traslation o Flores rotas, que son un puto coñazo, y hay dos días libres, como poco, para ponerse morado de mariscos y meterse dos copas de más. Fonsi, cuando se consolide en el taller, se casará con una chica mona, con objeto de hacer todo juntos, tener hijos y echar un polvete al menos una vez a la semana. Más mayor, la llamará “la mujer” frente a los amigos, pero no habrá nada de ofensivo en ello, Fonsi no entiende ni pajolera de feminismos. Si a personas como Fonsi, o como yo, les pones imágenes de niños del Tercer Mundo pasando hambre o chicas africanas violadas se agarrará un gran cabreo, totalmente sincero, quizá eche dos lágrimas absolutamente genuinas, jurará sobre la madre de los políticos y luego se olvidará completamente. La indignación le durará más si se trata de asesinato de Diana Quer, pero lo mismo se olvidará después, salvo por una molesta sensación de fondo de que la calle es peligrosa y está repleta de monstruos. También llorará cuando se mueran sus padres, o sus parientes mayores, a los que soportaba mal en vida (y criticaba a sus espaldas, cariñosamente, pese a que él va siempre de cara), y cuando el propio Fonsi tenga que morirse, lo que más le va a turbar no es la desaparición como tal, sino el dolor que pueda acarrear. En su tumba, nada de poesía postrera: un buen traje, su reloj de pulsera caro y el emblema de su Atleti. Con la edad, Fonsi de lo que más habrá disfrutado será de dormir, de comer un buen lechazo, de quejarse de los achaques, de consumir marcas horteras y nuevas tecnologías y de cagarse en el puto jefe, tal vez hasta de los nietos, y eso es todo lo que se lleva al otro barrio (donde, seguramente, las cosas funcionen igual que aquí, solo que el puto jefe es el Dios de la Parroquia de enfrente y te lee la mente cuando te estás cagando en Él). Ignoro si Garzón intuye algo de esto cuando se pregunta la razón de que la clase obrera, si es que existe todavía algo así -una clase, y además obrera-, vote a esos seres manifiestamente inmundos y patibularios que lideran la derecha. Yo creo que Fonsi sabe perfectamente que esos tipos son repulsivos, pero que sus opuestos, como Garzón, viven en otra dimensión, esa que los intelectuales llamarían el Mundo de la Ideas de Platón. Jesús Gil era repelente, Ortega Smith da miedo, pero ya le gustaría a Fonsi que se pasasen por su taller a arreglar el coche blindado. Le harían unos chistes, y le darían una propina. De los Garzones del mundo lo más que puedes esperar, si se fijan en ti, es un mini-mitin acerca de la Revolución venidera…

En el Mundo de las Ideas de Platón las hamburguesas que te vas a comer son como las de los anuncios de McDonalds, o como las de las fotos del local homónimo, pero en el mundo real lo que te sirven es una birria aplastada y grasienta. Tanto el capitalismo como el comunismo son, en este sentido, bastante platónicos (aunque en realidad, Platón nunca consideraría eidos a una imagen, y Kant en todo caso se quedaría con la receta de la hamburguesa…), porque nos venden idealidad perfecta, pero luego nos endosan apariencia degradada –respectivamente, el cuento de Mr. Scrooge y la película de Bad Santa… Con las navidades este fenómeno práctico/cultural, por así decirlo, se multiplica por cien, naturalmente. Pero yo creo que la gente, los Fonsi y las Vanessas, y usted y yo en lo que tenemos de personas corrientes, se hacen a ello: para todos nosotros en nuestro aspecto más gregario está diseñada la presunta ilusión de las navidades. Que después es una caquita, como las hamburguesas reales, pues qué se le va a hacer. Las veces que individuos sin duda generosos y de altas miras (los filósofos o los filántropos, esa cofradía tan selecta empeñada en decirle a Fonsi y los demás lo que deben de hacer en vez de dejarle vivir su vida) han tratado de elevar a la gente corriente hasta su propio nivel se han producido actos de heroísmo memorables, pero también destrucción y dolor. Parece que nuestra sensibilidad de civilización cansada ha decidido, nos guste o no, que como corderitos calladitos del consumo estamos más guapos y somos más felices que luchando por causas que terminan en desastre. Yo ya no sé si esto es cierto o no. ¿Deseo que mis hijos sean dóciles y felices o conscientes y fieros? ¿Hay que enviar al conjunto de la humanidad a una especie de centro de rehabilitación como especie, para que seamos capaces de enfrentar los retos del Cambio Climático, por ejemplo? ¿O el fin de todo, la extinción, va a tener el rostro desengañado y roto pero divertido del Bill Murray anciano? Disfrutemos de otra Navidad, de otra hamburguesa que no se corresponde a las expectativas creadas, porque en caso contrario la vida en un tiempo nihilista sería muy triste, pero no seamos del todo gilipollas, preparémonos por si, además de personas corrientes y molientes que se mueren porque les toque la lotería, también tenemos que arrimar el hombro por algo que merezca la pena y sea real, como las penurias de África o el calentamiento global. ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaamén!    

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