¿Por qué Picasso?

Cuando oigo una canción de los Beatles, cambio de cadena. No es que no me gusten es que los vengo oyendo cuarenta años y mis oídos están saturados, prefiero dedicar ese tiempo a descubrir otras novedades musicales. Algo parecido debiera de ocurrirme con Picasso, uno de esos personajes “más conocido que Jesucristo”, como se suele decir de algunos seres extraordinarios, sin embargo, no estoy saturado del pintor porque, a diferencia de una canción de tres minutos, la imagen puede impactarnos, seducirnos o hipnotizarnos en unos segundos.

Pretender hablar de Picasso, igual que hablar de los Beatles, para decir algo nuevo suena a presunción ingenua cuando su vida y obra está recogida día a día en los miles de páginas escritas sobre el portento. Para el año 2023, cincuentenario de su muerte, el aluvión de artículos, documentales y exposiciones en homenaje al pintor va a anegarnos. Por eso, este artículo ligero va en formato caleidoscópico y descoyuntado, en adecuación al maestro del cubismo. Para conmemorar esta fecha, España y Francia han creado una comisión binacional encargada de organizar cerca de cincuenta exposiciones y numerosos eventos en Europa y Estados Unidos.

Desde el Salón de Arte de París de 1912, cuando el nuevo “ismo” hizo irrupción y sembró el escándalo, Picasso no ha dejado de estar omnipresente en el paisaje artístico, primero europeo y luego mundial, muchos cientos, quizás miles, de publicaciones tratan de su figura y lo diseccionan desde todos los enfoques posible o inventados: Picasso y el nacimiento del arte moderno, Picasso, el genio del siglo,  Cocinando para Picasso, Picasso y Gretrude Stein,  Guernica, la obra que cambio el mundo, Las mujeres de Picasso, La mirada del minotauro, El mundo según Picasso, Picasso, arquitectura y vértigo, Esclava de Picasso, … libros y más libros en alemán, italiano, inglés, rumano, japonés o turco, sin hablar de otros innumerables documentos, como películas, entrevistas, fotografías o documentales que decortican todas sus vertientes creativas, que son muchas: pintura, dibujo, grabado, collage, cerámica, escultura, incluso escritura, puesto que también dejó una original obra literaria muy sui generis. Picasso no es un cualquiera, es un pilar indiscutible de la historia del arte y es comprensible que se dedique tanta atención a este personaje fascinante, ya sea para ensalzarlo o para denigrarlo.  Su éxito mundial no puede ser achacable al simple azar, pero es difícil explicarlo razonablemente aduciendo exclusivamente las leyes del arte, de la crítica o de la estética, seguramente hay que acudir un poco a las leyes del comercio y de la industria, otro poco a la política y otro poco al contexto histórico en que evoluciona. Pero ¿por qué es Picasso El Elegido? Todos hemos quedado deslumbrados al descubrir al monstruo, ese artista que elige a Minotauro como avatar, de quien succiona su poder genésico, librepensador, escritor, polémico, impetuoso, seductor, adulado por los intelectuales, mimado por los marchantes, ensalzado por la crítica, crucificado por el feminismo, incomprendido por el público y, tras sus inicios de precariedad y bohemia en Montmartre, un cosmopolita rico y envidiado, convertido en icono por los mejores fotógrafos de la época que bajaban hasta la Costa Azul para retratar a la élite de la nobleza, las finanzas, el cine y el espectáculo (Robert Capa, Edward Quinn, Doisneau, Lee Miller,  David Douglas Duncan).

Picasso et Françoise Gilot, R. Capa, 1948. 

En su dilatada carrera el artista investigó todas las técnicas, pintura, dibujo, collage, grabado, cerámica, escultura, fundición, soldadura; tocó todos los palillos temáticos, bodegón, figura, desnudo, retrato, saltimbanquis, geometrías cubistas, sexualidad desabrida, la maternidad, la paz, la muerte y la guerra; atravesó periodos y estilos, figuración azul, figuración rosa, cubismo, clasicismo, surrealismo; bebió en todas las fuentes, de la arqueología del mundo mediterráneo, del arte negro, del primitivismo de Rousseau, digirió el arte griego arcaico, el arte ibérico y a los grandes maestros españoles, todo ello en un proceso no lineal, rizomático, de mutación continua y transfronteriza: “En el arte no hay pasado ni presente”, decía, “la verdadera obra de arte por muy antigua que sea sigue estando viva en el presente, si no es el caso, no vale la pena”.

Con la fotógrafa Lee Miller, París, 1944.

Yo he comenzado lecciones que impartía en la universidad con frases lapidarias: “¡La Historia del Arte se divide en dos épocas, antes de Picasso y después de Picasso”! ¡Ahí es nada! Los estudiantes quedaban así atrapados por el tema del día.

Muchos lo califican de “genio” y otros tantos de “genio destructor”. La diferencia es esencial. Fue un deconstructor y un reconstructor incansable.  Ese furor aplicado a la creación artística, hizo de Picasso un terrorista que dinamitó los códigos de representación de la pintura figurativa a principios del siglo XX sembrando el caos en la historia del arte. “Un cuadro es un conjunto de adiciones, en mi caso es una suma de destrucciones”. El cambio de óptica supuso una zancada sin retorno del ilusionismo al intelectualismo que pasa por desmembrar los objetos y su entorno espacial, borrando los límites entre ambos, renunciando al punto de vista único de la representación tradicional de herencia renacentista. Picasso no reproduce la realidad, sino que la produce, proponiéndonos una vista diferente al destronar la perspectiva de su pedestal. De alguna manera, Picasso es a la pintura lo que Freud a la psicología, o Einstein a la física, afirmación justificada por la innegable analogía entre los enunciados del surrealismo y del psicoanálisis, y los del espacio-tiempo cubista con los de la ley de la relatividad, y confluir todos en el mismo tramo cronológico como fue la primera década del siglo XX.  

Picasso fue un alquimista. El alquimista quería transformar el plomo en oro, lo que no era sino una manera de transformarse a sí mismo para alcanzar un grado superior de perfección en los planos intelectual y espiritual. El artista es ese hombre que consigue transformar el hierro, la piedra, la arcilla o los pigmentos en Arte mediante un proceso de transmutación que posee un componente mágico inexplicable. Alguien escribió: “Cuando paseo por la orilla del mar y cojo una piedra, es una piedra. Cuando Miró encuentra una piedra y la coge, es un Miró”. No puede expresarse mejor. El arte brota del artista como el agua brota del manantial, es su naturaleza, unos se esfuerzan más que otros, unos sudan en el acto creativo y lo sufren, otros lo gozan paroxísticamente. En todo caso, el arte parece manifestarse como una emanación del artista, y su simple firma es la etiqueta que lo garantiza. Aún más, tal es la capacidad de seducción y de hipnosis que llegamos a la paradoja de que ni siquiera es necesaria su intervención personal en la fabricación del artefacto para obtener el efecto. El objeto se vuelve arte y se impone por un milagro de trasmutación de su esencia sin necesidad de la mano humana, confirmado posteriormente por el público. ¿Qué es si no el urinario de Marcel Duchamp, o las propuestas del arte povera?

Sería a finales de los años setenta cuando vi en Almagro una exposición de un joven llamado Miguel Barceló, donde se presentaban una serie de dibujitos hechos a bolígrafo que no se distinguían en nada de los dibujos que se podían ver en los retretes de la Facultad, estaban ejecutados con rapidez, torpes y obscenos, pero con una fuerza hipnótica que no me supe explicar entonces. En la puerta del WC del bar de al lado hubieran pasado perfectamente desapercibidos.  El objeto alcanza la gloria según el lugar donde está expuesto, cuando atraviesa el umbral de la galería o del museo se bautiza automáticamente como Arte, y poco importa entonces si se trata de un balón de baloncesto flotando en una pecera o de un garabato en un papelito. El adjetivo “artístico” dado a cualquier objeto o a cualquier “ismo” es en realidad una definición institucional que el colectivo social adopta como certificado de autenticidad, a la manera de un actus fidei. Los críticos, especialistas y otros sacerdotes de esta liturgia son los encargados de redactar el discurso intelectual que sacraliza al objeto y lo lleva al altar.

Picasso, Cabeza de toro (1942)

Señalemos también la diferencia esencial que existe entre el artista y su obra, es decir el conjunto de sus obras. Un cuadro tomado individualmente puede ser perfectamente intrascendente, es justo ese enfoque el que produce la reacción de “eso-lo-hace-mi-sobrino”. No, la obra es mucho más que la simple adición de los elementos tomados uno a uno. La obra de Picasso es inmensa, y no solo por su número. No señor, no son garabatos, ni lo hace su sobrino. “Cuando era pequeño pintaba como Rafael, pero he necesitado toda una vida para aprender a pintar como un niño”.

Mujer con alcachofa (1944).

Y continuaba yo mi lección con la metáfora del rey Midas. Picasso ha sido el Midas del reino del arte. Lo que tocaba el frigio se transformaba en oro, lo que tocaba Pablo se transformaba en arte y, como corolario, se convertía en oro. Una virtud que describe muy bien una frase de su amigo Jean Cocteau: “pintaba los cuadros como si estuviera firmando cheques”, o la anécdota de Picasso en un restaurante. El pintor hace un dibujo en el mantel, al final de la comida cuando pide la cuenta, el restaurador, humilde y admirativo, le dice no se preocupe don Pablo, yo me doy por pagado si puede usted firmar en el pico del mantel. ¡Pero caballero– responde el artista- yo solo he venido a cenar, no ha comprarle el negocio! Otra historia cuenta que, en el momento de firmar un cheque, Picasso hacía unos garabatos por detrás, de manera que el beneficiario prefería guardarlo antes que ingresarlo en el banco.

Picasso ha conseguido sobrepasar a aquel rey de la leyenda a quien solo la muerte libró de su maldición. En 1999 su nombre se convierte en marca comercial, su Fundación, regida por uno de sus hijos, vende el nombre a la Citroën para bautizar a su último modelo de vehículo, aquel monovolumen novedoso. La idea es que la simple firma de genio sobre la carrocería convierte automáticamente al coche en una obra de arte. Veinte millones $.

Picasso es el pintor de todos los récords: el más célebre, el más caro, el más vendido, el más homenajeado, el más polémico, el más prolífico. Su extraordinaria fuerza creadora se materializó en la creación de miles de obras, un furor que le animó hasta el final de su vida. El catálogo de Zervos contiene la cifra excepcional de 16.000 obras entre pinturas y dibujos. Solo el Museo Nacional Picasso de París tiene catalogadas 5.000 obras y 200.000 documentos. Picasso no tiraba nada y vivió 93 años, lo que implica una inmensa masa documental y de objetos, desde el más valioso hasta el más insignificante, siendo fiel a su pensamiento: Somos lo que guardamos. Es con este patrimonio personal como pudo formarse el núcleo del futuro Museo Picasso de París, y gracias a las posibilidades que abrió una ley excepcional dictada ex profeso para recibir su sucesión (1). En el momento de su muerte se descubrieron 1.885 pinturas, 15.000 dibujos, 1.228 esculturas, 3.222 piezas de cerámica y más de 30.000 grabados. Cuando Picasso se mudaba de estudio, dejaba tras de sí sus muebles y cuadros, desde que vivía en la rue La Boétie hasta el castillo de Vauvenargues o Notre-Dame-de-Vie, y nadie volvía a tocarlos. Algunas de las pinturas habían sido compradas por el propio artista para completar los periodos vacíos dejados cuando en los primeros años había tenido que vender todo lo que podía para poder vivir, una gran parte era poco conocida o completamente inédita. Otras obras le acompañaban siempre, como Mona Lisa a Leonardo. En 1977, tras cuatro años de clasificación y valoración, el comisario tasador Maurice Rheims evaluó todo el patrimonio en unos 700 millones de euros actuales, una suma que, aunque parezca enorme, se ha quedado muy corta, casi irrisoria a la vista de los precios alcanzados por Picasso en el mercado del arte.

Castillo de Vauvenargues, Provenza

Picasso tiene el récord del precio más alto alcanzado por un cuadro contemporáneo (2). Fue el primer pintor, en 2004, en romper el techo de los 100 millones de dólares, El joven de la pipa, del periodo rosa, batiendo el récord anterior establecido por un van gogh catorce años antes (94 millones $ por el ‘Retrato del doctor Gachet”). En 2015 volvió a pulverizar su propio récord al adjudicar la Christie’s Las Mujeres de Argel por 179 millones $, el cuadro más caro de la historia del arte hasta la llegada reciente del Salvator Mundi, un cuadrito atribuido a Leonardo da Vinci después de haber pasado décadas ignorado en los armarios y cuya autenticidad sigue en tela de juicio.

Las mujeres de Argel (1955)


Entre sus méritos cuenta el honor de haber hecho el doblete más prestigioso que un artista puede soñar, siendo el primer pintor vivo en exponer su obra en el Museo del Louvre, lo que se produce en 1971 con ocasión de los noventa años del artista. Y será también el primero en colgar una obra del siglo XX, el Guernica, en el Museo del Prado, (1981), que en principio estaba reservado para los siglos anteriores. Para comprender el papel de Picasso como marcapáginas de la Historia del Arte, recordemos que la comisión de expertos que se reunió en 1995 para determinar de una vez por todas la frontera cronológica para decidir si las obras de un pintor debían conservarse en el Museo del Prado o, al contrario, en el Reina Sofía, estableció que ese corte salomónico lo marcaria en adelante una fecha concretísima, el día de su nacimiento.

Cuando Picasso se instala en París es un joven de veinte años que pronto da muestras de un espíritu rebelde y versátil. El hombre, comunista y dandi a la vez, va a ser capaz de ensamblar diferentes identidades, andaluza, catalana y francesa, en un crisol universalista con unas gotas de exotismo hispánico que él mismo se encargaba de dosificar con orgullo en su obra y en su vida. Aunque el pintor no volvió nunca más a España después de su viaje en 1933, ni siquiera para el entierro de su madre en 1939 por ser persona non grata del nuevo gobierno, España funcionará siempre como una idea inspiradora, una raíz medular que le enorgullece, le sirve de inspiración y origina series temáticas a lo largo de los años, como el flamenco, la tauromaquia, Velázquez o El Greco.

En ese sentido, debemos considerar a Picasso como un representante universal de “lo español”, y con ese título fue adoptado por los franceses, que lo han colocado al mismo nivel que las otras figuras que han desempeñado ese papel de cliché de lo genuinamente hispano, un panteón especial que comparte con personajes como Don Quijote, porque como él combate por un mundo ideal y justo, ilustrado genialmente desde Francia para el mundo por Gustav Doré; o Don Juan, mito universal versionado por Molière, un personaje ardiente que desprecia las normas y elige la insolencia y la transgresión, o como la Carmen de Merimée, recreada por Bizet, reina del folclore popular, porque como ella se rinde ante la pasión del baile y los volantes flamencos, los toreros y los abanicos. En el imaginario colectivo Picasso representa esa España llena de exotismo que habían descubierto los viajeros románticos del siglo XIX (3). La fidelidad afectiva a su país natal fue inquebrantable y nunca quiso aceptar la nacionalidad francesa después de que se le fuera negada en 1940, un episodio que guardó en secreto hasta su muerte. Así lo contó el periódico Le Monde:

«El 3 de abril de 1940, Picasso presenta una solicitud oficial de naturalización francesa, aportando todos los documentos y testimonios necesarios. El 25 de mayo se le denegó tras un informe contrario del Servicio de Seguridad del Estado donde podía leerse que ese «supuesto pintor moderno, que había sido señalado “como anarquista” en el pasado, tenía ideas comunistas. «Durante la Guerra Civil española, envió grandes sumas de dinero al gobierno republicano. Al parecer, ha declarado incluso que la URSS sería su legataria. El informe concluía: «Este ciudadano extranjero no tiene los requisitos para obtener la naturalización» y «debe ser considerado sospechoso desde el punto de vista de la seguridad nacional». Así se expresaba la policía de la III República francesa.

Este episodio, del que el artista nunca habló con sus amigos, fue revelado por el descubrimiento del Archivo Picasso en la Prefectura de Policía. Este archivo, llevado a Berlín por los nazis junto con otros muchos documentos en 1940 o 1941, y confiscado a su vez por el ejército ruso al final de la guerra, fue devuelto a Francia tras un acuerdo de restitución firmado en 1992. En total, 120 cajas relativas a los extranjeros que vivían en Francia y estaban bajo vigilancia policial.
En el mismo momento se descubre también que Picasso había sido denunciado como anarquista en 1901, porque se alojaba en casa de un compatriota, llamado Pere Mañach, que era considerado afín al movimiento. Pero la policía aporta otras pruebas, por ejemplo, que había pintado «un cuadro donde se veían a soldados extranjeros golpeando a un mendigo en el suelo», y otro donde un grupo de burgueses niegan la limosna «a madres de familia». Esta acusación permaneció en el expediente del pintor. A partir de la guerra de España y del Guernica, las acusaciones se agravan. De nada sirvió el informe favorable del comisario del 8° distrito declarando que el inquilino de la calle La Boétie era una persona honorable y de que el veterano de guerra Georges Braque respondía por él. Picasso no sería un buen francés.

Con la Liberación, el artista hubiera podido obtener la naturalización sin ningún problema, pero no quiso pedirla por razones de honor y de solidaridad antifranquista, como sugiere Pierre Dax en la minuciosa biografía en donde se recogen estos documentos (4).

De los personajes de este temple, algunos se esfuerzan en suavizar los defectos y otros en subrayarlos. Es cierto que su genio destructor se manifiesta paralelamente en su vida sentimental, de manera que la sombra oscura del pintor y su herencia material han sido una losa o una maldición para los herederos, esposas, hijos o nietos. El carácter fogoso del patriarca salpicó de tragedia a las personas que lo amaron, algunas de las cuales perdieron la razón, la salud o la vida (5).

Picasso fue un zoon politikon, un comunista convencido, que se adhirió al partido francés en 1944, dos meses después solamente de la liberación de París. La relación particular del artista con Rusia viene de antiguo, (6) había comenzado con el coleccionista Serguei Schukin, quien a partir de 1908 le compra más de cincuenta cuadros en seis años, siendo uno de sus primeros mecenas. Fue en Rusia donde apareció la primera monografía publicada sobre Picasso (1917). Picasso era adorado por los vanguardistas rusos, en particular por Tatlin. Hizo los decorados y el vestuario para un espectáculo del Ballet Ruso de Diaghilev, en París, y poco después para el ballet Pulcinella de Igor Stravinsky. En esa esa época conoce a Olga Khoklova, bailarina del Ballet Ruso, con la que se casa en 1918.

Es extraordinaria la vitalidad de la discusión teórica que tuvo lugar en la intelectualidad Europa tras el final de la II Guerra Mundial sobre el lugar que debía ocupar el arte y el artista en la sociedad de la postguerra. La cuestión produjo acalorados debates e innumerables artículos sobre las relaciones entre comunismo, pensamiento y arte que habrían de prolongarse hasta mediados de los cincuenta. Podría decirse que en toda esa reflexión se recortaba implícita o explícitamente el perfil de Picasso como referencia y modelo, muy respetado por su decisión valiente de permanecer en París durante la ocupación alemana, rechazando la invitación de México y Estados Unidos, teniendo que soportar su exclusión del Museo de Arte Moderno inaugurado el agosto de 1941 en la capital y ver a sus amigos poetas Max Jacob y Robert Desnos deportados, mientras que sus amigos Paul Eluard y Zervos se enrolaban en las filas de la resistencia.

Es curioso asistir a esa dicotomía entre el lenguaje político del artista y su obra, que retrata su posición de electrón libre dentro del comunismo. En una entrevista (marzo, 1945) Picasso declaraba que el artista es un “ser político”, y que la pintura no debe servir para decorar apartamentos sino para ser un instrumento de guerra ofensiva y defensiva contra el enemigo. El artista se posicionó públicamente en su artículo Comment je suis devenu communiste (Como he llegado a ser comunista) publicado simultáneamente en The New Masses, de New York y en L’Humanité en octubre de 1944, el cual tuvo una influencia crucial entre los artistas jóvenes de otros países que teorizaban sobre el carácter revolucionario del arte.

Picasso recibiendo el carnet del partido, 1944

«Mi afiliación al Partido Comunista es la consecuencia lógica de toda mi vida y de toda mi obra. Me enorgullece decir que nunca he considerado la pintura como un arte de simple placer o entretenimiento.

Quería, mediante el dibujo y el color, que eran mis armas, profundizar cada vez más en el conocimiento de los hombres y del mundo para que este conocimiento nos libere cada día más.

Intenté decir, a mi manera, lo que consideraba lo más auténtico, lo más justo, lo mejor, y eso ha sido siempre la belleza. Los grandes artistas lo saben bien. Sí, soy consciente de que siempre he luchado con mi pintura como un verdadero revolucionario. Pero ahora he comprendido que ni siquiera eso es suficiente; estos años de terrible opresión me han demostrado que debía luchar no sólo con mi arte sino con toda mi persona, ¡deseaba tanto volver a mi patria! Siempre he sido un exiliado. Ahora que he dejado de serlo, a la espera de que España pudiera acogerme, el Partido Comunista Francés me ha abierto los brazos y he encontrado en él a aquellos que más estimo, a los mayores sabios, a los mejores poetas y a todos esos rostros hermosos de los resistentes parisinos que vi durante los días de agosto en las barricadas. Estoy de nuevo entre mis hermanos.»

Picasso no estuvo nunca en el frente, pero combatió el fascismo a su manera, con su pintura. El dinero que produjo su serie Sueño y mentira de Franco (1937) lo envió al gobierno de la República. Y pintó el Guernica. Por su sólida personalidad y por su obra, Picasso se situó muy pronto en el centro del debate teórico sobre la función social del arte. Sorprende ver como muchos intelectuales y pintores extranjeros de su generación, cuando llegan a París van a visitarlo a su taller, como si se tratara de una peregrinación inexcusable para comprender cual es la verdadera naturaleza de la creación artística, Picasso fascinó hasta el punto de servir de inspiración a los estudios de una disciplina nueva que se desarrollará hacia los años cincuenta, la Sociología del Arte, que explora las relaciones entre arte y contexto social, entre arte y filosofía, arte e ideología, la función social del arte, sus interacciones con el plano económico y político, entre espectador y obra de arte, la contextualización del proceso de producción de las obras artísticas, la manera en que el arte puede tener una influencia sobre la praxis social. Para algunos autores es la teoría del arte propia del materialismo dialéctico, en otras palabras, del marxismo.

El artista es presentado como el objeto de estudio que se colocara bajo la lente del microscopio de la nueva ciencia, y se observara en él el conflicto entre materialismo e idealismo, y se viera como él lo resuelve con un lenguaje plástico revolucionario, material y alegórico a la vez. A pesar de su coherencia intrínseca, sufrió la crítica de unos y otros. Cuatro de sus cuadros habían sido expuestos en la exposición de Arte degenerado organizado por el régimen nazi en 1937, por otro lado su pintura se situaba en las antípodas de los preceptos del Realismo socialista definidos por los ideólogos marxistas que, al igual que el poder hitleriano, criticaban a las vanguardias por ser un arte degenerado, excreción de la cultura burguesa que “elevaba a rango de arte toda una mezcla de pesadillas patológicas y de charlatanería» (Vladimir Kemenov). Lo curioso es que también los británicos y conservadores franceses veían con idénticos malos ojos el desarrollo de un arte moderno que achacaban a la “subversión comunista”. ¡Qué claridad de confusión!, que diría El Roto (7).

Palomas 1949 y 1961

Cortejado por el partido por presentar a alguien de su categoría entre sus filas, y al mismo tiempo repudiado por el oficialismo estalinista por su falta de disciplina en el plano artístico, Picasso participó en la organización de diferentes actividades, al menos hasta la muerte del Secretario general y amigo Maurice Thorez en 1964. Sin oponerse a la ortodoxia doctrinal, guardó las distancias, pero guardó también el carnet de miembro del partido hasta su muerte. Quizás la boutade de Dalí de 1951 encierra una llave de interpretación de la disidencia, al menos en el nivel plástico, de Picasso: «Picasso es español, yo también. Picasso es un genio, yo también. Picasso tiene 72 años, yo 48. Picasso es conocido mundialmente, yo también. Picasso es comunista, yo tampoco».

Picasso en un mitin del PCF tras Maurice Thorez, Secretario General

A pesar de su situación incómoda en “la querella del realismo”, y las frecuentes críticas de sus obras más políticas por sus camaradas de partido, de las que el Guernica tampoco se libró, Picasso permaneció fiel a su estilo pictórico y a su ideología política sin salvar la contradicción existente entre ambos componentes. Primero fue su dibujo “Stalin, a tu salud” (1949) para celebrar el 70 aniversario del dictador, que parecía una caricatura de bistró y luego el retrato del tirano, cuando muere en 1953. A Picasso se le reprocha que realizara ese retrato de Stalin, el mayor asesino de masas de la historia. Lo hizo por encargo del poeta Louis Aragon para la revista Les Lettres françaises, del que era director. La reacción no se hizo esperar, el dibujo recibió la firme desaprobación del PCF que, “sin poner en duda los sentimientos del gran artista y su afección por la clase obrera”, tilda de irreverente. Los responsables de la publicación se excusaron inmediatamente casi con sonrojo, no así Picasso que escribió secamente: «Yo he llevado flores al entierro. Mi ramo no ha gustado. Es algo que ocurre en todas las familias”.

Nicolay Beliaiev, Niños felices (1949)

Esta tensión personal entre su ideología y su pintura, ese desencuentro con camaradas artistas que le critican públicamente en el Congreso de Intelectuales de Wroclaw (Polonia, 1948) por su pintura “decadente”, le rondará hasta el final de su vida. Eso no impide no obstante que se le conceda el Premio Stalin de la Paz en 1951 y que se le organice una gran exposición en Moscú en 1956, algo que provocó un shock en las conciencias del público ruso, acostumbrado a aplaudir las imágenes exaltantes del Realismo socialista, concentrado en la representación de un mundo ideal, el paraíso comunista poblado de seres libres, fuertes, obreros apolíneos, banderas rojas al viento, soldados orgullosos y jóvenes ante un futuro prometedor. La exposición generó tal expectación que las colas eran interminables a la entrada del museo Pushkin.

Exposición en el Museo Pushkin, Moscú, 1956

“El camarada Picasso” como le llamaba la revista L’Humanité en su momento, autor del Guernica, autor de La Paloma -para responder a un encargo del poeta Louis Aragón para el Congreso Mundial de la Paz de 1949 en París, y desde entonces un símbolo universal-, autor de El osario (c. 1945) en homenaje a las víctimas del nazismo, autor del Monumento a los españoles muertos por Francia (1945), aquellos exiliados que combatieron en la Resistencia francesa, autor de Masacre en Corea (1951), que causó dos millones de muertos, no hizo ninguna obra equivalente de denuncia contra las invasiones bárbaras de Hungría o de Checoslovaquia, contra el atroz gulag soviético o sus purgas exterminadoras. Hubiera podido.

La URSS ahoga en sangre la revolución húngara, 1954

La relación dialéctica de Picasso con el ideario comunista (8) le acompañó hasta el final de su vida, incluso en sus sueños. Lo cuenta Jacqueline, su última esposa. “El 15 de octubre de 1968 Pablo estaba muy agitado. La noche anterior había dormido muy mal:” He soñado que volvíamos a una democracia popular. He tenido este sueño durante años. Así que estoy en una democracia popular, no sé cuál, y allí participo en una reunión con pintores y escultores. Discutimos sobre la belleza y, como ocurre siempre entre artistas, no estábamos de acuerdo”. Picasso no había resuelto todavía ese conflicto. Tenía 87 años.

A los españoles muertos por Francia (1947)

Bueno, entonces, ¿por qué Picasso? Son muchas las razones, por su ejemplo continuado de libertad permanente en la vida y en el trabajo, por su influencia intelectual entre las jóvenes generaciones de artistas de su época, por su personalidad exótica y su aura profética, porque marcó el rumbo de la pintura contemporánea y definió el lugar que debe ocupar el artista en la sociedad, idealmente, a la donquijote, pero también manchándose en la praxis política, por su fidelidad inquebrantable a su país, por la integridad de haber soportado el exilio a vida a pesar de su inmenso deseo de volver alguna vez a España, por la fidelidad a sus amigos, por la fidelidad a su arte, por la violencia subversiva de su expresión artística, por haber logrado imponer el feísmo como una corriente respetable de la belleza, por su energía en empujar los límites de la figuración a la que siempre fue fiel y nunca traspasó, por invocar como un mago el escalofrío de la modernidad, por “el poder alucinante que ejerce sobre todos los que le rodean o descubren su obra” (Sophie Chaveau) y por “su terquedad hasta conseguir que el mundo entero se doblegara ante sus fantasías” (Paul Wiener).

Por eso, Picasso.

Retrato, Irving Penn (1957)

Para consultar

-El mejor documental, Henri-Georges Clouzot (1956), Le mystère Picasso
Galería completísima sobre su obra
Galería por orden cronológico de su obra:

Notas

(1) Información sobre la Sucesión Picasso

(2) Los diez cuadros más caros del mercado

(3) Bartolomé et Lucile BENNASSAR, Le voyage en Espagne. Anthologie des voyageurs français et francophones du XVIème au XIXème siècle, Paris, Robert Laffont, 1998.

(4) Fuente 

(5) Sobre las relaciones peligrosas de Picasso con las mujeres, consulte: Chaveau, Sophie, Le regard du minotaure (vol I,) Si jamais je mourais (vol II), Ed. Télémaque, 2018.

(6) Lo que une a Picasso con Rusia en diez puntos
Diez retratos de la rusa Olga Khokhlova, esposa y musa de Picasso
Picasso y Rusia

(7) En el mismo orden de cosas, era una película en blanco y negro, casi seguro española, que pasaron por la televisión cuando yo era un adolescente, dos personajes están discutiendo acaloradamente en el rellano de la escalera de un piso de vecinos, pronto se llegan a las manos y ruedan escalera abajo. Una pareja debe pasar entre ellos, se abren camino a duras penas, la chica pregunta inocente: ¿Pero por qué se pelean?, Ah no, por nada, dice el joven, están discutiendo de arte. ¿Alguien puede decirme el título?

(8) Pablo Picasso. diccionario biografico Le Maitron
Picasso: comunismo y paz

Publicado el 05/12/2022

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