Hans Magnus Enzensberger, escritor total

Contrasta el limitado y pausado eco sostenido en los medios de comunicación en la muerte de Hans Magnus Enzensberger, con relación a la propagación contagiosa de otras noticias banales y menores, que vuelan por el éter noticiable y nos dan noticias equívocas del mundo y de los hombres. Y ello –más allá de sutiles coincidencias de una actualidad manchada de gestos bélicos, políticos o deportivos–, no justifica el trato leve de la noticia de la muerte del escritor alemán: “uno de los autores más influyentes de la literatura y el pensamiento alemanes de posguerra. Autor de más de 70 volúmenes, fue también editor y periodista y un referente en todos los debates intelectuales sobre las transformaciones sociales y políticas de las últimas décadas” según la editorial Suhrkamp. La ministra alemana de Cultura, Claudia Roth, ha elogiado a Enzensberger como “uno de los intelectuales alemanes más versátiles e importantes”. “Con sus versos y reflexiones críticas, acompañó la historia de la República Federal de Alemania, cuya fundación sobre los escombros de un país devastado presenció a los 20 años”, añadió. “Alemania le va a echar de menos”, aseguró la portavoz del Gobierno alemán tras conocerse la noticia. “El enciclopedista”, titula el jueves pasado su obituario el diario Süddeutsche Zeitung, que recuerda cómo Enzensberger cultivó todos los géneros y escribió sobre todos los temas que afectaron a Alemania y a Europa. Y a su vida misma. Lo hizo, como ejemplo final, con la crisis migratoria que vivió su país en 2015 tras la llegada de un millón de refugiados que huían de la guerra en Siria. Pero ya no pudo escribir, lamenta el diario muniqués, sobre las últimas grandes crisis europeas, la pandemia y la invasión rusa de Ucrania. “Hans Magnus Enzensberger fue en todas las facetas y a lo largo de las décadas no solo el pulso intelectual de una República Federal más interesante; fue su representante más cosmopolita y a menudo muy adelantado a su propio país”, asegura Paul Ingendaay, el corresponsal de cultura europea del Frankfurter Allgemeine, en el obituario dedicado al ensayista alemán.

Hans Magnus Enzensberger en 1968 en la Universidad Técnica de Berlín durante un evento de la APO. 
A la izquierda Rainer Langhans.

Nacido el 11 de noviembre de 1929 en Kaufbeuren, en Baviera, Enzensberger vivió en su juventud en la Cuba socialista, Noruega, Italia, México y Estados Unidos hasta que se estableció en Múnich en 1979. Enzensberger estudió Germanística, Literatura y Filosofía en las universidades de Erlangen, Friburgo y Hamburgo, en Alemania, y en la Sorbona de París. Durante un tiempo se dedicó al periodismo radiofónico. Inició su carrera literaria en 1957, a los 27 años, con la publicación del libro de poemas Defensa de los lobos, que fue traducido al inglés y cosechó buenas críticas fuera de Alemania; algunos poemas fueron incluidos años después en el volúmen Poesías para los que no leen poesía (1971). En 1965 fundó la revista Kursbuch y a principios de los años ochenta dirigió la publicación TransAtlantik.

Entre sus obras destacan Mausoleo (1975), una serie de 37 baladas sobre héroes modernos (revolucionarios, ingenieros, astrónomos, matemáticos, funcionarios) que advierten sobre las contradicciones del progreso; El hundimiento del Titanic (1978), un poema épico sobre la tragedia del célebre transatlántico; El filántropo (1984), que se inspira en la vida de Diderot para reflexionar sobre la función social del intelectual; el ensayo divulgativo El diablo de los números (1997), y ¿Dónde has estado, Robert? (1998). Ya en el nuevo siglo publicó Los elixires de la ciencia (2002), que ahonda en la relación entre la poesía y la ciencia, y Reflexiones del señor Z. (2015), locuaz alter ego del propio Enzensberger, estoico y excéntrico, que comparte con quien quiera escucharlas sus muy críticas opiniones sobre las instituciones, la religión (y el ateísmo), el totalitarismo, la economía neoliberal, el arte y la poesía, entre otros asuntos.

Walter Höllerer, Susan Sontag, Hans Magnus Enzensberger, 1966

A lo largo de su carrera recibió numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2002; el mismo año en que recibió, junto a Carlos Castilla del Pino y Luís Carandell, la medalla de oro del Círculo de Bellas Artes de Madird. Escribió poesía y ensayo, pero también libros infantiles, obras de teatro y de divulgación, y memorables ejercicio biográficos, como fuera Tumulto (2014) y la pieza corta Breve defensa de un agnóstico, publicada en Babelia en 2018. Entrevistado por El País en 2015 con ocasión de la publicación en España de su primera novela (¿…?) autobiográfica, Tumulto, Enzensberger restaba importancia a su consideración como “gran intelectual del siglo XX” en Alemania, etiqueta que comparte con Günter Grass, Jürgen Habermas o Ernst Jünger –con quien llegó a tener un enorme parecido final–. “Todos estos señores viejos que llevamos décadas en el mundo de la cultura resultamos un poco pesados a los demás. ¡Ortega y Gasset sí que era alguien! Tengo la impresión de que hubo un momento en el que los críticos quisieron deshacerse de nosotros. Pero al final vieron que no tenía sentido porque era una cuestión de tiempo. Solo tenían que esperar”.

En Tumulto (Malpaso, 2015), Enzensberger repasó las muchas imposturas revolucionarias del siglo XX, algunas de las cuales visitó en primera línea de fuego: la Cuba castristas primero; el tumulto fascinado de los años sesenta, con Paris y Mayo del 68, luego Baader Meinhof y la secuela de las Brigadas Rojas. Incluso desmenuzó los rescoldos de esperanza y cenizas, del prematuro naufragio de la URSS y el proyecto revolucionario que alimentó a la izquierda europea durante buena parte del siglo XX. Con ese bagaje cultural y político desarrollaría sus impresiones finales en un libro de cierre que se publicaría en su editorial de toda la vida, Suhrkampf, y que llamó como: ‘El arte de la supervivencia’. Una supervivencia política, intelectual y vital que le llevó –como ejemplo afortunado– a publicar en 1985 sus Cristales rotos de España. Donde mantenía que el discurso nacionalista catalán –y podríamos añadir, que vasco también, ahora que cierta izquierda los considera aliados imprescindibles– está entre esos cristales rotos que se ajustan a su metáfora global de la quiebra y la fractura, como lo que ocurrió en las revoluciones fallidas del siglo XX. Parte de las claves humanas, políticas e intelectuales de sus orígenes, que explican su posterior trayectoria, las desveló en su extraordinario texto reflexivo –similar a La forja de un plumífero de Sánchez Ferlosio– que adjuntamos como último homenaje a la memoria de Enzensberger.

Breve defensa de un agnóstico

No me haría mucha gracia que alguien me instase a responder esa pregunta comprometida que siempre resulta un poco embarazosa. Lo más seguro es que me escabullese declarando que soy un agnóstico católico. Si el interpelante es un individuo poco refinado, este argumento suele desconcertarlo, ya que en parte tiene que ver con el origen de la persona. Así ocurre también en mi caso.

Mi familia procede del sur de Alemania; más concretamente, de Algovia. Excepto por un par de romanos, celtas y francos intercalados aquí y allá, mis antepasados eran campesinos sedentarios. Nada de emigrantes diversos, como hugonotes, mineros polacos, buhoneros judíos u otros refugiados o desplazados. El ambiente era alemán y católico, pero no ortodoxo. Los viernes se comía pescado, y en Cuaresma, unos suflés maravillosos, si bien a mis padres nunca se les ocurrió asistir puntualmente a misa los domingos. Eso sí, en casa había una Biblia, aunque rara vez se leía.

Con todo, tanto en el colegio como en la universidad me interesé por las cuestiones teológicas. Es algo que tengo que agradecer a la hospitalidad de los benedictinos de Neresheim, a su mesa, a su vino y a su magnífica biblioteca. Esta pequeña ciudad del distrito de Ostalb debe su renombre a su abadía, cuya iglesia es un magnífico edificio barroco proyectado por Balthasar Neumann. Las siete horas canónicas, desde los maitines hasta las completas, se cantaban en latín con el acompañamiento del órgano del coro. El encargado de la biblioteca era un hombre atento y de ingenio agudo que me daba a leer toda clase de herejías, entre ellas el gran poema didáctico de Lucrecio De rerum natura en la traducción de Hermann Diels; los pensamientos y opiniones de Montaigne; El sobrino de Rameau, de Diderot, y cosas por el estilo. Estos autores se encargaron de ilustrarme, mientras que, durante el recreo diario que seguía a la comida, los monjes me hacían ver que los teólogos medievales se habían atrevido con las preguntas filosóficas más espinosas y las habían debatido en una disputa sin fin. La vida de esos hombres perspicaces y cultos era arriesgada. Cabalgaban durante semanas y meses para llegar a París, Basilea, Oxford o Róterdam por caminos plagados de bandidos y soldadesca. También eran capaces de citar de memoria innumerables textos de la Antigüedad, y dominaban todos los recursos de la retórica clásica. Desde Frege hasta Russell o Wittgenstein, los matemáticos han admirado a los escolásticos como Guillermo de Ockham o Duns Scoto y los han considerado los fundadores de la lógica moderna. Por aquel entonces, las conversaciones en el claustro de Neresheim me impresionaban profundamente, aunque poco pudiese sacar en claro del opaco latín eclesiástico de los patres. Además, tras la Segunda Guerra Mundial tenía puesta toda mi atención en el presente de Alemania. En la década de 1950, nadie quería saber demasiado del Holocausto nazi, sobre el cual reinaba un silencio obstinado. Las antiguas autoridades no estaban dispuestas a abandonar sus puestos de jueces, jefes de policía y profesores, de manera que empezar a recoger la basura en el desierto político, económico y moral de un país dividido en cuatro resultaba largo, laborioso y agotador.

Con el tiempo, la tarea se volvió tediosa. Para una minoría de jóvenes amenazaba con convertirse en una ocupación obsesiva. La soberbia acechaba a la vuelta de la esquina. Posiblemente, al final me salvó la idea de que ser alemán no era un oficio muy halagüeño. Prefería escribir. Que se sepa, nadie, ni siquiera un suizo o un sueco, puede librarse del bagaje histórico que lleva consigo. Una parte de ese legado y de esa carga la arrastramos allí donde vamos a través de la religión. Un hada bondadosa me ha privado del talento para la fe en el monoteísmo. Los dioses son tantos que duele elegir. Los griegos y los romanos nos acompañan en el cielo y en los días de la semana, y las tradiciones egipcias y asiáticas, desde Tutankamón hasta Buda, tampoco se han extinguido por completo. A mi modo de ver, poco daño pueden causar una pizca de Epicuro y la dosis conveniente de estoicismo.

Hans Magnus Enzensberger, Ingeborg Bachmann y Günter Grass, 1959.

Por eso, para mí el ateísmo no es una opción, sino una idea fija. No quiero pertenecer a ese club. En general, me cuesta decidirme por una filiación. Me faltan dotes para ser un colega de fiar. Naturalmente, habrá quien lo considere una carencia. Así pues, solo me queda una posibilidad, a saber: ser y seguir siendo agnóstico. El creador del concepto fue el biólogo inglés Thomas Henry Huxley, autodidacta brillante elegido miembro de la Royal Society ya a los 25 años y uno de los más firmes defensores de Darwin y sus teorías. Huxley acuñó el término agnostic, que desde entonces se ha familiarizado en muchos otros idiomas, en el año 1869. Por cierto, el escritor Aldoux Huxley era su bisnieto. Su famosa novela de ciencia-ficción Un mundo feliz sigue moviendo a la reflexión, ya que predice que, en el futuro, los seres humanos se engendrarán en laboratorios y se los preparará para una vida de consumidores sin la intervención de los padres. Como es lógico, Thomas Henry Huxley no podía ni tan siquiera imaginar la genética moderna, la clonación, ni la manipulación de la línea germinal. Sin embargo, se daba cuenta de que los detractores de Darwin estaban de acuerdo en un punto. Creían sinceramente que habían resuelto en mayor o menor medida todos los interrogantes de la existencia humana. “Están convencidos de que participan de una gnosis que antaño había sido privilegio de la Iglesia. Yo, por el contrario, no soy uno de esos iniciados”.

Aunque el concepto sea más reciente, el agnosticismo tiene un pasado venerable. La palabra griega significa “conocimiento”. Los escépticos crearon una escuela propia, iniciada por Protágoras, quien afirmaba: “Respecto a los dioses, no tengo medios de saber si existen o no, ni cuál es su forma. Me lo impiden muchas cosas: la oscuridad de la cuestión y la brevedad de la vida humana”. Pirrón de Elis, un sofista de la época helenística, optó por la escepsis, es decir, por la reflexión y la duda como categorías centrales de su filosofía. El hombre, postulaba, puede permitirse las opiniones, pero la certeza es inalcanzable. Sexto Empírico, el último y más radical representante de la escuela, ponía asimismo en tela de juicio la capacidad humana de conocer qué mantiene unido al mundo en lo más íntimo. Así pues, los agnósticos están bien acompañados. A este pequeño club pertenecieron muchos pensadores del siglo XVIII. Entre ellos cabe destacar a David Hume y Denis Diderot. Se cuenta que, en el salón del barón de Holbach, el filósofo escocés relató la siguiente anécdota sobre los misioneros franceses que se habían internado en los bosques con el propósito de convertir a los nativos de Canadá; uno de los indios hurones fue llevado a Londres, donde se le administró la comunión. “Hijo mío”, le preguntó el sacerdote, “¿no obra en ti la gracia del sacramento?”. “Sí”, respondió el iroqués, “el vino me ha sentado muy bien, pero creo que, si me hubiesen dado aguardiente, todavía me habría sentado mejor”. A la mesa de Holbach estas bromas eran corrientes. Al parecer, el barón pidió a los 18 presentes que se pronunciasen sobre el ateísmo. Quince se declararon ateos; el voto de los otros tres, entre ellos el de Diderot, no nos ha llegado. Presumiblemente eran los agnósticos. No disponemos de ninguna prueba documental sobre la veracidad de este cotilleo que circulaba entre los ilustrados. Puede que sea una invención, aunque, en todo caso, acertada. El agnosticismo tiene numerosos pros y contras. Te permite moverte con mayor libertad y no tienes que someterte a toda clase de preceptos concebidos por cualquier institución. Desprenderse de la disciplina del partido o la Iglesia en cuestión puede ser un alivio, más si se trata de las trabas de una ideología política. El inconveniente reside en que el agnóstico no acaba de pertenecer a nada.

Me gustaría concluir esta reflexión con una anécdota que cuenta un católico convencido, amigo del papa Juan XXIII. Al parecer, un día, en Castel Gandolfo, un científico se confesó pagano. El Papa le respondió que había cosas peores, ya que, por lo menos, él era semicatólico.

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Publicado el 29 de Noviembre de 2022

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2 Comentarios

  1. says: Oscar S.

    Suscribo. Y añado: como este modo de ensayo no es afrancesado (es decir, a los franceses, como Heidegger les pilla lejos, se abducen, pero en cambio los propios alemanes no tanto, como ya sucedió con Mdme. De Stael, con umlaut). Y creo que es un no pequeño error….

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