Marzo 2026

Diario de un Savonarola

La verdadera poesía pide distancia, que el poeta haya sabido distanciarse de la realidad que la empujó. Cuando esto sucede, el poema se carga de una ironía especial que nunca contiene el de bote pronto. Y es que la poesía más sólida está llena de ironía, porque la distancia valora el tiempo de la herida y lo acerca a un interesante punto de objetividad que no puede contener el poema de vivencia caliente. Sin el dolor latiendo, sin el sentimiento empujando en la cabeza, el poema se desenvuelve mejor, sin el exceso de lo trágico y con el justo láudano de lo que se puede valorar completamente porque ha pasado. Y el dolor no es tanto cuando ya sucedió, ni el amor, ni la euforia, ni la decepción, ni la risa.

… Pero me gustan tanto los poemas urgentes…


Aparte de la entregada pasión a la causa de mi abuelo Felipe y de la convivencia esporádica con esos colegas magníficos del meneado ‘Tercer Mundo’, circunstancias que me ponen en cierto lado humanista de la vida, me gustaría tener una serie de razones claras y precisas de lo que supongo una voluntad de izquierdas. No tener esas razones me llevaría a vivir la izquierda como una estética [que es el territorio de demasiada gente en estos días].

Veamos:

Soy consumista y hago poco para que mis hijos no lo sean [mal].

Me distraigo constantemente en lo que sé mediatizado y lo degluto con cara de imbécil sin pararme a hacer un análisis crítico [mal].

A pesar de que tengo formada mi idea sobre problemas que nos destruyen, no paso a la acción [quizás sea que estoy harto a la vez que convencido de que no puedo hacer nada aunque lo intente… Derrotado… Mal].

Sé a ciencia cierta cuáles son los males pequeños de mi entorno y valoro que tales males son base de males mayores… Y no hago nada para evitarlo [mal].

Callo las maldades de base del sistema que apoyo con votos y gestos… Y también las maldades individuales, que son muchas, demasiadas [muy mal].

A qué seguir.

La afirmación taxativa de que vivo la izquierda como una estética es una verdad absoluta. Ahí es donde me miento y fracaso.

El hecho de escribir estas palabras me da descanso, pues hace que no me sienta tan mal como cada uno de los que no las dicen.

Sí, vivo en una sociedad podrida y decadente desde su más mínimo individuo hasta el grupo más elaborado… Y colaboro en ella con terror.

¿Cobardía? No lo sé… ¿Adaptación al medio? Quizás… ¿Fracaso completo? Entero.


Hay una clase de hombres hechos para el trabajo, hombres que se pueden modelar al gusto de los poderosos, acostumbrados a recibir órdenes y a obedecer sin hacer ni hacerse preguntas. Esa clase de hombres alguna vez levantó la voz y produjo sangre propia [mucha] y también ajena [menos]. Sus levantamientos apenas produjeron resultados que cambiasen el rol de los poderosos y los sometidos, aunque sí lograron cambiar la forma, haciéndose ese sometimiento mucho más sutil.

Hay otra clase de hombres que no se someten jamás a pesar de tolerar la situación [entre otras cosas, porque no pueden hacer nada para cambiar el mundo], son los tipos creativos, los que vuelcan su vida en el arte, la música, la literatura… Su postura siempre está por encima de los sistemas [o por debajo, que depende del sistema al caso]. Ellos [no hablo de los que están en lo creativo por dinero, que son casi todos] guardan el espíritu humanista con fidelidad y lo alimentan. No se integran, pero aportan espacio donde crecer a los hombres hechos para el trabajo, los modelables; dan oxígeno y puertas abiertas.

Y hay otra clase de hombres que participan de las dos anteriores, pero se aprovechan de ellas. Son los espirituales, los que dirigen las mentes por caminos de moral, uso y costumbres [en nuestra sociedad católica son los curas, y en las demás sociedades son los dirigentes religiosos, ya sean pequeños o grandes]. Se arriman siempre al poder económico y al político poniendo pilares donde atar fieramente a las masas obreras con su dirigismo moral, sus normas y sus miedos. Coquetean con los creativos intentando formar parte de ellos y viven instalados en un poder autónomo y piramidal que les procura vivir de la nada con la máscara de ser norte y guía. Su función es perversa, pero el mundo los sigue con mirada fanática, incluso hasta la muerte.

El cristianismo, el islamismo, el judaísmo…, son los poderes más pérfidos porque contienen las armas más afiladas, ya que saben jugar perfectamente con el alto porcentaje de mentes mal calibradas que pueblan el planeta.


El misterio solo sirve para sojuzgar. Patente es su función en el plano religioso como acumulador de masas adormecidas… Terrible resulta en política, tanto en las propuestas totalitarias [el líder se esconde tras un velo opaco y crea una parahistoria que suele rozar lo místico] como en las perversiones democráticas [políticos votados por el pueblo que invocan a lo oscuro por simplicidad para doblegar al contrario]… Y ridículo deviene en el arte y la literatura, sirviendo como balsa de náufrago para los inútiles que no encuentran otra salida digna que no sea el hermetismo.

Lo malo del misterio es que funciona, funciona de maravilla y subyuga a la gleba hasta límites de auténtico peligro social.

Prefiero cualquier línea científica de pensamiento, por errada que sea, a una verdad sobrenadada en el halo mistérico.


Hay cierta cosa Litvinenko en los trasuntos políticos mundiales, y no es demasiado extraño, porque el mundo se ha movido en los últimos siglos entre las moviditas caderas de la chica de Leeuwarden [Mata Hari] y los trajes negros stasi de Markus Wolfe. Historias perfectas para llevar al cine o a la novela negra y para cambiar los signos políticos que bambolean al mundo… Y lo peor, lo mucho más peor [que diría mi hijo pequeño], es que este tipo de personajes existen también en el mundo pequeño, en las comunidades chicas y culomundistas… Aquí no son espías, que son simples chivatos, correveidiles y hasta plumillas de chichiná que viven tergiversando, mintiendo, sacando las cosas de contexto para intentar llevarse las últimas raspas de la sardina a su trozo de pan duro.

Mientras que aquellos que mueven gobiernos, o lo intentan, participan de una categoría mítica incontestable, éstos son babosos infames que venderían a su padre o a su hermano por un plato de lentejas, pero crecen en el mismo caldo de cultivo y se alimentan de la misma bazofia.

Hay alguna historia negra española que los dejó retratados, pero aún es poca manteca para tanta masa.

Nuestra literatura, que ensalzó al pícaro con éxito, debe guardar algún estante para delatar ese espíritu de ‘cheka’ tan español que lleva a tantas personas a estar incómodas por esas delaciones menores y envidiosas, por ese mentir que algo queda.

Ando estos días en unos retratos breves al modo de la ‘Spoon River Anthology’, del bueno de Edgar Lee Masters, en los que diversos personajes miserables se revuelven en sus tumbas para contar de forma muy sintética sus vidas desperdiciadas en lo oscuro del puñal por la espalda. Espero terminarlo pronto, pues parece que estoy en vena.


Cuando Alberto Lista defendió en 1841 que la poesía debiera ser una ciencia y no “inspiración, genio y entusiasmo”, se hundió en dos crasos errores que hemos venido pagando y sufriendo en las posteriores generaciones poéticas:

  1. Consideraba, bajo afirmación taxativa, a la poesía “como el arte en general de describir lo bello y lo sublime, y de halagar y elevar el alma con sus descripciones, ya sean hechas con la voz hablada y escrita, ya con los sonidos de la música, ya con el buril, ya con los pinceles, ya en fin con las simetrías geométricas.”.
  2. Negaba la posibilidad del verso libre bajo el siguiente párrafo: “… todos conocen la secta nueva de poetas, que ni aún como arte quiere considerarla, pues niega la existencia de las reglas, y no reconoce más principio de escribir en verso, que lo que sus adeptos llaman inspiración, genio, entusiasmo, y algunos misión, no sabemos de quién. Dejémosles pues, la libertad de delirar a todo su sabor…”

En su consideración (1), Alberto Lista negaba el solucionario del feísmo, la denuncia, el dolor vivo, el trabajo poético a partir de los contravalores, la tristeza como mal del alma, la asimetría vital, la poesía del caos, la opción conversacional, el componente gore o el incendiario… Mil posibilidades de contenido no bello, no sublime, no laudatorio…, que bien podrían entrar en las estructuras formales prefijadas por su presupuesta ‘ciencia’ versificadora.

En su negación (2), Alberto Lista limitaba la ‘substancia poética’, además, a la rigidez estructural, negando la condición de ‘poesía’ a lo que no sumase tradición versificativa [ya fuera, utilizando sus palabras, lo bello, lo sublime y de halagar y elevar el alma].

Poesía para la elevación y el elogio, para la belleza y la sublimación… Poesía decorativa y ‘científica’ que negase el subsuelo, el barro, lo que de pordiosero tiene el hombre en su realidad, poesía para no caber en lo existencial.

Claro, que Alberto Lista escribió su teoría y sus afirmaciones a mediados del XIX, y quizás eso pueda servir para aminorar el error de sus palabras… Lo malo, lo peor, es que en nuestro siglo XXI aún existen voces poderosas defendiendo este parecer pacato y profundamente conservador de la poesía, voces que extienden su marea negra hasta las más altas instituciones y propician que en la enseñanza oficial de la literatura [arma clara de deformación de mentes jóvenes junto al apiñado resto de zorolas asignaturas] primen los ejemplos de rima y medida, de elogio y belleza, sobre la libre expresión poética de calidad con fondo duro y perfectamente trabado… Poesía para consumir y consumirse [en contraste], para diseccionarse y verse por dentro, para medir la fuerza del grito o saber la confusión del orgasmo, para no ser, para llorar simplemente… No para deleitar y deleitarse, pardiez.


A la singularidad nunca se puede llegar desde la afectación ni desde el culto a lo artificial, sí desde el pensar y el hacer de forma espontánea. Por ello es necio quien se presta a distinguirse de los demás de forma calculada y epatando como un estúpido [corto parece a veces el espacio que separa al ser verdaderamente singular del incorregible estúpido, pero la distancia entre uno y otro es infinita].

Singularizarse, por tanto, no es ir armado de la necesidad de mostrarse brillantemente y rebuscadamente novedoso, sino vibrar en la misma cuerda del mundo, interpretarlo para uno mismo, interiorizarlo y formarse una opinión [que puede ser distinta –muy pocas veces– o igual a las ya conocidas, pero una opinión propia y elaborada].

Así visto el asunto, la singularidad consiste sencillamente en ir dotando a tu intelecto de un material que está flotando fuera de él y que hasta el momento de procesarlo no lo tenía como propio.

Por tanto, singularizarse no consiste en darse a la extravagancia, a la pose ampulosa o a la voz sobresaliente y artificial… No consiste tampoco en poner enfrente al otro para arbitrar diferencias y tomarlas [eso nos acerca al ridículo de la competencia], lo que llevaría a la ‘apariencia’ y a la extravagancia, cuando lo que se supone fruto de la singularidad es la ‘espontaneidad’.


Si hay algo importante en la vida y, por tanto, en la literatura y el arte, es LA INERCIA, el dejarse llevar por las situaciones y los hechos, por las sensaciones y las ideas que ya masticaron otros sin poner demasiadas trabas, sin zancadillas. Y es que de la inercia se suele sacar más y mejor partido que del engolfarse en impulsos propios y en buscar esa cosa narcisa del sentirse original y primogénito [de primer gen]. Desarrollarse en lo que se está desenrollando, aprovechar la fuerza ya gastada por el otro para multiplicar la nuestra y así mejorar en potencia y ahorrar en bocanadas y en sudor. 

Y ser consciente de ello y estar presente en lo que es propio dentro de lo que es común, diferenciándose y a la vez asumiendo el aporte exterior sin sonrojarse ni ocultarlo.

Y luego no olvidar al chavalín, dejar que siga viviendo adentro y que siga saliendo al exterior por los ojos y por las manos, no olvidar a ese crío imprescindible que debemos ser siempre mientras nos vamos indefiniendo, el niño que nos hace crecer y hasta brillar algunas veces como luciérnagas.

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