“No todo lo que cuenta puede ser contado, ni todo lo que puede ser contado cuenta” —
W. B. Cameron
A lo largo de los capítulos anteriores he recorrido unos criterios que me han resultado útiles para pensar y actuar. Pero, al ponerlos por escrito, fui descubriendo algo que al principio no había visto con tanta claridad: esas ideas ayudan poner orden, pero no abarcan todo lo que influye en nuestro comportamiento.
Una conversación mínima, un gesto, el tono o la prisa pueden pesar más que cualquier razonamiento. La claridad, las evidencias y la lógica iluminan una parte del camino, pero también lo dibujan los afectos, los temores y la comunicación con los otros. La lógica orienta, pero rara vez explica por completo lo que acaba ocurriendo.
Con los pies en el suelo
Circula entre cirujanos una regla informal según la cual, cuando actuamos por hábito, nos equivocamos una de cada mil veces; cuando lo hacemos poniendo toda nuestra atención, una de cada cien; y en situaciones de estrés, una de cada diez. Yo solo sé que una vez pedí «unas pinzas de disección» mientras comía pescado.
No somos máquinas de razonar. Tomamos decisiones guiados también por lo que sentimos, por el instinto y por lo que ya hemos vivido.

El corazón nunca se ausenta
El estrés, el cansancio o incluso la euforia pueden hacer que valoremos las cosas de otra manera.
No solía tener reparo en operar a familiares o amigos cercanos. Sin embargo, cuando se trataba de mi hija, preferí que otro compañero se hiciera cargo. Probablemente había prudencia, pero también miedo.
Además, he comprobado que la propia empatía, mal orientada, puede nublar el juicio. Es fácil sobreproteger a quien nos importa o retrasar una decisión que nos duele.
En cirugía, esa inseguridad pesaba más cuando sabía que yo era el último responsable. Me asaltada la duda ante determinados casos: “¿Estoy suficientemente preparado para hacerme cargo de esto?”.
Eso no me impedía actuar, pero me obligaba a revisar más y a buscar apoyo, puesto que tenía que asumirlo. A veces, incluso sentía reservas sobre mi capacidad ante tal exigencia.
Quizá eso forme parte de cualquier responsabilidad: saber que otros confían en nosotros y que, llegado el momento, no hay dónde esconderse.
Aunque nunca podré anular mis emociones, la razón puede intentar moderarlas.

El susurro de las tripas
En ocasiones, el llamado “ojo clínico” me avisó antes de que supiera explicar por qué un paciente no me convencía de entrada o por qué una evolución me parecía extraña. Era una invitación a revisar el caso con más cuidado.
En mis primeros años abordábamos el dolor abdominal urgente escuchando, explorando y observando su evolución. Hoy disponemos de pruebas muy precisas. Aun así, me he encontrado con informes que no me convencían cuando la historia clínica apuntaba en otra dirección.
Las pruebas han mejorado la fiabilidad, pero sigue siendo necesaria una mente que formule las preguntas adecuadas e interprete las respuestas en su contexto. He aprendido a escuchar esa voz interna, destilada de mis vivencias, como una señal de alerta.
La intuición puede equivocarse, incluso engañarme. No sirve como prueba, pero a veces es, eso precisamente, lo que me hace mirar de nuevo.

Después del tropiezo
Las lecciones de la vida suelen ser valiosas, pero también pueden quedarse más tiempo del conveniente.
Recuerdo una intervención laparoscópica compleja en la que, en un momento determinado, fui incapaz de ejecutar algunos gestos con la precisión necesaria. Terminó sustituyéndome el compañero que me ayudaba. Salí abatido.
Pensaba más en mi torpeza que en el caso. Mi colega, con mucha más experiencia que yo, me dio entonces un consejo inesperado:
—Tienes que operar otro caso parecido lo antes posible.
Pensé que se refería únicamente a la intervención. Más tarde entendí que hablaba de algo más sencillo: no permitir que una mala experiencia decidiera por mí o alterase mi criterio. Y tuve la suerte de que alguien me lo dijera a tiempo.

Los demás siguen ahí
Las decisiones importantes rara vez se toman en soledad. La lógica puede perder peso porque aparece un invitado: la relación entre las personas.
La incertidumbre (siempre presente) genera vacilación en la práctica clínica; y la ansiedad de uno o la angustia de los otros pueden alterar el vínculo entre el médico y el paciente. Aunque no se verbalice, los demás perciben nuestro estado de ánimo y nuestras dudas mucho mejor de lo que imaginamos.
La difícil sintonía
Aún hoy me equivoco cuando creo que la verdad, por sí sola, basta.
Recuerdo a una familia que llevaba semanas sin entender la evolución de un ser querido. Pensé que podía ayudar. Entré con sinceridad y con la buena voluntad que dan los años. Salí con una queja.
No fue falta de empatía; simplemente no supe encontrar el tono.
A veces, el de enfrente no necesita una explicación, sino un lugar donde apoyarse. La distancia puede ser nefasta; el silencio o un argumento impecable no compensan la necesidad de consuelo.
Me enseñaron un esquema sencillo: presencia, información y apoyo. Con el tiempo descubrí que aquellas tres palabras eran mucho más que una buena práctica médica. Eran una forma de estar con el otro cuando las cosas no tienen una solución sencilla.

Cuando solo queda acompañar
Un amigo cercano, tratado años antes de un cáncer de estómago, volvió a empeorar. La familia acudió a mí con esperanza. En la intervención encontré lo que más temía: la enfermedad estaba tan extendida que la cirugía ya no podía ayudar.
Tuve que decirles que solo quedaban medidas paliativas. Él las rechazó, y me correspondió transmitir esa decisión a su mujer y a sus dos hijas adolescentes, que habían depositado en mí toda su confianza.
Todavía hoy recuerdo aquel momento.
No siempre podremos solucionar las cosas, ni siquiera mejorarlas. Pero casi siempre podemos acompañar. Eso también tiene un coste: quien asume responsabilidades acaba llevándose consigo parte del peso de los demás.

El legado que recibimos
Me viene a la memoria un breve diálogo de mis primeros años en la cirugía.
Un maestro, al que quería como a un padre, compartía conmigo el seguimiento de un paciente que no evolucionaba como queríamos. Yo estaba agobiado.
—Doctor Landín, no duermo por este paciente. Supongo que, cuando tenga su edad, me lo tomaré de otra manera.
Me miró sin solemnidad:
—¡Ay, Antonio! Cuando seas mayor… peor.
Pasaron los años y entendí el testigo que me entregaba: la experiencia no elimina la incertidumbre; solo enseña a convivir con ella.
Quizá ese sea el límite que más me ha costado aceptar. Podemos aprender a pensar mejor, revisar nuestras certezas, buscar evidencias, reconocer nuestros sesgos y apoyarnos en lo vivido. Todo eso importa. Pero llega un momento en que nada de ello nos ahorra asumir una responsabilidad que se siente más con las canas.
La forma que sigo encontrando para convivir con ella es volver a mirar, mantener la curiosidad por lo que no encaja y estar ahí cuando toca.