Maradona, el pecado de D10S se hizo verbo

El 8 de julio de 1990, Maradona, desde el centro del campo, llamó “hijos de puta” a todo un país.

Diego Armando Maradona aterrizó en Italia en el verano de 1984, dos años antes de coronarse como campeón del Mundo con Argentina. El genio del balompié, que había nacido en un barrio privado (privado de luz, privado de agua, privado de todo), tocaría el cielo con la punta de los dedos de manera figurada al levantar como capitán de la albiceleste la Copa Mundial de la FIFA, en México; y después, de manera literal, en un balón llovido desde las nubes que la mano del pibe arrancó de los guantes de Peter Shilton, probablemente en el partido de cuartos de final más famoso de la historia de los mundiales de fútbol. Esa pillería, de genio irredento, fue a medias redimida por el Pelusa con un slalom brutal, también en ese partido, la jugada de todos los tiempos.

El 8 de julio de 1990, cuando Maradona llamaba “hijos de puta” a todo un país, lo hacía desde el centro del campo del Olímpico de Roma.

Si el Mundial de México 86 había supuesto el disparadero definitivo para el Diez, Nápoles empezó a forjar para siempre su leyenda en Europa. La primera temporada significó para el genio argentino una vuelta a la rutina futbolística rota por completo en la última campaña en el Barcelona, donde las lesiones y las sanciones no le dejaron rendir al nivel esperado. Su primer año con el Nápoles fue una moneda lanzada al aire que durante toda la primera vuelta salió cruz. El equipo, que había evitado el descenso a la Serie B la temporada anterior por un punto, sumó nueve puntos en todo el giro. La grada de San Paolo se temía lo peor, pero una segunda vuelta esperanzadora dejó a Maradona con 14 goles a final del curso. Y al Nápoles, con hambre de triunfos.

Para saciar las ansias de ganar, lo mejor es ponerse manos a la obra. En Nápoles se dieron cuenta y a la calidad indiscutible de Maradona sumaron dos nombres destinados a apuntalar el proyecto azul para llevarlo al cielo: Claudio Garella y Bruno Giordano. El Nápoles acabó el año tercero y Maradona firmó un año discreto, con once goles anotados. Con el regusto de lo que pudo ser, y sobre todo con la esperanza de lo que podría ser a continuación, Maradona se marchó a México a comerse el mundo con Argentina.

El 8 de julio de 1990, cuando Maradona llamaba “hijos de puta” a los aficionados italianos presentes en el Olímpico de Roma, lo hacía con la mano en el pecho.

Una vez conquistado el mundo, era cuestión de tiempo que Italia, primero, y Europa, después, se rindieran a los pies del Pelusa. Con Maradona al frente, el Nápoles se convirtió en el mejor equipo transalpino en la temporada 86-87, y la victoria en el Scudetto empezó a posar los golosos ojos de Silvio Berlusconi en las mágicas piernas del Diez. El Milan estiró la mano para asir a Maradona pero el Nápoles captó el mensaje y renovó el contrato del argentino, a razón de cinco millones de dólares anuales, hasta 1993. Eso sí, introdujo más variables a la ecuación para hacer más apetecible la estancia de Maradona en Nápoles. Llegó Careca, que junto a Maradona, el primero en llegar, y Giordano, que se sumó al proyecto con el Diez ya en marcha, formaron ‘MaGiCa’. Mencionar esta palabra en los rincones de San Paolo provoca aún lágrimas en los tiffosi.

En los años siguientes, el Nápoles se quedó a las puertas del título nacional, pero logró la conquista de Europa. En la 87-88 fueron segundos por detrás del Milan, puesto que repetirían en la 88-89, temporada ésta coronada con el primer título internacional de los napolitanos: la Copa de la UEFA conquistada ante el Stuttgart de Jürgen Klinsmann. En la temporada 89-90, el Nápoles volvió a ser campeón de Italia con Maradona en plan estelar. De esta época fluyen las anécdotas que tienen al Diez como protagonista. En un partido, después de que el colegiado señalara una falta a favor de los napolitanos, un compañero le sugirió a Maradona que podía pasar por encima del balón antes de que el argentino disparara “para despistar al portero”. La respuesta del Diez fue lapidaria. “Dejá, no despistes; yo la voy a poner en la escuadra y si el portero llega, pues que la pare”. El portero no llegó.

En pleno idilio de Maradona con Italia, llegó el Mundial del 90.

El 8 de julio de 1990, cuando Maradona, mano en el pecho, llamaba “hijos de puta” a los aficionados italianos del Olímpico de Roma, estaba sonando el himno de Argentina.

El destino quiso que el caminar de Argentina e Italia coincidiera en las semifinales del mundial organizado por los segundos y cuyo título defendían los primeros. Como la suerte es así de caprichosa, el escenario del estadio fue San Paolo. Nunca un visitante estuvo tan a gusto, porque jugaba en su propia casa. Cuenta Maradona que su familia fue recibida con aplausos en la grada, a pesar de lo que estaba en juego: nada más y nada menos que el pase a la final del Campeonato de Mundo. Schillachi inauguró para los italianos muy pronto y en la segunda parte otro viejo conocido de los italianos, Claudio Caniggia, puso las tablas en el marcador. Y como en la prórroga nadie arriesgó más de lo debido, Italia y Argentina, Maradona incluido, se jugarían el pase en los penaltis. Las gradas de Nápoles echaban humo.

Inauguró Baresi, que rompió la pelota ante Goycoechea. Italia, con confianza, esperaba el fallo de Argentina, pero el disparo timorato de Serrizuela se le coló entre los dedos a Walter Zenga. 1-1. El siguiente en disparar fue Roberto Baggio, segundo máximo goleador del Scudetto esa temporada por delante de Maradona, y por detrás de Van Basten. Cuatro años después, en una final, Baggio fallaría el penalti más doloroso de su vida, pero en esa ocasión el escorzo de Goycoechea no fue suficiente: previo paso por las manos del meta, el balón acabó en la red. Entre silbidos, Burruchaga engañó a Zenga. 2-2. Ni De Agostini ni Olarticoechea fallaron sus lanzamientos. 3-3. Turno para Roberto Donadoni, que en el sepulcral silencio del público italiano se encontró con Goycoechea. Italia había fallado. Los italianos cruzaron los dedos y desearon que Argentina errara. Malas noticias. Chutaba Maradona.

 El Pelusa avanzó parsimonioso desde el centro del campo y agarró la pelota con fe. Si algún italiano confió en el fallo del argentino, no fueron los napolitanos, sabedores de las cualidades de su estrella. Por si las moscas, San Paolo al completo silbó la carrera del Diez. El cuerpo y Zenga a un lado, el balón a otro. Maradona estalló y se fue a celebrar el gol con un asistente albiceleste. Italia, con la mandíbula apretada, confiaba su suerte a las piernas de Serena, al que Goycoechea se le hizo enorme. Argentina, a la final.

 

El 8 de julio de 1990, Maradona saltó al Olímpico de Roma capitaneando a la selección argentina, que se jugaba el título mundial ante Alemania. En la entonces era su casa, en el país que estaba a sus pies, el Pelusa se plantó con el resto de sus compañeros a escuchar el himno nacional, y fue entonces cuando el estadio empezó a silbar. Todos sus compañeros apretaron la mandíbula, pero el Diez no lo pudo resistir y despachó una de las imágenes más impactantes de la historia del fútbol contemporáneo. Entre lágrimas de pura rabia, con el himno argentino de fondo, Maradona, junto a los árbitros y voz en grito, llamaba “hijos de puta” a todos esos italianos que no le perdonaban la eliminación de la Azzurra en semifinales.

Alemania ganó la final con un gol de penalti a cinco minutos del cierre.

Maradona, unos meses después y con la camiseta del Nápoles, dio positivo por cocaína en un control antidopaje el 17 de marzo de 1991, después de ganar al Bari (1-0).

El primero de los pecados de D10S fue el verbo.

 

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