Un alegato

Hace ya años que descubrí el canibalismo. De pequeña rechazaba los alimentos que mi madre me ofrecía porque en ninguno de ellos hallaba ese sabor particular que, sin conocerlo aún, es el único de mi agrado. Una textura tierna, casi viscosa, con un regusto ácido que no todos aprecian pero por el cual yo enloquezco.

Hace ya años que descubrí el canibalismo. De pequeña rechazaba los alimentos que mi madre me ofrecía porque en ninguno de ellos hallaba ese sabor particular que, sin conocerlo aún, es el único de mi agrado. Una textura tierna, casi viscosa, con un regusto ácido que no todos aprecian pero por el cual yo enloquezco.

Supondréis que una criatura depravada como yo proviene de orígenes míseros y ha sido educada en un ambiente degenerado. Me complace decir que os equivocáis. Soy de la más alta cuna, más noble de lo que imagináis: os sorprenderíais al reconocer los nombres de mis antepasados. Es cierto, no obstante, que a pesar de la pureza de nuestra raza no siempre han prevalecido en mi familia las rectas costumbres. Mi padre es un hombre de apetito desaforado por la comida y las mujeres, y de mi madre es conocida su propensión a buscar el placer en los cuerpos deformes. No, no he tenido ejemplos virtuosos. Aun así, mi naturaleza infame viene a superar los vicios de toda mi estirpe. Creedme. Si no fuera yo lo más bajo que mi casa ha dado, ¿me habrían encerrado? ¿Habría consentido yo en encerrarme?

 Os preguntaréis ahora cómo pude darme cuenta de mi condición, cuándo, dónde y por qué probé la carne humana. Fue a mis seis años, cuando mi padre regresó a casa y antes de que se abandonara a la lánguida rutina de palacio, justo después de la guerra. Se festejaba nuestra victoria; había grandes desfiles en las calles, y mis ojos de niña veían con  asombro los carros triunfales engalanados en rojo, dorado y verde bajo el sol ascendiente del verano. Yo estaba en el balcón de nuestra casa, cogida de la mano de mi madre. A ella le fascinaban los soldados, las condecoraciones y las historias que siempre cuentan sobre los campos de batalla, una afición que yo he heredado y que aquella mañana sentíamos con particular intensidad. Mi madre y yo contemplábamos el cortejo interminable de hombres armados. Ninguna de las dos decía nada: mirábamos, sólo mirábamos absortas el paso firme de los jóvenes, los brazos relucientes, las lanzas enarboladas contra el cielo azul de la isla. Los soldados cantaban con voz fuerte y clara a los dioses del mar y de la guerra, marcando a cada zancada el ritmo de la música; sus bocas se abrían y cerraban al unísono, imperturbables, uno tras otro, uno tras otro, todos esforzados y heroicos.

Allí vi a mi padre, coronado de laurel. Presidía uno de los carros más ricos, seguido por mayor número de soldados. Iba muy erguido, con el rostro encendido y el pecho descubierto, apuesto y como recién tallado por el mejor de los escultores, y me acuerdo de que pensé de él que era bello. Mi propio padre parecía otro hombre, más joven quizá, o quizá incluso algo distinto que ni siquiera fuera un hombre y que desde luego nada tenía que ver con la bestia glotona que obligaba a las doncellas a sentarse en su regazo. Mi madre me apretó la mano. Alcé los ojos y vi que sonreía, ella misma con cierto aire triunfal.

Las huestes victoriosas se alejaron, adentrándose en la ciudad hacia el templo principal. Yo tenía el ánimo excitado. No podía permanecer quieta y sentía una presión terrible en las sienes. Recuerdo el tacto pegajoso de mi piel, húmeda por el sudor, y del mohín de desagrado de mi madre al tocarme la frente. “Trae agua fría, vamos”, ordenó a una criada, y aunque me rociaron varias veces, no surtió efecto. Mi madre quiso que me retiraran a mi alcoba. El aya me agarró del brazo y tiró de mí hacia el interior de la casa.

Pero yo era renuente a abandonar el espectáculo del glorioso retorno del ejército. Me resistí, tratando de acercarme a la barandilla del balcón, y volví la cabeza hacia las calles. Lo hice por un impulso irrefrenable; obedecí sin duda a los dioses, quienes no habían previsto para mí una muerte prematura a resultas del ayuno. Miré de nuevo a los soldados, sí, y de no haber sido por una negativa visceral a irme del balcón, de no haber sido yo irresistiblemente atraída por la exhibición de poder que se celebraba, mi final hubiera sido más bien temprano.

Lo que vi en ese momento excedía todas las maravillas que mi madre admiraba en nuestras tropas. Vi, incrédula, cómo llegaba el ejército vencido: generales, coroneles, quién sabe si algún príncipe, caminaban rendidos a nuestros pies. Ellos no cantaban, ni alzaban sus ojos desafiantes al cielo, sino que sus pisadas se perdían en el empedrado de las calles como si en lugar de ser hombres de honor y rango fueran inválidos, desgraciados por los dioses. Sus cuerpos eran tan proporcionados como los de nuestros soldados y sus modos, viriles en igual grado, pero la derrota les señalaba. Iban desarmados. Tenían las manos vacías, por lo que caminaban con los brazos relajados, y esta lasitud hacía sus movimientos cansinos, semejantes a los del ganado.

Sin embargo, la marca del fracaso era también una muestra de valor. El hecho de que los dioses hubieran dado la espalda a esos jóvenes exhaustos duplicaba su heroísmo. Ante mí se presentaban los acreedores de la furia divina, los desdeñados por la fortuna, los malditos. Ellos eran hermosos y conocían de cerca el dolor; esos cuerpos habían jugado a vivir o a morir y habían perdido.

Mi mente de niña no podía formular estos pensamientos, pero mi corazón se aceleraba a contemplar a las huestes sometidas. Yo sólo veía espaldas rectas, torsos oscuros, músculos y tendones moldeados por la disciplina y la guerra: más deslumbrante que las armaduras, más fina que la seda, la piel desnuda. Me imaginé cómo sería morderla. Se rompería, con seguridad, y revelaría la carne de suavidad y calidez indescriptibles, igual que el fuego del hogar en una noche de invierno.

Me dolía la cabeza y sentí un vacío en el vientre. Mi aya, sin percatarse de mis variados trastornos, tiró otra vez de mi brazo, y ya me solté y corrí hasta el borde del balcón. De repente, la multitud se conmocionó: uno de los soldados de la comitiva se había desplomado. Un joven, ¡un guerrero! ¡Un hombre, caído como tocado por el rayo! El primero en acercarse fue un médico, pero enseguida se arremolinaron, consternados, los vecinos. Una insolación, gemían las mujeres, ¡pobre, pobre muchacho!

Arriba, en el balcón, permanecíamos atentas a lo que pudiera ocurrirle. ¿Qué sucedía? Un hombre hermoso yacía inmóvil en el suelo, pero mi madre y el aya parecían indiferentes. Chillé. Chillé con toda mi alma.

–          ¿No he dicho que se la llevaran? – exclamó mi madre.

–          Señora, ¡es imposible!

–          ¿Imposible? Aya estúpida, ¡vaya a por ella!

Escapé escaleras abajo. Me costaba descender los peldaños, demasiado grandes para mis pasos de niña. No temía que me alcanzaran ni la reprimenda que oiría después, porque yo sabía que no iba a parar hasta tocar el cuerpo inerte del soldado. Lo sabía con certeza. Supongo mi propia convicción y el hecho que yo, con seis años, fuera capaz de superar en velocidad a mi aya de treinta es otro indicio a favor de la intervención divina.

Eludí la guardia de la puerta colándome por debajo de las lanzas cruzadas, y me abrí paso entre el gentío enredándome en las piernas de los hombres, que preferían asistir al acontecimiento en la distancia sin mezclarse con sus dolientes esposas. Me acerqué hasta donde éstas lloraban y atravesé a codazos el círculo cerrado en torno al joven caído.

El polvo me entró en los ojos. Tuve que frotármelos. Allí estaba, allí vi yo al soldado tendido en la arena, indefenso y tranquilo. Estaba de medio costado, con las rodillas flexionadas y el torso – así me lo pareció entonces, tal vez ahora lo apreciara con más justicia – horriblemente contorsionado. La cabeza reposaba desmayada sobre un brazo, y el otro se doblaba sobre el pecho dejando al descubierto un cuello aún firme en el que lentamente palpitaba una vena. Mi vena: esa sangre y ese cuerpo me pertenecían. Era mi oportunidad. Quise averiguar a qué sabía el joven soldado.

Hinqué el diente en el largo cuello, y tan pronto como sentí en la boca el sabor metálico de la sangre supe que tenía hambre. Un escalofrío tibio me recorrió el cuerpo. Necesitaba más, y era exactamente eso lo que necesitaba, no los elaborados platos que salían de la cocina de casa ni la leche materna, tan ligera y cabezona como el champán. Era muy distinto, el joven soldado. Su carne me ardía en la lengua, temblorosa, agria en la garganta. Le asesté ávidas dentelladas; la sangre manaba a ritmo constante y yo emprendía cada mordisco con furia y gana renovadas, no fuera a perder la carne una pizca de ternura o de sabor. Nadie me detuvo. Pude comerme el cuello entero. Luego, poco a poco, el corazón fue espaciando sus latidos y los miembros se tornaron rígidos, como si cediera a la lucha, como si yo hubiera vencido, pero yo continué desgarrando el cuerpo del soldado hasta que sentí que había apurado el último gramo de vida

Os preguntaréis por qué cuento todo esto. Han transcurrido años también desde que me encerraron en este laberinto, sin consultarme, como si yo fuera un incapaz, y quiero hacer uso de mi derecho a contar esta historia a mi manera. No espero que me absolváis. Tampoco eludir responsabilidades; si alguien merece castigo, ésa soy yo, y mi falta de moral es sólo mía ya sea mi padre un corrupto o mi madre una cortesana. Nací caníbal igual que quien nace ciego, pero recordad que precisamente por su condición los invidentes oyen, huelen y sienten con mucha mayor fineza que los hombres comunes. Soy inválida, coja de moral, y aun así sé cosas que vosotros ni siquiera podéis intuir.

Y es que la inmoralidad no es tan simple. Después de aprender en aquella mañana de verano qué es lo que en verdad me nutre, me negué a comer otra cosa que no fuera carne humana. Mis padres, asustados, me escondieron en el último rincón de la casa, y encargaron a los mejores médicos, astrólogos y abogados la misión de convencerme a renunciar, al menos momentáneamente, a mis necesidades. Con mil melindres me ofrecían leche, prometiéndome carne para la semana siguiente. Guiada por un fiel sentido de la supervivencia, no me dejé engañar. Hervía de hambre y de rabia, y cuando trataron de aplacarme con carne cruda de cerdo, se redoblaron mis accesos de ira. Rompí jarrones, platos de porcelana; era capaz de chillar durante toda una noche y agredía a cualquiera que me sirviera esa comida que me asqueaba. Era pequeñita y flaca, ágil y aviesa como un duende maligno, y saltaba a las espaldas de los criados para golpearles: corrían fábulas sobre mí parecidas a ésas de demonios indeseables que habitan bosques o casas abandonadas. No es de extrañar que mis padres resolvieran encarcelarme.

La solución definitiva fue ocultarme y permitirme vivir, esto es, proporcionarme el alimento que exigía. Mis padres, tan egoístas, tan inconscientes de mi educación, no podían dejarme morir. El día que contrataron al mejor arquitecto del país para construirme un hogar, una doncella me trajo en bandeja de plata la magnífica cabeza de un joven extranjero. Recuerdo que la devoré no sin desconfianza, pero aquella noche pude dormir; a la mañana siguiente recibí una mano, y por la noche, un muslo, así hasta completar el cuerpo del muchacho. Poco a poco, me fui calmando. Incluso empecé a crecer.

Mientras tanto, el arquitecto dibujaba mi sanctasanctórum, el laberinto que me resguarda de miradas impertinentes. Tal y como le habían ordenado, el arquitecto aplicó toda su habilidad en crear un edificio impenetrable en el que no es posible orientarse en absoluto. Esto es de vital importancia, puesto que sería tan grave que me encontraran como que yo pudiera escapar. El arquitecto, consciente de lo comprometido del encargo, se esforzó y cumplió su tarea con inusitada presteza y particular eficiencia, os lo aseguro. En poco tiempo fui trasladada aquí. Me despertaron en mitad de la noche y yo no sospeché nada; aún adormilada y atontada además por el hambre que había padecido en mi infancia más temprana, era una niña ingenua. Me conformaba con llenar el estómago, así que fue eso lo que me concedieron cuando me encerraron de por vida en el laberinto.

Porque, no lo olvidéis, me siguen alimentando regularmente: también por eso acepto mi condena. Cada año recibo exactamente catorce jóvenes vivos, de ambos sexos, según un procedimiento rígido que asegura una feliz conclusión para todo este asunto. Tanto la muerte de mis víctimas como mi satisfacción se sujetan al más estricto control, y gracias a esta mutua constricción se garantiza el equilibrio. Sí, catorce jóvenes al año son suficientes. No necesito grandes cantidades de alimento. He aprendido a valorar ciertas delicadezas del gusto que antes, obnubilada por el hambre, me pasaban desapercibidas; a la carne de mujer, por ejemplo, la consideraba insípida, de segunda clase, y ahora soy capaz de deleitarme con la levedad de un tobillo femenino. Tampoco me disgusta ya el fondo amargo de los hombres de mediana edad; no obstante, me place que ninguno de los catorce muchachos sobrepase los veintiséis años.

La verdad es que sigo prefiriendo a un joven varón ante cualquier otra cosa. Hay algo de reto para mí, que soy una mujer débil, en domeñar la naturaleza activa de los hombres y hacerlos míos. Cuando cada semana oigo pasos en la puerta del laberinto, el olor del cuerpo humano me guía hasta mi presa, y yo rezo quedamente para que el joven sea arrogante y despreocupado y haga así más intensa mi victoria, o más feroz la lucha. Sé cómo derrumbar la defensa más firme, y reconozco la flaqueza de un muchacho en sus bravuconadas. Tanto es así, que no preciso fortaleza física para reducirles: todo lo contrario. Soy una mujer, y les observo, les miro, les escucho; a veces, incluso, les acaricio como lo haría la amante que han dejado fuera del laberinto. Les seduzco, sí, ése es el don que poseo.

Al principio, ellos me preguntan, temerosos, si no soy yo aquella princesa sin nombre de la que se cuentan horribles leyendas, y no se atreven a nombrar el vicio del que se me acusa. Yo no lo niego, y tampoco lo afirmo, porque tengo todos los sentidos despiertos y puestos sobre el nuevo ser que se me ofrece, y él constituye mi único interés. Hago preguntas, cómo te llamas, de dónde eres, a qué se dedican tus padres; doy rodeos, eludo cuestiones incómodas, hasta que encuentro las palabras que él desea oír. Es un baile, un arte exacto en el que hay que medir los gestos y los silencios: es justo que os admiréis.

Una vez domino su lenguaje, el chico o la chica confía en mí. Se muestran sin reservas, como los niños que aún y casi son, y detallan miedos, sueños y vergüenzas como si nada malo hubiera en ello. Son campesinos inocentes, diferentes de mis desviados padres y sus desviadas intrigas palaciegas, diferentes de los nobles pusilánimes y sus pusilánimes criados tan fieles como perros. Los muchachos han vivido de manera miserable pero sencilla. Son pobres y hablan en dialecto, pero ved que sienten un dolor y un placer limpios y no pervertidos. Su raza es afortunada, y ojalá yo perteneciera a esa raza.

Ya os advertí de que no es así. Soy una mujer abominable. Consuelo a los jóvenes de sus tristezas, si es que las padecen, y me conmueven sus alegrías, y adopto el carácter que más les agrade. Conversamos durante horas, reímos, lo que ellos quieran, qué importancia tiene. Son más felices de lo que han sido nunca: se sienten amados, supongo, y ellos me aman. Ése es, por fin, el instante indicado para inmovilizarles y empezar a comer.

Así transcurren mis días. Sé que no es la vida a la que debería aspirar una mujer; a mí, por mi especial tara, otro tipo de existencia me está vedado. Lamentarme de mi suerte es un bálsamo momentáneo y aun superficial, y vale más asumir que esta rutina despreciable, esta supervivencia parásita, es la fatal consecuencia de mi carácter. Entended por qué me resigno a la reclusión y a la restricción alimentaria: sólo dispongo de catorce jóvenes al año, pero agradezco a los dioses que me hayan protegido de una muerte precoz. Después de todo, yo estoy viva.

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