Distintas maneras de observar un cuadro

Hay maneras muy distintas de observar una pintura. Basta con quedarse parado en cualquier sala de un museo, en medio del continuo ir y venir de visitantes, para comprobar algunas de ellas.

Es sencillo descubrir quién está pensando en sus cosas y dirige sus ojos hacia una pintura de la misma manera que podría hacerlo hacia una puerta o a sus propios zapatos, sin detener el flujo de pensamiento, encallado en su rutina, o en la conversación que acaba de mantener o en esa reunión que tendrá el lunes y que siente que no tiene suficientemente preparada. Si le preguntásemos un minuto después, no podría ofrecer detalle alguno de los cuadros colgados en la sala que acaba de dejar atrás.

Otros observadores se buscan en cada lienzo. Paran largo rato delante del elegido, inalterables ante la permanente mudanza de paseantes de museos. Tal vez esperan encontrar rasgos de sí mismos, reconocer una mirada, una sombra, una pequeña flor en una esquina a la que nadie ha prestado atención. Buscar, en definitiva, las razones que conectan ese cuadro con su sensibilidad, las que le permiten conversar con él.

 

Para Ernst Gombrich, el autor de “La Historia del Arte”, aunque puede ser verdad que “sobre gustos no hay nada escrito”, tiene claro que el gusto puede desarrollarse y que nunca se acaba de aprender en lo que al arte se refiere. En su opinión, “(…)las grandes obras de arte parecen distintas cada vez que se las contempla. Parecen tan inagotables e imprevisibles como los seres humanos. Es un emocionante mundo en sí mismo con sus particulares y extrañas leyes, con sus aventuras propias. Nadie debe creer que lo sabe todo de él, porque nadie ha podido conseguir tal cosa. Nada, sin embargo, más importante que esto precisamente; para gozar de esas obras debemos tener una mente limpia, capaz de percibir cualquier indicio y hacerse eco de cualquier armonía oculta; un espíritu capaz de elevarse por encima de todo, no enturbiado con palabras altisonantes y frases hechas. Es infinitamente mejor no saber nada acerca del arte, que poseer esa especie de semiconocimiento del snobismo. El peligro es muy frecuente(…).

El historiador parece decirnos que es posible situarse delante de un cuadro del mismo modo que lo hacemos ante alguien que nos apetece conocer. Sin prejuicios, dispuestos a escuchar -en este caso mirar-, y a buscar respuestas a nuestras preguntas. Y, a hablarle, a contarle quiénes somos y qué vemos de nosotros dentro de él. Y es que es posible establecer un diálogo con un cuadro, aunque ya sabemos que hay conversaciones que fluyen y otras que se atascan irremediablemente. Pero esa sensación de flujo es posible con muchos pintores para cada uno de nosotros. Mi más reciente conversación la he mantenido con Ramón Casas i Carbó (1866-1932), un pintor catalán de familia acomodada que dejó pronto los estudios para formarse como pintor. Durante su vida, alternó la pintura en Cataluña y París  con la ilustración de carteles y anuncios publicitarios, entre los que destacan algunas etiquetas del popular Anís del Mono o de Codorniu. Todo ello dio forma al concepto estético del Modernismo catalán, que Casas agitó desde las tertulias de Els Cuatre Gats, un lugar que se convirtió en el foro de reunión para los pintores, arquitectos y escritores que lo impulsaron. No hace falta ser un entendido en arte para disfrutar de la habilidad con la que capta momentos de intimidad, de tal modo que quien observa sus pinturas tiene miedo de ser descubierto, empujado, de pronto, al centro de una escena privada.

Ésa es la sensación que provoca  Interior al aire libre, un cuadro de la colección Carmen Thyssen pintado en 1892. Una mujer, la hermana del pintor, remueve pensativa un café, mientras su marido, enfrente, descansa, reclinado en una mecedora. Tiene los ojos entrecerrados,  justo en ese momento dulce de la siesta, cuando mantener los ojos abiertos se convierte en una labor imposible. Casi puede tocarse el silencio que les rodea, tal vez imaginar que algún grifo gotea, al fondo. Elucubrar sobre qué motivos unen o separan a los protagonistas. Disfrutar, en definitiva, de esa manera de mostrarnos la luz de una tarde de verano, cuya temperatura y fuerza quedan matizadas en el interior del patio. Una luz que atraviesa el jarrón que hay en el centro de la mesa y nos deja ver las imperfecciones del vidrio soplado o el brillo argéntico de la cafetera y la belleza de su asa. Detalles que enriquecen la experiencia de la observación y a nosotros mismos, atrapados en los detalles.

Por contra, La Sargantain es la oposición a la quietud del cuadro anterior. Está lleno de fuerza, provocación, con un brillante amarillo que subraya la mirada de su protagonista. Pintado en 1907, Casas i Carbó realiza aquí un retrato sensual de Julia Peraire, una bella vendedora callejera de lotería de la que se encaprichó febrilmente y que se convirtió en su modelo y amante hasta el final de su vida, pese a la oposición familiar y a una diferencia de edad , 22 años, que funcionó como un acicate vital y energético que transitó muchos de sus cuadros.

Tampoco es fácil retirar los ojos de la mirada de Madeleine de Boisguillaume, una modelo que también posó para Tolouse-Lautrec, en La absenta. En este cuadro de 1891, una mujer fuma y sujeta firmemente un vaso mientras mira sin descanso hacia la puerta, esperando tal vez a alguien que, intuye, no vendrá. En el espejo, vemos la multitud que llena el café, mientras ella, toda ojeras, soledad y cansancio, mantiene la esperanza. Imaginamos. O tal vez tenemos la certeza. Precisamente, de una muestra retrospectiva del pintor, en la Barcelona de 1899, una  columna en La Vanguardia diría que  “la exposición podía ser considerada la más espantosa derrota de la fotografía como reproducción de la realidad. La fotografía es la realidad de un fugitivo segundo, no la verdad permanente y estos retratos son la verdad entera, durable, completa y psicológica”.

Con estos tres cuadros delante, pienso en la razón que tiene un amigo cuando dice que internet es una ventana al mundo perfecta para los curiosos, pero especialmente para quienes aman el arte. Por eso, proyectos como Google Art Project son pura posibilidad de disfrute. Esta página permite recorrer cualquier sala de los grandes museos del mundo, desde la Galería de los Uffizi, en Florencia, hasta el MOMA neoyorkino, sentados en nuestro sillón favorito, y que ese tiempo marcado por los horarios de apertura y cierre, por el trasiego de visitantes y la falta de silencio, sea sustituido por la tranquilidad del lugar que elijas para ver tu pantalla de ordenador, la tableta o el móvil. El museo, entre nuestras manos.

Pero, aunque es cierto que poder ampliar al máximo cada detalle en un cuadro, por encima de la dimensión original, es una oportunidad única, pienso que siempre es mejor estar cerca del lienzo que manejó el autor. Sobre él fue poniendo pincelada a pincelada lo que ahora vemos, unos días más inspirado y otros, no tanto. Sobre él hizo correcciones, sobre él dudó, y rehizo partes de las que pudo no quedar satisfecho. Lo que tenemos delante, en definitiva, es el resultado del proceso de creación, una construcción real, ya que tiene entidad por sí misma, y metafórica, porque reinventa lo que ve, que no termina en el cuadro, sino que continúa en nosotros, los que observamos, que somos quienes interpretamos los detalles, en quienes despiertan las sensaciones. Una experiencia que, al final, resulta desigual de observador a observador, aunque estemos situados ante los mismos trazos precisos del artista. Sea como fuere, y mientras llegamos a ese espacio físico real que conecta nuestra mirada con la del pintor, esta misma pantalla, sin duda, mitiga la espera.

 

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4 Comentarios

  • Precioso artículo, efectivamente no hay nada como estar delante de la obra de arte, mirarla, sentirla, esperar a que te hable y te cuente secretos. Diferentes día tras día.Personalmente es para mi un placer disponer de tiempo y vivir en medio de una ciudad culturalmente muy atractiva, que me permite acercarme a ver mis cuadros favoritos repetidas veces.
    Desafortunadamente no todos los museos cuentan con un departamento de conservación que mantenga las obras perfectamente restauradas…entre tanto ver las imágenes de alta definición de Google Art Project, ampliar los detalles, y escudriñar el cuadro …no tiene parangón !

    • Muchas gracias Gemma!!! Qué suerte tienes si vives cerca de algunas de tus pinturas favoritas! Nada me gustaría más que tener esa necesidad de ver alguna de ellas y que estuvieran a mano. Es otra sensación de hambre que necesita satisfacción rápida, jajajjaja… Para los que vivimos en otras ciudades sin grandes museos, cierto, Google Arts Project nos alegra la mirada mientras buscamos el hueco para viajar hasta el museo. Menos mal!!! : )

  • – Partís del principio- dijo la Maga- Qué complicado. Vos sos como un testigo, sos el que va al museo y mira los cuadros. Quiero decir que los cuadros están ahí y vos en el museo, cerca y lejos al mismo tiempo. Yo soy un cuadro, Rocamadour es un cuadro. Etienne es un cuadro, esta pieza es un cuadro. Vos creés que estás en esta pieza pero no estás. Vos estás mirando la pieza, no estás en la pieza.

    Julio Cortazar, Rayuela

    🙂

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