‘El hombre que nunca estuvo allí’: la modernidad, como ‘Big Show’ de la Verdad

El rechoncho peluquero cierra el periódico, levanta la mirada y, totalmente desconcertado, le pregunta a su cuñado y compañero de trabajo: ¿Qué clase de hombre eres?. Ed Crane se queda perplejo; como hombre moderno, no tiene palabras que pueda utilizar para articular respuesta alguna.

Nos situamos en un pueblo de California, en verano de 1949. La modernidad de la post guerra, en Estados Unidos igual que en Europa, corre hacia adelante iluminada por un siglo de lámparas de mesa, de escritorio, de focos de pared, de techo, de bombillas, de apliques, de rieles, de velas y de candelabros de hierro forjado. Bajo el tiránico mando de una mujer-antorcha, se siente obligada a continuar conquistando la historia con los principios de la razón instrumental, del pragmatismo, de la ciencia positivista y del modelo capitalista. También el individuo, como ser libre y autónomo, debe ser sacrificado en nombre de esta inapelable corriente histórica llamada progreso.

Sin embargo, Ed siempre ha tenido la impresión de saber algo que nadie más había descubierto: la superficialidad y vacuidad de los fines de esta época. A su vez, este secreto que conserva, es el rincón oscuro e ignoto que escapa a la luz de la antorcha de la Ilustración, el engendro que produce la misma sociedad en su ciego devenir. Una oscuridad que si no se consigue sublimar, acaba por demoler cualquier esperanza y abandonando al individuo en un desértico e inhóspito paisaje interior.

La película muestra varios recursos que utilizan las personas de su sociedad para no morir en vida. El abogado Riedenschneider es el ejemplo paradigmático de aquel individuo que se convierte en un cínico de éxito, que se aprovecha de la miseria de los valores, del relativismo imperante y de la propia falta de escrúpulos. ¡Bienvenido al Big Show! Los procesos judiciales en sí mismos son también una imagen de la modernidad como aduladora del positivismo, del relativismo y negadora de los valores y los fines últimos. En cada juicio se muestra lo que se viene llamando el teatro de la verdad –la verdad como ficción- porque bajo el juego retórico de los abogados, se explicita la frágil y metafórica naturaleza de aquello que se considera como verdadero. En los Big Shows, presenciamos estupefactos como la verdad se manifiesta en discursos artificiosos y como verdades son sentenciadas como mentira de modo que al final, uno pierde el punto de referencia que le permita distinguir la realidad de lo que es puro fruto de la retórica.

Big Dave utilizó otro recurso para salvarse de la falta de sentido: durante su vida se entregó fervorosamente a ganar caca de niños mayores, es decir, dinero. Un regalo maravilloso que te hace gozar sin límites, aunque es peligroso porque se multiplica y se pierde con la misma inverosímil rapidez. La viuda de este pobre y miserable hombre de negocios, optó por sumirse en el delirio conspiranoico de la presencia de objetos voladores no identificados y la inminente invasión extraterrestre. El terror también es una buena forma de llenar el vacío que deja la superficialidad de la sociedad moderna que por supuesto, no da ninguna respuesta al problema de la muerte a parte de los resultados estadísticos del periódico. También aparece el arquetipo de aquél individuo que se autoengaña, como el cuñado del peluquero. Este tipo de personajes a veces tan grotescos, quieren pensar que todo es como antes y se aferran como niños asustados a una tradición de la que todo el mundo se ríe.

El corazón del drama de esta película es el estado de vacío existencial irreversible en el que ha llegado el protagonista Ed Crane. ¡El pobre barbero se pregunta por qué el pelo crece incansablemente! En verdad, le sobreviene una pregunta que ya obsesionó a los pre-socráticos: ¿de dónde proviene esa ansia de vivir, vivir y seguir viviendo a pesar de todo? Entre cigarrillo y cigarrillo, Dios se esfuma.

¿Qué se puede hacer cuando no se pueden ignorar esas preguntas sobre el sentido de la vida? Ed Crane toma dos caminos paralelos: el primero es el intento de creer en la pasión por la música a través de la chica. Sin embargo, más tarde llega el desengaño y descubre que ella sólo había querido seducirle. El segundo es el mismo camino que emprendió el bien conocido Meursault: decide acometer una acción unilateral e irresponsable que consiste en invertir en el lavado en seco consiguiendo el dinero a través de un chantaje. El plan es tan desastroso que para cubrirse las espaldas tiene que cometer un asesinato.

El hombre que nunca estuvo allí es una película claramente inspirada en El Extranjero de Camus. El esquema narrativo y el drama se repiten en las dos obras: un hombre que no tiene lugar en su mundo ni se siente comprometido con los valores que éste defiende, acaba cometiendo un despiadado asesinato rayano a lo absurdo. Si fantaseamos un poco, a este largometraje de los hermanos Coen, lo podemos considerar como una segunda oportunidad para Merusault unos años más tarde. Lo más curioso es que en esta segunda ocasión casi se hace justicia. El abogado en su discurso final grita a los cuatro vientos –sin saberlo- la verdad, lanzando perlas como estas: “Crane es un hombre despreciable; perdió su lugar en el universo; el barbero, solo; un mundo que no tiene un lugar para él; él es el hombre moderno”. Sin embargo, cuando conocemos el veredicto, nos damos cuenta de que los directores sólo quisieron infundirnos un poco de esperanza y nos vemos obligados a digerir otro trágico desenlace.

Llegamos al final del artículo y de la película: estamos en un pasillo iluminado por una lánguida y turbadora luz que nos conduce hacia la muerte. Caminamos lentamente y cuando llegamos a la sala, como espectadores, nos sentamos ante el escenario. El espectáculo no puede ser más terrible: la policía responsable ultima los preparativos que proseguirán en breve con la esperada ejecución, un error que sigue y seguirá para siempre inexplicable. Ed Crane tiene la mirada perdida y le oímos relatar con serenidad los últimos momentos de su vida. Estas últimas palabras que nos brinda el personaje son de las más bellas que he escuchado en el cine porque consiguen expresar la frustración que siente el ser humano cuando le ha sido arrebatado el poder de la palabra: “Allí, a dónde vaya no sé qué encontraré: puede que encuentre la respuesta. Puede que allí le pueda decir –a su esposa- aquello que aquí no le puedo decir con palabras.”

 

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